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| 10/21/1985 12:00:00 AM

¡TERREMOTO!

Mauricio Vargas fue el primer periodista colombiano en llegar a Ciudad de México. Esta es la crónica de sus impresiones sobre las primeras horas después de la catastrofe

Avanzamos por una calle a oscuras. El taxi que nos ha traído desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, alumbra con sus débiles luces el pavimento agrietado y ondulado de la calle Río de la Loza.
Hacia el cielo ascienden densas columnas de humo, iluminadas por el reflejo de los incendios y de los reflectores que han sido colocados desde la caída del sol para permitir que continúen las labores de remoción de los escombros. Por una bocacalle alcanzamos a ver a unas dos cuadras un aviso luminoso de Coca-Cola, que rompe el manto negro con sus luces rojas y blancas en monótono movimiento.
Son las 12 y 15 minutos de la noche y 17 horas después del terremoto, comenzamos a tener las primeras imágenes de una ciudad fantasmagórica.
El taxi continúa su recorrido hastá cuando surgen, de entre las sombras, las figuras de algunos soldados que le ordenan al conductor que se detenga.
"Somos periodistas colombianos", respondemos por las ventanillas, mientras presentamos nuestras credenciales. "Si desean continuar tienen que descender aquí, pues el automóvil no puede seguir", dice uno de los uniformados. Pagamos al taxista y pasamos, con cámaras y maletines, bajo el cordón que marca el límite de una de las "zonas de catástrofe", cuyo acceso está controlado.
Caminamos algo más de una cuadra hasta llegar a las ruinas de un edificio, donde cuatro poderosos reflectores, alimentados por la planta electrica de una unidad móvil de televisión, alumbran la escena, como si se tratara de un set cinematográfico.
Unas cincuenta personas, con cascos y tapabocas, trabajan con palas, picas, esmeriles y grúas, desenredando nudos de hierro Y concreto. "Debajo de la losa que están tratando de remover, hay unas personas atrapadas que, al parecer, se encuentran ilesas", nos explica un señor de traje y corbata, con el pelo cubierto de polvo gris.
Es un funcionario de la Secretaría de Trabajo y Seguridad Social, un ministerio cuyas oficinas se encontraban, hasta las 7 y 19 minutos de ese jueves, allí donde ahora todo no es más que un montón de escombros.
"Llevan varias horas buscando la forma de sacarlos, pero está muy difícil", agrega el funcionario. Por un acuerpado voluntario de casco y bigotes, nos enteramos de que se han logrado comunicar con los sobrevivientes atrapados bajo la losa. "Por medio de unos tubos hablamos con ellos y les pedimos paciencia. También les estamos suministrando líquidos", anota mientras señala con el dedo el lugar donde una docena de voluntarios ha concentrado sus esfuerzos en la remoción de una viga de acero. ¿Lograrán sacarlos con vida? Nos retiramos del lugar con la duda anotada en nuestras libretas.
LA TORRE QUE APLASTO TODO
Dejamos las ruinas de la Secretaría de Trabajo y caminamos dos cuadras más, hasta llegar a la esquina de Río de la Loza con Niños Héroes. O mejor, a lo que queda de esa esquina.
Estamos frente a lo que fueran los estudios centrales de la cadena de televisión Televisa. Los periodistas Fernando Villanueva, director informativo del noticiero "Hoy mismo" y el locutor y comentarista deportivo Gustavo Armando Calderón, "El conde", han muerto allí al igual que una docena de comunicadores más y un gran grupo de camarógrafos y técnicos con quienes, a la hora del terremoto, se encontraban transmitiendo la primera emisión de noticias del día.
La forma como se produjo el derrumbe es bastante peculiar. Un testigo nos relata cómo una de las tres torres de transmisión, "la más baja, de unos 80 metros", ubicada sobre los cuatro pisos de la zona de los estudios, comenzó a mecerse de un lado a otro a causa del sismo. Cuando éste ya había terminado, la torre continuaba sacudiéndose hasta que se vino al suelo sobre la esquina, aplastando la parte del edificio de Televisa que antes la sostenía. Lo curioso es que las otras dos torres de transmisión quedaron en pie, a pesar de ser más altas y de encontrarse instaladas sobre un sector más elevado de la edificación.
