Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2004/09/24 00:00

Puerta al mundo

Los acuerdos comerciales, el turismo y el crecimiento de la industria le darán a la Costa la oportunidad para convertirse en en la puerta de entrada al país.

La región de la costa norte del país debe aprovechar la ubicación geográfica que le ofrece ventajas competitivas frente a otras regiones en actividades como el turismo, industria y exportaciones.

Cuáles serían las perspectivas del Caribe colombiano hacia el año 2020?

Una mirada hacia el futuro desprovista de cualquier visión histórica no tendría sentido. Hasta cierto punto el porvenir de la región, como el de todo el país, se está forjando sobre unas bases ya existentes, con raíces en el pasado. No queremos sugerir que los destinos estén fijados de antemano. Sin embargo las tareas de proyección que ignoran los caminos recorridos sólo sirven para alimentar ilusas ideas de cambio.

El Caribe colombiano puede sentirse orgulloso de muchas conquistas, sobre todo en el campo cultural. Pero hoy sobresalen más sus problemas: altos índices de violencia, pobreza aguda, rezago económico frente a otras regiones, o ausencia de liderazgos en la política nacional. No todos exclusivos. Ni los superará de manera aislada. Con toda la Nación comparte, por lo menos, la preocupación fundamental de la inseguridad, y sus anhelos de darle fin al conflicto armado, de gozar el derecho a la vida, de vivir bajo el imperio justo de la ley.

Hay razones no obstante para el optimismo. También las hubo en el pasado, aunque las frustraciones han sido recurrentes. Por eso importa hacer un repaso histórico en búsqueda de lecciones que permitan reencauzar el futuro.

Integración

No hubo Edad de Oro en el Caribe colombiano, pero en el período entre 1870 y 1930 fue de extraordinario progreso, en medio de limitaciones y con altibajos, y enfrentando las adversidades de una naturaleza poco hospitalaria. Fueron años de relativa prosperidad, empujada por las exportaciones: tabaco, café, bananos y ganado. Fueron en verdad los de mayor crecimiento en su historia.

Los puertos del Caribe movían el grueso del comercio que entraba y salía del país, cuyas ganancias en parte se reinvertían en fábricas florecientes. El sentido de ese movimiento reforzó los lazos entre la Costa y el interior, una integración con aliados naturales en el río Magdalena. La economía se benefició de la presencia de capital e inmigrantes extranjeros, que les dieron a sus más importantes ciudades aires modernos y cosmopolitas, mientras colombianos de todo el país se trasladaban a los principales centros de desarrollo regional. Esa integración se manifestó en la política. Durante el último cuarto del siglo XIX, un representante de la región, Rafael Núñez, ejerció notable influencia sobre los destinos patrios. La referencia a Núñez es hoy un lugar común que se repite sin reparar mucho en su significado. Lo que quisiéramos señalar es la dimensión nacional de su figura, que sirvió para cambiarle el rumbo a la vida colombiana.

La década de 1920 representó el pico de esa época próspera. Sin embargo la integración física del territorio nacional tomaba otras direcciones. Nuevas carreteras y ferrocarriles acercaron entre sí a los departamentos andinos, mientras se dejaba la comunicación con la Costa a la deriva. Con la apertura del canal de Panamá, las exportaciones cafeteras abandonaron los puertos del Caribe hacia el Pacífico. El nacionalismo económico que comenzó a reorientar al país también afectó la Costa Caribe, cuyo crecimiento había sido impulsado por el modelo liberal exportador.

Hubo, claro está, otras razones en aquellas frustraciones a la prosperidad. Pero esta breve mirada del pasado regional sólo tiene como propósito identificar algunas de las condiciones que antes le permitieron a la Costa progresar a la par con la Nación. Y más aún, compartir su manejo.

Sin aquellas condiciones, la región inició un camino hacia el aislamiento, con nefastos efectos económicos, políticos y sociales. Su apreciación es relevante al abordar ahora el siglo XXI, bajo las perspectivas del movimiento globalizador que infunde nuevos alientos a la Costa, pero también abre serios desafíos.

