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| 12/7/1998 12:00:00 AM

RIO SALVAJE

El Magdalena es el epicentro de una guerra entre la guerrilla y la Armada Nacional que tiene a su cargo garantizar la navegación por este río.SEMANA recorrió la zona.

Vidal Angulo amaneció con 'la niña Mencha' en sus brazos. Jamás la abandona porque dice que "es la única que lo puede sacar de problemas". A pesar de la tranquilidad que le hace sentir tenerla en sus manos la zozobra evita que concilie el sueño en las noches. Pero este problema no lo desvela. El sabe que unpar de horas más tarde, en cuanto zarpe desde el puerto petrolero de Barrancabermeja, la incertidumbre aumentará y durante el tiempo que dure la travesía las posibilidades de descansar serán aún más remotas. Sin embargo, a sus 25 años, el asunto ya no lo inquieta y, por el contrario, lo asume con la calma y la veteranía propia de los hombres a los que la vida les vistió las ilusiones con un uniforme camuflado. A las cinco de la mañana ya ha recorrido medio centenar de veces los estrechos pasillos de la embarcación con su inseparable compañera. Sus demás camaradas de odisea, mientras tanto, terminan de ultimar los detalles de un viaje que, como siempre, no saben si la guerrilla los dejará finalizar.
Angulo es un infante de Marina voluntario y 'la niña Mencha' es el nombre con el que bautizó cariñosamente a la ametralladora M-60 que lo ha acompañado en los seis años que lleva como parte del Batallón de Fuerzas Especiales de la Infantería de Marina. "Es una a las que más miedo le tienen los bandidos", afirma, orgulloso, con un inconfundible acento barranquillero, mientras revisa por cuarta vez en la última hora el arma que dispara 50 proyectiles por minuto. El infante Angulo, junto a más de 100 de sus compañeros, es uno de los protagonistas de una guerra de la que poco se habla en el país pero que no es menos intensa que la que se desarrolla en las regiones más convulsionadas de Colombia. Se trata de la batalla que hace años libra la Armada Nacional en el río Magdalena para garantizar la libre circulación y la seguridad a las empresas navieras que desde hace más de una década se dedican al transporte de derivados del petróleo y otros combustibles desde Barrancabermeja hasta Cartagena.
Por tratarse de hidrocarburos con características especiales, como el alto grado de densidad, y en otros casos porque sencillamente el oleoducto no da abasto, Ecopetrol no puede enviar algunos de sus productos a través de la extensa tubería que transporta el oro negro hasta los centros de refinación. Por esto hace varios años la empresa estatal se vio en la obligación de contratar una docena de empresas navieras para llevar este tipo de combustibles por el Magdalena hasta sus plantas en Cartagena. El transporte se realiza en seis botes o planchones de 60 metros de largo cada uno, los cuales son cargados en el puerto de Barrancabermeja hasta con 40.000 barriles de crudo. Las 5.000 toneladas de peso que alcanza la carga son impulsadas por un remolcador, una potente embarcación de tres niveles cuyo costo sobrepasa el millón de dólares. Según estadísticas de la subdirección de tráfico fluvial del Ministerio de Transporte, estas empresas movilizan anualmente por el río un promedio de 2.499.546 toneladas de hidrocarburos.
El recorrido por el Magdalena desde el puerto petrolero en Santander hasta la ciudad amurallada se extiende por un poco más de 600 kilómetros. Sin embargo la mayor parte del recorrido está calificado como de alto riesgo debido a que este sector es una de las zonas de orden público más críticas del país. A lo largo del trayecto, especialmente entre Barrancabermeja y El Banco, operan más de una docena de frentes de las Farc y el ELN (ver mapa). Las estadísticas dan una idea de la intensidad de la lucha que libra la Armada Nacional contra la guerrilla por mantener la navegación por el río más importante del país y garantizar el transporte de los productos de Ecopetrol. Desde hace 10 años prácticamente no ha transcurrido un solo mes sin que los remolcadores de las empresas navieras que transportan los derivados del crudo sufran el violento acoso de la guerrilla. En este período se han contabilizado un centenar de ataques y más de 200 hostigamientos contra las embarcaciones. Los tiroteos ocurren por igual de día o de noche y, aunque su duración oscila entre los 15 minutos y las tres horas, su ferocidad es impresionante (ver recuadro).
