Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1990/12/10 00:00

RON REINAS Y BILIRUBINA

Turistas y Cartageneros, aprovecharon el contagio para entregarse al goce eterno y al ron ventiao.

RON REINAS Y BILIRUBINA

RON, REINAS Y BILIRRUBINA
En estas fiestas novembrinas a los cartageneros se les subió la bilirrubina y no hubo remedio que sirviera para proteger a los turistas que llegaron del interior del país. Durante diez días, cachacos y costeños convivieron en una cuarentena en la que se entregaron al goce eterno y al ron ventiao. Así se vivieron, una vez más, las fiestas novembrinas y el Concurso Nacional de la Belleza que en su versión del 90 fue de puertas abiertas para todos los invitados y curiosos que se dieron cita en el Corralito de Piedra. Nadie se quedó sin disfrutar y seguir cada uno de los pasos que dieron las 18 candidatas que, en una maratónica jornada, exhibieron sus cualidades y atributos para conquistar a un jurado y a un pueblo que durante diez días sólo sabía hablar de reinas y de ese fenómeno musical que ha sido la agrupación dominicana 4.40 con Juan Luis Guerra a la cabeza.

Ni siquiera el presidente César Gaviria pudo escapar a la bilirrubina de los cartageneros. Como buen turista -en camiseta y pantalón blanco-, Gaviria se hizo presente en la plaza de toros de la Heroica y al ritmo pegajoso de Burbujas de Amor y La Abeja al Panal, disfrutó uno de los conciertos más espectaculares que se tenga noticia en los anales de la historia de Cartagena. Allí, en medio de 15 mil delirantes espectadores, Gaviria se dejó contagiar por la alegría irreverente de los costeños y en más de una oportunidad se paró de su silla ubicada en el balcón presidencial de la plaza de toros, para bailar con la primera dama Ana Milena Muñoz.

No fue la única vez que los cartageneros y turistas vieron al Presidente. Dos días más tarde, el primer mandatario sorprendió a los huéspedes del Hotel Hilton cuando llegó acompañado de sus más cercanos colaboradores a jugar tenis. Era su retorno a las canchas después de la lesión que tuvo días antes de su posesión. A pocos metros de allí, las reinas alborotadas por la figura presidencial, delegaron en la señorita Caldas, Mónica María Escobar, la misión de visitar a la familia presidencial e invitarla a departir unos minutos de las fiestas del reinado. Pero todo quedó en proyecto, por cuanto la Guardia Presidencial no permitió el ingreso de la candidata caldense, quien en una diminuta trusa se hizo presente en el campo de tenis.

Ese fue el preámbulo de una fiesta que se engalanó desde el primer día con el arribo en el aeropuerto de Crespo de las 18 candidatas, quienes minutos antes tuvieron su primera gran prueba de que este, además de un concurso de belleza, es una prueba de resistencia. A 35 mil pies de altura y a 900 kilómetros por hora, el ramillete de la belleza colombiana desfiló por el pasillo del avión de Avianca, que sirvió de pasarela para que el reducido grupo de afortunados viajeros juzgara cuáles eran los atributos que tenía cada reina para buscar la corona en Cartagena. Pero si los viajeros no perdieron detalle, las reinas no perdieron el tiempo y aprovecharon ese primer mini desfile para observar la competencia y saber cuál era su opción antes de arribar a la gran fiesta del Corralito de Piedra.

Así comenzó a despegar otra edición del reinado de la belleza, que esta vez no necesitó de las estrictas medidas de seguridad que en los años anteriores habían convertido la sede del concurso en una fortaleza inexpugnable, franqueada solamente por unos cuantos privilegiados. Atrás quedaron los padrinazgos para alcanzar el piso real del Hotel Hilton, que se convirtió durante la última semana en el sitio "in" de Cartagena. Allí la prensa conoció las intimidades de las reinas: quiénes tenían celulitis, cuáles estaban pasadas de kilos, cuáles se habían hecho la cirugía en la nariz, quiénes tenían "conejos" en las piernas. En fin, toda esa chismografía que encierra un reinado de belleza, donde todos hablan con ínfulas de expertos, pero pocos aciertan en sus pronósticos. En ese lugar, los periodistas se convirtieron en el paño de lágrimas de las madres de las reinas, quienes contrariadas por los comentarios cargados de veneno de algunos "especialistas", buscaban afanosamente una rectificación con un argumento más que conmovedor: "Por favor, no me le haga daño a mi niña que ella es muy buena". Una frase que se repitió más de una vez y que poco eco tuvo en los medios periodísticos.

