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| 7/24/1989 12:00:00 AM

¿SE SOLTO LA FIERA?

Las ejecuciones en China presagian que la pena de muerte, puede regresar con ferocidad, ahora que el totalitarismo se descuaderna en el mundo.

El espectáculo parecía traído de una película documental de los años treinta. Hombres jóvenes, ninguno de ellos mayor de 25 años, esperaban con sumisión el cumplimiento de la sentencia. Frente a una multitud reunida al efecto, uno a uno fueron acurrucándose, la marca del terror en sus rostros. Uno a uno fueron recibiendo el acostumbrado tiro en la nuca, que, además, debería ser pagado por su familia. Uno a uno fueron cayendo en medio de un charco de su propia sangre, y uno a uno pagaron su crimen contra la revolución china. Un crimen que, tras la retórica criminalística del régimen de Deng Xiao Ping, podría concretar en una acción sencilla: tirar unas cuantas piedras a los vehiculos blindados.

Cuando el mundo creía que la era de las purgas indiscriminadas y las retaliaciones salvajes habían pasado a mejor vida, las hasta ahora 37 ejecuciones en China les recordaron a las generaciones mayores que hubo una época en que ese tipo de actitudes estatales era más o menos usual en los regímenes comunistas. Basta recordar las famosas purgas de Stalin en los años 30 y 40, las ejecuciones por fusilamiento en los primeros años de la revolucion cubana, cuando el "paredón" adquirió su triste celebridad o cuando Mao luchaba contra el kuomingtang. Hoy, cuando el comunismo parece descuadernarse como forma de gobierno en medio planeta, los observadores internacionales se preguntan si para poner las cosas en cintura otra vez los regímenes socialistas volverán a sus viejos métodos .

Pero, además, por estas fechas son varias las circunstancias que han traído al primer plano un tema inmemorial como el de la pena de muerte.
En Hungría, el pueblo rehabilitó, treinta años más tarde, a Imre Nagy, el primer ministro que inspiró las famosas protestas de 1956, y quien fuera fusilado por los soviéticos luego que la rebelión fuera aplastada por los tanques. En el otro extremo del mundo, murió el ayatollah Khomeini, cuya ascensión al poder en 1979 se vio acompañada por la ejecución, por diversos medios, de 40 mil personas, cuyo único crimen había sido no corresponder a la concepción del mundo impuesta por el líder. Más lejos aún, en Camboya, el retiro de las tropas de Vietnam abre la perspectiva de regreso al poder del fatídico Kmer Rouge, cuyo sanguinario líder, Pol Pot, mandó ejecutar secciones enteras de la población en los años 70, en un genocidio sólo comparable al cometido por Hitler en Europa.

En este lado del mundo, el régimen del presidente Fidel Castro ha dejado saber que el castigo que podría esperar a los militares acusados de tener vínculos con el narcotráfico, podría ser el renacimiento del paredón. Y en Estados Unidos, en el otro extremo del espectro político resurge el debate sobre la eficacia de la pena de muerte como disuasión contra el crimen con ocasión del posible reestablecimiento de esa pena en el estado de Nueva York. En medio de ese panorama, gravitan las imágenes de los múltiples ejecutados de muchas otras partes del mundo, principalmente de los paises árabes y el Africa, en sistemas jurídicos donde cualquier cosa, desde el robo a mano armada y el narcotráfico, hasta la infidelidad conyugal, pueden ser castigados con esa pena irrevocable. El problema, pues, resulta universal.

La variedad de los escenarios y las circunstancias, el tipo de faltas castigadas o el número de ejecutados en un solo episodio no esconden, sin embargo, que el tema es uno solo: el derecho de una sociedad para disponer de la vida de sus asociados. Para nadie es un misterio que la sola perspectiva de morir en una hora determinada de antemano es por sí sola un suplicio inenarrable. Si se considera además, que el método de ejecución casi nunca resulta tan piadoso como se pretende, y hasta en ocasiones está pensado para producir el mayor dolor posible (ver recuadro), es fácil entender porqué la pena de muerte ha sido tan cuestionada en el mundo civilizado, sobre todo en lo que va corrido del presente siglo. Los abolicionistas apuntan, además, a que la pena de muerte no sólo resulta excesiva e inhumana, sino ineficaz en su funcion de proteger a la sociedad (o al régimen vigente) contra los delitos por los que se aplica.

LA POLITICA PREDOMINA
Los estados que mantienen la pena de muerte la imponen por una amplia gama de delitos: asesinato, falsificación, violación, tráfico de drogas, adulterio, robo, corrupción, proxenesismo o secuestro.

