Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1993/12/13 00:00

Sol, cámaras ... ¡Acción!

A sol y sombra, 30 candidatas disputaron este año la maratón de la belleza colombiana

Sol, cámaras ... ¡Acción!

Sol, camaras...¡Acción!
EL CENTRO DE CONVENciones Cartagena de Indias fue el cuartel oficial del Concurso Nacional de Belleza. Allí permancieron encerradas, durante 15 días, las candidatas departamentales para ensayar la coreografía de la noche de la velada de coronación. Las pocas salidas fueron para cumplir con el extenso y agotador programa que incluyó desfiles en vestido de baño, trusa y traje de gala, y compromisos tradicionales como eI Banquete del Millón. Pero incluso las pocas veces que salieron del auditorio central fue para dirigirse a los jardines del Centro de Convenciones, donde se realizaron casi la totalidad de esos compromisos oficiales.
Por esa razón las beldades vieron por primera vez el sol el día en que se embarcaron en tres enormes lanchas y zarparon a mar abierto. El jolgorio no se hizo esperar. Por fin se sintieron libres. No les importó que la brisa y el sol abrasador hiciera de las suyas. El viaje, que duró una hora, las llevó por las aguas que bordean Bocagrande y El Laguito. Luego navegaron por las aguas cristalinas de Tierrabomba y, finalmente, atracaron en el puerto de Bocachica, un caserío habitado por palenques y humildes pescadores, únicos que no se derriten bajo la inclemencia del sol.
Pero Bocachica no sólo es un pueblo olvidado y de calles polvorientas, sino que allí permanece viva parte de la historia de Cartagena. Es en ese lugar donde los españoles construyeron el fuerte de San Fernando, por allá en el siglo XVII. Era una fortaleza inexpugnable, desde la cual defendieron a muerte sus tesoros y evitaron que los ingleses y franceses los invadieran. Ese histórico sitio fue invadido por las candidatas, quienes anduvieron las enormes murallas de piedra y recorrieron sus socavones en busca de la historia. Estuvieron allí durante un día y enarbolaron la bandera para interpretar las estrofas del Himno Nacional. Lo hicieron una por una. Luego en coro. Más tarde lo volvieron a repetir mientras el sol canicular no sólo hacía mella en sus cuerpos, sino en los equipos técnicos que se desplazaron para filmar los pregrabados.
Al final del día, exhaustas y más bronceadas de lo que llegaron a La Heróica, todas estaban convencidas de que habían cumplido con la patria y que, a pesar de que el reinado es un certamen de salones enormes y aires acondicionados, ellas eran las privilegiadas, en mucho tiempo, en departir con ese pueblo que año tras año se agolpa en las salidas de los clubes sociales, el Centro de Convenciones y el Hotel Cartagena Hilton con la ilusión de verlas, al menos, fugazmente. Y cuando lo lograron, estallaron en júbilo: la pólvora y el ron comenzaron a mandar la parada. Por eso en Bocachica dejaron a un lado el trabajo de grabación y se escaparon por unos minutos. Se tomaron fotos con los palenqueros, hablaron con los pescadores, jugaron con los niños y repartieron autógrafos en servilletas y hojas de papel periódico. Lograron que, al menos por unas horas, ese abandonado caserío fuera protagonista de las fiestas novembrinas.

NOCHE DE RUMBA
Al caer la tarde, y cuando el sol rojizo se perdía en la inmensidad del mar, las candidatas regresaron de nuevo a su cuartel para asumir sus extenuantes compromisos. Primero fue en la Escuela Naval con los oficiales y cadetes, quienes se entregaron, incondicionalmente, a los caprichos de cada una de las reinas. Y en una rumba a puerta cerrada, en la que no hubo un sol testigo porque las medidas de seguridad que se desplegaron fueron dignas del recibimento de un primer mandatario,las beldades desfilaron a la orilla de la piscina. A su paso se mezclaron con los cadetes de la escuela que no pararon de vitorear sus nombres.
Luego partieron para el Club de Profesionales. Y allí cerca de mil invitados disfrutaron de una alegre velada que al principio se cumplió bajo un riguroso protocolo. Pero cuando Alfredito de la Fe, con su violín mágico, comenzó a tocar salsa, fueron suficientes las primeras notas para poner la casa de ruana. Entonces arrancó una monumental fiesta que se prolongó hasta las tres de la mañana. Y a pesar del cansancio por las largas jornadas de ensayo, las candidatas no pararon de bailar. La batuta la llevó la representante del Cesar, Rosnayra Cecilia Fernández, quien es, además, compositora de vallenatos. De inmediato el paso lo siguió la del Valle, Diana Isabel Romero, y después cada una de las candidatas escogió parejo. Sólo abandonaron la improvisada pista de baile cuando Alfredito de la Fe guardó su violín.
A la madrugada las reinas regresaron a sus habitaciones en el Hotel Cartagena Hilton. Tres horas después estaban de pie para iniciar otra jornada de ensayos que este año fue muy exigente, pues se contrató hasta un coreógrafo profesional para que montara el espectáculo que vieron los colombianos la noche del 15 de noviembre.
Y en ese trote transcurrió el Concurso Nacional de Belleza. Muchas de las participantes estuvieron a punto de sacar la mano. Una de ellas fue Carolina Gómez Correa, de Bogotá, quien en una de las sesiones de ensayo se lastimó una rodilla. Al principio se la vendaron y le dieron un día de descanso; pero luego se resintió y terminó en silla de ruedas. Todos estos inconvenientes hacen parte de la fiesta donde no hay tiempo para lamentaciones porque el show debe seguir y quien tire la toalla sabe muy bien que la corona y el cetro comienza a alejarse.
Y para evitar estos contratiempos, las candidatas llevaron este año a Cartagena, aparte de sus maquilladores y peluqueros, a su masajista de cabecera. Esta vez las dolencias se aliviaron a punta de pomadas y largas sesiones de masajes, porque los remedios caseros de otros años, preparados por las madres chaperonas, se quedaron guardados en sus casas.
Este año se experimentó un nuevo reglamento interno que tenían que seguir al pie de la letra las concursantes y que al final dio buenos resultados. A cada una de ellas se le responsabilizó del manejo de sus habitaciones, comida y vestuario. El efecto no pudo ser mejor. Nada se perdió, todo estuvo siempre en orden y la asistencia a los desfiles y clubes fue con puntualidad inglesa.
Además, por primera vez los organizadores del concurso abrieron sus puertas para que los medios de comunicación trabajaran sin contratiempos. En el piso sexto, donde se hospedaron las candidatas, se instaló una pequeña oficina de prensa para realizar entrevistas. En el Centro de Convenciones también se dispuso de un horario para atender a los 450 enviados especiales que llegaron de todas las partes de Colombia. Las grabaciones de televisión se suspendían por una hora y los comunicadores tenían a las candidatas a su disposición.
Son los nuevos vientos de renovación que soplan por los lados de un concurso que, si bien es cierto requiere cambios de fondo, está dando los primeros pasos para conseguirlos. Es algo que no se puede ocultar. Porque se palpa.


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