Es ahí también, en los pasillos reales, donde se puede medir el termómetro de la moda y de la onda en la que andan los cartageneros a pocos días de iniciar la temporada de fin de año que, como van las cosas, parece ser una de las más concurridas de los últimos años, a pesar de que los precios en la comida, los hoteles y el transporte por esta época parecen caballos desbocados sin que nadie le meta mano al asunto.
Siguiendo los dictados reales en cuanto a la moda, este año se impondrán las bermudas y las camisetas de tonos fuertes y pegadas al cuerpo. En cuanto a música, no se necesita ser un experto para afirmar que 4.40 y Joe Arroyo son los que mandan la parada en sintonía. Pero definitivamente la agrupación de Juan Luis Guerra fue la que impuso el ritmo en la Heroica. Es más, unos cuantos imitadores se paseaban por la playa con sombrero negro, cola de caballo y un discreto arete para descrestar a más de una calentana y atraer admiradoras en las playas cartageneras. Un paisa que lleva sus años metido en el mundo del rebusque, señalaba: "Si el tal Guerra sigue con esos éxitos, nosotros los paisas le ofrecemos la nacionalidad".

Sindicato real
Pero si las reinas compartieron protagonismo en estas fiestas novembrinas con Juan Luis Guerra, el cantante dominicano por poco es el responsable de que, por primera vez, en medio siglo que lleva el Reinado Nacional de la Belleza, se presentara una rebelión real. La bilirrubina también alcanzó las alcobas de las candidatas. El día de la presentación del grupo 4.40 en la plaza de toros, los organizadores del reinado tenían programado un especial de televisión de dos horas, en directo con RCN, desde las instalaciones del club de pesca. Ahí terminaba el día social de las 18 candidatas, quienes después tenían que regresar a la camita a reponerse porque el día que les esperaba no era nada fácil. Sonia Osorio comenzaba los preparativos para la coreografía de la noche de elección.

Desencantadas porque en su agenda no figuraba asistir al concierto, las 18 candidatas decidieron montar un sindicato y nombraron a la representante del Huila, María Alejandra Méndez Cuervo, como negociadora ante las chaperonas, quienes se convierten en generales de batalla. Pero como donde manda capitán no manda marinero, la huelga se disolvió como por encanto y las 18 hermosas mujeres tuvieron que contentarse con los comentarios y chismes de quienes sí asistieron al concierto y que pagaban la agonía de una rumba que casi no termina.

Porque si para los visitantes el reinado es fiesta, para las reinas más que en rumba se traduce en obligaciones y agotadores compromisos sociales. Estos se iniciaron desde el día que el ramillete de candidatas arribó a Cartagena y muy tímidamente se subieron a una tarima para desfilar ante un pueblo que, como todos los años, hizo su fiesta con los buscapiés y las bombas de agua. Luego, una caravana multicolor acompañó a las beldades hasta su morada real en el Hotel Hilton. Allí comenzó otro paseo. Mientras los cartageneros bailaban y hacían sus pronósticos y sus apuestas sobre quién sería la nueva soberana de la belleza, las reinas ingresaron a una especie de monasterio en cuarentena.

