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| 7/15/2002 12:00:00 AM

A pulso

Luz María Camargo es la clásica mujer colombiana que jala el progreso de su familia y de su comunidad con trabajo y convicción.

Cuando Luz Maria Camargo nació ya venía perdiendo. Su mamá murió mientras la trajo al mundo. Se crió con su abuela en una finca cerca de Zarzal, un pueblo grande, fértil y cálido del Valle del Cauca. "Aunque éramos muy pobres, con mi abuela nunca me faltó el cariño". Luz María es una mujer robusta y firme, sus ojos y su cabello tienen un color negro profundo y su piel morena contrasta con la blancura de sus dientes, que le dan una gracia especial a su risa contagiosa. Tiene 42 años, dos hijas, un ex marido y, mientras cuenta su vida, sentada en una silla Rimax del pequeño restaurante que montó en la sala de su casa, pasan por su rostro las diferentes emociones que esos recuerdos le traen.

A los 10 años su papá apareció para llevársela a vivir con su nueva esposa. Como su padre era agente viajero Luz María quedó en manos de la madrastra, que le hizo la vida imposible. La regañaba, la golpeaba y la ponía a hacer demasiado oficio. Luz María vivía con miedo hasta que a los 18 años recién cumplidos se le enfrentó. Quería pegarle y llamó a la policía. Cuando llegaron los agentes que estaban de turno las separaron e intentaron calmarlas. "Como a uno le dio pesar de mí me llevó a dar una vuelta y me compró un helado", recuerda Luz María, todavía compungida.

Y con ese policía, Juan de Dios Armero, se casó y se fue a vivir a Cali. Allá no se adaptó. Tuvo a sus dos hijas, María Cristina y Johana, y se dedicó al hogar, pero con una enorme frustración de no poder continuar sus estudios y conseguir un trabajo. Además su marido comenzó a beber demasiado, a maltratarla y la situación económica de la familia a agravarse. Luz María buscó hacerse a una vivienda sin cuota inicial de las del gobierno de Belisario Betancur y la obtuvo. Pero el barrio quedaba a la orilla del río Cauca y desde un principio sufrieron por las inundaciones y los zancudos. "La casita me la entregaron en obra negra pero nos pasamos para ahorrar lo del arriendo y con la ayuda económica de mi papá logré terminarle el primer piso", dice.

Ya tenía casa propia y luego empezó a trabajar en política, de la mano de un concejal de Cali, para mejorar las condiciones del barrio. "Logramos que se construyera el jarillón y que nos pusieran una estación de bombeo provisional para controlar el caudal del río", sostiene orgullosa. Junto con Ofelia Hernández, otra líder del barrio y una de sus nuevas amigas, escribieron cartas, recogieron firmas y organizaron a la gente. "Cuando ella comenzó éramos muy pocos los interesados en crear la junta de acción comunal, dice don Aricapa, uno de los fundadores del barrio. Era un trabajo muy duro porque consistía en ir de casa en casa convenciendo a la gente para que apoyara las iniciativas que a un grupo de vecinos se nos ocurrían". Cuando se escogió la primera JAC de Floralia, Luz María fue nombrada tesorera.

Líder comunitaria y casa propia, logros contundentes. Pero Luz María seguía dependiente de los escasos ingresos de su marido y descontenta. Al fin consiguió trabajo como conserje de la empresa de servicios públicos de Cali, Emsirva. Luz María le propuso al esposo que se dividieran los gastos, que él sólo pusiera para la alimentación y que ella se encargaría de lo demás, incluyendo los materiales para construir el segundo piso de la casa. "Mi marido no quiso hacer equipo conmigo, no cumplió con sus responsabilidades. Por eso lo guerreé y lo saqué de la casa".

Fue duro y triste. Pero como la inmensa mayoría de las familias, colombianas que han levantado su hogar y progresado a puro pulso, esta caleña siguió luchando. Hizo bachillerato nocturno y se volvió mecanógrafa. "Salía de Emsirva y me iba derechito a estudiar a Comfandi. Llegaba por la noche cansada a la casa y me encontraba con mis hijas, que las tenía encerradas como perritos. Tenía que darles comida y ayudarles con las tareas. Pero el estudio valía la pena y sacaba fuerza al pensar que no quería quedarme barriendo y trapeando", recuerda. Y un colega de trabajo suyo respalda lo que dice: "Nunca le tuvo pena ni pereza al trabajo, es un ejemplo de superación". A los 37 años se graduó de secretaria auxiliar contable. "Pasé muchas vergüenzas. Como no siempre me alcanzaba la plata para pagar el semestre a tiempo me sacaban de clase. Pero me escondía en el baño y apenas cambiaba la clase me metía de nuevo. Al final los profesores se acostumbraron y me ayudaron bastante", dice.

En Emsirva ascendió y de aseadora llegó a los 10 años a secretaria, pero en 2000 quedó desempleada por la reestructuración que debió hacer la empresa. Con la liquidación y unos ahorros que tenía decidió, después de estar seis meses sin trabajo, montar un restaurante para atender a los conductores de una ruta de buses que parquean frente a su casa en Floralia. "Con el restaurante puedo pagar mis gastos pero además les doy trabajo a dos madres cabeza de familia que me ayudan. Además mi hija menor, que estaba sin trabajo, supervisa todo".

Hace unos días volvió a emplearse y salió elegida tesorera de la junta comunal una vez más. "Lo único que falta para concluir mi lucha personal es conseguir que mis hijas puedan ser profesionales, pero le aseguro que en cinco años ellas lo estarán logrando", sentencia Luz María.
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