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| 10/28/2006 12:00:00 AM

Salvados por el barro

A punta de arcilla, un grupo de desplazados del Norte de Santander decidió cambiar su suerte y apostarle a un futuro mejor.

A15 kilómetros de Cúcuta está El Zulia, un pequeño municipio nortesantandereano que durante años ha sido golpeado por la violencia, por ser un pasillo estratégico del Catatumbo.

Este lugar es testigo de las constantes luchas entre el Estado, los guerrilleros y los paramilitares por dominar esas tierras arroceras y ganaderas. Pero, mientras unos se dedican a cuidar sus llanos terrenos o sus animales, a unos cuantos kilómetros nace la esperanza de vida para cientos de familias desalojadas a la fuerza de sus tierras.

Su preocupación no es por tener estos predios de enormes sembradíos. Ellos quieren tener un pedazo de aquellas montañas rocosas que los rodean y que a medida que pasan los días, se cotizan más.

Su valor radica en que de ellas se extrae la arcilla, que se ha convertido en el sustento de decenas de desplazados que la trabajan y la convierten en ladrillos, tejas y bloques que este año fueron comprados por unas comercializadoras para llevarlos a Miami.

María del Carmen Suárez pertenece a este grupo de desplazados. Tiene 36 años, de los cuales lleva dos laborando en uno de los cientos de chircales, grandes o pequeños, que hay en la vía hacia el Catatumbo.

Hasta hace tres años, vivía con su esposo y sus dos hijos pequeños en una finca ganadera de poco tamaño, ubicada en las entrañas del Catatumbo. "Un domingo llegaron varios hombres encapuchados y armados, nos reunieron a todos y nos dijeron que no querían volver a vernos más por ahí", es lo primero que recuerda de aquella odisea.

Ella no creía que le fuese a pasar nada. Pero, al ver cómo asesinaron a un primo, prefirió huir con su familia y dejar todo, para no correr con la misma suerte.

Llegaron a Zulia, por casualidad, pues era el destino del hombre que pasaba con su vehículo por la vía principal en el mismo momento en que María del Carmen y los suyos llegaron a esa carretera. Ella y su familia no perdían la esperanza de volver a lo que les habían arrebatado. Pero el tiempo avanzaba, la situación no se componía y los problemas aumentaban. Hasta que un día escuchó algo de un lote que estaban invadiendo y corrió a darle aviso a su esposo. Se apoderaron de un terreno que no pasaba de los 15 metros cuadrados. Mientras su esposo buscaba en qué ocuparse, ella se reunía con sus vecinas. De allí surgió la idea de la asociación.

Para trabajar esta materia prima no se requiere experiencia. Sólo un buen terreno arcilloso que tenga espacios en los que el producto final se pueda secar rápidamente.

Por esta razón, Cúcuta ha sido catalogadas por constructoras internacionales, comercializadoras y por los mismos arquitectos locales y nacionales, como uno de los mejores sitios para fabricar todo lo relacionado con estos materiales de construcción. Su geografía y su terreno así lo permiten.

Hoy, dos años después de haber iniciado el proyecto y a pesar de no contar con mucha tecnología, el pequeño chircal produce 6.000 ladrillos o 20.000 tejas de barro cada seis días. Estos desplazados, que tal vez dejaron de serlo porque ya pertenecen a un nuevo lugar, desean ser ellos mismos quienes gestionen la exportación de sus productos. Para que estos no lleguen sólo a Miami, sino que recorran el mundo entero.
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