A unos veinte metros de distancia es fácil distinguir entre los restos de la aplastada construcción, una consola de producción y algunos monitores que, según nos dicen, estaban operando cuando se produjo el terremoto. Minutos después hablamos con el conductor de una ambulancia que acaba de llegar porque le han avisado por radio que puede haber personas con vida bajo los escombros que se están removiendo. Comenzamos a comprender que existe un fenómeno que se repite frente a cada edificio derrumbado: surge de pronto, sin que se sepa muy bien de boca de quién, el rumor de que hay sobrevivientes atrapados. Es una especie de rumoresperanza y por eso llegan las ambulancias. A veces, el rumor resulta cierto. Pero a veces no. Simplemente se trata de alguien que creyó escuchar voces y dio la voz de alerta.
EN EL CARRO DE LA MUERTE
Seguimos recorriendo el centro de la ciudad. Hay que atravesar largas calles oscuras, persiguiendo una luz al fondo que indica que hay otro edificio en el suelo. Caminamos a lo largo de la calle Balderas cuando de pronto se detiene a nuestro lado una camioneta Volkswagen. Cinco jóvenes voluntarios de la Dirección General de Servicios Urbanos nos invitan a subir y prometen llevarnos por toda la ciudad "para que puedan hacerse una idea de la magnitud de esta tragedia".
Los que no parecen haberse dado cuenta de lo ocurrido son ellos. Son todo, menos el prototipo de los sobre vivientes de una catástrofe. Hacen bromas, preguntan por Colombia y nos ofrecen agua fresca y sandwiches.
"Para que luego no digan que en México se les recibió mal", apunta el que viaja al lado del conductor. Les preguntamos en qué consiste la labor que están desempeñando. Contestan que al principio debieron transportar-algunos cadáveres dentro de la camioneta, "ahí mismo donde van ustedes sentados". Nos miramos unos a otros, mientras un frío nos recorre las vértebras. "Ahora estamos llevando comida a los lugares donde se han concentrado los voluntarios", concluye antes de que la camioneta se detenga frente a un lugar que parece estar mucho peor que los anteriores.
Son los restos de un edificio de apartamentos de 8 pisos en cuyos locales comerciales se encontraban el restaurante "La Lechería", una joyería y una boutique para caballeros.
"Aquí puede haber muchísimos muertos", comenta uno de nuestros guías. Hay mucho humo y se distinguen algunos incendios que aún no han sido apagados. Son unos 4 mil metros cuadrados de bloques de concreto y vigas dobladas, bajo los cuales estallan a veces tanquetas de gas, obligando a los piquetes de soldados a tornarse más estrictos en el acordonamiento del lugar. El aire se hace irrespirable. La emanación de gases y el polvo de los escombros removidos nos ponen a todos a toser.
Por altoparlantes advierten que está prohibido fumar. Advertencia innecesaria, pues de todos modos ya nos hemos fumado los cigarrillos que traíamos y por ningún lado se consigue un paquete.
Son las dos de la madrugada. El recorrido continúa con destino al derrumbado Hotel Regis, uno de los de mayor tradición en el centro de la ciudad. Descendemos en Reforma, frente al lugar donde desemboca la avenida Juárez. No se puede avanzar más en la camioneta y hay que pedir permiso a los soldados para continuar a pie. Hay órdenes contradictorias.
Finalmente, nos dejan seguir. Echamos primero un vistazo a la Secretaría de Gobernación, cuyo edificio ha tapado la calle al derrumbarse. Un grupo de ingenieros surge por un boquete desde el corazón de los escombros. Se quitan por un momento los cascos y se secan el sudor de la frente, antes de comenzar a discutir sobre la mejor forma de remover una losa que impide continuar con el rescate de los cadáveres. Agitan las manos y uno de ellos afirma: "Estoy seguro de que la mejor forma es seguir como vamos, aquí por el lado de abajo". Otro replica que no: "Si seguimos así, entonces todo se va a poner más difícil y la losa se va a derrumbar sobre el costado de la calle o sobre nosotros mismos". Finalmente se ponen de acuerdo y vuelven a penetrar los escombros por el boquete por el que minutos antes han salido.