Sin embargo, en los últimos tiempos se ha notado un incremento de las ejecuciones por razones politicas, como el caso de los estudiantes y trabajadores chinos de la semana pasada.
Este tipo de sentencias de muerte alcanzó uno de sus ejemplos más dicientes cuando el ayatollah Khomeini ascendió al poder efectivo en Irán en 1979. Desde entonces, se crearon jurisdicciones especiales los tribunales revolucionarios islámicos, para juzgar ciertos delitos, entre ellos los cometidos contra la seguridad del Estado y el delito islámico de "corrupción en la tierra" y de "enemistad con Dios", una figura de tal amplitud que podia aplicarse a cualquier hijo de vecino que pareciera ser oponente politico del régimen. Se dice, en medios especializados, que al menosa 40 mil personas han muerto por esa vía. En lo que los observadores occidentales calificaron como "un ejercicio extremo de cinismo", el presidente del tribunal supremo de Irán declaró, en agosto de 1988, cuando se conocia de la escalada de ejecuciones entre los enemigos del ayatollah, que "los jueces están bajo una fuerte presión de la opinión pública, que se pregunta, incluso, porqué los juzgamos, porqué algunos son encarcelados y porqué no todos son ejecutados. La gente dice que todos, sin excepción, deberían ser ejecutados". Según Amnistia Internacional, en los diez años de vigencia del régimen fundamentalista de Irán ninguno de los presos políticos recibió asistencia legal alguna.

Pero Irán no es el único pais donde las ejecuciones sumarias por razones políticas han adquirido proporciones enormes. En su archienemigo Irak, la situación no es muy diferente. Para la muestra un botón: 13 miembros del Partido Democrático Popular del Kurdistán fueron ejecutados el 31 de marzo de 1985 a pesar de que formalmente habían sido condenados a 15 años de prisión. En otro caso, poco después de un atentado contra el gobernador de la provincia de Arbil, a finales de 1986, decenas de jóvenes fueron detenidos y ejecutados sumariamente en público, sin que se les hubiera permitido siquiera ser oídos en juicio .

Esos, por supuesto, no son los únicos casos en que la pena de muerte ha sido utilizada con fines politicos. La historia de la humanidad está llena de ejemplos en los que reyes, con el propósito de mantenerse en el trono, mandaban ejecutar a cualquiera que se les pudiera interponer. Pero en los últimos años, esa situación no ha cambiado. Durante el decenio que termina, ha habido condenas a muerte después de golpes de Estado por lo menos en 14 paises, de los cuales en 12 se llevaron a término las ejecuciones.
Esa pena de muerte por razones politicas, que con frecuencia se aplica sin que medie un derecho de defensa debidamente administrado, tiene su expresión más injusta en la llamada "guerra sucia" que estremeció a los paises del Cono Sur de América Latina, principalmente Argentina. Allí, junto con los asesinatos cometidos por la célebre Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y por el Comando Libertadores de América, entre otras organizaciones, el propio gobierno del general Viola admitió que entre 1976 y 1979 el Ejército había desaparecido, y seguramente ejecutado en forma sumaria, al menos a 10 mil opositores al régimen militar.
La Comisión de Derechos Humanos de El Salvador, con sede en México publicó cifras comprobadas según las cuales entre el 15 de diciembre de 1979 (fecha del golpe de Estado que derrocó al presidente Humberto Romero) y el 31 de diciembre de 1982, murieron a manos de las fuerzas gubernamentales más de 43 mil personas.

En Africa y Asia los ejemplos son también horrorizantes. Los ocho años del régimen del célebre Idi Amín Dada llevaron a la muerte, por procedimientos sumarios, a un número situado entre 100 y 500 mil muertos.
Afganistán, tras la llegada de los comunistas al poder en un golpe militar de 1978, vio morir a por lo menos 20 mil partidarios del régimen derrotado. En el sentido contrario, es decir, en un exterminio de "comunistas" murieron en Indonesia 500 mil personas como resultado del golpe que derrocó a Sukarno en 1965.

Pero el caso más dramático es el de los camboyanos, injustamente involucrados en la guerra de su vecina Vietnam. Allí, cuando en 1975 el Kmer Rouge venció a las fuerzas "burguesas" del príncipe Sihanouk los campos de exterminio (Killing Fields) vieron morir a medio millón de personas cuyo único pecado era pertenecer a las clases media y alta, lo que las convertía en enemigas mortales y gratuitas del fundamentalismo comunista del Kmer.

