Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2003/11/17 00:00

"Sé que me van a matar"

'Profeta en el desierto. Vida y muerte de Luis Carlos Galán' es el nuevo libro del periodista Alonso Salazar. SEMANA reproduce un fragmento sobre los últimos días previos al magnicidio.

El periodista Alonso Salazar recibira en Bogotá el próximo viernes el Premio de Periodismo Planeta 2003 por su trayectoria profesional y por su nuevo libro sobre la vida del inmolado líder político Luis Carlos Galán Sarmiento. Más allá de ser una biografía que muestra al hombre detrás del héroe, del líder incorruptible

que enfrentó al narcotráfico y que se caracterizó por sus ideas de avanzadas, Profeta en el desierto, vida y muerte de Luis Carlos Galán revela hechos nuevos sobre el episodio de su muerte y del complot para asesinarlo. También abre interrogantes sobre la cultura política colombiana, marcada por la confrontación y la intolerancia.

El libro recrea uno de los períodos más difíciles de la historia política del país y destaca también a otras figuras políticas de su tiempo que corrieron el mismo sino trágico de Galán: Rodrigo Lara Bonilla, José Antequera, Carlos Pizarro, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa y Alvaro Gómez.

El siguiente es un fragmento revelador sobre los últimos días del líder del Nuevo Liberalismo.



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El grupo de escoltas que lideraba Víctor Julio Cruz extremó sus cuidados. Luis Carlos Galán procuraba salir lo menos posible. La calle, que tanto le gustaba recorrer, se convirtió en una amenaza.

Cruz recuerda a Galán como un personaje estricto pero afable, que lo trataba, en alguna medida, como un papá (cuando viajaban los dos solos en pequeños aviones, Galán le daba cátedra permanente para formarlo).

En Bogotá, Cruz contaba con unos quince hombres y dos camionetas. Galán, el hombre más amenazado del país, se movilizaba en un automóvil Renault 18, cuyo precario blindaje trituraba, sin embargo, los amortiguadores y los ejes. De cuando en cuando tuvieron que empujar ese cachivache en la calle porque se resistía a andar.

Cuando Galán decidía participar en una manifestación, Cruz enviaba a dos o tres hombres de avanzada para establecer rutas de llegada y salida, examinar el sitio donde se ubicaría el personaje, aislar la tarima y mantener al público a cinco o diez metros de distancia, ubicar centros de apoyo, como hospitales, estaciones de policía y bases militares, y pedir personal a la Policía para que requisara a los asistentes que llegaran al evento. Una vez en la manifestación -así sucedió decenas de veces-, debían acercar el carro todo lo posible a la tarima.

Para aislar al personaje de los seguidores se tomaban de las manos o le hacían una calle de honor con vallas. Cruz, como jefe de escoltas, se ubicaba detrás de Galán, y dos de sus hombres caminaban a su lado, siempre dispuestos a cubrir al personaje con sus cuerpos y a velar porque en el escenario permaneciera el mínimo posible de gente. Otros de sus hombres se hacían en primera fila entre el público.

Cruz lo acompañó por diferentes ciudades e innumerables actos siguiendo las mismas rutinas. En ese nexo entrañable, le correspondía con frecuencia cuidar al hijo de Galán que lo estuviera acompañando en la gira. En una de las últimas correrías vio a Carlos Fernando, el más chico, soportar largas jornadas y caer muerto del cansancio, hasta que le protestó a su padre.

-¡Veintiséis municipios ya es bastante! -le dijo.

-Hijo, una campaña presidencial es como una vuelta a Colombia: hay que correr todas las etapas para ganarla.

Y, en realidad, Galán recorría los municipios más recónditos del país, incluso aquellos a los que le decían que no valía la pena ir porque tenían muy pocos votantes.

Su congestionada agenda incluía aun manifestaciones en plazas públicas que, por los últimos acontecimientos, empezaron a ser clasificadas como de alto riesgo. Gloria (su esposa) le insistía en el tema que ya se había vuelto motivo de disputa:

-No salga, no le hace falta, es un riesgo innecesario.

A él le gustaba hacer política en la plaza pública, pero, como al mismo tiempo temía por su vida, reaccionaba tan airado que ella optó por reducir al máximo tales comentarios.



