Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1994/04/11 00:00

TURISMO Y VACACIONES

TURISMO Y VACACIONES

RUMBO AL SUR

PARA MUCHOS UN CRUCERO SIGNIFICA Caribe, playa, sol y bronceador. Casi nadie podría imaginarse un crucero por las regiones australes de Surámerica, explorando las costas heladas de Chile y Argentina. Pues esa fue la idea que tuvo hace 20 años Constantino Cochifas, un armador de origen griego que llegó a Chile con su esposa en busca de nuevos horizontes.
Enamorado por la belleza de la cordillera costera de ese país, sus lagunas, sus glaciares y sus volcanes nevados, Cochifas resolvió construir un barco, el Skorpios, para ofrecer a viajeros que buscaran paz y tranquilidad en un viaje por la costa del sur de Chile.
Así fue como nació una empresa turística que hoy es considerada en aquel país como una institución nacional, y lejos de ser un negocio familiar ya más parece un verdadero imperio del turismo. El nombre de Constantino Cochifas y de Skorpios es común para la mayoría de los chilenos, y sin lugar a dudas también le es familiar a centenares de personas alrededor del mundo entero. Hoy, la empresa cuenta con un segundo barco, el Skorpios II, y entre ambos transportan semana a semana entre septiembre y abril de cada año a mas de 200 pasajeros.
Para llegur a Puerto Montt, el lugar donde están anclados ambos barcos hay que partir de Santiago de Chile. Allí se toma un avión que viaja durante una hora y media hacia el sur. Desde este momento el turista empieza a deleitarse con el hermoso paisaje montañoso de Chile, pues la nave sobrevuela la cordillera de los Andes y, si se tiene algo de suerte, se pueden apreciar con total claridad decenas de nevados, volcanes y lagunas de agua cristalina.
En el terminal aéreo de Puerto Montt los viajeros toman un taxi que en 20 minutos los lleva hasta el centro de la ciudad. Durante este recorrido, el paisaje de la región sorprende aún al más distraído turista. El color verde domina todo el horizonte. De forma inesperada surgen de la nada montañas altísimas que bordean lagunas de agua helada y se extienden hasta la Argentina. A pocas horas en carro se encuentra la famosa estación de esquí Bariloche.
Esta región de Chile tiene, aparte de su paisaje, otro encanto especial: más que una zona de Latinoamérica, parece una foto de la campiña alemana. Lo cierto es que no sólo a Puerto Montt, sino a pequeñas poblaciones cercanas como Frutillar y Puerto Varas comenzaron a llegar desde 1890 familias enteras de Alemania, y esta inmigración se incrementó considerablemente a raíz de la Segunda Guerra Mundial. A tal punto llegó el número de alemanes en la región que todas las ciudades eston marcadas notablemente por las tradiciones de estos habitantes de origen europeo.

Una semana de travesía
Después de que el turista ha tenido la oportunidad de recorrer esta zona, llega la hora de embarcarse en el Skorpios. Ambos barcos están diseñados para crear un ambiente muy familiar, pues lejos de ser grandes transatlanticos son embarcaciones de pequeño tamaño, donde el pasajero disfruta de camarotes que se asemejan al cuarto de un chalet suizo.
El viaje tiene como destino final el glaciar de San Rafael, ubicado en una laguna helada con el mismo nombre. Para llegar a él son necesarios cuatro días de viaje recorriendo muy de cerca la irregular costa chilena, plagada de islotes y de enormes montañas que se levantan desde la orilla del mar y terminan en picos helados.
Los pasajeros tienen la oportunidad de conocer pequeñas poblaciones pesqueras, donde todos los habitantes dedican su vida a la recolección de exóticos frutos marinos.
El día de la llegada a San Rafael todo el barco está en pie desde la seis de la mañana. Lentamente la nave va entrando a la laguna y comienzan a aparecer sobre la superficie pequeños trozos de hielo. El agua toma un color azul verdoso muy intenso, y ante un tapete helado, lleno de pedazos de hielo de formas inesperadas, hace su aparición el majestuoso glaciar.
Esta montaña, que tiene la forma de cientos de picos con más de 100 metros de altura, sumerge sus "raíces" en el mar y se alza enclavada en la cordillera. Los pasajeros descienden en pequeñas embarcaciones de madera, brindan con un trago de whisky, con trozos de hielo de más de 2.000 años de antiguedad y exploran de cerca este helado mundo .
Terminada esta travesía comienza el vieja de regreso a Puerto Montt, no sin antes hacer una parada en la isla deshabitada de Quitralco donde los turistas se pueden bañar en aguas termales y caminar cerca de venados y conejos.
Después de siete días de crucero, y con la nostalgia de un final no deseado, cada pasajero se embarca rumbo a su casa. Todos guardan en su memoria el recuerdo de que el lejano sur de América es también un sitio exótico que bien vale la pena conocer.

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