HACIA LA ABOLICION
Los ejemplos anteriores, que por supuesto no completan la galería de horrores de la historia reciente, parecen indicar que la pena de muerte ha derivado hacia su aplicación predominantemente política. Sin embargo, no solamente ese tipo de ejecuciones produce una reacción de protesta creciente en el mundo entero. También la produce la aplicación de la pena de muerte en condiciones ideales, esto es, en medio de un proceso formal con aplicación del derecho de defensa, motivado en un delito tipificado como tal antes del hecho. Para los abolicionistas, la pena de muerte no se justifica bajo ninguna circunstancia, y para ello aducen razones que parecen contundentes.

El departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU publicó, en 1962, un estudio sobre las principales causas por las que se ha abolido la pena de muerte en los países que la han suprimido. Ellas son: . La pena capital no es tan ejemplarizante como pareciera. Esa cualidad no está demostrada y es discutible.
Muchos estudios parecen confirmar esa tesis, y entre ellos el investigador español Daniel Sueiro menciona el informe de la Comisión Real inglesa que analizó el tema entre 1948 y 1953 y concluyó que "Todas las estadísticas examinadas confirman que la abolición de la pena de muerte no ha producido un aumento del número de crímenes". El criminólogo Thorsten Sellin, profesor de la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos, llegó aún más lejos: en un detallado estudio sobre asesinatos de agentes de Policia en 260 ciudades de ese pais, de mostró que el indice de asesinatos fue ligeramente superior en los estados donde existe la pena de muerte que en los otros.

. Se afirma también que muchos de los delitos "capitales" son cometidos por desequilibrados, quienes, por ello mismo, no son siquiera sujetos de la acción penalizadora del Estado. Pero, además, los juristas mencionan que en la mayoria de los crimenes cometidos por personas "normales", el hecho se produce en medio de un estado de ira o de intenso dolor, o en cualquier forma de enajenación mental que puede llevar a que una persona no mida la consecuencia de sus actos, ni mucho menos que ese mismo acto le pueda llevar a la muerte. Los mismos analistas afirman que, de esa forma, se han perdido para la sociedad individuos que, de no mediar las circunstancias, nunca hubieran cometido un crimen.

. En la práctica se presentan evidentes desigualdades en la aplicación de la pena de muerte. Para muchos, el que una persona muera o no se determina no sólo por el tipo de delito en sí, sino por factores externos, como el origen racial del acusado, sus ideas políticas y, sobre todo, sus medios económicos. En este punto, Amnistía Internacional afirma que "ningún sistema de justicia penal se ha mostrado capaz de escoger en forma coherente y justa quién debe vivir y quién debe morir".

. Aún dentro de los más rigurosos procedimientos, siempre existe el riesgo de que se produzcan errores judiciales. En Estados Unidos, un estudio de la Universidad Estatal Sam Houston siguió las investigaciones sobre 552 convictos a la pena capital que recibieron conmutaciones, cuando la Corte Suprema eliminó temporalmente la pena capital en todo el país.
De ellos, cuatro resultaron inocentes y otros cuatro cometieron nuevos crímenes en prisión. Uno de los investigadores, James Marquart, declaró posteriormente que "ejecutar a todos los 552 no hubiera sido de gran protección. Hubiéramos matado casi 600 convictos para protegernos contra cuatro. Pero en el proceso, hubiéramos matado, ademas, a cuatro personas inocentes".

. Hay quienes afirman que la pena capital en realidad promueve la violencia al sumarse a la brutalización de la sociedad. Según esa tesis, el Estado que condena a alguien a morir, en el fondo está justificando que se disponga de la vida humana. La emoción que produce la sentencia y la ejecución, ha sido calificada de malsana, al punto de que hay quienes hablan del carácter criminógeno (capaz de inducir al crimen) de la pena de muerte.

. También se habla de que si de lo que se trata es de proteger eficazmente a la sociedad, una cadena perpetua inconmutable sería suficiente.

. Por último, en contra de la pena capital se esgrime el carácter inviolable de la vida humana. Al respecto, el artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (adoptada en 1948, cuando no se requerían recordatorios sobre las atrocidades a las que podía llegar un Estado que se considerara con potestad omnímoda sobre sus ciudadanos) proclama que "todo individuo tiene derecho a la vida".