Dos retos

El desempeño económico del Caribe colombiano en las siguientes dos décadas dependerá en gran medida de la manera como se aprovechen los retos de los cambios que están transformando su entorno: la liberalización del comercio exterior y la descentralización. Ambas reformas se iniciaron en la década de 1990 y responden a tendencias mundiales.

Como en el pasado, una mayor apertura de la economía le traerá beneficios a la región. Hay una razón elemental, de localización: 1.362 kilómetros de costa sobre el mar Caribe. Ello facilita el comercio internacional al reducirse los costos de exportación. Es por esa razón que en los dos principales polos de la industria regional, Cartagena y Barranquilla, la orientación exportadora es mucho mayor que en el interior del país. Y por ello el mayor porcentaje del comercio exterior colombiano, tanto en volumen como en valor, sale hoy por los puertos caribeños, bien resguardados y eficientes (gracias esto último a la privatización de comienzos de la década de 1990): Coveñas, Cartagena, Barranquilla, Ciénaga, Santa Marta, Puerto Bolívar.

Sin embargo lo que exporta Colombia es todavía un porcentaje bajo de su Producto Interno Bruto -tan solo 14,7 por ciento- en contraste con el 30 por ciento en México. Al aumentarse la integración de Colombia con la economía mundial, a través de mecanismos como el Tratado de Libre Comercio, tanto el crecimiento exportador como la actividad portuaria de la región se verán incrementadas dinamizando sus principales centros urbanos.

También se beneficiarán productores del sector primario para los cuales la región tiene ventajas reveladas y que se exportan en un alto porcentaje, como los camarones en cautiverio, mariscos y pescados, banano, aceite de palma africana, ají picante, flores tropicales, mangos, guayabas, café orgánico, cueros de ganado vacuno y babillas, tabaco negro, plátano hartón.

Otro renglón con un potencial de crecimiento favorable es el turístico, en sus diversas áreas: recreativo, histórico, ecológico y cultural. El Caribe tiene en todas ellas ventajas comparativas: desde el Cabo de la Vela, en La Guajira, hasta Isla Fuerte, en Córdoba, pasando por la Sierra Nevada y la Depresión Momposina. Allí, más que nada, el incremento en la actividad será producto de los avances en seguridad. Los flujos internacionales de turistas son solo una fracción de lo que podrían ser. Independientemente de que un incidente de inseguridad ocurra en un apartado lugar de la selva en el suroriente colombiano, ello afecta al turismo que llega al Caribe colombiano.

Con las mejorías en seguridad, y en la percepción externa, también se incrementarán los flujos de inversión extranjera directa, con los beneficios que ella trae: el aumento de la competencia, el mejoramiento en los estándares de calidad y la transferencia de tecnología.

La descentralización fiscal que se inició en la década de 1980 y especialmente a raíz de la Constitución de 1991, fortaleció las finanzas de los municipios y departamentos, entes a las que asignó mayores responsabilidades en la provisión de educación, salud, deporte, recreación y cultura.

Su impacto inicial fue un crecimiento muy rápido en la disponibilidad de recursos fiscales en municipios y departamentos. Aunque en parte algo similar ocurrió en todo el país, en la Costa Caribe tal aumento fue mayor porque la descentralización impulsada por la nueva Constitución, a pesar de algunas deficiencias, puso fin a muchas inequidades del régimen fiscal previo, a través de reglas claras y explícitas.

¿Más disparidades?

En muchos países la presencia de los procesos combinados de liberalización del comercio exterior y descentralización fiscal llevaron a un aumento en las disparidades regionales.

En el caso de México, por ejemplo, el Nafta llevó a una polarización territorial en los niveles de ingreso. Las disparidades se aumentaron a favor de las regiones con una mayor dotación de capital humano, como lo demuestran los trabajos de Javier Sánchez Reaza. Las experiencias de Brasil, China, India, México y España en la década de 1990 también muestran una asociación muy clara entre una mayor descentralización fiscal y el aumento en las desigualdades regionales en el ingreso per cápita. La mayor capacidad institucional de las regiones inicialmente mejor dotadas les permite aprovechar más la autonomía que confiere la descentralización. La mayor liberalización del comercio exterior como la descentralización fiscal representan, por lo tanto, un riesgo y una oportunidad para lo que la economía de la Costa Caribe pueda lograr de aquí hasta el año 2020.

