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| 6/25/1990 12:00:00 AM

¿ QUE ESPERAR ?

Con estilo parecido al de Carlos Lleras, muy pro sector privado, algo antiyanqui y decidido a acabar con Pablo Escobar, Gaviria iniciará su gobierno el 7 de agosto.

En Colombia cada nuevo Presidente invariablemente llega al poder con una obsesión: diferenciarse de su antecesor. No cabe duda, entonces, de que el primer paso que dará Gaviria cuando entre a tomar posesión de su cargo el próximo 7 de agosto, será un rotundo cambio de estilo en la forma de gobernar. Virgilo Barco, que gastó inicialmente buena parte de su capital político para sacar a los godos del gobierno y vender el esquema gobierno-oposición, paralelamente impuso un estilo que buscaba no sólo una mayor autonomía y margen de maniobra, sino echarle tierra a veleidades populistas tipo Belisario.
Como él mismo lo decía, después de los gobiernos de manguala en los que el Presidente quedaba amarrado a los gremios, a los medios y a la clase política, era necesaria una mayor independencia. Pero con el paso del tiempo y con el papel que jugaron sus evidentes y graves problemas de comunicación, Barco se fue aislando cada vez más, cortó nexos con el exterior, perdió instrumentos para comunicarse con la opinión y se fue quedando solo en su torre de marfil. Solo como una ostra, porque si al comienzo de su administración había impuesto también la modalidad de gobernar con la ayuda de un grupo de asesores de confianza -el Sanedrín-que le servían de cordón umbilical con el mundo exterior, al final de su administración ese grupo prácticamente había desaparecido y había quedado reducido a un solo hombre, Germán Montoya, el Secretario General de la Presidencia.
Gaviria ha aprendido la lección. Y no sólo porque experimentó en carne propia el principio según el cual "la letra con sangre entra" no en vano ocupó los dos ministerios más importantes, Hacienda y Gobierno, y conoció las intimidades de la administración sino porque su estilo es totalmente diferente. Obedece a sus propias condiciones personales, a sus personales convicciones y, sobre todo, a un modo muy diferente de concebir el liderazgo. En primer lugar, aunque no necesariamente lo parece, Gaviria es un Presidente muy preparado. Tiene un dominio de los temas económicos que no se ha visto desde Carlos Lleras. Los otros presidentes han sido más bien humanistas, constitucionalistas, poetas o políticos, pero Presidente economista, fuera de Lleras Restrepo, no ha habido. Muchos creen que se parecerá a ese ilustre ex presidente y que participará directamente en el manejo económico del país.
Otra característica del próximo Presidente es que, aunque sabe oír y tiene la capacidad de delegar responsabilidades, quiere dejar claro que no gobernará con sanedrines. Piensa que es al Presidente a quien le corresponde en forma directa comunicarse con la gente para explicarle lo que está sucediendo. Si a Barco había que interpretarlo, Gaviria mismo hará las interpretaciones. Si Barco ignoraba o hacía caso omiso de la opinión, especialmente de la oposición, Gaviria contará con ella, no para depender de ella, sino para comprometerla. De ahí que haya planteado la ruptura del esquema que tanta sangre, sudor y lágrimas le costó a Barco imponer. Independientemente del mandato constitucional y de la decisión que tome el segundo partido en votos, Gaviria ha dicho que vinculará a su administración a personas de otras fuerzas, en posiciones que impliquen responsabilidad política, pero con derecho a crítica y a fiscalización. Por tanto, es de esperarse que dará participación en su gobierno a pastranistas y a alvaristas en forma paritaria. Y no se descarta que llame también a colaborar al M-19, cuyos decorosos resultados en las urnas demuestran que los colombianos quieren darle un chance a los ex guerrilleros que se la jugaron por la paz.
Pero para ejercer el liderazgo que quiere, son necesarias unas buenas relaciones con la clase política, que no es propiamente lo que ha tenido el gobierno de Barco. Gaviria, que es hechura incuestionable de esa clase, tiene el know how del manejo del Congreso y del partido, sobre el cual, a diferencia de Barco, también ejercerá el mando. Conoce a los congresistas, pues ha sido uno de ellos, y sabe cómo navegar en sus aguas sin encallar. Prueba de ello, la reforma tributaria, que sacó adelante como ministro de Hacienda, haciendo gala de sus habilidades de manzanillo. En esta materia, el primer reto que debe enfrentar es el de sacar adelante la Asamblea Constitucional sin echarse encima a sus antiguos pares.
En materia ideológica, Gaviria será un poco camo los gobiernos mexicanos: centroderecha en política interna y centrá izquierda en política externa. Con la mitad del planeta tratando de desmontarse del fracaso económico del comunismo, el nuevo Presidente no se va a poner a hacer populismo económico ni a asustar al capital privado. Considera que Colombia, si se soluciona el problema de orden público, puede estar a las puertas de un despegue económico de grandes proporciones. Gaviria, quien cree que el narcoterrorismo es un problema de meses y no de años, espera presidir una etapa de desarrollo económico importante, basada más en el impulso del sector privado que en la intervención estatal.
En política externa, sin embargo, su posición es un poco diferente. Es bastante crítico de los Estados Unidos, país frente al cual seguramente asumirá una posición más de independencia que de alineamiento. Ha dicho que adelantará una política de exigencia, especialmente en lo que se refiere al problema del narcotráfico. Quiere buscar un mayor compromiso de los países consumidores en la lucha para frenar el consumo y controlar el tráfico de armas, el lavado de dólares y la producción y el comercio de los insumos para el procesamiento de la pasta de coca.