No parece que se den cuenta de que pueden no volver a salir. Pronto descubrimos que, entre los voluntarios, los bomberos y la demás gente que participa en la remoción de escombros y la extinción de los incendios, nadie parece comprender que a cada minuto se está jugando la vida.
EL INFIERNO Y TODO LO CONTRARIO
Desde esa esquina, con el monumento a la Revolución al fondo, se tiene una vista apocalíptica: decenas de ambulancias se acumulan a la espera de muertos y heridos. Los edificios que rodean el monumento, en pleno Paseo de la Reforma, dan la impresión de haberse derretido como bloques de hielo expuestos al sol.
Muchos no se han derrumbado, pero sus pisos más altos han desaparecido, juntándose unos sobre otros al doblarse las columnas que los sostenían.
El sonido de las sirenas de carros de bomberos y ambulancias se torna por momentos ensordecedor, pero segundos después, el oído se acostumbra a esta sinfonía que sirve de fondo a las sobrecogedoras imágenes. Sólo los periodistas somos testigos. Todos los demás, los habitantes de Ciudad de México, los que han vivido en carne propia esos cinco eternos minutos de sacudones, "leves y lentos al principio, antes de detenerse y volver a empezar con una furia aterradora", se niegan a ser espectadores. Ninguno se queda con las manos cruzadas.
Una señora de unos 55 años se pasea a lo largo de la calle Juárez, cerca a las ruinas en llamas del Regis, con un gran balde plástico azul lleno de café caliente, ofreciéndole a todo el mundo "un vasito para el frío". Los muchachos entre 13 y 18 años han conformado un ejército de voluntarios que, por momentos, tiene fricciones con el de soldados armados de fusiles, que parecen más bien inútiles limitándose a vigilar, sin poder colaborar con sus propias manos. "Ellos creen que cumplen su papel al vigilar y evitar robos o saqueos--me dice uno de los muchachos voluntarios--, Pero es que no se dan cuenta de que a nadie se le ocurre ponerse a saquear ni a robar. ¿Para qué saquear?, ¿ para qué robar? Lo único que se puede hacer es ayudar".
Lo que dice nos pone a pensar. Es cierto. Apenas se han reportado unos pocos saqueos. El comportamiento de la gente es excepcional. La palabra para describirlo todo es "solidaridad", aunque suene cursi. La comida no ha faltado, por lo menos en esa primera noche después de la tragedia. Y no ha faltado porque los restaurantes y panaderias han decidido poner todo lo que tenían en existencias en poder de los voluntarios. El dinero ha desaparecido, como medio de intercambio.
Nunca ha sido más inútil un billete.
Nadie compra ni vende. Todos dan lo que tienen y reciben lo que necesitan.
Es, al mismo tiempo, el infierno y todo lo contrario. Es una pesadilla, si.
Pero por momentos, parece un sueño.
EN BUSCA DE UN HERMANO
Decidimos iniciar un recorrido por clínicas y hospitales, para hacernos una idea de la situación que se vive en ellos. El taxista nos lleva entonces al Centro Médico Nacional. Cuando llegamos, todo está apagado y no se aprecia movimiento de ambulancias ni de voluntarios o enfermeros. La explicación es sencilla y nos la da un soldado que vigila una de las entradas del más importante centro de asistencia de la ciudad: "Hace varias horas tuvimos que evacuarlo, porque amenaza venirse abajo. Miren por ejemplo ese bloque". Levantamos la vista y alcanzamos a ver, en medio de la oscuridad, los 12 pisos de uno de los edificios del complejo médico, cuyas paredes y ventanas se han venido abajo. Sólo queda la estructura de pisos y columnas.
Seguimos nuestro recorrido, esta vez en dirección del hospital Gabriel Mancera. Sólo entonces descubrimos un detalle que no habiamos distinguido en las 4 horas anteriores. Las más importantes avenidas de la ciudad se encuentran engalanadas con guirnaldas pasacalle y banderas gigantescas con los colores del pabellón mexicano: verde, blanco y rojo. El taxista nos explica que tres días antes, el 16 de septiembre, se ha celebrado el 175 aniversario del grito de Dolores, cuando el legendario cura Miguel Hidalgo proclamó la rebelión contra España. Es un patético decorado.
