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| 2/26/2002 12:00:00 AM

Profesionales vs técnicos

Ser doctor no siempre es la mejor opción. Las carreras técnicas y tecnológicas son una alternativa para muchos colombianos.

Basta con abrir cualquier periódico para encontrar todo tipo de ofertas educativas que prometen convertir al bachiller en un profesional con títulos rimbombantes y a veces fantasiosos. En medio de esa avalancha de posibilidades el estudiante muchas veces elige su futuro pensando más en un título llamativo que en las reales necesidades del mercado laboral colombiano.

Entre la variedad de ofertas se destacan principalmente dos opciones: las carreras universitarias tradicionales y las técnicas y tecnológicas. “Desafortunadamente la oferta académica de nuestras instituciones responde más a las aspiraciones de los educandos de ser ‘doctores’ que a las necesidades del sector productivo”, dice Pablo Michelsen Niño, rector del Politécnico Grancolombiano, en su ponencia ‘Réquiem por la educación superior tecnológica en Colombia’, presentada a finales del año pasado en el foro sobre innovaciones en educación organizado por el Departamento Administrativo de Acción Comunal Distrital.

Por eso a la hora de tomar una decisión tan trascendental en el futuro de cualquier persona como es la carrera a seguir es conveniente sopesar los pros y contras de cualquier elección.

Indudablemente la duración es un factor que se debe tomar en cuenta. La posibilidad de salir rápidamente al mundo laboral y comenzar a producir es un atractivo que tiene la formación técnica y tecnológica a los ojos de los estudiantes y de los padres de familia, quienes normalmente corren con el gasto de la matrícula. Mientras una carrera universitaria no dura menos de ocho semestres —10 en la mayoría—, una técnica o tecnológica toma sólo tres años, luego de los cuales se está listo para incorporarse al sector productivo.

El costo también varía radicalmente. En una universidad un semestre puede costar entre tres y cinco millones de pesos, mientras que en una institución técnica o tecnológica la matrícula por semestre rodea el millón de pesos. En una economía en crisis este factor pesa mucho.

Las carreras tecnológicas, por su nivel de especialización, por su aplicación práctica y porque no existe tanta competencia, también ofrecen posibilidades de empleo muchas veces más tangibles que las que existen para los profesionales universitarios. Los graduados en tecnología en administración agropecuaria, bancaria, financiera, de seguros o ambiental encuentran muchas veces un nicho laboral más seguro que el administrador de empresas.

Pero también hay que tener en cuenta que las carreras técnicas o tecnológicas tienen sus limitaciones. “Una persona con una formación intermedia debe estar consciente de que va a llegar a los niveles medios de decisión de una empresa, como máximo podrá llegar a ser asesor de la gran directiva”, dice el vicerrector académico de una escuela tecnológica.

Sin embargo el técnico o tecnólogo, después de alcanzar cierto nivel dentro de la empresa, puede volver a la institución educativa a complementar su formación. La educación continuada es la mejor opción para no perder vigencia y mejorar las perspectivas laborales.

De otro lado, los técnicos profesionales y tecnólogos no son remunerados en su justa dimensión en el medio laboral, donde muchas veces se les exige mucho más por mucho menos dinero. Sin embargo esta circunstancia también depende de la formación de las entidades educativas. “Algunas instituciones forman un obrero calificado porque se concentran en la práctica y no le dan una formación integral como ser humano. A esas personas muchas veces se les condena a no poder incorporarse a otro nivel de formación”, dice el mismo directivo.

Pero quizás el factor que más influye en los estudiantes a la hora de preferir una carrera universitaria frente a una técnica es el hecho de que para muchas personas sigue siendo indispensable el título profesional. Es lo que Michelsen Niño llama en su ponencia “el prurito de la doctoritis” en un país “que no tiene posiciones directivas para tantos doctores”.

Esta ha sido precisamente la cruz de las instituciones que ofrecen formación tecnológica, pues además de no proporcionar el anhelado título universitario de rigor para ser ‘doctor’ muchas veces por su corta trayectoria y reducido tamaño son consideradas injustamente como universidades de garaje, de una sospechosa calidad académica.

Sin embargo poco importa el tamaño o la tradición de la institución. Lo verdaderamente interesante es la solidez de su programa académico y que se adapte a las necesidades reales del estudiante y del mercado laboral. Porque al fin y al cabo nadie estudia para ser desempleado.
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