PRUEBA DE FUEGO

Pero la verdadera prueba ácida para su liderazgo se dará en el campo de la guerra contra el narcoterrorismo. Aunque Gaviria ha insistido en una estrategia global contra la violencia, que ya no se concentra exclusivamente en el problema guerrillero, pues como se ha dicho repetidamente "mucho más que las del monte, las violencias que nos están matando son las de la calle", sin duda alguna el narcoterrorismo es el problema más grave que vive la sociedad colombiana. Y es en su solución en donde están cifradas las mayores esperanzas con respecto al nuevo Presidente.
Independientemente de la controversia que suscita la guerra que se libra contra el narcoterrorismo, las acciones oficiales en esa materia no han dado los suficientes resultados. Después de varios meses de ofensiva militar, y cuando han sido asesinados tres candidatos presidenciales y cientos de policías y de gentes inocentes, los colombianos piden más efectividad. Y eso es lo que esperan los colombianos del nuevo Presidente. Gaviria en sus múltiples intervenciones y declaraciones públicas ha insistido en que la prioridad de su gobierno es la de acabar con el narcoterrorismo "que ha puesto en peligro la propia democracia y la totalidad de las instituciones", y ha dicho que ese objetivo no puede ser asunto de años, sino de meses. "Tengo la certeza de que con la colaboración de los organismos de seguridad y la propia gente tenemos la capacidad de someter al terrorismo".
La posición de Gaviria fue, sin duda, la de la línea dura entre los candidatos a la Presidencia. Mientras Rodrigo Lloreda y Antonio Navarro, por ejemplo, insistieron en la viabilidad de tramitar la llamada rendición de "Los Extraditables", Alvaro Gómez lanzó la carta de la legalización. Gaviria, por su parte, aunque recurrió a una distinción entre narcoterrorismo y narcotráfico, que le permitió plantear una estrategia que contempla un tratamiento menos severo para aquellos narcotraficantes que acepten rendirse, entregarse y colaborar para desmantelar ese negocio criminal y el rechazo de la extradición como único instrumento para combatir al crimen organizado, fue mucho más enfático al afirmar que no habrá éxito en la guerra que se ha iniciado contra el narcotráfico "mientras algunos sectores y dirigentes piensen que la manera de enfrentar estas organizaciones es responder sus crímenes con toda clase de concesiones de la sociedad y el gobierno. Al terrorismo se le hace frente sin concesiones". Todo parece indicar que los indicios de posible flexibilidad que Gaviria ha dado con respecto al manejo del narcotráfico, son más una cuestión de habilidad y de prudencia en momentos de tanta violencia e inseguridad, que de convicción. Mientras no tenga verdaderamente la sartén por el mango, que no será hasta el 7 de agosto, tiene que manejar posiciones más transaccionales. Pero lo seguro es que por herencia política del Nuevo Liberalismo, por convicción y por trayectoria, Gaviria seguirá dando la pelea de frente contra el narcoterrorismo que, hoy por hoy, está personificado en Pablo Escobar. Y para continuar la guerra, también tendrá que poner a prueba su capacidad de liderazgo para convocar la solidaridad nacional, cada día más quebrantada precisamente a causa de una guerra que muchos colombianos no sienten como propia.
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