Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/10/03 00:00

Sed en el manantial

En Chocó, uno de los sitios donde más llueve en el mundo, cruzado por decenas de ríos y quebradas, escasea el agua potable.

Quienes viven en Chocó saben de sobra lo que es bañarse a baldados y tomar agua hervida preparada con el cloro que sirve para lavar el piso. Resulta paradójico que en un departamento en el que llueve tres veces al día y por lo menos tres veces a la semana, un vaso de agua pura sea un tesoro y una ducha, un lujo.

Pero así es. Óscar Yesid Calderón es médico general y director del centro de salud del municipio Unión Panamericana, a donde se llega por una carretera pedregosa y revuelta en el pantano amarillo que forma el invierno eterno en que se vive allí. Está apenas a una hora y media de Quibdó, la capital. La unidad médica que dirige lleva una semana sin agua y el aseo se hace con el líquido que se recogen en los tanques del techo.

El 24 de septiembre adelantó una jornada para desparasitar a 600 niños de la localidad. Sufren a menudo de enfermedades producidas por bacterias y parásitos que llegan con el agua. Calderón también atiende con frecuencia a pequeños con fiebre tifoidea y diarreas agudas.

En este municipio el agua llega a través de tubos, pero recibe un tratamiento precario. El servicio se presta sólo dos veces al día, de 7 a 8 de la mañana y de 12 a una de la tarde. En el hotel donde vive el médico Calderón sacan el agua de un aljibe. La jefe de facturación del centro de salud de Unión, Rosa Gladis Rodríguez, cuenta que ya ha sufrido dolores de estómago y diarrea por cuenta de la mala calidad del agua.

Los testimonios encajan a la perfección con las estadísticas de un estudio reciente sobre el tema de la Secretaría de Salud del departamento: el 54 por ciento de los chocoanos se abastecen de los tanques que recogen el agua lluvia y sólo el 36 por ciento disponen de acueductos, y no todos garantizan calidad, continuidad y cantidad adecuadas.

En la cabecera de Andagoya, otro municipio chocoano, no hay planta de tratamiento y sólo llega agua de 6 a 7 de la mañana, relata Raimundo Córdoba Panesso, técnico en saneamiento ambiental. El agua llega contaminada por el mercurio que emplean en los entables mineros ubicados en las cabeceras de los ríos de los que se sirven los lugareños. Algunos lavan la ropa, se bañan o hacen sus necesidades en la riberas vecinas.

Los caudales del Chocó se han vuelto basureros. Según la encuesta oficial, el 30 por ciento de los chocoanos depositan las excretas en ríos y quebradas y el 40 por ciento de la población confiesa que arroja las basuras a los lechos. Ni los 12.000 mililitros de pluviosidad anual que caen sobre los 42.000 kilómetros cuadrados del Chocó alcanzan para lavar tanta mugre.

La escasez de agua potable es tanta, que en enero, durante el verano, cuando decenas de hijos de Andagoya van de vacaciones a su pueblo para jugar el torneo de fútbol Amistades del Río San Juan, 'la cosa se pone peliaguda' y la mitad del pueblo sale en canoa a llenar los baldes río arriba. Mientras relata esta paradoja, cuyo trasfondo tiene que ver con graves deficiencias de gestión de los gobiernos chocoanos, Raimundo se toma un vaso de agua, a la que tuvo que ponerle blanqueador para que sea confiable.

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