Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1989/06/12 00:00

I TOOK PANAMA

Fraude, violencia y represión sostienen a Noriega, tras elecciones cruciales en Panamá.

I TOOK PANAMA

El general Manuel Antonio Noriega no tiene una apariencia particularmente amable. Su cara está picada de viruelas y su expresión suele ser adusta y arrogante.
Quienes lo han tratado dicen que carece del carisma de su antiguo mentor el fallecido general Omar Torrijos y que su compañia no parece revelar una inteligencia fuera de lo común.
Sin embargo, ese hombre de bajo perfil se ha convertido en uno de los personajes más controvertidos y odiados del mundo entero. El episodio de la semana pasada, cuando los países de ambos lados del Atlántico vieron asombrados un proceso electoral panameño descaradamente fraudulento y marcado por la violencia, no contribuyó en nada a mejorar la imágen del general. Quienes en Panamá y el extranjero le odiaban, ahora parecen odiarlo más. Y quienes eran indiferentes ante su figura, o incluso parecían tenerle alguna simpatía, se inclinaron hacia el lado contrario.
Noriega añadió a su imagen, poco atractiva, el estigma del tirano sanguinario.

Lo peculiar del caso es que el general en realidad no ha cambiado mayor cosa. Quienes han seguido de cerca su trayectoria saben que Noriega tiene más de una historia de esas que mejor no hablar. Lo que ha cambiado es la percepción que de él se tiene tanto dentro como fuera de Panamá, pero sobre todo en los Estados Unidos donde, malo y todo, lo tuvieron de su lado en muchas ocasiones, incluso en los 70 como agente de la CIA, bajo el comando del mismísimo George Bush. (Ver recuadro).

ACUSACIONES MUTUAS
Pero el espectáculo de las eleccíones del 7 de mayo resultó excesivo.
La evidencia de que Noriega no estaba dispuesto a abandonar la comandancia de las fuerzas de defensa de Panamá -desde donde maneja el gobierno como un titiritero se hizo clara desde semanas antes del día fijado. Desde entonces el propio gobierno panameño de Manuel Solis Palma comenzó una campaña destinada a demostrar que el gobierno de George Bush orquestaba una intervención en las eleccíones para imponer a toda costa al candidato oposicionista Guillermo Endara. Los argumentos los puso la propia Casa Blanca. Desde el 24 de abril, la revista US News & World Report, así como el diario The New York Times habían informado sobre la existencia de un plan destinado a derrocar a Manuel Solís Palma -y por ende a Noriega través de un golpe de estado comandado por el coronel Eduardo Herrera, exiliado actualmente en Estados Unidos.

Ese plan fue rechazado en el Comité de Inteligencia del Senado por el temor de que derivara en el asesinato de Noriega, y Bush debió contentarse con proporcionar US$10 millones a la campaña de Endara, sacados además de una cuenta menor de libre disposición del Presidente. Esas revelaciones no fueron negadas por la Casa Blanca, y fueron relacionadas inmediatamente por el gobierno panameño con la captura del agente secreto Frederick Muse, sorprendido mientras instalaba una red clandestina de emisoras de radio y televisión. Muse reconoció trabajar para el Departamento de Estado y que las emisoras estaban destinadas a confundir y azuzar al pueblo contra los resultados electorales, en caso de que fueran favorables al candidato de Noriega, su antiguo socio y administrador Carlos Duque.
Atando cabos, el plato era perfecto para Noríega y Solís, e increíblemente embarazoso para la administración Bush, que se veía envuelta por primera vez en un enredo de espionaje e intrigas a viva voz, al estilo de las épocas de Reagan.

Lo cierto es que los voceros de la Casa Blanca defendieron el programa con el argumento de que Noriega estaba dispuesto a robarse las elecciones, fuere cual fuere su resultado.
Pero con toda la operación al descubierto, lo que hicieron fue darle al gobierno la oportunidad de jugar a la famosa pregunta de qué es primero, el huevo o la gallina. Y de paso le dieron argumentos a Noriega para, si la ocasión lo ameritaba, anular las elecciones.
Ese esfuerzo oficial logró distraer la atención, al menos en el exterior, de las denuncias que desde el otro lado hacía la Alianza Democrática de Oposición Civilista, la coalición opositora que apoyaba a Endara. La oposición afirmaba que, en primer lugar, el propio Tribunal Electoral había sido íntegrado por personajes de la entera confíanza del régimen, comenzando por su presidenta, Yolanda Pulice. Además. una reciente reforma de la ley electoral elimina algunos mecanismos de control mediante normas como aquella que trazó una línea ímaginarla a 50 metros de la mesa de votación, detrás de la cual deberían situarse los observadores para no "entorpecer" el conteo de los votos.

