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| 5/10/1993 12:00:00 AM

Rey por un año

Al cumplirse el año del autogolpe, Fujimori sigue más popular que cualquiera. El enviado especial Mauricio Sáenz explica por qué.

Rey por un año Rey por un año
CON SU ROSTRO IMPENETRABLE, EL PRESIdente peruano Alberto Fujimori reconoce que hasta ahora se ha salido con la suya. Hace una semana el hijo de japoneses conmemoró el año transcurrido desde que envió a sus casas a los miembros del Congreso y se dispuso a gobernar por sí y ante sí uno de los países más complejos del hemisferio occidental. Entonces confesó a los corresponsales extranjeros que su principal consejera es una adivina. Al salir de su asombro, los periodistas tuvieron que aceptar que hasta ahora las cábalas le han salido bien. "Lo que ha habido en el Perú es un revolcón que se parece a una revolución", dijo a SEMANA "Esa tan mencionada 'democracia' nos había llevado al abismo. Lo que queremos es limpiar esos barnices falsos que cubrían nuestro sistema político".
ANGEL O DEMONIO
El autogolpe de abril produjo un rechazo en todo el continente, que llegó a su clímax cuando Carlos A. Pérez suspendió las relaciones de Venezuela con el Perú. El país de los incas pasó de ser una de las democracias más amenazadas por la subversión y el narcotráfico, a una amenaza conceptual para la democracia.
Nadie defiende el orden de cosas anterior a Fujimori, porque la ineficiencia del Congreso y la corrupción del poder judicial eran proverbiales. Pero quienes señalan los peligros del autoritarismo, sostienen que el nuevo Congreso podrá trabajar más, pero en su elección no participaron los principales partidos políticos. Dicen que el poder judicial, mediante un nuevo estatuto antiterrorista, habrá condenado a 104 de los 160 guerrilleros capturados, pero no sin afectar derechos humanos, incluido el de defensa.
Muchos señalan que la prensa ha sido víctima de una "dictablanda" que aplica medidas de bajo perfil que van desde denuncias por difamación hasta la intimidaeión sicológica. Fujimori tampoco parece gustar de la competencia. Según la oposición, su ministro estrella de Economía, Carlos Boloña, fue separado del cargo cuando el éxito contra la inflación le puso en primer plano. El general Antonio Ketín Vidal pasó a la Inspectoría de la Policía (un ascenso a un cargo inocuo), cuando ganó demasiada popularidad por la captura del líder de Sendero Lurninoso Abimael Guzmán. Incluso se dice que el presidente está enfrascado en una campaña económica contra los municipios, porque los alcaldes de Lima y Cusco, Ricardo Belmont y Daniel Estrada, podrían eclipsarle ante la posibilidad de que la nueva Constitución permita la reelección inmediata.
También hay leyendas negras, como la del asesor presidencial Vladimiro Montesinos, un personaje que se mueve entre las sombras como corresponde a un jefe de inteligencia, y a quien señalan una exagerada influencia en las decisiones del ejecutivo. Lo cierto es que su sola mención pone a la defensiva al presidente.
EL FENOMENO
A pesar de todo ese panorama tan parecido a una dictadura, 53 semanas más tarde, con su gobierno legitimizado por un Parlamento elegido con el aval de la OEA y con su país incluso readmitido en el Grupo de Rio, Fujimori aparece como un fenómeno cuya aceptación popular es envidiada por los presidentes demócratas más risueños. Su popularidad, que en el Perú sobrepasa el 60 por ciento, incluso traspasa las fronteras. En una reciente visita a Ecuador -la primera de un presidente peruano en más de 100 años- una multitud quiteña dejó a un lado la vieja disputa territorial de los dos países para salir a las calles a vitorear a Fujimori. En Venezuela las encuestas indican que el peruano-japonés sería presidente si sus padres hubieran escogido Caracas y no Lima para rehacer sus vidas. No es extraño oír en las capitales del subcontinente que lo que se necesita para salir adelante es "un Fujimori".
¿Será que los países del área tienen en su futuro a un autoritarista poco preocupado por las normas de la democracia formal? ¿Cuáles son las razones para que ese hombre tan ajeno a la emotividad latinoamericana, protagonice hoy un fenómeno de masas en su país y en su continente?
¿LA ECONOMIA?
En términos económicos Fujimori puede sentirse orgulloso. Ha logrado reducir la inflación, que en 1990 había ascendido al 7.650 por ciento, a 139 por ciento en 1991 y al 57 por ciento en 1992. El otro objetivo económico, la reinserción en el sistema financiero internacional, fue conseguido tras las promesas hechas por el "Chinito" en la cumbre de Bahamas.
Sin embargo, la reducción de la inflación o la consecución de nuevos préstamos, son parámetros adorados por los economistas pero detestados por las poblaciones, que son quienes pagan los platos rotos. Las medidas de austeridad en el gasto público, liberalización del comercio exterior, combate a los monopolios y desregulación, trajeron como efecto secundario el crecimiento de la población que vive por debajo del nivel de pobreza.
Entre 1990 y 1992 el número de pobres pasó de siete a 12 millones, en una población total que sobrepasa los 22 millones. Por eso es difícil, si no imposible, sostener que a Fujimori lo respaldan sus conciudadanos por haber mejorado sus condiciones de vida.
¿EL TERRORISMO?
Los éxitos contra el terrorismo tampoco parecen explicar el fenómeno. Cuando asumió el poder en forma total, sus críticos señalaron que con el "autogolpe" la población se polarizaría y se abrirían nuevos espacios populares para los grupos Sendero Luminoso y Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.
Fujimori sabía que por eso su apuesta era muy peligrosa. Pero con una mezcla de trabajo de inteligencia y buena suerte, el 20 de junio fue capturado Víctor Polay Campos, líder del MRTA, y el 9 de septiembre el cabecilla de Sendero, el tenebroso Abimael Guzmán, "Presidente Gonzalo", cayó en manos de la Dirección Contra el Terrorismo.
La captura de Guzmán significó un triunfo sicológico para el gobierno y un golpe contra Sendero Luminoso, pero no la desaparición del problema del narcoterrorismo. Es cierto que ha habido cientos de capturas y entregas, y que los atentados con bombas, luego de un resurgimiento estertóreo, han disminuído. Pero aun así los cuadros de Sendero tienen todavía su capacidad, sobre todo en el Alto Huallaga, donde su alianza con el narcotráfico es aún ostensible.
Junto con la caída de los dirigentes guerrilleros, la recuperación de universidades convertidas en centros de subversión y de penales tomados por los presos de Sendero, conformó un panorama de triunfo para el gobierno. Sin embargo es claro que el triunfo contra la subversión no es garantía por sí mismo de popularidad.