La ultima reunion

Cruz no sabe si en alguno de los eventos a los que acompañó a Galán hubo intentos de asesinarlo. Dice, con orgullo, que cuando el trabajo se hace bien, se neutralizan, aun sin saberlo, muchas amenazas. Cruz estaría sólo unos días más al lado del candidato; sin que aún hoy se entiendan los motivos, fue relevado. Gloria Pachón afirma que Galán, al notar cierta indisciplina en su escolta y ante el crecimiento de los riesgos, pidió al general Miguel Maza Márquez -director del DAS- que revisara su funcionamiento. El general optó por cambiar a Cruz por Jacobo Torregrosa. En un primer momento a Galán le sorprendió el cambio, pero luego lo asumió como parte de los movimientos rutinarios de la institución.

La última vez que Cruz acompañó a Galán fue a la reunión con sus hermanos en la que celebraron las bodas de oro de sus padres. Galán, uno de los últimos en intervenir, insistió en que los hijos debían hablar varias lenguas, estudiar fuera del país y conocer el mundo, pero al mismo tiempo les pidió a sus hermanos que no los dejaran olvidar sus raíces, que les hablaran de Santander y de la historia de sus abuelos, para aprender a valorar lo propio.

Sin que ese hubiera sido el propósito de Luis Carlos, sus hermanos recuerdan ahora esa reunión como su despedida. De ahí salió a recorrer el camino de la muerte.

El viernes 4 de agosto de 1989, cuando se dirigía a dictar una charla en la Universidad de Medellín, recibió la llamada de alerta del comandante de la Policía de Antioquia, el coronel Valdemar Franklin Quintero. Acababan de sorprender a unos hombres con un rocket en un lote baldío ubicado en su ruta. Galán debió salir de urgencia en un helicóptero que, desde el aeropuerto Olaya Herrera, lo condujo a Bogotá. Luego sabría, por informes del coronel, que se trataba de un atentado organizado por Pablo Escobar.

Este hecho, y sobre todo la escasa solidaridad de los líderes políticos y los partidos, deprimió a Galán, quien sintió que al país no le importaba su suerte, que estaba profundamente solo y, en alguna medida, condenado.

La muerte reiteraba sus señales y la tensión crecía. Por esos días, Lucy Páez lo acompañó a su oficina del Senado. Galán se encerró en su despacho, que daba sobre la carrera séptima; Lucy, quien sabía del tamaño de su apetito, le mandó traer varios sándwiches. En algún momento lo escuchó hablar y se extrañó. Al abrir la puerta de su oficina vio que Galán conversaba con un obrero. Como no había otro acceso, no se explicaba por dónde había ingresado. Se trataba de un limpiador de fachadas que había entrado a la oficina de Galán por la ventana. En un ambiente tan amenazante, la primera reacción fue de espanto, pero la situación no pasó de ser un hecho curioso. Lucy Páez tuvo conciencia en ese momento de que la muerte se colaría por cualquier rendija, que era imparable, y que su jefe sería asesinado de un momento para otro.

Ella había recibido días antes una carta, firmada por una mujer, en la que se le informaba que un comando entrenado por israelíes asesinaría a Galán. La comunicación aseguraba que algunos de los homicidas se reunían en una fábrica de ropa deportiva. Lucy recorrió los barrios del sur buscando la dirección de la remitente, pero no existía. Tampoco se encontró la fábrica.

El atentado frustrado de Medellín llevó a que Gloria Pachón se reuniera con Oscar Botero, ministro de Defensa; con el general Gómez Padilla, director de la Policía, y con el general Maza Márquez, jefe de Inteligencia del Estado, para pedirles que se incrementaran las medidas de protección a su marido: no quería ni un minuto de desamparo. "Y a Luis Carlos volví a insistirle que no asistiera más a la plaza pública, que ya el pueblo lo conocía, que era un riesgo innecesario", dice ahora, recordando los hechos que precedieron su muerte.