La práctica de quemar inmediatamente los sufragios, y de dirimir los conflictos del conteo, por la votación de los delegados de los partidos, también fue señalada como facilitadora del fraude. La razón es compleja: segun la ley panameña, la actividad política se encauza a través de la personería de los partidos. Ello lleva a que en la práctica algunos de ellos permanezcan sobre el papel, pero sin perder sus derechos como, precisamente, el de postular candidatos y tener delegados en las mesas. De tal manera que en cada mesa de votacion había varíos delegados gobíernístas pertenecientes a partidos fantasmas, pero con igual poder decisorio que los demás delegados.

SE ARMA LA GORDA
A medida que avanzaban las elecciones del domingo, los observadores internacionales, con los ex presidentes Jimmy Carter y Gerald Ford a la cabeza, comprobaban que el fraude gubernamental sobrepasaba todas las previsiones. Los agentes del gobierno ni siquiera se tomaron el trabajo de aprovechar las ventajas legales de que disponían, pues en múltiples ocasiones las actas electorales fueron pura y simplemente robadas por personal uniformado que, de paso, repartía empellones a los civiles sin consideración de sexo o edad. Los primeros resultados oficiales sólo aparecieron en la tarde del lunes, cuando presumiblemente se había consumado el engaño. Los últimos cómputos daban una votación a favor de Duque de algo más de 100 mil votos contra 52 mil de Endara y unos 5 mil para la tercería progobíernista de Hildebrando Nicosia. Los cálculos de los opositores, incluido un cómputo hecho por la Iglesia Católica daban, por el contrario, una diferencia de tres a uno a favor de Endara. La esperanza expresada por voceros de la oposición, de que si su ventaja era demasiado considerable, el fraude sería imposible, también se veía superada por los hechos.

SANGRE Y DIGNIDAD
La calma tensa del día de las elecciones dio paso a más violencia en los días posteriores. El martes la casa del arzobispo Marcos McGrath, que servía de lugar de reunión a los dirigentes oposicionistas fue rodeada por miembros de las Fuerzas de Defensa que irrespetaron al prelado y dispararon sus armas mientras en el ambiente internacional se conocían las primeras protestas de gobierno extranjeros, encabezadas por los de Venezuela y Perú. La condena de George Bush se antojaba hasta entonces cautelosa y mientras rehusaba mencionar las posibles medidas contra Panamá, prefería llamar a una acción concertada de presión diplomática multilateral. Pero el miércoles la copa se llenó.

Desde la noche anterior en casa del arzobispo, los candidatos de la Alianza Democrática de Oposición habían decidido mantener en alza la presión popular para obligar a Noriega y su gente a enfrentar la realidad y reconocer su triunfo. Para ello programaron una "calle de honor", un desfile automoviliario por las principales calles de Panamá, que desembocaría en una gran manifestación. A la altura de la Plaza de Santa Ana, el convoy oposicionista, que llevaba como arma más contundente el sonido de sus bocinas, fue ínterceptado por un grupo de civiles armados de pistolas y garrotes, y comandado por un subteniente de las Fuerzas de Defensa. En medio de la confusión, tanto Endara como sus compañeros de fórmula para primer y segundo vicepresidente (Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford) se vieron envueltos en la barahúnda. Endara recibió un varillazo en la cabeza que no pareció inicialmente grave pero que más tarde lo envió al hospital, víctima de una hemorragia cerebral. Mientras Arias yacía en el suelo, Ford fue perseguido por energúmenos que le golpeaban sin tregua. Como si algo faltara, las imágenes de un político septuagenario, con la camisa completamente ensangrentada, recibiendo toda clase de golpes y empellones, terminaron por borrar cualquier duda.

A partir de entonces, hasta los más acerrimos defensores internacjonales de Noriega tuvieron que comenzar a medír sus palabras.