¿Cuál es el escenario más probable? Es muy viable que continúe la tendencia observada durante la década de 1990, cuando una mayor apertura del comercio exterior y una mayor descentralización resultaron, en su conjunto, favorables para la economía regional. Durante el período 1990-2001 se redujo la brecha en el Producto Interno Bruto per cápita de la Costa con respecto al resto del país. Mientras en 1990 el PIB per cápita de la región era de sólo el 70 por ciento del nacional, ya para 2001 era del 75 por ciento.

Sin embargo, aunque la reducción en esa brecha fue significativa, hubiera podido reducirse más si se hubieran presentado dos circunstancias favorables, una de orden local y otra nacional, que hubieran potencializado el aprovechamiento de las oportunidades creadas por la descentralización y la apertura comercial.

¿Cuáles son? Que mejore radicalmente la calidad de los gobiernos locales (distritales, municipales y departamentales). Y que el país ponga en funcionamiento unas políticas económicas dirigidas específicamente a reducir las disparidades económicas territoriales, políticas que hasta la fecha no hemos tenido.

Una mejoría de los gobiernos locales implicaría una mayor eficiencia en el gasto público y en el recaudo de los tributos, menores niveles de corrupción, mayor participación ciudadana en las prioridades públicas. Permitiría también invertir mejor los recursos y dirigirlos hacia donde su rentabilidad social y privada es mayor: el desarrollo de capital humano, a través de la educación, la principal carencia de la región para aprovechar las oportunidades que le brindan las reformas económicas en curso.

Si además el país adquiere un compromiso serio con la reducción de las disparidades económicas interterritoriales, a través de -por ejemplo-, la creación de fondos de compensación para las regiones rezagadas al estilo de los que se han aplicado con éxito en Europa, como lo ilustra el caso de España en la era posfranquista, la Costa Caribe podrá recobrar para el año 2020 gran parte del terreno que perdió en el siglo XX.

Un país Caribe

En 2020 los colombianos podrán visitar el Museo del Caribe en Barranquilla. Su avanzada construcción promete ofrecerles un panorama exquisito de la cultura regional. Para la ciudad habrá sido otro paso más en ese ambicioso proyecto de recuperación urbana, que aspira volcar su paisaje arquitectónico hacia las laderas del Magdalena. Para los visitantes de todo el país, el Museo será otra orgullosa manifestación de la identidad nacional. Allí habrá espacio para admirar la obra genial de Gabriel García Márquez, entre otros tantos valores.

Colombia será entonces un país aún más Caribe. Esta característica tendría que obligar a los habitantes de la región a reconocer sus mayores responsabilidades, más allá de las fronteras provincianas. Los proyectos de sus más sobresalientes representantes políticos tendrían que adquirir, como en el pasado, dimensiones nacionales.

Cuando pensamos en la Costa Caribe dos décadas hacia adelante evocamos dos imágenes del desarrollo. Una es un paisaje rural que refleje la mano laboriosa de los costeños: el campo lleno de cultivos, como fuente de bienestar y seguridad para sus habitantes. En vez de aguas desbordadas, canales de riego. En vez de tierras empantanadas, los frutos de la agricultura y la ganadería. En vez de campesinos empobrecidos, empresas asociativas de producción que propicien una mejor distribución del ingreso y la consolidación de una clase media rural, con perspectivas de mejor vida para toda la población.

La otra encuentra inspiración en viajes recientes de los autores a dos ciudades europeas: Mahón, la capital de la isla de Menorca, y Venecia, el histórico orgullo de Italia. Turismo, claro. Pero la imagen que quisiéramos proyectar hacia 2020 es la de sus aguas llenas de navegantes, abiertas al mundo. Una Costa con bahías animadas de barcos y veleros, locales y trasatlánticos. Entonces podremos decir que Colombia por fin conquistó el mar Caribe.

* Meisel Roca es economista y director del Banco de la República en la Costa.
Posada Carbó es doctor en historia e investigador

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