A pesar de que en la década pasada se registraron algunos ataques, fue a raíz de una operación de la Armada en 1988 cuando la ofensiva guerrillera se intensificó. A finales de ese año cinco remolcadores y sus tripulaciones fueron secuestrados por las Farc, que exigió a los dueños de las navieras el pago de elevadas sumas de dinero por su regreso. Pocos días después de la retención una acción de la Armada consiguió rescatar las embarcaciones y la liberación de los navegantes. Previendo las represalias de la guerrilla y con el fin de que este episodio no se repitiera los propietarios de las empresas y Ecopetrol pidieron la protección de la Armada. Desde entonces cada uno de los remolcadores cuenta con la presencia de infantes de Marina.
Pero si bien es cierto que el tener permanentemente a un escuadrón de militares en la embarcación garantizó el libre y seguro desplazamiento de carga y personal civil por el río, esta situación convirtió a los remolcadores en objetivos militares de la guerrilla. De allí que con el correr de los años los ataques no sólo se han vuelto más frecuentes sino también más violentos. Los testimonios de los hombres que navegan por el río muestran, en parte, la magnitud del conflicto (ver recuadro). Durante varios días SEMANA realizó un recorrido a bordo de uno de estos remolcadores a lo largo de la zona más crítica, en la cual se han registrado el mayor número de ataques.
Zafarrancho de combate
A las seis de la mañana el infernal ruido de los 1.800 caballos de fuerza que producen los tres motores Diesel indica que el momento de la partida llegó. La descomunal fuerza de las máquinas hace temblar como gelatina las láminas de hierro en las que está construida la embarcación. El ensordecedor rugido y el particular movimiento son insoportables compañeros de viaje. La gigantesca mole de casi 200 metros de largo, compuesta por el remolcador y los seis botes cargados de crudo, comienza su lento recorrido río abajo.
Los marineros ya han terminado de amarrar los planchones al remolcador con los pesados cables de acero. El infante Angulo, con su M-60 en la mano, ya está en su trinchera. Sus demás compañeros terminan de acomodarse los chalecos y los cascos blindados y buscan sus ubicaciones. La posición de 'zafarrancho de combate' es asumida por los uniformados sin necesidad de recibir la orden del comandante de la escolta, el sargento Castilla. "Todos saben que el estar siempre en posición de combate, preparados para un ataque, es lo que nos puede salvar la vida. A ellos _la guerrilla_ no hay que darles papaya porque uno nunca sabe cuándo van a atacar", afirmó el suboficial. Con una sincronización de relojeros suizos los uniformados, que protegen la carga y los 19 tripulantes de la embarcación, desmontan los seguros de sus armas y clavan la mirada en las orillas del río, intentando buscar entre la maleza a los hombres que no los dejarán dormir en los siguientes días.
La tensión, al igual que el calor, aumentan a medida que las horas y los kilómetros van pasando. Al medio día la temperatura alcanza los 38 grados centígrados, las láminas de hierro del remolcador empiezan a calentarse por el sol y en algunas partes de la embarcación supera los 40 grados. El calor llega a ser tan insoportable que incluso desespera a los hombres que llevan años en la región, pero a diferencia de los miembros de la tripulación ninguno de los infantes puede quitarse alguna de las sofocantes prendas. "Hace como un mes yo estaba detrás de la trinchera y comenzó la plomacera. Me pegaron dos tiros en la cabeza. Si no hubiera tenido puesto el casco blindado me matan. Por eso por más calor que tengan nadie se puede quitar nada y eso durante un ataque es muy verraco porque cuando nos están dando plomo no nos podemos mover y esto se vuelve un infierno", recuerda el cabo primero Domínguez.
A pesar de que El Galeras está considerado como uno de los mejores y más 'cómodos' de todos los remolcadores que atraviesan el río, la sensación de estar a bordo de una lata de sardinas color rojizo es inevitable. "Este es como un hotel de cinco estrellas al lado de la mayoría de aparatos". Aunque las palabras del sargento Castilla se basan en sus años de experiencia escoltando estas embarcaciones, la comparación, a pesar de no estar lejos de la realidad, no deja de ser generosa.