El epísodio de la Piaza de Santa Ana reveló al mundo a través de la televisión la existencia del tenebroso Batallón Dignidad, una pandilla de civiles armados y entrenados por los militares, y encargada, por lo vísto, no de defender, como alegan, la-integridad territorial panameña y sus derechos sobre el canal, síno de hacer el trabajo sucio de los uníformados.

Sin embargo, esa no fue la unica consecuencia aparente de la violencía de Santa Ana. Aprovechando el momento, el Tribunal Electoral de Panamá confirmó una hipótesis adelantada desde antes de las elecciones: que si el cerco se cerraba demasiado, Noriega no tendría inconveniente alguno en anular las elecciones. Y así fue.
Con base en los artículos 290 y 291 del Códígo Electoral, el tríbunal alegó que debido a "los hechos irregulares acaecidos, era imposible la proclamación de cualquier candidato". La protesta ínternacional no se hizo esperar y por su parte los candidatos opositores rechazaron la medida, al igual que la Iglesia Católica. Si algo quedaba claro, era que Noriega no iba a entregar su poder sin luchar hasta el final.

Y ¿AHORA QUE?
En medio de la confusión, y en espera de la reunión del Consejo Permanente de la OEA programada para el miércoles, los analístas internacionales intentaban poner en orden el proceso que desembocó en la crisis actual de Panamá. Sin que se extinguiera del todo el ruido de los aviones que transportaron a los 2 mil marines que envio Bush a la zona del canal "para proteger los intereses de los norteamericanos residentes allí" -una frase que recuerda ínevitablemente a Grenada-, muchos observadores comenzaron a recordar con insistencia las elecciones de 1984, cuando Nicolas Ardito Barletta ganó la presidencia en unas elecciones fraudulentas que tenían como contendor al legendarío Arnulfo Arias Calderón. En esa ocasión el gobierno norteamericano de Ronald Reagan se hizo el de la vista gorda. Al fin y al cabo, en aquella época Noriega era una ficha gringa en el complicado ajedrez de la política centroamericana, o al menos así lo consideraba Estados Unidos. Tampoco la destitución de Ardito para entronizar a Eric Arturo del Valle un año más tarde parecíó impresionar demasiado a los norteamericanos. Fue solamente desde cuando las denuncias hechas por el segundo de a bordo, el coronel Roberto Diaz Herrera sobre el fraude de 1984 y las vinculaciones de Noriega con el narcotráfico, que el gobierno de Reagan resolvió darle la espalda al general. Pero no fueron tanto las denuncias en sí sino las protestas populares que se levantaron lo que determinó el camino a seguir. Tal parece que el proyecto de Reagan de encaminar la entrega del canal hacia una Panamá estable y segura, se vio entorpecido por un general que ya no daba garantías de estabilidad para el istmo.
Pero en el esfuezo por sacar a Noriega, Reagan cometió una serie de errores históricos.

Primero, destruyó la economía panameña con un bloqueo económico que acabó de paso con la confianza de la comunidad finaciera internacional, que había convertido al país en un enclave próspero dentro de la empobrecida Centroamérica. Segúndo, cuando Noriega destituyó a Del Valle tras el intento de éste de sacar al general, desconoció inmediatamente al nuevo presidente Manuel Solís Palma y mantuvo al mandatario fantasma como su unico interlocutor, con lo que cerró cualquier canal de comunicación con Noriega. Y tercero, rechazó la mediación ofrecida por tres ex presidentes latinoamericanos, con lo que cortó de raíz cualquier salida negociada.

Esos errores, sumados a las acusaciones hechas por un jurado de la Florida sobre narcotráfico, que representarían cárcel para Noriega en los Estados Unidos, hicieron que el general se atrincherara con todas sus armas en Panamá.

Ese fue el panorama heredado por el presidente Bush, tras dos años de humillantes reveses diplomáticos de Reagan, que logró desprestigiar la imágen de Estados Unidos con la sombra del big slick (gran garrote), el mayor factor de unidad latinoamericana. Al mismo tiempo, con las atrocidades de Noriega dándole la vuelta al mundo y la economía del país completamente desmantelada, empezó a crecer entre los panameños la sensación de que los mismos Estados Unidos, que habían creado al monstruo, lo debían sacar.