Sus primeros días en la Heroica transcurrieron entre la sala de maquillaje y el centro de convenciones, donde permanecieron ensayando la complicada coreografía para la noche de elección. Pero mientras sus cuerpos permanecían en salones bajo llave y con guardianas alrededor, sus mentes estaban en otra parte. En esos primeros días todas están ávidas del calor de sus súbditos. Quieren que las miren y las aplaudan. Que les pregunten a qué departamento representan. Que les lancen piropos atrevidos y subidos de tono. Pero eso se queda en meras ilusiones. El contacto con el pueblo es fugaz. Parece que ellas no existieran sino en la fantasía de la televisión. Están ahí pero nadie las ve. Y su única oportunidad de tener un contacto con el pueblo en sus primeros días en Cartagena, lo lograron con el cumplimiento de una serie de compromisos que adquiere previamente las directivas del concurso.

Entonces ellas se convierten en reinas de clubes privados. De ahí pasan a mano de la gobernación y de la alcaldía para recibir las llaves de la ciudad. Luego pasan a mano de los marinos. En el club naval tienen un almuerzo al cual no puede entrar nadie. Y así, transcurre la primera mitad del reinado de Cartagena, que en su primer puente Emiliani se concentra en El Laguito y Bocagrande. Tabernas, discotecas, bares y casinos hacen su agosto con los turistas, que esperan impacientes el desfile de carrozas y en últimas es el primer contacto que tienen las reinas con el pueblo. Seis días después de haber llegado al Corralito de Piedra.

Por eso, quienes realmente gozan y disfrutan del reinado, son los socios de los clubes privados. Ellos son los privilegiados de compartir y apreciar muy de cerca a las reinas. Ahí, cada año, en pequeños salones y pasarelas improvisadas, es la cita real. Este año la primera cita fue en el club de pesca. Durante dos horas los invitados tuvieron la oportunidad de apreciar las habilidades de las reinas cuando de bailar salsa se trata. Los demás turistas que vinieron a Cartagena, tuvieron que conformarse, como el resto de los colombianos, con apreciar estas dotes artísticas a través de la televisión.

Pero mientras tanto, el pueblo cartagenero se divierte a su manera. Ellos ahorran durante todo el año y esperan impacientes que llegue noviembre para botar la casa por la ventana. Todas las noches se reúnen en fenomenales bacanales de ron y música que se prolongan durante varios días sin parar. Pero ellos también tienen su propia música y allí, en medio del fango y la pobreza, 4.40 no existe. Sus ídolos musicales son otros. Y todos tienen que ver con ese erótico y pegajoso ritmo del reegae.

Pero no todo es rumba en las zonas marginales de la Heroica. Detrás de las fiestas está el reinado popular que se realiza simultáneamente con el reinado nacional, pero en escenarios diferentes. Mientras el Auditorio de Getsemaní sirvió para coronar a la nueva señorita Colombia, la plaza de toros de Cartagena fue el lugar donde la nueva reina popular recibió una corona y un bastón de mando prestados por la alcaldía municipal. Pero esta reina tiene un valor muy significativo para los habitantes del barrio donde ellas residen. Es casi una redención porque más allá de ser una reina, su función es buscar los recursos y los padrinos suficientes para pavimentar las calles, echar la red de fluído eléctrico, terminar el alcantarillado... Son las fiestas que le dan los votos suficientes a los políticos. Es allí donde cada dos años los candidatos a la alcaldía de Cartagena cifran todas sus esperanzas. Por eso en los primeros cinco días de las fiestas de noviembre, el alcalde de turno no tiene tiempo para nada. El se dedica a las comitivas y a autorizar la instalación de las casetas populares. Y siempre los sectores más favorecidos por la administración son aquellos donde ha conseguido el mayor número de votos.

La hora de la verdad
Las fiestas de noviembre transcurren en sus primeros días en una nube de sopor y tedio, que sólo se sacude con la pesca milagrosa de chismes en los pasillos reales. En esos primeros días son muchas las conjeturas y expectativas que se tejen alrededor de quién podrá ser la nueva soberana de la belleza. Este año, como ha ocurrido en los tres últimos, las opcionadas tardaron en aparecer. El ramillete de beldades que llegó a Cartagena fue muy parejo en cuanto a la belleza pero muy por debajo de las expectativas creadas hace ya dos meses cuando los medios de comunicación comenzaron a botarle corriente al reinado y presentaron a las diferentes candidatas que se darían cita en Cartagena.