Entre civiles y militares viajan 30 personas. El espacio es reducido. En la parte baja del aparato están el cuarto de máquinas, la cocina y unos cuantos alojamientos para los marineros, pero no es recomendable caminar por ahí. Esa zona está totalmente descubierta y no tiene las trincheras que hace algunos años instalaron las navieras en sus embarcaciones para mejorar la seguridad. En caso de un ataque las posibilidades de ser un blanco fácil son bastante altas. El segundo piso es más seguro, pero no muy cómodo. Los dos corredores tienen tan sólo 10 metros de largo por 90 centímetros de ancho y en este espacio deben moverse la tropa y la tripulación. En el último nivel, en un pequeño y caluroso bunker de tres metros cuadrados, está el habitáculo desde donde el piloto maniobra la embarcación. "Todo esto está blindado porque al primero que tiran a bajar es al piloto para que el remolcador quede a la deriva. Hay trayectos en los que es fijo que nos atacan y ahí toca maniobrar totalmente encerrados, mirando sólo por los pequeños orificios", dice Baltasar Jiménez, quien en sus 11 años como piloto habla con la experiencia que le da el haber sopotado seis durísimos ataques .

La zona crítica
El río está crecido y El Galeras demuestra porqué es el remolcador más rápido al desarrollar su máxima velocidad, 10 kilómetros por hora. El promedio de las demás máquinas difícilmente llega a los ocho kilómetros por hora. Esto, sumado a la poca maniobrabilidad de los aparatos, los convierte en blancos fáciles para la guerrilla.
La noche empieza a caer y la zozobra alcanza el límite. Después de las seis de la tarde es imposible continuar navegando. El aparato es conducido a la orilla para seguir el recorrido en cuanto salga el sol. Esa noche nadie duerme. Ni los marinos y mucho menos los infantes. El lugar donde está atracado el remolcador es una zona de alto riesgo de ataque y desde hace dos semanas la guerrilla no aparece. Cuando la calma parece rondar el río el temor aumenta, pues generalmente los ataques después de un período de tranquilidad son mucho más violentos.
Llega el amanecer pero la tranquilidad no viene con él. En el segundo día de travesía el remolcador debe navegar partes difíciles en donde es necesario no sólo que reduzca la velocidad al mínimo _casi cuatro kilómetros por hora_, sino hacer el recorrido por la orilla para no encallar en las playas de arena que se forman en medio del Magdalena. El Cajón del Muerto, El Hachazo o Puerto Plomo son tan sólo tres de los sitios que cruza el remolcador en su ruta. La tupida vegetación está a menos de un metro de la embarcación, quedando a una distancia y un ángulo de tiro inmejorables para los guerrilleros. La suerte, sin embargo, está del lado de los pasajeros de El Galeras. El elevado nivel del río inundó las trincheras desde las cuales los subversivos atacan el remolcador.
Unos kilómetros más adelante el temor vuelve a poner en alerta y en posición de combate al infante Angulo y sus compañeros. Ellos saben que son quienes más riesgo corren. "A nosotros no nos hacen nada. No nos tiran, aunque algunas veces han salido heridos por mala suerte, la guerrilla lo que busca básicamente es matar a los infantes", afirma Blas Ariza, el capitán del remolcador. Se aproximan las poblaciones de Gamarra, San Pablo y La Gloria. En repetidas oportunidades desde estos lugares la guerrilla ha lanzado feroces ataques contra las embarcaciones. "Ellos se camuflan en la población civil y nos disparan con rockets, granadas y ráfagas desde el mismo casco urbano. Ellos saben que nosotros no les podemos responder porque allí hay población civil. Nos toca aguantar el ataque y esperar a pasar rápido el sitio", afirma el sargento Castilla. Tras superar la población de El Banco, el resto del viaje hasta Cartagena es menos angustiante pues en esa zona jamás se han presentado ataques.
Gracias al invierno, cinco días después de haber zarpado el infante Angulo y sus compañeros finalizan la travesía en la ciudad amurallada. Al llegar al puerto, sin embargo, un capricho del destino lo estaría esperando para demostrarle que es un hombre con suerte. El remolcador Doña María, perteneciente a la misma empresa y con las mismas características y color que el suyo, había sido duramente atacado por 30 guerrilleros de las Farc. Pocas horas antes se había cruzado en el río con esa embarcación, en la que algunos de sus mejores amigos de filas iban rumbo a Barrancabermeja.