Pero a estas alturas parece claro que la administración de George Bush no quiere -ni puede seguir los pasos de cow-boy de su antecesor. A pesar del consabido envío de tropas al canal, y de las condenas verbales, Bush es consciente de que cualquier intervención (económica o militar) es recibida con cajas destempladas en América Latina. El desconocimiento de los tratados del canal, que podria ser su otra gran arma, también parece descartado de plano. Para muchos es claro que esa medida acabaría con la credibilidad de Estados Unidos en Latinoamérica y le daría a Noriega la tabla de salvación que necesita desesperadamente. Por eso, en un giro novedoso, el gobierno norteamericano parece querer pasarle la pelota a las democracias del sur del Rio Grande.

PASE DE TAQUITO
La posición de los paises latinoamericanos ha tendio varias vertientes.
Venezuela y Perú se apresuraron a condenar los hechos de Panamá, en una actitud tras la cual algunos observadores vieron un intento por congraciarse con la comunidad financiera internacional y sobre todo con el Fondo Monetario Internacional. Cuba y Nicaragua, y algunos sectores parlamentarios mexicanos no dejaron pasar la oportunidad de condenar el intervencionismo norteamericano.
Pero todos los demás países del sur dejaron conocer sus protestas, y ello se reflejó en la convocatoria de la reunión de la OEA.

Entre tanto, en Colombia se sopesaban cuidadosamente los factores.
La vecindad de Panamá, sus raíces históricas y las vinculaciones de Noriega con el narcotráfico hacen que la posición colombiana sea particularmente delicada. Por lo pronto, el gobierno de Barco parece inclinado a buscar que el foro de presión sea el Grupo de los Ocho, del que Panamá fue separado tras la destitución de Del Valle. Pero en el grupo tiene como postulados fundamentales la democracia y la no intervención, conceptos que parecen enfrentados en Washington.

Lo único que parece claro es que los comicios del 7 de mayo, antes que un resultado a favor de candidato alguno, fueron en realidad un plebiscito del pueblo panameño en contra de la permanencia del general Noriega detrás de los hilos del poder. Se ha llegado a afirmar incluso que el fraude no fue más grande porque sus propios protagonistas, los militares que podían votar en varios distritos, en muchas ocasiones lo hicieron a escondidas a favor de Endara. Eso apunta a la aparición de fisuras al interior de las Fuerzas de Defensa, lo que favorecería, llegado el caso, una solución negociada.

La solución a la crisis panameña parece venir de la mano de la presión internacional, particularmente de los países de Latinoamérica, y eso se podrá materializar en la reunión de la OEA. Pero entre tanto, los panameños tienen que encontrar salida al vacío legal al que se han enfrentado luego de la anulación de las elecciones. Mientras en medios del gobierno panameño se habla de tender puentes de entendimiento para buscar una ley electoral concertada que satisfaga todas las tendencias, y sólo entonces convocar a nuevas elecciones, en otros sectores se menciona la posibilidad de instaurar un gobierno provisional condicionado, segun los líderes opositores, a que su única misión sea entregar el poder a los ganadores y organizar la salida del general Manuel Antonio Noriega. Ese último extremo, aunque parezca de Perogrullo, parece ser la llave del futuro panameño. Desaparecido el apoyo popular del "Carepiña", que parece haber sido capitalizado por la oposición, todos los caminos a la paz panameña pasan por la desaparición del general Noriega de la escena política. -
A tres bandas Aunque hoy parezca increíble, Noriega era hasta hace pocos años el mejor amigo que el gobierno de Washington tenía en Panama. Y además de amigo, era su empleado. En efecto, el hombre fuerte de Panamá vendió información a la CIA a lo largo de la década de los 70 y de la primera mitad de la del 80, manteniendo contactos de alto nivel con los sucesivos jefes de la CIA, incluidos el actual presidente de los Estados Unidos, George Bush, y William Casey.
También tuvo estrechos vinculos con el vicealmirante John Poindexter --asesor de seguridad de Reagan, vinculado al escándalo Irán-contras.