Las favoritas sólo aparecieron al final del certamen. Pero esos puntos de más no lo lograron sólo con belleza. Ahora, los organizadores han entendido que en cuestión de reinados internacionales prima más la preparación intelectual y la personalidad de la reina, que su belleza. Muchas veces, esta última, es obra y gracia del maquillaje y de las manos mágicas de ese grupo que permanece tras los telones pero que a la hora de la verdad es el responsable del 80 por ciento de esta empresa que sólo tiene una meta: la corona de señorita Colombia. Ellos son los maquilladores, un grupo de hombres y mujeres curtidos en estos quehaceres. Por algo llevan más de 15 años metidos en este oficio. Ellos saben dónde están los defectos y las virtudes de cada una de las candidatas. Y su trabajo es resaltar esos encantos y disimular las partes que puedan restar puntaje a la hora de las decisiones.

Y este año, parece que el fenómeno de la bilirrubina, también hizo mella en la selección de las candidatas al reinado. Contrario a lo que siempre ocurre, el grupo que estuvo en Cartagena se caracterizó por su informalidad y espontaneidad. No hubo la rapiña de otros años. La antipatía de ciertas candidatas que infladas más por los chismes de la prensa y de los corrillos de los pasillos reales, se desinflaron a la hora de la verdad.

Por eso, a medida que las reinas fueron desfilando ante ese jurado implacable que es el pueblo cartagenero, se comenzó a conformar la tabla de posiciones que se mantuvo hasta el final.

En estos ires y venires, de comentarios sueltos, de opiniones de expertos, de conceptos espontáneos, de frases contundentes, se supo que en Cartagena la reina más alegre y extrovertida fue la del Huila. Santander fue la más tierna, la de Bolívar la más espontánea, la de Tolima la más distante, la de Quindío la más alegre, la de Valle la más glamurosa. Y así, cada una tenía su encanto, pero a muchas no les alcanzó para llegar a la final.

Sin embargo, todas hicieron méritos suficientes para alcanzar un puesto de honor. Las que más causaron impacto por su conjunto armonioso fueron Magdalena. Cabello: Risaralda. Ojos: Valle, Rostro: Atlántico. Cuerpo: Chocó.Sonrisa: Quindío. Piernas: Huila.

Las fuerzas estuvieron repartidas muy equitativamente entre por lo menos diez de las 18 candidatas. Los asistentes a este reinado coincidieron en que el grupo de reinas fue parejo y que todas merecían la corona . Pero el jurado tuvo que decidirse sólo por una de ellas. Y como ocurre todos los años, la elección no dejó contento a todo el mundo. Pero es que en gustos y belleza, nadie tiene la última palabra.

Todo esto hizo parte de un reinado que en los últimos años había perdido su picante por las largas jornadas que tienen que cumplir las reinas y porque la espera del veredicto final se prolongan por más de diez días, cuando ya todos, reinas, chaperonas, periodistas, turistas, no quieren saber nada más del reinado de la belleza.

Sin embargo, este año el reinado se anotó un hit. Las fiestas retornaron a aquellos tiempos donde nada era prohibido y éstas eran una válvula de escape a todos los problemas. Este año se vio una cara nueva. Con unos organizadores dispuestos a oír las críticas y a corregirlas para años venideros. Todas las puertas se abrieron y a su paso quedó esa sensación de que el Concurso Nacional de la Belleza necesita oxigenarse. Porque estas son las fiestas que hacen olvidar a los colombianos que en los próximos días la gasolina subirá, el transporte se incrementará y que llega diciembre en uno de los momentos en que los colombianos ya no aguantan correrle un punto más al cinturón de la canasta familiar.

Pero en Cartagena todos esos problemas se olvidaron. Aquí no hubo tiempo sino para pensar en cuál será el próximo éxito de Juan Luis Guerra, si el presidente Gaviria algún día aprenderá a jugar bien tenis y si la bilirrubina de verdad es un mal contagioso que sólo invita a la rumba sin fin y al ron ventiao.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.