Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2007/08/11 00:00

Sigue campante

El pasado 13 de mayo se conmemoraron 150 años de la creación del estado de Santander. ¿Qué ha cambiado en esta región?

Barichara, el municipio más hermoso del departamento

Todos han tenido alguna vez un demonio metido en la cabeza, pero la historia relata que los santandereanos lo llevan desde hace 150 años y nada que lo sueltan.

Belicosos, machistas, pleiteros, intransigentes, recios, honorables, trabajadores, honestos y jodidos a morir, siguen allí, aferrados a las montañas del imponente Cañón del Chicamocha, con sus caminos, como cicatrices que no sanan, o multiplicándose a las orillas del ancho y sabio río Magdalena, de grises aguas, repletas de bocachicos, bagres, nicuros, capaces y coroncoros.

Esta tierra de 30.537 kilómetros es la vertiente misma de la imaginación del llamado 'samurai colombiano', bautizado así por el historiador Emilio Arenas. El hombre de esta región creció diferente. Su niñez no fue similar al resto del país. En buena parte, por culpa de la viruela y el cólera.

En el actual territorio de Santander, una década después de la llegada de los españoles, desapareció el 92 por ciento de la población indígena a causa de estas epidemias. Desde la fiebre del oro de 1550, en Girón, hasta finales del siglo XIX, toda clase de europeos y especialmente alemanes, esparcieron a diestra y siniestra sus genes en cuanto catre encontraron.

"Claro, los santandereanos nos consideramos criollos. No negamos el mestizaje, pero lo cierto es que tuvimos una inyección genética y cultural diferente al resto del territorio. Esa mezcla nos entregó ese carácter de beligerante, esa fuerza que se reconoce en personajes como José Antonio Galán y demás protagonistas de la revolución de los comuneros".

Así como el mito del hombre caimán resume el sentido íntimo y central de la cultura anfibia de la Costa Atlántica, en Santander, un cultivador de tabaco, un caporal moreno de Barrancabermeja capaz de atravesar invicto traicioneras ciénagas arriando ganado, o un pescador de horas muertas en chalupa, heredaron de los abuelos la consigna histórica:

"En Santander los últimos tiros de una revolución se confunden con el inicio de la siguiente".

Es fácil encontrar en Santander vestigios de los cuarteles durante las guerras civiles. Sin miedo se podría echar un vistazo a la historia de los conflictos colombianos y hallar en los cabellos grasos de los santandereanos el polvo del campo de batallas, mientras los hombres colgaban de sables y escopetas como racimos de carne untada de coraje.

El historiador Emilio Arenas considera que al igual que el samurai, de quien se dice no sólo era un guerrero, sino también el máximo exponente de los valores de la sociedad japonesa tradicional, el hijo de esta tierra es un hombre de amplia nobleza.

"El santandereano tenía un enorme sentido de los colectivos y de la defensa de principios que rigen la sociedad", precisó.

Pero esos mismos cuarteles de pisos en ladrillo, por donde los miembros amputados de combatientes fueron festín de gallinazos, atravesaron épocas y generaciones en el más completo olvido.

El descuido de un pueblo por preservar su patrimonio inmaterial no se apura. Al igual que las casonas se derrumban sin impaciencia, la otrora gallardía se diluye.

Esa muerte que desgarra los techos en caña brava, que los agota, los enluta y los resucita en forma de arenal. Es la mismísima modernidad que colgó los genes samurais santandereanos en alguna gaveta olvidada del mapa genético de esta tierra.

El sociólogo Álvaro Vecino considera que en estos 150 años de vigencia del santandereano en el contexto nacional, algo cambió. "Sí, somos un pueblo de carácter fuerte, pero también debemos decir que hemos vivido de la publicidad. Nuestra estructura cultural y mental se modificó. En Colombia existen pueblos que han progresado más que nosotros", define Vecino, con un aire de pesimismo.

Pero el santandereano intenta seguir en pie, por latido, por costumbre, por esa bendita manía de no abrir la ventana a la insolente derrota.

¿Cómo?

Con el sonido de una sirena. El pasado 13 de mayo, a las 6 de la tarde, en pleno corazón de Bucaramanga, cuando se recordaban los 150 años de creación del estado de Santander, se escuchó su pito chillón.

Acallada desde 1967, la llamada sirena del Garnica se volvió a encender. Esta fue el reloj de los trabajadores de Bucaramanga. Se escuchaba al mediodía, y a las 5 de la tarde anunciaba el momento del descanso.

Christian José Mora Padilla rescató y restauró la sirena de unos guacales en una vereda del Área Metropolitana de Bucaramanga, para darle vida. "Es un estandarte del progreso de esta tierra. Por eso la instalamos, para que nos recuerde en fechas especiales lo valiosos que somos como pueblo".

Igual que el cóndor, que casi nadie ve, pero que sabemos existe y es nuestro, los santandereanos, desde la celebración del sesquicentenario de la creación de Santander, pretenden conocer y recuperar su historia en Colombia.

Así lo hace Lucila de Gómez, quien a sus 73 años es invencible en la cocina. Señora bumanguesa que aprendió de niña la potestad de convertir el agua en un sazonado líquido hirviente que derrite gargantas y que llaman mute.

A este plato, reina de las sopas, embajadora de la gastronomía local, el poeta santandereano Aurelio Martínez Mutis la definió de la sigueinte manera: "Exalta con honores de cocina literaria, porque en ella están, desde el rayo de sol que hizo germinar el perejil y el culantro de la huerta, hasta el sus 'scrofa dimesticus', como apellidó al marrano la historia natural".

Lucila de Gómez se siente "orgullosa de Santander", con una extraña fiebre patriota que busca invadir la vereda más remota.

Un total de 2.086.649 habitantes caminan este departamento todos los días. Hace 150 años no eran ni el 20 por ciento de esta población. No eran nada porque sencillamente no les llamaban ni guanes, ni comuneros, ni vendían hormigas culonas a Europa, ni asaban cabro, ni servían mute los domingos, ni comían bocadillo veleño, o cortaban una piña y mucho menos gritaban "dígame, pingo…". Y

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