Me van a matar

Dos días después del fallido atentado en Medellín, Galán viajó a Venezuela, junto con sus compañeros Santiago Medina, Félix Moreno y Gustavo Gaviria. Los venezolanos lo recibieron como a un jefe de Estado. Habló con el presidente Carlos Andrés Pérez, con ex presidentes y con líderes de partidos. También concedió entrevistas a los medios de comunicación. Cuando le preguntaron sobre los riesgos que se cernían sobre su vida, respondió:

A los hombres los pueden matar, pero a las ideas no. Y al contrario, cuando matan a los hombres las ideas se fortalecen. Sólo espero que Colombia sea consciente de cambiar antes de que sea tarde. Hemos trabajado intensamente para cambiar el sistema, para crear un nuevo espacio, y si mi muerte logra conseguir ese cambio, entonces mi misión estará cumplida.

Galán se antojó de conocer la Hacienda de San Mateo, donde murió Antonio Ricaurte, uno de los héroes de la Independencia, quien se inmoló en un polvorín para evitar que fuera tomado por las tropas del rey de España. La visita no estaba incluida en su agenda y afectaba sus medidas de seguridad, pero él se empeñó. Sus compañeros de viaje se decepcionaron por la simpleza del museo, en el que había sólo un cuadro y una espada; sin embargo, Galán dijo: "Tengo la sensación de haber estado aquí antes. Siempre imaginé un lugar así". Galán se sentía parte de la lucha histórica y universal por la justicia. "El se emocionaba visitando sitios de alta significación histórica", dice Gloria, y resalta que nunca olvidó la visita al Monte Sacro, en Roma, en 1974, la cima donde Simón Bolívar juró que libertaría al Virreinato de la Nueva Granada de la dominación española.

Quienes lo acompañaron a Venezuela lo percibieron ensimismado.

-¿Por qué tanto silencio? -le preguntaron.

-Me van a matar. Mañana volvemos a Colombia y toca enfrentar la realidad -les respondió Galán.

En Bogotá lo esperaban en el aeropuerto su esposa, sus hijos y los escoltas.

Galán regresó desilusionado porque Santiago Medina le había dicho en Caracas:

-Usted tiene que ser presidente, la única persona que puede oponerse a eso es Pablo Escobar. Hable con él. Yo me ofrezco a hacer los contactos.

Galán lo sacó de la habitación.

Medina sería encarcelado en 1994 porque, como tesorero de la campaña en la que se eligió a Ernesto Samper presidente, fue uno de los que recibieron dinero del narcotráfico. Galán, en cambio, no era un hombre que transara con estos personajes para garantizar su llegada al poder, o para permanecer en él. Por eso los narcotraficantes, los políticos corruptos y los paramilitares eran sus enemigos declarados.

Su estado de ánimo subía a niveles de efervescencia presagiando el triunfo, y de repente bajaba al completo desánimo. A veces pensaba que nada le sucedería porque, como en el caso de Medellín, la gente lo defendería; creía que el peligro iba a ser neutralizado por la buena energía de quienes estaban a su alrededor. Otras veces se sentía profundamente solo y vulnerable. Además, estaba asqueado de cuanto lo rodeaba, porque sabía -alcanzó a saberlo antes de su muerte- quiénes en el mundo de la política querían su muerte. Pero él no podía renunciar, porque hacerlo era renunciar a la vida misma. No se sentía cómodo en ningún otro lugar. Aunque nunca lo dijo en forma explícita, se dispuso a morir por defender la causa por la cual Lara Bonilla y Guillermo Cano habían sacrificado su vida.

La muerte alcanzó a Galán la noche del 18 de agosto de 1989. Su cuerpo fue llevado al Capitolio Nacional, donde recibió honores de las autoridades y del pueblo. De la gente entrañable del Nuevo Liberalismo no estuvieron Maruja Pachón ni Alberto Villamizar, quienes no alcanzaron a regresar de su destierro en Yakarta. Un millón de personas salió a las calles mientras el cortejo avanzaba hacia el Cementerio Central.

A las tres de la tarde en el entierro, Juan Manuel, de diecisiete años, madurado en la escuela titánica de su padre y en los dolores, leyó un discurso de despedida: "Qué vida tan pura y transparente. Qué honestidad única. El pueblo se levanta y pide justicia". Y remató: "Doctor Gaviria, tome las banderas de mi padre...".

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