Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1980/12/11 00:00

Testigo en blanco y negro

Melitón Rodríguez captó con su lente cómo Medellín pasó de aldea a ciudad. Su riguroso trabajo como fotógrafo es un invaluable testimonio de un cambio de siglo convulsionado.

Su primer valor reside en la calidad de sus retratos 'pictorialistas'

Al momento de celebrar el fin de la guerra de 1862, el coronel Cipriano Rodríguez murió en plena plaza principal de Medellín, víctima de un disparo de fusil que le propinó un soldado renuente a entregar las armas. En París, su hijo Ricardo Rodríguez Roldán quedó en serias dificultades económicas. Para poder sobrevivir y culminar los estudios de medicina debió realizar trabajos humildes como ayudante de picapedrero en las marmolerías que surtían de lápidas el cementerio de Père-Lachaise o colaborador en estudios de fotografía, en auge en esos momentos debido al éxito de la 'tarjeta de visita'.

Al regresar a Medellín encontró a su hermano Melitón Rodríguez Roldán sumido en la pobreza. Decidió enseñarle el oficio de talla en mármol que ofrecía buenas perspectivas económicas debido a la reciente apertura del Cementerio de San Pedro. El taller de marmolería de don Melitón pronto se convirtió en un centro cultural de la ciudad, pues además de tallar lápidas y preparar entierros, se discutía de arte y literatura. Fuera de lo anterior era el epicentro del movimiento espiritista de Medellín.

En 1885 llegó a casa de Melitón, procedente de Yarumal, un joven pariente llamado Francisco Antonio Cano. Tenía la intención de proseguir a Bogotá para adelantar estudios de pintura, pero la guerra de 1885 le obligó a permanecer en Medellín. Durante cinco años vivió en la casa de sus parientes. Allí encontró hospitalidad y la complicidad de una alma gemela: Horacio Marino, el hijo mayor de don Melitón.

Las habilidades innatas del joven Cano le permitieron colaborar en las labores propias del taller de marmolería y pompas fúnebres. Por ejemplo, en una de las ofertas promocionales, a quien contratara un entierro, se le encimaba el retrato del muerto elaborado por Cano. También en el taller se reparaban paraguas, se marcaba cristal y se ofrecían clases de dibujo y pintura. Estas últimas eran dictadas por Horacio Marino y el propio Cano y a ellas asistía el hijo menor del marmolero, Luis Melitón.

En Medellín la fotografía se conocía desde 1848 cuando Fermín Isaza abrió en la pequeña población el primer taller de daguerrotipia. Durante las décadas del 60 y 70 del siglo XIX el mercado fue dominado por el gabinete de los hermanos Vicente y Pastor Restrepo. A fines de la década de los 80, los más importantes fotógrafos eran Emiliano Mejía y Gonzalo Gaviria, quienes habían estudiado en París.

En 1889 Horacio Marino Rodríguez y Francisco A. Cano decidieron diversificar las actividades de la marmolería y, en un local contiguo, abrieron un gabinete fotográfico denominado 'Cano y Rodríguez'. La instrucción en el arte de la fotografía estuvo a cargo del doctor Ricardo Rodríguez, quien les trasmitió los conocimientos adquiridos durante sus años de estudiante.

Cano sabía que su destino estaba en el arte y a partir de 1891 se dedicó exclusivamente a la pintura, sin dejar de estar cerca de su familia adoptiva. Además el negocio requería capital, pues con los modestos equipos que poseían no era posible enfrentar la competencia de Mejía y Gaviria. En 1892, Horacio Marino busca a Alberto Jaramillo G., quien inyectó capital para ampliar y modernizar el estudio y se convirtió en socio capitalista. A partir de entonces la fotografía operó bajo el nombre de Rodríguez y Jaramillo.

Durante toda la vida activa la fotografía Rodríguez fue un típico establecimiento artesanal familiar. En la primera época el fotógrafo jefe era Horacio Marino, la revelación y las copias en positivo las realizaba Luis Melitón y el retoque lo efectuaba Rafaela, una de las cinco mujeres de la familia.

Al promediar la última década del siglo XIX ya los equipos se habían aligerado y las placas eran mucho más sensibles. Ello permitió a los fotógrafos salir a las calles y ser testigos del vertiginoso cambio que estaban sufriendo muchas ciudades americanas. Con una de esas fotos de exterior titulada Los zapateros, la fotografía 'Rodríguez y Jaramillo' obtuvo la medalla de plata en un concurso convocado por la revista Luz y Sombra de Nueva York en 1895. Poco después, los hermanos deciden independizarse y pagar la parte correspondiente al socio capitalista. En adelante el gabinete se denominará 'Rodríguez Hermanos'.