¿Qué fue, entonces, lo que rompió tan bella amistad? La historia tiene varias patas, y para entenderla conviene recordar de dónde salió Noriega. Nacido hace 50 años en un humilde barrio de Ciudad de Panamá, realizó sus estudios en el Instituto Nacional, centro académico popular en el que se formaron algunas de las principales figuras de lá clase dirigente panameña que llegó al poder a la sombra del fallecido general Omar Torrijos. La amistad de Torrijos y Noriega se remonta, al año de 1989 cuando Noriega, por ese entonces subteniente de la Guardia Nacional (hoy llamáda Fuerzas de Defensa), comandaba la guarnición militar de Chiriquí. Desde ese cargo Noriega fue el único comandante que se negó a respaldar la sublevación que otros mandos militares prepararon contra Torrijos; quien en ese momento se encontraba en México. La sublevación hubiera tenido éxito de no ser porque Noriega abrió el aeródromo de Chiriquí para que el avión de Torrijos aterrizara y se pusiera al frente de las tropas leales.

Torrijos le pagó con creces este gesto de lealtad, nombrándolo, cuando Noriega sólo tenía 30 años, jefe de la inteligencia militar, cargo que desempeñó con mano de hierro Y gran habilidad hasta 1981. Al morir Torrijos, Noriega se había hecho ya tan poderoso que había logrado construir una pirámide de mando tan solida que le permitió convertirse en el nuevo hombre fuerte de Panamá. A lo largo de esos años, y para cimentar su poder, nada lo detuvo. Según la ínformación del propio gobierno norteamericano, Noriega jugó papel clave, mas no gratuitamente, en el contra bando de las armas que el M-19 trató de introducir a Colombia en 1981, en el sonado caso del "Karina". Aparte de sus lucrativas amistades con la guerrilla colombiana, Noriega habría forjado otras no menos rentables, con figuras prominentes del narcotráfico. Y para rematar, Noriega se hizo amigo del presidente cubano Fidel Castro, a quien según denuncias del nepartamento de Estado, le habría vendido información y tecnología que, debido al bloqueo gringo a Cuba, le estaba vedada al gobierno de Fidel.

Esto ayudó aunque los norteamericanos se aburrieran de él. Sobre este punto, sin embargo, hay bastante polémica. Un antiguo colaborador de la CIA le dijo al New York Times en junio de 1986, que el gobierno de Washington siempre había estádo consciente de que el general jugaba a muchas bandas, pero que la CIA consideraba que, a pesar de todas estas conexiones la mayor lealtad era para con Washington. Aparte de la lealtad, aseguraba en esa época otras fúentes del periódico, el hecho de que Noriega mandara con mano de hierro en Panamá era una garantía de que los intereses en el canal y en el istmo no corrían peligro. Según el periódico neoyorkino, "funcionarios de la administración Reagan, y de pasadas administraciones, declararon que habian pasado por alto las actividades ilegales del general Noriega debido a su cooperación con los servicios de inteligencia norteamericanos y a su buena voluntad para permitir un amplio margen de libertad a las maniobras militares estadounidenses en Panamá".

La verdad es que el romance entre Washington y Noriega comenzó a dañarse por divergencias surgidas entre la CIA, que seguía considerando a Noriega de gran utilidad, y el Departamento de Estado, que pensaba que un hombre con tan heterogéneo grupo de amigos no podía seguir siendo prenda de garantía, en particular cuando estaba cada vez mas cerca el plazo fijado para la devolución definitiva del canal a los panameños, en cumplimiento de los tratados Torrijos-Carter. "El problema para Washington era que, una vez devuelto el canal, los Estados Unidos iban a necesitar más que nunca de un gobierno algó en Panama, y la discusión entre el Departamento de Estado y la CIA se centraba en si Noriega era el hombre. Como logró convencer a la CIA, y los funcionarios de la administración Reagan seguían pensando que la prudencia era la mejor consejera, el Departamento de Estado resolvió abrir fuegos contra Noriega y reveló toda clase de información sobre las actividades turbias del general panameño a los medios de comunicación norteamericanos. Fue asi como en una sola semana el New York Times, la revista Time, el Washington Post y la cadena de televisión NBC le sacaron los trapos al sol y dieron a conocer el prontuario del general. Para la Casa Blanca resultaba entonces difícil séguir sosteniendo al oscuro personaje, llamado por sus contradictores "cabeza de piña". Lo que vino despues ya es historia conocida.-

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.