En el sentido contrario, es decir, en pro de la pena de muerte, quedan sólo unos pocos argumentos luego que el de la disuasión ha sido desvirtuado.
Al respecto, Ernest Van den Haag, profesor de jurisprudencia de la Universidad de Fordham, en Estados Unidos, dice que "la idea básica (para justificar la pena capital) es que un delito menor merece una pena menor, mientras que el crimen máximo merece la máxima pena. Si usted quiere evitar perder la vida, no tome la de otro".

Esa tesis de que hay crímenes tan ofensivos que la muerte de su autor es la única respuesta justa, es rebatida por quienes afirman que, de aceptarse, anularía el fundamento de los derechos humanos. Lo esencial de los derechos humanos es, según ellos, que son inalienables, por tanto no puede privarse de ellos ni a quienes hayan cometido el más atroz de los crímenes. Al aplicarse los derechos humanos, tanto a los peores como a los mejores miembros de la sociedad, se protege a todos. Y por otra parte, se afirma que lejos de ser una solución, la pena de muerte da la impresión errónea de que se adopta con ella una posición de "firmeza" ante el delito, con lo que se desvia la atención de las medidas más complejas que efectivamente se necesitan, como la corrección de las circunstancias sociales favorecedoras del delito.

LA SITUACION ACTUAL
No resulta, por tanto, extraño que en muchos países del mundo se haya llevado a cabo una lucha por la abolición de la pena de muerte, tanto a nivel local como a nivel universal, por medio de organizaciones como Amnistia Internacional y la Cruz Roja.
Pero esos movimientos han tenido destinos contradictorios, con periodos de avance y retroceso, como en el caso reciente de la China. Ese destino incierto ha hecho que si hace diez años se podía hablar de que en lo corrido del siglo cerca de 40 países habian suprimido la pena capital de sus códigos, hoy la abolición se registra en unos 30, con algunas salvedades que la permiten en caso de guerra.

En ese sentido, la pena de muerte aparece abolida en 18 paises europeos. Alemania Occidental, Austria, Chipre, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Holanda, Islandia, Italia, Luxemburgo, Malta, Noruega, Portugal, Gran Bretaña,Suecia, Suiza y, recientemente, el Vaticano (formalmente). De esos 18 Estados abolicionistas mantienen, sin embargo, la pena de muerte para tiempos de guerra y ciertos delitos Chipre, Dinamarca, España, Italia, Holanda, Malta, Noruega, Gran Bretaña y Suiza.

Pero, en cualquier caso, los paises de Europa Occidental que mantienen en vigencia la pena capital sencillamente no la aplican. En contraste, todos los paises de Europa Oriental mantienen vigente y en uso la pena de muerte.

En América puede decirse que solamente Estados Unidos no es un país abolicionista. Eliminada en Colombia desde el Acto Legislativo No. 1 de 1910, hoy la pena capital ha desaparecido de las legislaciones de casi todos los, paises de habla hispana, con la Salvedad de que algunos, como Perú, la mantienen para tiempos de guerra.
Pero en Estados Unidos la situación es bien distinta. Aunque la Corte Suprema la declaró inconstitucional en un famoso fallo de 1972, poco más tarde, en 1976, se retractó de su posición anterior y dejó a los estados en lihertad para reinstaurarla, (si bien abogó por la adopción de métodos indoloros,", como la inyección letal). Esa fuerte tendencia favorable a la pena de muerte en Estados Unidos se refleja en que más de cuarenta estados reivieron la norma. Hoy esperan turno para ser ejecutados 2.160 presos, entre los que se cuentan 25 mujeres .

En el resto del mundo, sin embargo, la tendencia es distinta. El continente asiático sólo conoce cuatro paises abolicionistas, las islas Fidji, Papúa-Nueva Guinea, Nepal y Nueva Zelandia, mientras que en Africa no se conoce otro abolicionista dis{into al pequeño archipiélago de Cabo Verde. Es en ese continente y en los paises árabes donde, según algunos, la pena de muerte se practica con mayor liberalidad y para castigar los delitos más insignificantes.

Aunque parezca paradójico, Colombia es uno de los paises en los que la pena de muerte produce más repulsa en la población. La investigación de SEMANA no pudo encontrar ningún jurista o estudioso del tema que mantuviera una posición favorable a la pena de muerte. La formación eminentemente liberal del derecho colombiano se aduce para esa posición.
Sin embargo, uno de los abogados consultados puso la paradoja colombiana en forma muy gráfica, cuando le refirió al cronista el chiste de alguien que le preguntó a un campesino del Magdalena Medio qué opinaba sobre la pena de muerte y el hombre respondió: "Que la quiten".-

De la horca a la jeringa La pena de muerte ha asumido múltiples formas, desde que comenzó a aplicarse en los albores de la humanidad. Las características de los métodos de ejecución no sólo se determinaron en cada epoca por la mayor o menor sevicia de los verdugos, ni por el grado de adelanto técnico de cada país, sino por el tipo de efecto que se buscaba crear entre la población.
Por eso, la historia de la humanidad registra los métodos más sanguinarios, que iban desde el empalamiento y la crucifixión--usada en lugares tan distintos como Roma y Japon--, hasta el enterramiento en vida, el suplicio del fuego y el descuartizamiento.