En el hospital Gabriel Mancera nos encontramos con otra faceta del drama. Sobre las puertas de vidrio han sido colocadas las listas de las personas heridas que han llegado a ese centro asistencial. Son revisadas minuciosamente por Jaime y Luis Nieto Ordóñez, quienes llevan más de ocho horas buscando a su hermano José Guadalupe, de 40 años, quien se encontraba en el edificio de la Secretaria de Comunicaciones, que se derrumbó. "Aquí tampoco parece estar, pero tenemos que seguir adelante con la búsqueda", nos dice uno de ellos.
Luego, un muchacho que ha llegado con su padre nos cuenta: "Estoy buscando a mi hermano. El se encontraba en el Conalep, que es un colegio de educación técnica, de unos 8 pisos, que se vino abajo. No se lo he dicho a mi padre, pero creo que no lo vamos a encontrar. Ya hemos visitado todo. Pero él se niega a perder la esperanza y lo único que puedo hacer es acompañarlo y prepararlo, poco a poco, para cuando tengamos la certeza de que nada se puede hacer. Luego está también mi madre, allá en la casa, muy angustiada".
Recorremos el pabellón de cuida dos intensivos. Cada caso es una historia, una tragedia. Una señora, con algunos golpes y sufriendo de un profundo shock, mira desesperadamente hacia el techo, con el rostro muy pálido. "Es la esposa de uno de nuestros compañeros. Parece que él murió y con él los tres hijos que tenían. Estaban en la casa y ella fue la única que salió con vida", nos comenta el Subdirector del hospital, quien nos ha servido de guía.
En los demás hospitales, y en especial en el de la Cruz Roja, se repiten las mismas escenas. Heridos que desconocen la suerte de sus familiares.
Familiares que buscan a los suyos. Señoras que se desmayan frente a la recepción al descubrir un nombre en una lista. Y un anfiteatro al que no nos dejan entrar por órdenes superiores, que ni siquiera tratamos de discutir.
A la gente de la televisión le permiten filmar sólo en las habitaciones donde los heridos están despiertos, pero hay prohibición expresa de entrevistarlos. "Ni siquiera al menos grave, pues lo que pasa es que, aparte de las heridas está el shock que sólo se les puede controlar mientras no se les recuerde lo sucedido", afirma una dama voluntaria. Ella misma nos explica que, pese a que sólo cuentan con 125 camas, debieron acondicionar el último piso, donde funciona una escuela de enfermería, para que cada aula se convirtiera en una habitación para 6 u 8 pacientes, pues el total de heridos recibidos hasta esa hora era de 500.
EL AMANECER
Hacia las cinco de la mañana, nos dirigimos a Tlatelolco, una zona residencial cercana al centro y una de las más afectadas por el terremoto. Se trata de un conjunto de edificios de 8 y 15 pisos, que han tenido que ser desalojados. Uno de ellos se desplomó, doblándose hacia atrás y produciendo una de las zonas de desastre de mayor mortandad.
"Aunque parezca incréíble, yo no sentí el terremoto", relata Rubén Martínez, uno de los habitantes de la zona, de 17 años. "Yo estaba durmiendo cuando sentí que mi hermano me sacudía en la cama y me decía que me despertara, que el edificio se iba a caer cuando terminé de abrir los ojos, creo que el terremoto estaba acabando Salté de la cama y sentí un ruido como de un escape de gas. Me asomé a la ventana y vi cómo se desplomaba el edificio de al lado Alcancé a ver a la gente salir de él como cucarachas. Luego, empujado por mi hermano, corrí por las escaleras y logramos salir"
El testimonio es interrumpido por el sonido de los altoparlantes: "urgente, se necesita un arco de segueta, por favor, un arco de segueta". Otra vez el rumor de que hay sobrevivientes bajo los escombros. Pero de nuevo, no es más que una falsa alarma. Los voluntarios corren de un lado a otro, traen camillas y se acercan hacia el sitio donde supuestamente se encuentran los atrapados. Luego regresan a sus lugares, con las camillas dobladas y la cabeza inclinada mirando al piso.