Pero Horacio Marino era un hombre inquieto y el oficio de fotógrafo empezó a serle monótono. Buscaba nuevos medios de expresión. En 1896 decidió promover la edición de una revista ilustrada y para ello invitó a su hermano espiritual, Francisco A. Cano y a su concuñado Luis de Greiff Obregón (el padre de León y Otto de Greiff). Entre los tres fundaron El Repertorio Ilustrado, primera revista de este género que se publicó en Antioquia. Los grabados eran realizados por Cano y Francisco A. Maya con base en fotografías obtenidas por Rodríguez. Allí apareció también el primer fotograbado.

Para 1897 Horacio Marino consideraba que su ciclo de fotógrafo había concluido. Pero hombre visionario y de gran disciplina, antes de dejar el oficio publicó el folleto titulado Dieciocho lecciones de fotografía, el cual se convirtió en su testamento fotográfico y primer texto teórico sobre fotografía escrito por un colombiano. En 1903 funda la firma de arquitectos 'H. M. Rodríguez e hijos' activa hasta 1973.

Entonces, Luis Melitón Rodríguez Márquez asume toda la responsabilidad de la empresa fotográfica. Tenía 22 años. Desde los 14 había estado vinculado al estudio y conocía todos los secretos del oficio, adquiridos por las enseñanzas de su hermano y por la práctica cotidiana del oficio.

El fragmento de diario que se conserva, escrito en 1907, es un ejemplo de constancia y búsqueda de perfección. Es además un valioso texto para conocer las vicisitudes económicas en las cuales laboraba un artesano de principios del siglo XX. Al concluir cada jornada, Melitón anotaba en su diario las actividades realizadas, los experimentos con luz solar y diversas fórmulas químicas, así como los resultados económicos, casi siempre deficitarios. Luego se calificaba en una escala de uno a cinco. Hoy nos asombra confrontar la calidad del trabajo con la rigurosidad con la cual se autocalificaba.

Dos son los valores que han permitido la trascendencia del trabajo de Melitón Rodríguez. El primero reside en la calidad de sus retratos. Es bueno recordar que desde los 13 años había realizado estudios de dibujo y pintura con Francisco Antonio Cano y que desde la más tierna infancia había vivido rodeado de un ambiente fértil para el arte. Poseía, por tanto, los conocimientos básicos de la formación académica en lo relacionado con la composición, la perspectiva, el juego de los contrastes, el manejo de las proporciones y los efectos de la luz y las sombras. Todos esos elementos aplicados a la fotografía, constituyen las características del estilo denominado "pictorialista". Esa estética se acomodaba perfectamente a los ideales de una incipiente burguesía, de una sociedad en tránsito de lo rural a lo urbano, de una clase social que intentaba consolidarse copiando modelos europeos. En los retratos de Melitón se refleja la primera generación de empresarios, satisfechos de exhibir sus nuevos símbolos de poder: el frac, la leontina, el cubilete. En aquellas fotografías de grupos familiares, se reafirma la primacía de los nuevos apellidos que han alcanzado la jerarquía industrial y bancaria.

El otro valor lo constituyen las fotografías de exterior. Melitón supo captar intuitivamente el tránsito de la aldea en ciudad. Su trabajo es testigo de cómo los sueños del progreso se convertían en realidades tangibles. A través de sus imágenes, vemos a la plaza principal convertirse en parque republicano; el taller artesanal se transforma en taller industrial y el artesano en obrero; el tranvía de mulas -o de sangre- debe abrir paso al automóvil de don Carlos Coriolano Amador; el farol de aceite es reemplazado por la lámpara de arco voltaico. Los sacos de café llegan en recuas de mula a la trilladora, pero se exportan en ferrocarril y luego se embarcan para el mundo en grandes vapores que los esperan en Puerto Berrío. No existe un documento que exprese con mayor precisión ese tránsito de lo rural a lo urbano, de la aldea en ciudad, de una sociedad agraria y minera a una industrial.

Luis Melitón Rodríguez Márquez se mantuvo activo como fotógrafo hasta 1938. Murió el 29 de febrero de 1942. Sus hijos Alberto, Enrique y Gabriel continuaron con el estudio hasta 1995, año en que la Biblioteca Pública Piloto de Medellín adquirió a la familia el archivo para incorporarlo al Centro de Memoria Visual de Medellín


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