Los más utilizados en el mundo hoy en día son el fusilamiento y la horca. El fusilamiento se asocia generalmente con la justicia militar, pero no son pocos los países que lo tienen establecido para los reos civiles. Se habla de la supuesta efectividad del método, y que el reo muere en cuestión de segundos. Sin embargo, son muchos los testimonios en contrario, pues en ocasiones se dan instrucciones de disparar al tronco y no a la cabeza, por ser un blanco más fácil, o en otras la distancia es demasiado grande.

La horca es el otro sistema de mayor difusión en el mundo. Su origen, el estrangulamiento puro y simple, dio paso al ahorcamiento por medio de una cuerda, que se ataba alrededor del cuello del desgraciado, quien luego sería izado con la ayuda de cualquier rama de árbol.

El gran avance se presentó cuando se invento la plataforma y su escotillón, donde se paraba al condenado para que, al abrirse aquel, el cuerpo del infeliz cayera en el vacío. Esa muerte, producida de manera inmediata cuando las vértebras del cuello se rompen, se ha considerado suficientemente rápida. Sin embargo, el poco peso de algunos condenados, insuficiente para el efecto de rotura vertebral, dio lugar a episodios dantescos en ejecuciones públicas, cuando los parientes del reo se colgaban de sus piernas para terminar su larga agonía.

La decapitación es un sistema muy usado, sobre todo en los países árabes. Pero allí no se usa la guillotina, cuya cuestionada eficacia dominó el panorama de la pena de muerte en el mundo francófono. La espada requiere una destreza mayor que la de la guillotina, y con frecuencia termina en la decapitación parcial del condenado a la vista del público.

Estados Unidos es el único país donde se ejecuta con los métodos más modernos, la silla eléctrica, la cámara de gas y la inyección letal. La primera existe desde 1889, y se supone que debe producir la muerte en forma instantánea. Sin embargo, existen numerosos testimonios de la real barbarie de este sistema, en el que el ejecutado prácticamente muere asado en brasas de electricidad. La cámara de gas comenzó a reemplazar a la silla desde 1924. Allí lo que actúa es el gas cinahídrico, formado en el interior de la cámara cuando un brazo mecánico deja caer unas píldoras de cianuro en un recipiente de ácido sulfúrico. Mata los glóbulos rojos de inmediato y produce una contracción pulmonar progresiva. Pero la muerte puede tardar, según el sujeto, entre 40 segundos y 11 minutos.

El método más "moderno" que se usa en Estados Unidos es el de la inyección letal. Aplicada a partir de los años 80, consiste en la administración intravenosa continua de una dosis letal de tiopental sódico, combinada bien sea con tubocurarina o con cloruro de potasio, mezcla de un barbitúrico de acción ultrarrápida, con un agente quimico paralizante. Pero a pesar de la sofisticación del procedimiento, y de su evidente conflicto con la ética médica, también aqui se han registrado varios casos espeluznantes como el de James Sutry, quien tardó más de diez minutos en morir, en marzo de 1984.

Esos esfuerzos, exitosos o no, para evitar sufrimientos al "paciente", contrastan con la sevicia de algunas normas existentes, sobre todo en algunos países de Africa e Irán. En este último pais subsiste la pena de muerte por lapidación, eto es, a fisica piedra. El código penal islámico de ese país señala que "en el castigo de lapidación hasta la muerte, las piedras no deben ser tan grandes que la persona muera al ser golpeada por una de ellas, pero tampoco deben ser tan pequeñas que no merezcan ser consideradas piedras".

Pero sea cual fuere el sistema utilizado, lo cierto es que la parte más dolorosa para el condenado son los momentos anteriores a su llegada al cadalso. Las escenas de desesperación extrema, de gritos y llantos, de desmoronación sicológica del condenado, son para muchos peor espectáculo que la muerte misma. En ese momento nada, salvo las creencias religiosas más arraigadas, es capaz de ayudar a los condenados. Casi todos ellos se resisten, como una bestia enjaulada, a terminar de tan triste manera.-
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