Martes, 24 de enero de 2017

| 2005/12/03 00:00

Soledad Acosta de Samper

Es considerada la primera periodista en la historia de Colombia y tal vez la primera novelista.

Trabajó toda su vida por abrirse un camino que le permitiera salirse del restringido hogar decimonónico, a ella y a sus contemporáneas. Encontró ese camino en la escritura, primero en el periodismo y la literatura, luego en la investigación histórica. Estos espacios eran rigurosamente vigilados por la clase letrada del momento, en particular en lo referente a la presencia de mujeres en ellos. Se suponía que ellas podían escribir poemas de ocasión en sus casas, en ratos libres que no las hicieran descuidar el descanso del marido y la educación y la higiene de sus hijos. Escribir novelas y fundar y dirigir varios periódicos, como lo hizo ella, ciertamente se salía de lo conveniente. Escribir para un público era un hecho altamente político en el momento. Y no en el sentido estrecho de intervenir en la conformación de los partidos y participar en certámenes electorales. Era un hecho político porque esa generación era altamente consciente de que desde la escritura se modelaban los ciudadanos y los imaginarios nacionales, y porque era consciente de ello vigilaba con cuidado desde qué lugares se emitían las propuestas de Nación y cuáles de ellas promovía u ocultaba en la oscuridad de la literatura nunca reseñada ni recomendada. Soledad Acosta no se resignó a que su participación en la construcción de la patria estuviera sólo en el cuidado del ciudadano que era su marido y en la crianza de los futuros ciudadanos. Se abrió paso en la literatura y el periodismo. Su reconocimiento lo obtuvo durante la Regeneración, lo cual en la historia cultural de este país suele relacionarse con ausencia de pensamiento libertario. No la reconocieron los radicales, y no por católica, porque todos ellos lo eran. No la reconocieron ellos como no la reconocieron los conservadores: la república burguesa simplemente no tenía lugar para las mujeres. Acosta es la primera periodista en la historia de nuestro país, y tal vez nuestra primera novelista. Escribió mucho y sin parar desde los 22 años. Fue viajera y traductora, y esto le permitió concebir otros modos. Uno de los escasísimos diarios que se conservan de latinoamericanas de la época está escrito por ella: diario de amor, de guerra, de dictadura, diario de una lectora de literatura, de sí misma y de su momento escrito, entre 1853 y 1855. Escribió en un momento en el que el analfabetismo dejaba apenas de ser raro en las mujeres de clase alta. En algún lugar afirmó que "para dar fuerza y valor a las mujeres cuyas madres y abuelas han carecido casi por completo de educación, debería demostrárseles que si hasta ahora las de raza española son tímidas y apocadas en las cosas que atañen al espíritu, la culpa no es de su inteligencia, sino de la insuficiente educación que se les ha dado". A través de formulaciones como éstas comenzó a abrir, dentro de un enorme silencio y reprobación, el espacio público del que gozamos, no sin dificultades, hoy en día las mujeres. La mamá de su esposo, nada menos que José María Samper, había aprendido a escribir apenas hacia 1840 para poderse cartear con sus hijos que se iban a estudiar a Bogotá. María, la de Isaacs, ella sí promovida como modelo de comportamiento femenino en la época y por generaciones, apenas leía y escribía, apenas hablaba: su lenguaje de flores, todo lo romántico que se quiera, le impidió tener una biblioteca, leer sola y escribir su historia. Acosta nos dejó más que trenzas y un delantal con flores secas: su legado es una historia en la cual repensar los orígenes modernos de nuestra Nación. *Profesora de la Universidad de los Andes

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