Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1989/11/27 00:00

SAN ANDRES Y PROVIDENCIA

SAN ANDRES Y PROVIDENCIA

PESCADORES DE AVIONES PERDIDOS
El escenario fue San Andrés. Pero no sus playas exóticas, ni sus largas calles de almacenes, ni la sombra de los cocoteros bajo el sol del mediodía. Fue el fondo submarino, tapizado por jardines de hermoso coral,el que sirvió como telón para la más espectacular aventura de buceo que se ha realizado en Colombia.
Admirarse con la fauna y la flora multicolores que reposan bajo el mar es el propósito común de los miles de aficionados al buceo. Pero atreverse a buscar en las profundidades las piezas revueltas de uno, dos o tres aviones -no se sabe con certeza- que entraron a formar parte del paisaje submarino del archipiélago, parecería cuestión casi de locos.
En una expedición que a veces hacía recordar las investigaciones de Jacques Costeau, y a veces los fantasiosos relatos sobre el hallazgo de galeones perdidos siglos atrás, doce hombres colombianos se armaron de valor y de sofisticados equipos de video para buscar entre los peces a los pájaros de lata que bajaron del cielo algún día.
La historia comenzó a mediados del año pasado, cuando el publicista Darío Ordóñez se enteró de que unos meses antes, después de cientos de estudios ecológicos y de innumerables permisos, las autoridades isleñas habían hundido el HK-1804 de SAM que desde 1983 reposaba en la cabecera del aeropuerto de San Andrés, debido a un accidente que lo dejó inservible. El buzo Pablo Montoya había sido el autor intelectual del hundimiento, con el propósito de ofrecer a sus clientes un panorama nunca visto bajo el agua.
A Ordóñez la anécdota le pareció digna de intentar una exploración al fondo del mar, y aún más cuando conoció otras historias sobre dos aparatos aéreos -un hidroavión de Gaviotas y una avioneta que nunca fue identificada- que también habían caído al mar sin dejar más rastro que el recuerdo de algunos isleños.
Montoya y Ordóñez se aliaron entonces para una aventura que ya desde ese instante empezó a cobrar interés. Se trataba de bajar a las profundidades al ritmo de las barracudas para encontrar piezas de estos aviones, que luego del paso del huracán "Joan" quedaron regadas en una inmensa zona. La primera aventura fue en el campo económico, en busca de una financiación o de un apoyo para la "Operación Karina", que fue el nombre dado a la expedición.
La cosa no fue fácil, pero la seguridad de los planteamientos y unas cuantas coincidencias convirtieron el sueño en una realidad. Al final todo el mundo quiso participar. La Armada Nacional, mediante valiosa ayuda, puso a la disposición la base de San Andrés y la Fuerza Aérea ofreció su asistencia para sobrevolar previamente la zona y descubrir manchones en el mar que pudieran dar la pista. Pablo Montoya, director de la academia de buceo Aquamarina, dispuso de los mejores instructores. Hasta la firma Sony, desde el Japón, autorizó el uso de sus cámaras de video más sofisticadas para que una aventura de tal magnitud pudiera ser vivida por todos los colombianos. Darío Ordóñez, que además se mueve en el campo de la TV, aprovechó esta oportunidad y realizó dos programas que se pasarán en la pantalla chica en el mes de noviembre.
La aventura en forma comenzó, por fin, una mañana del pasado mes de agosto. Divididos en tres grupos, los cazadores de aviones perdidos reconocieron las barracudas, las rayas, los corales, las cavernas submarinas y hasta las latas de cerveza que ya forman parte de ese ambiente. Luego de unos días, a más de 50 pies bajo el mar, algo brilló entre la arena. La emoción fue inmensa. Un trozo de avión, envuelto en lamas y corales, comenzaba a marcar el camino del éxito. 20 días más tarde sería la gran sorpresa: en medio de una meseta submarina, la cabina del 727 reposaba como una ballena adormilada.
La magia del mar, entre tantos misterios naturales, había convertido entonces al hermoso archipiélago, con la ayuda de "pájaros que quisieron ser peces" -como aseguró en su momento el ex intendente Simón González- en un paraíso sin igual para buzos de todas las nacionalidades. La aventura confirmó que en la intendencia son inmensas las aportunidades turísticas. No sería, pues, de extrañar, que algún nuevo plan promocionara ahora la "búsqueda de aviones perdidos" en las preciosas aguas de San Andrés.
DEL RONDON Y EL CALYPSO
En San Andrés, la vida empieza en el caldero calentado por la abuela al sol del mediodía. La cocina es el ritual mágico donde se preserva la cultura... La costumbre es tradición profunda que fluye en el aroma de las infusiones de yerbas curativas y refrescantes que, según las ancianas, limpian el cuerpo y el espíritu.
Por su trascendencia histórica y poética, el rondón encabeza la gastronomía isleña. Es un plato exquisito y fuerte, preparado en leche de coco, y se dice que es un verdadero manjar para golosos. Alrededor del rondón surge el rito puro.
Antes de las primeras horas del alba, los nativos salen a su labor diaria: unos izan las velas de sus barcas, para que la luz del sol los encuentre más allá de los arrecifes alistando ya sus arpones y sus anzuelos. Otros van camino a los cocotales y a los cultivos, al duro trabajo de arar la tierra y subir a las palmeras envueltas en calidas brisas. A las horas del mediodía regresan a sus casas con los frutos recolectados: peces, caracoles, cocos, yuca, bread-fruit, ñame, melones, patillas y, en fin, todo lo necesario para empezar la fiesta del rondón, un plato que además de los ingredientes naturales lleva una buena dosis de las influencias históricas y del misterio aún no percibido de este Mar Caribe.
Cuando el sol va camino a occidente y sus rayos vienen oblicuos, hasta que las sombras desaparecen, los patios se llenan de alegría. Aparece el bush-rum, fermento de caña y de plantas aromáticas secretas, alambicado en los cocotales. Los niños arruman cortezas de cocos secos con ágiles movimientos. Los calderos están hirviendo de sol: el fuego toma el color de la tarde. A la primera estrella aparece el azul en las llamas y el poema se vuelve calypso... La guitarra canta el suceso del día, mientras voces individuales de hombres y coros de mujeres entonan cantos de oración de brujo y de gracias a la vida. Es la poesía llana y cotidiana con idioma propio.
En San Andrés las mujeres cocinan con el ritmo del trópico, en un acto fastuoso, en el que se hacen presentes los recuerdos vivos del colono, del anglosajón y del corsario. Hembras cimbreantes como el viento amasan harina para preparar el domplin. Otras rallan el coco para extraerle la leche y cocinar con ella la yuca, la fruta de pan, el ñame, el pescado, el caracol y el arroz.
En las noches bañadas de luz y de destellos, del son del calypso y de la fiesta viva, las aguas aromáticas anuncian el final: ment-tea, sleepyhead, tree of life y, muchas más llegan hasta las mesas o hasta las fogatas encendidas en la playa.
Después de la medianoche, en las temporadas de luna llena, el caldero de los brujos cocina afrodisíacos extraídos de los diversos reinos de la naturaleza.
La pócima secreta de los pescadores es un cocinado de aletas de tiburón, sexo de tortugo y cierta especie de algas marinas, hervido todo en agua de caracol. La gente del bosque cuenta que la fiebre viril y la vitalidad eterna las produce una infusión de raíz de ginger seco, fisicnut, raíz de man-streng y el agua y la manzana del young coconut, aunque las mujeres sostienen que el polvo de las lenguas de iguana tostadas al fuego lento es la misma llama del dragón.
Samuel Ceballos Vásquez

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