Sargento Carmona
El último ataque me lo hicieron hace dos meses en el remolcador Gelves 4. Con ese completé 12 ataques. Siempre es lo mismo. Cuando ven que el remolcador se tiene que pegar a un lado de la orilla porque no puede pasar por otro sitio lo atacan y algunas veces lo esperan también más adelante divididos en varios grupos. Hacen tres emboscadas en una. La más dura de las que me han tocado fue una de esas, el 2 de febrero de 1996, por los lados de Bocas del Simití, al sur de Bolívar. Aproximadamente como a los 10 minutos de haber dado la orden de zafarrancho de combate nos dispararon el primer rocket, que pegó en el cuarto de máquinas. Los motores se apagaron. El remolcador quedó a la deriva y se enterró en una playa. Al minuto cayó un rocket en el alojamiento del comandante de la escolta. Ahí estaba un infante en la puerta disparando, repeliendo el ataque. Al pegar el cohete contra la lata a él le cayeron las esquirlas y le volvieron nada la espalda. Fueron 172 esquirlas en la espalda. Nosotros le dimos los primeros auxilios. Desde ese momento, 12:45 de la tarde, hasta las seis y media de la noche que llegamos a Gamarra a prestarle atención médica ese muchacho permaneció quejándose. Las esquirlas le habían dejado destrozada la espalda con quemadas y se le formaron llagas tan grandes que se le veían los pulmones cuando respiraba. No sé cómo no se murió. En los últimos 10 años nos han matado un muchacho y más de 200 han quedado heridos. La mayoría se van de baja porque quedan muy mal de los oídos y porque se empiezan a enloquecer.
En el momento cuando el rocket hirió al primero otro infante se encontraba como a tres metros del que recibió el impacto. El subió y me dijo: mi sargento no oigo nada. Ese quedó sordo para siempre. El que había quedado herido con las esquirlas avanzaba en codos e intentó montarse en una cama. Lo bajé con todo y colchón y lo llevé a un lugar seguro en el segundo piso. En el momentico en que lo estaba sacando nuevamente otro rocket cayó dentro del camarote, pero ese no nos hizo mayor cosa. El combate siguió aproximadamente por tres horas más. Durante ese tiempo nos atacaron con ráfagas y más disparos de rocket de esos RPG rusos antitanques que atraviesan una lámina de acero de 21 milímetros.
Como estábamos encallados la única forma de salir era poner en marcha el remolcador, pero los tripulantes civiles estaban todos escondidos. Con el lanzagranadas y a rafagazos logramos cubrir a un infante para que llegara abajo al cuarto de máquinas. y él nos logró sacar de ahí.

Cabo primero Rodríguez
Todo fue en el sitio Las Cruces. Eran como las tres y media de la tarde del 21 de septiembre de 1996. Yo estaba en el cuarto del capitán para hacer el reporte radial de esa hora. Cuando estaba ya sentado listo para empezar me dio por voltear hacia la viga y me pareció que me estaban apuntando. Yo me tiré al suelo y ahí mismo comenzaron a tirar rafagazos. Al momentico ellos dispararon un rocket y esa cosa atravesó la trinchera donde yo estaba como si fuera de mantequilla. En ese momento no sentí más que el totazo. Ellos seguían disparando. Después de eso sentí que algo me corría por las piernas , pero pensé que del susto me había orinado, pero me toque y ahí me di cuenta que era sangre. El roquetazo había recorrido toda la pierna, desde abajo hasta arriba. Salía mucha sangre y al ratico empecé a sentirme mareado. Estaba completamente solo en esa parte del remolcador, tirado sobre el suelo. Los infantes no podían bajar a ayudarme porque a ellos les estaban dando y no podían moverse. Yo estaba ahí botado y ellos seguían disparándome. Ahí empecé a sentirme sin fuerzas y me desmayé. Me acuerdo más o menos que al rato me auxilió un infante enfermero de los que van con nosotros y un civil. Me desperté al día siguiente en un hospital de Bucaramanga y ya me habían operado. Ell día que me hirieron estaba cumpliendo un año en la infantería.
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