LA INFORMALIDAD
Si la economía no es la fuente del respaldo popular de Fujimori y la lucha contra la subversión tampoco la explica, ¿cuál es la fórmula que sostiene al presidente peruano? La respuesta está en que el nisei representa la informalidad en un país (y un continente) en el cual las formas han quedado como expresiones de una dominación ancestral.
Lo cierto es que el pueblo peruano ha vivido desde hace décadas una situación económica tan deteriorada, que ha producido dos vertientes bien definidas. Una es la subversión y la otra el rechazo a las formalidades de la organización estatal, motivadas ambas por la inexistencia de medios para romper el círculo vicioso de la pobreza. Una muestra de esa tendencia se dio hace dos semanas en Lima, cuando dos ladrones fueron capturados por la población de uno de los "pueblos jóvenes" que rodean a la capital. Los lugareños no tuvieron inconveniente en quemar vivos a los delincuentes, en una manifestación especialmente dramática de su preferencia por las decisiones expeditas e informales.
La "revolución" de Fujimori comenzó con el cierre de un Congreso inoperante y muy burocratizado (tenía 4.500 empleados y ahora funciona con 450), que de la mano del partido aprista de Alan García se había convertido en un freno a todas las iniciativas gubernamentales, sin importar su naturaleza o importancia. Y siguió con la reorganización de un sistema judicial -que solía funcionar sólo si era alimentado con "coimas" o sobornos- al que se aplicaron correctivos obvios pero impensables en otras épocas, como el examen de aptitudes para ser nombrado o ratificado como juez.
Golpes a baluartes tan importantes de la tradición blanca riman con la desregulación de una economía que ya estaba dominada por la informalidad. Una de las expresiones es la libertad para importar automotores usados. Fujimori dice que de los 500 mil empleados estatales despedidos muchos compraron, con el dinero de sus liquidaciones, camionetas para el servicio urbano de Lima "que desde entonces se ha resuelto en gran medida". El resultado es evidente en las calles. Miles de pequeños colectivos,que ostentan aún sus letreros en japonés, circulan por la ciudad sin placas especiales, ni requisitos mínimos. Lo único que se necesita es querer trabajar.
La gente percibe esa política como el triunfo de esa informalidad que desde hace años se tomó las actividades económicas y que el economista Hernando De Soto identificó en un best seller internacional. Una informalidad que se traduce en la existencia de, por ejemplo, desde ferreterías completas que funcionan en las aceras de las calles limeñas, hasta comercios e industrias aparentemente legales pero que funcionan sin el cumplimiento de ningún requisito, impuestos incluídos.
La gente también percibe como propio el que Fujimori gobierne sin el respaldo de una base política tradicional, y que no pierda ocasión para fustigar todo cuanto recuerde al "viejo orden". El presidente practica una especie de "judo" político,mediante el cual convierte las críticas de sus opositores en alabanzas a la corrupción existente hasta el 6 de abril de 1992. Por ese medio consigue cabalgar sobre la ola del descontento popular, afianzado por su tipo racial más parecido al de pueblo que al de los blancos de las clases altas. Una cosa y otra le permitieron obtener un triunfo aplastante en las elecciones para un nuevo "Congreso Constituyente Democrático", que legitimó el 22 de noviembre pasado, con vigilancia de la OEA, su actuación contra las instituciones estatales. Un Congreso que, como dice su presidente Jaime Yoshiyama, tiene una popularidad 60 por ciento más alta que el disuelto,
EL FUltURO
Fujimori parece tener por ahora el respaldo de las Fuerzas Armadas, cuyo comandante general Nicolás de Bari Hermoza no pierde oportunidad de repetirlo. Pero también hay quienes dicen que ese apoyo se debe a que Montesinos es ex oficial de artillería y que "casualmente" los principales comandantes provienen de esa arma. Eso impediría descartar la posibilidad de fisuras en el futuro, sobre todo porque los conspiradores de la intentona de noviembre recibieron un tratamiento de terroristas que resiente a muchos oficiales.
