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| 4/18/2004 12:00:00 AM

UN ACTO DE FE

Los libros esotéricos y de superación se han convertido en un gran negocio. Pero en este campo, por desgracia, no todo lo que brilla es oro.

Los libros de autoayuda y esotéricos, agrupados bajo la sombrilla protectora de esa etiqueta conocida como new age, que parece aguantar y soportar ahora cualquier cosa, no son una novedad, pero sí han experimentado un boom sorprendente en las últimas dos décadas.

Si hoy existe una gran oferta de obras es porque hay una demanda inmensa. Esto no sucede ahora por casualidad. Se ha repetido hasta la saciedad que esta época de transición entre siglos, de comienzo de uno nuevo, se caracteriza por una intensa búsqueda de desarrollo personal y, sobre todo, espiritual. La respuesta a esta necesidad, producto de lo que el periodista Mick Brown definió en el libro El turista espiritual como "una crisis nerviosa colectiva de los viejos sistemas", ha sido un negocio muy bien orquestado, en el cual cualquier cosa es presentada como espiritual y se convierte en mercancía lista para la venta.

Eso explica la cantidad de maleza, por no decir basura, que se encuentra en este campo. ¡Es triste pensar cuántos árboles fueron talados para producir el papel en el que están impresas algunas de esta obras! Abundan los libros estilo 'hágalo usted mismo', en los que en 10 pasos o 15 semanas, o cualquier lapso (breve ante todo porque lo que implique procesos largos no funciona; parte del concepto es hacer zapping de una cosa a otra), usted puede llegar a entender o dominar prácticas o técnicas que en cuestiones normales requerirían años de entrenamiento. También hay literatura chatarra, como la comida ídem. Fácil de digerir y de entender, que no molesta a nadie, es políticamente correcta en todos los sentidos, deja feliz a todos los lectores, pero que con seguridad no admiten una relectura. No invitan a volver a ellos. Son textos que abusan de la fórmula de narrar historias ejemplarizantes del estilo de El caballero de la armadura oxidada (a los que les interese hay un libro de Ítalo Calvino mejor escrito y con aportes similares titulado El caballero inexistente) o La princesa que creía en cuentos de hadas. La elección de esta fórmula no es gratuita pues narrar y conocer tienen la misma raíz sánscrita, gna, que significa conocimiento.

En la misma línea, algo más elaborados, están los libros testimoniales (cuyo eje central suele ser la conversión de su autor o el descubrimiento que hace de una verdad que estaba velada hasta ahora al gran público) y las novelas de James Redfield (La novena revelación, La undécima revelación), o las de Paulo Coelho. A todos estos libros de nueva era lo mínimo que se les pide es que sean legibles y honestos. Es decir, que conscientemente no sean un compendio de pavadas creadas para estafar a aquellos incautos que en vez de buscar en sí mismos las respuestas a sus inquietudes las buscan, en palabras del escritor René Rebetez, "en libros, en gurúes, en nuevas invenciones científicas o en supersticiones y oscurantismos seudorreligiosos".

Más allá de esto lo que ocurre con estas obras es un acto de fe, de confianza, en el que el lector se conecta con ellas a algo que no es racionalizable en conceptos occidentales. Esto es lo que pasa al leer estas obras, por buenas o malas que sean: es como un chispazo que activa algo en el interior. Osho, un controvertido maestro oriental que escribió más de 600 obras, explica mejor este acto de fe: "Si tú confías profundamente aun un maestro no iluminado puede evolucionar tu vida. Y también es verdad lo contrario, aun un maestro iluminado puede no serte de ninguna ayuda. Depende totalmente de ti". Lo dicho, es un acto de fe.
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