Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/01/03 00:00

SIGLO XVI: HORROR: MAS IGLESIAS

SIGLO XVI: HORROR: MAS IGLESIAS


ES UNA GRAN CONFUSION. Eso puede decirse de cualquier momento de la Historia sí: pero para la
nebulosa de la Cristiandad, el siglo XVI es un período esquizofrénico. En él se superponen y combaten la nueva
libertad crítica del Renacimiento y la recaída en las pasiones oscurantistas de la religión. Pero pese al
desorden, la hegemonía europea se afirma sobre el globo: si el continente suma apenas la quinta parte de la
humanidad, económica y tecnológicamente equivale a la mitad del mundo. Y se lo hace saber a la otra mitad:
deteniendo en el Este la expansión turca en la batalla naval de Lepanto; destruyendo en el Oeste los grandes
imperios de los aztecas y los incas; desarrollando en el Sur, ya en grande, la trata de esclavos africanos;
estableciendo rutas comerciales a través del Indico y del recién descubierto Pacífico hasta el Extremo Oriente.
Todo ello, claro está, justificado por la expansión de la Verdadera Fe. Así, si el Papa Alejandro VII había
repartido la posesión del Nuevo Mundo entre España y Portugal era para que lo evangelizaran. Un
conquistador se lo explicó a un cacique de los indios zenúes, dejándolo estupefacto:
=Borracho tenía que estar ese Papa para andar repartiendo lo que no es suyo= protestó el indio. El
conquistador lo hizo empalar, por blasfemo.
Fluía el oro de América hacia Europa, empapado en sangre de indios, bendecido por la Iglesia. Pero si
enriquecía a algunos, la imprevista inflación que traía consigo también arruinaba a muchos: a la vieja nobleza,
incapaz ya de hacer frente a las cada vez más poderosas monarquías absolutas apoyadas en la 'última razón'
de los reyes: los cañones. Hacer la guerra se había vuelto enormemente costoso=artillería, fortificaciones,
flotas= y ya sólo podían permitírselo las más grandes potencias, endeudándose hasta las cejas con los
banqueros de la naciente burguesía financiera. Carlos V aconsejaba a su hijo Felipe II, al cederle el poder:
"Puesto que las cuestiones financieras son hoy las más importantes y las más graves del Estado, préstales la
más grande atención". El viejo emperador tenía por qué saberlo: dos veces había entrado en bancarrota (como
le ocurriría también a Felipe), a pesar de haber sido el monarca más rico de la Historia.
El dinero, sin embargo, no se iba sólo en guerra. Se gastaba también en lujos. El impulso hedonista del
Renacimiento siembra a Europa de palacios y de iglesias, concebidos y adornados por los más grandes
arquitectos, escultores y pintores: el ya viejo Leonardo de Vinci, el pujante Miguel Angel, el joven y perfecto
Rafael, y los venecianos Tiziano y Tintoreto, y el Greco, veneciano de España, y los flamencos Brueghel y
Van Eyck, y cien más. Aparecía el manierismo, arte de corte (ducal, papal, imperial). Florecía la literatura:
filosofía, teatro, poesía. Se desbocaba el comercio, sostenido por las crecientes redes bancarias. Crecían las
ciudades: no sólo ya París, Venecia y Nápoles (y Constantinopla), sino también Londres, Sevilla, Amsterdam,
Lisboa. E1 aumento demográfico fue rápido y constante en el siglo XVI (con la excepción de América, donde en
esos cien años la población se redujo a la décima parte: de unos 50 millones de personas a unos cinco o seis;
más que por las matanzas de la Conquista, por los virus y microbios que viajaban con los conquistadores). Y
las investigaciones científicas, alentadas por la savia renancentista, desembocaron en una revolución: el
astrónomo polaco Nicolás Copérnico mostró, a mediados del siglo, que la tierra no era más que uno de los
planetas que giran alrededor del sol. El hombre no era ya el centro del Universo.
Es revelador de la vivacidad que todavía tenía la tolerancia renacentista el simple hecho de que Copérnico no
hubiera sido de inmediato quemado en la hoguera. Por menos intentarían llevar a Galileo al cadalso medio
siglo después.
Y es que de ese mismo estallido de riqueza y de esplendor desatado por los nuevos descubrimientos
geográficos y científicos y las nuevas ideas filosóficas, de esa misma efervescencia intelectual y económica
que transformó la sociedad, surgió su antídoto retrógrado: la Reforma protestante de Lutero y Calvino, y la
Contrarreforma católica del concilio de Trento.
La Reforma fue provocada en lo inmediato por la desfachatada corrupción de la Iglesia de Roma, y en
particular por la orgía de ventas de indulgencias destinadas a sufragar la construcción fastuosa de la basílica
de San Pedro. Pero su causa profunda fue el deseo de poner coto a los desafueros de la libertad intelectual.
Martín Lutero, un brillante monje alemán, prende la chispa de la rebelión en nombre del retorno a la ortodoxia:
a la Sagrada Escritura, tomada literalmente como única fuente de conocimiento. Y su movimiento, que
incendia a Europa desde las clases bajas de la sociedad (nunca tuvieron tanta influencia los púlpitos de las
iglesias de pueblo), se transforma pronto en un instrumento en manos de los príncipes. Los escritos de
Lutero, gracias a la ya desarrollada imprenta, se convirtieron en el primer gran éxito de ventas de Occidente:
300.000 ejemplares en tres años, de 1517 a 1520. Y rompieron a Europa en dos. La del Norte, donde
triunfaron sin esfuerzo las tesis reformadas y se fundaron iglesias nacionales bajo la férula del príncipe
respectivo, único dueño de la libertad de conciencia: Enrique VIII de Inglaterra los reyes Vasa de Suecia o
cada potentado alemán (Cujus regio, ejus religio). Y la del Sur, o de la Contrarreforma de Trento, en torno a la
palabra de Roma y sostenida por las armas del imperio español de los Austrias: España, Italia, Flandes,
Austria, todo el sur de Alemania. Y Francia, desgarrada más que ningún otro país por las guerras de religión,
pero que acabaría en el campo católico bajo el protestante renegado Enrique IV. En el sur, la Inquisición
española e italiana cuidaba de la ortodoxia. En el norte lo hacían las hogueras de Calvino en Ginebra, o el
verdugo de Enrique VIII en la Torre de Londres.
Se incendió Europa, y volvieron a matarse sus pueblos, llevados por sus curas y sus príncipes, por motivos
tan abstractos y abstrusos como no se veían desde los primeros siglos de Bizancio: por la predestinación o
por el libre albedrío, por la justificación por la fe o por la caridad, por la transubstanciación, por la comunión
bajo dos especies, por el Padre, por el Hijo, por el Espíritu Santo, y por la Trinidad en su conjunto.
Finalizado el siglo, todas las potencias europeas parecían exhaustas. Pero no era así: apenas empezaba a
desperezarse el capitalismo.

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