Aunque los antecedentes no son buenos en ese sentido, la lucha contra el narcoterrorismo discurre en medio de proclamas por el respeto a los derechos humanos, principio que parece respetarse ahora más que antes. Con los indices mejorando y una población que por ahora le concede el benefieio de la duda, el panorama de Fujimori parece optimista. Por eso se rumora que estaría pensando en convocar a elecciones este año, previa la adopción de una nueva Constitución, para capitalizar la increible popularidad de que aún goza.
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que el presidente se convirtiera él mismo en la formalidad que su pueblo desprecia? Las pésimas condiciones de vida de los peruanos propiciaron el nacimiento de la subversión, y las reformas económicas sólo la han empeorado. La respuesta podría estar en la capacidad de Fujimori para seguir cabalgando la cresta de la ola, apoyado en su Programa de Emergencia Social. Pero es sabido que de la suerte no hay que abusar, así la adivina de cabecera sepa echar muy bien las cartas.
MISION IMPOSIBLE
EN EL VALLE DEL ALTO HUAllaga se viven de primera mano los dramas que afectan a Perú. Allí se cultivan entre 180 y 210 mil hectáreas de coca, que producen por año 4.200.000 kilos de pasta básica de cocaína. Esa producción, que se cosecha en un área equivalente a tres Nicaraguas, significa el sustento para cerca de un millón de campesinos y el motivo para una alianza "diabólica" entre los narcotraficantes y los guerrilleros de Sendero Luminoso. Se calcula que el año pasado hubo más de cinco mil vuelos de narcotraficantes colombianos. Si se tiene en cuenta que cada uno paga un derecho de 15 mil dólares a Sendero Luminoso, es fácil entender por qué la región tiene una importancia fundamental para el grupo narcoterrorista.
La guerra contra el narcoterrorismo adquiere allí una dimensión que es menos apreciable en el resto del país, y los síntomas son impresionantes. Se trata de una batalla constante que se aprecia en el grado de alistamiento de las tropas. En la base de Tarapoto, la principal del área, un oficial confesó a SEMANA que el nombre que aparece en su uniforme no es el propio. "Usamos un nombre supuesto para evitar que el terrorismo ataque a nuestras familias". Su turno de servicio, de tres meses seguidos, carece de permisos, los oficiales deben permanecer en la base, porque salir a la ciudad es peligroso. Cualquiera puede ser un infiltrado de Sendero, en cualquier esquina puede esperar la bala asesina.
Pero el control del narcotráfico parece casi imposible. No sólo está el problema de la extensión del área a vigilar. Un vuelo en helicóptero por la región da sólo una idea de la extensión cultivada, que se evidencia en los claros talados por los campesinos en el bosque para sembrar la coca. Para empeorar las cosas, cientos de kilómetros de carreteras discurren en línea perfectamente recta, lo que las convierte en pistas de aterrizaje que cambian constantemente .
Por eso, la lucha contra el narcotráfico ya no se da sólo en el control de las carreteras o en la infiltración de los grupos guerrilleros, sino en el campo social, mediante el acercamiento a la población y los programas de sustitución de cultivos. No sólo se trata del alistamento de reservas femeninas, que le dan a la guerra el aire de un enfrentamiento civil. A eso se añade, como dice el general Nicolás de Bari Hermoza, comandante de las Fuerzas Armadas, el compromiso con la recuperación de las carreteras que permitan sacar los productos legales. "Se han invertido 52 millones de dólares en equipos de ingeniería, y hay proyectos por más de cuatro mil kilómetros de carreteras", dice el general. Ese es su principal tema, cuando no habla del respeto a los derechos humanos.

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