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| 10/20/2007 12:00:00 AM

Todos a la mesa

En la fértil tierra antioqueña hay niños que mueren de hambre. Los embera katío de Frontino y sus alrededores han sido de los más afectados.

Navi Puma está descalza, con las pupilas dilatadas y la mirada perdida, estática, ausente. Su vestido blanco, tal vez para la más elegante de las ocasiones, empieza a raerse. Vestigios de lodo delatan una afanosa huida de la muerte. En sus manos, dos años de edad y la pulsera blanca que tejió su madre. No habla castellano: balbucea en su lengua nativa de embera katía y regresa al silencio.
Su madre y sus cuatro hermanos la acompañan. María Uverlina Bailarín Carupia, de 25 años, tiene el rostro pintado, no como mujer occidental sino como aborigen. Hay preocupación en sus miradas, los baños con plantas y rezos del jaibaná no alcanzaron para curar la desnutrición aguda moderada de Navi Puma. Desde hace cuatro días, la menor permanece internada en el Centro de Recuperación Descubriendo Sonrisas, atendido por nutricionistas, profesionales del área social, enfermeras y médicos. El instituto fue construido por el Programa de Mejoramiento Alimentario y Nutricional de Antioquia (Maná). “Cuando yo estaba en embarazo trabajaba mucho, cogiendo café. En el cafetal no comía, y mi niña nació desnutrida. Entonces la dejaron acá”, explica María Uverlina, en un castellano casi prefecto.
Ya es medio día en el Centro de Recuperación Nutricional de Frontino. Huele a sopa de avena con verduras. Las cocineras cortan trozos de mango y ultiman los detalles del pollo apanado y el jugo de lulo para otros siete niños que, como Navi Puma, han llegado hasta allí para aliviarse. Cinco de ellos son indígenas y como hoy es día de visita, sus padres arriban desde los lugares más alejados del pueblo estar con sus pequeños, después de días, e incluso semanas de no saber de ellos.
William Múnera Bailarín viajó dos días para saber de su hijo Mauricio, que hace 21 días se recupera en el lugar. Su comunidad, Antaocito, es una de las más alejadas. “Salí antier, como a las 7 y media de la mañana, caminando hasta Evesti. Descansé. Luego caminé otras seis horas hasta El Tablado. Eso es un monte. A las 4 y media llegué a La Blanquita. Y ayer me vine para acá ya. De La Blanquita llegué a las 11 y media de la noche porque la carretera está malita; dos, tres horas bregando a sacar el carro del pantano. Salí a las 9 de la mañana, y llegué a aquí a las 11 y media de la noche. Llegué empantanado como un marrano. Imagínese cuando el bebé estaba enfermo y salí yo solo con él haciendo este mismo viaje...”
Junto a William está sentada Doralina Bailarín Pernía. Tres de sus cinco hijos, Gustavo Adolfo, Gabriel Jaime y Felipe, están internados en el Centro de Recuperación Nutricional. Mientras habla en su lengua nativa, la única que conoce, William traduce y sus tres niños la esperan de pie. Entonces toma de la cintura al más pequeño para sentarlo en sus piernas. De su blusa saca su seno izquierdo para amamantar a Felipe. Por primera vez, mucho después de tener la mirada perdida, se detiene para observar el cuerpo de su hijo, le quita los zapaticos negros de cuero y acaricia sus pies desnudos. Saluda a otra indígena. Regresa el silencio.
Es la hora del almuerzo. Con amor maternal las enfermeras llaman a los niños a un comedor como de juguete. Un letrero reza Necobaridé, comedor en lengua embera. Por un camino de piedra aparece la gerente del Hospital de Frontino, Beatriz Elena Moreno. “En este lugar el 75 por ciento de los niños recuperados son indígenas. Ellos se desplazan de un lugar a otro, así que no tienen un cultivo fijo de qué vivir. Antes ellos pescaban y cazaban, ahora el pescado se está acabando y con la tala de los bosques disminuyeron los animales. Además, es un corredor de grupos armados. En los grupos indígenas hay celos, abandono, maltrato, violencia intrafamiliar. El problema es que cuando ellos llegan al hospital, ya es inevitable”, comenta la médica, y agrega que por lo menos dos muertes de infantes se registraron el año anterior en el centro de salud a causa de desnutrición.

los jai y el jaibaná
“No te importe la raza ni el color de la piel, ama a todos como hermanos y haz el bien”, canta un casete en la iglesia de Frontino. Es misa de domingo por la mañana. Un carro de escalera, rojo y amarillo, aguarda a indígenas y a libres para transportarlos a Nusidó, el más cercano de los poblados embera katíos.
Por un valle de cañones, cultivos de caña y carreteras de lodo se llega a Nusidó, un caserío ubicado a una hora del casco urbano y que fue construido por la Organización Indígena de Antioquia hace 17 años para mejorar la calidad de vida de familias nómadas o distantes de centros rurales.
Al llegar, tres casas reciben a los visitantes; la más grande es el centro comunitario. Otras 44 viviendas pueblan la región. Tres mujeres embera tejen collares y manillas, otaju y juaju, con bolitas de colores. Sobre una montaña, a la derecha, se derrama la cascada del río Abeja. Al fondo, a la izquierda, se alza el único tambo poblado de la comunidad. Abajo, un trapiche y el río. Atrás, una cocina tradicional, construida con cañabrava y guadua, donde Pastora Bailarín, gobernadora de Mujeres de Nusidó, cocina. “Acá el agua se saca de una acequia y si llueve, el agua se va. Quedan tres días que no se puede beber. Por eso hay tanta enfermedad”; explica la primera autoridad femenina.
Desde la montaña, tal vez el jai de dos niños muertos hace tres meses, cuida de Nusidó. Hasta hace poco los difuntos eran enterrados en Nutibara, pero por los altos costos de los funerales, los habitantes decidieron construir un camposanto en una colina. “Uno era de don Jorge y otro era de la nuera. Murieron de desnutrición”, comenta Pastora.
Cuando Guillermo Domicó Domicó se hizo jaibaná de Nusidó, sus primeros sueños fueron reveladores y le aportaron la fuerza que requería para apartar los espíritus malignos. Soñó con una indígena, una emberá buena. Se le presentó y le dijo: “Usted haga chicha, consiga una gallina colorada y cuatro pescados, dos lisos y dos sabaletas y los va a tener en agua”. Debería además hacer un arco, a modo de altar, y una fiesta con su gente, como rito de iniciación.
Este jaibaná tiene como misión curar a su pueblo de enfermedades como el mal de ojo, los brujeos o malos rezos. Afirma que los niños son los más vulnerables, pero que él siempre, antes de cualquier curación, remite a sus pacientes al médico.
Nusidó está de luto. Es un luto permanente que no podría lavar siquiera la cascada del río Abeja. Sus campos están sembrados de caña y de niños. Cae la tarde. Se escuchan gallos a lo lejos, pájaros silvestres, un machete, una carambola en el billar. Entonces, tal vez en el viento que silba con furia circunde el jai de los pequeños que murieron con hambre. Entonces, tal vez alguien escuche sus voces.
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