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| 9/26/2009 12:00:00 AM

¿Qué es ser un líder en Colombia?

En un país donde hay mucha desconfianza, los líderes deberían convocar más por su visión que por su personalidad.

El liderazgo es universal, pues desde que el hombre vive en comunidad, unos tienden a fijar el rumbo y a tratar de conducir a los demás, y otros a confiar en líderes y a seguirlos. Pero cada país tiene una cultura y un clima de liderazgo que influyen en cómo se producen y se comportan los líderes y los seguidores. La cultura de liderazgo de un país está hecha de los ritos y costumbres que surgen de la geografía, la historia, los liderazgos pasados, y todo lo que influye en los valores y los comportamientos de un pueblo. Por eso cierto tipo de líderes se dan en un país y no en otro. No puede ser más diferente un líder ruso a uno estadounidense, por ejemplo.

Pero la cultura cambia según las circunstancias, a veces abruptamente. Esas circunstancias de corto plazo forman el clima de liderazgo. Por eso, aun cuando el prototipo de líder venezolano siempre será radicalmente distinto al alemán por razones de cultura, la intensidad y las características del liderazgo en Venezuela podrá cambiar por razones de clima.

Por eso la respuesta a la pregunta ¿qué es ser un líder en Colombia? depende del momento en que se responda. Hace siete años habría sido difícil hacerlo, porque la sociedad colombiana ha sido poco fértil en materia de liderazgo, y por tanto no tiene un prototipo de líder. Pero el clima de liderazgo ha cambiado sustancialmente. Hoy Colombia vive uno de los fenómenos de liderazgo político más fuertes, no sólo de América Latina, sino del mundo, y por ende, la respuesta actual a la pregunta sería tener características de liderazgo del corte de las de Álvaro Uribe.

Pero ¿por qué Colombia no tiene una cultura de liderazgo fuerte? La respuesta quizá sea que ésta se nutre de factores como la confianza, la propensión al cambio, el respeto por las ideas y las crisis, escasos en la sociedad colombiana a causa de su historia marcada por la violencia, los valores conservadores y la política clientelista. La desconfianza es el peor enemigo del liderazgo porque no permite que se construyan lazos entre seguidores y líderes, y en Colombia se dice que "lo único que no hace daño es el caldo de pollo, y la desconfianza". Una encuesta reciente publicada por SEMANA, revela que el 60 por ciento de los colombianos se consideran a sí mismos como desconfiados, y el 70 por ciento desconfía que la gente que conduce el país hará las cosas correctamente.

Pero, ¿la desconfianza es una tara de los seguidores, o resultado de falta de capacidad de generar confianza por parte de quienes aspiran a ser líderes? Aunque el liderazgo depende principalmente de la visión del líder, también requiere de la capacidad de realizarla con la ayuda de sus seguidores, y hay entornos culturales que lo dificultan, como atestiguan los cientos de candidatos que elección tras elección buscan cambiar la política y fracasan ante el escepticismo o la adicción de los votantes por las contraprestaciones clientelistas.

Sin embargo, aún culturas poco propensas al liderazgo como la colombiana ceden ante climas propicios como el generado por la crisis de cambio de siglo, que permitió que se "recuperara" la confianza de la mano de Álvaro Uribe. Pero, con la excepción del proyecto truncado de Luis Carlos Galán, ¿qué hizo que en Colombia pasaran casi 50 años de abstinencia en materia de liderazgos fuertes? En los años cercanos a la mitad del siglo XX la política colombiana estuvo dominada por grandes líderes partidistas como Alfonso López Pumarejo y Laureano Gómez, que no sólo movían multitudes, sino que representaban dos visiones ideológicas claramente diferenciadas. Esa etapa terminó con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, pues a partir de ese momento se produjo lo que podría denominarse el síndrome Gaitán, de rechazo profundo a los liderazgos populares, por considerarlos sinónimo de populismo. Lo que vino después de la dictadura, con el Frente Nacional, fue un intento por reemplazar los liderazgos personales por partidos fuertes. Desde entonces el país vivió bajo la fórmula contraria al liderazgo: el clientelismo. El líder clientelista no es líder, porque su éxito político no depende de construir y comunicar una visión que los seguidores acogen e impulsan, sino de proveer favores.

Pero esa frugalidad se da especialmente en el ámbito del liderazgo público, porque el entorno privado está lleno de líderes silenciosos que contribuyen todos los días al progreso del país, con su visión y su esfuerzo, al conducir comunidades educativas, barriales, familiares, etcétera. Tanto en el ámbito empresarial, como en el familiar, el comportamiento del colombiano es menos escéptico y desconfiado, y por lo tanto surgen más fácilmente los líderes.

La mejor manera de averiguar qué es ser líder en Colombia es verificar quiénes son los del momento. No quiénes han alcanzado el primer lugar en su profesión o en su industria, ni los ídolos o los héroes, porque esos no son necesariamente líderes. Líder es quien tiene seguidores, no admiradores, en función de su visión y no de su persona.

Desafortunadamente no vienen muchos a la mente. En el deporte, por ejemplo, hay estrellas, pero no líderes como fue Maturana en su momento, que con una visión cambió la historia del fútbol colombiano y fue seguido por muchos. En el arte, Gabriel García Márquez, que podría ser un líder de primer orden, ha rehuido esa condición, al limitarla a la literatura. Fernando Botero ha ejercido el liderazgo en Colombia más como mecenas que como artista. Lo mismo sucede con Shakira. Quizás la excepción sea Juanes, que ha asumido un papel de líder al abanderar la paz y la concordia, aunque todos los seguidores que tiene como músico no lo acompañan en su empeño por desarmar los espíritus.

En el ámbito estatal son muy pocos: junto al Presidente quizá solo brille el general Óscar Naranjo, quien ha reemplazado a los fiscales generales que en el pasado eran percibidos como líderes importantes. En el plano político, Uribe opaca completamente a los dirigentes de su coalición, y hace mucha sombra sobre los de la oposición. Logran sobresalir figuras como César Gaviria que encarna la defensa de la democracia y Piedad Córdoba la liberación de los secuestrados, pero el liderazgo de los candidatos presidenciales está desdibujado por el clima actual, centrado en el patrón autoritario, asociado al modelo de líder militar, que pone orden, señala el camino sin la ayuda de nadie, se enfoca en resultados y rehúsa dialogar. Lo que sí hay en abundancia son los antilíderes, como Hugo Chávez, Alfonso Cano, los paramilitares, los parapolíticos, que encajan dentro del ciclo nacional condicionado por la indignación y el odio.

Joseph S. Nye sostiene que las sociedades en que funciona el tipo de liderazgo heroico se demoran en desarrollar la sociedad civil y el capital social amplio que se requiere para liderar en un mundo moderno interconectado. Quizás eso explique por qué el auge de liderazgo que vive Colombia en lo presidencial, no se esté esparciendo por toda la sociedad.
 
* Director de la Fundación Liderazgo y Democracia
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