Ya está amaneciendo. Raúl Moreno, un conductor de unos 45 años,se ofrece a acompañarnos en un último recorrido por la ciudad, antes de volver al aeropuerto para tomar el avión de regreso a Bogotá. Le hacemos la misma pregunta que hemos hecho cientos de veces en las últimas 8 horas a cientos de personas: ¿dónde estaba cuando se produjo el terremoto? " Venía por la A venida Insurgentes y nos quedamos embotellados como unos diez minutos, de repente, comenzamos a movernos como lanchas, todos los carros se sacudían y la calzada también. Unos metros adelante, estaba el parqueadero en caracol de Sears. Se desplomó como un castillo de naipes".

Le pedimos que nos lleve al Zócalo, pues queremos ver qué les ha sucedido a la Catedral y a los edificios que rodean la Plaza de la Constitución. Para nuestra sorpresa, todo parece intacto. Los monumentos y edificaciones antiguas dan la impresión de haber resistido mejor los sacudones que algunas de las más modernas torres. Nos adentramos luego por algunas calles aledañas al hotel Regis y vamos descubriendo lo que no habíamos podido ver en la oscuridad de la noche: que si bien hay muchos edificios que no se vinieron abajo, las grietas y destrozos que revelan en sus fachadas hacen pensar en la necesidad de que el hombre tome la determinación de concluir la destructiva labor iniciada por el sismo. Otro tanto sucede con algunos puentes y avenidas: sólo la luz del día permite apreciar cuán dañados se encuentran. Con lo sucedido, la ciudad puede haber perdido 20 años de desarrollo. Sus 18 millones de habitantes y sus 2.5 millones de carros van a sufrir mayores problemas de transporte de los que, de por sí, acusan desde hace años. Sólo el metro se ha salvado de la catástrofe. Fue construido con especificaciones diseñadas especialmente para los riesgos sísmicos de Ciudad de México. Sus constructores parecen haber pasado el más dificil de los exámenes: un terremoto de 5 minutos con una intensidad cercana a 8 grados en la escala Richter.
Antes de partir, efectuamos una parada final en la delegación Cuauhtemoc, donde se ha concentrado la recepción de cadáveres y su colocación en viejos ataúdes donados por las funerarias de la ciudad. Por la misma puerta por la cual entran los cuerpos en una camilla, salen minutos después, dentro de un cajón cargado por los familiares de la víctima. Es una procesión incesante y el olor a cadáver en descomposición comienza a volverse insoportable.
Finalmente, nos dirigimos al aeropuerto. Son cerca de las 10 de la mañana. Han pasado 27 horas desde el terremoto. Mucha gente ha instalado carpas en parques y separadores con grama, pues ha perdido sus viviendas.
La ciudad se ha vuelto a llenar de carros y los buses ofrecen servicio gratuito en ciertas rutas troncales, mientras por la radio las autoridades hacen llamados para que las personas que no estén colaborando,regresen a sus hogares. No se abrirán las oficinas ni los almacenes. Es el despertar de un gigante destruido. Pero el drama apenas comienza. Lo que viene es aún peor. Un segundo temblor de gran intensidad (6.5 en la escala de Richter) esa misma noche y la revelación de que las cifras de muertos siguen en aumento. Ahora 5 mil puede ser un cálculo demasiado prudente.
Los heridos pueden llegar a 20 mil. Y poco o nada se sabe sobre las ciudades de provincia, donde también se presentaron graves daños. Pero la posibilidad que muchos mexicanos tienen de seguir cooperando en el rescate, o la obligación que tienen otros de seguir buscando a sus familiares, no les permite aún tomar conciencia de lo sucedido. Se necesitarán varios días, quizá algunas semanas, para que todos comprendan, en su verdadera dimensión, lo acontecido. Llegará la hora de la reconstrucción y entonces, es posible que ya no haya comida para todos y que el paréntesis de la solidaridad comience a cerrarse.
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