Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1983/06/06 00:00

UN AÑO DESPUES

Con la perspectiva que da la distancia, Plinio Mendoza mira a SEMANA desde París.

UN AÑO DESPUES


¿Qué me llevó hace un año a asumir con Felipe López el compromiso de poner en marcha la revista SEMANA? En primera instancia, debo confesarlo, una consideración personal: quería servirme de esta ocasión tan propicia para insertarme en la realidad cotidiana del país; para vivirla de nuevo, como pueden lograrlo los periodistas, en la combustión de los acontencimientos, en el pulso de los días. Era una necesidad que venía experimentando de tiempo atrás.

Cuando tomé el avión de regreso a París, luego de haber acompañado a SEMANA en sus primeros meses de vida no estaba defraudado. Había conseguido lo que buscaba. Había "vivido" el país intensamente. Había seguido muy de cerca la campaña presidencial, entrevistando a los candidatos, alternando con sus estados mayores, observando sus giras, calculando sus opciones. La noche del 30 de mayo, cumpliendo un objetivo trazado en nuestra sala de redacción, había estado a la vez muy cerca del candidato derrotado y muy cerca del candidato victorioso, desplazándome bajo la lluvia del Hotel Hilton al Hotel Tequendama, mientras se oían en la noche sirenas y pitos de automóviles.

Había realizado investigaciones sobre toda suerte de temas de la actualidad nacional: las guerrillas, el MAS, la inseguridad, los consorcios financieros, la cultura, la universidad, la prensa, la televisión, la vuelta a Colombia, sin omitir tampoco a las reinas de belleza y a las señoras "in". Había intuído en el horrible secuestro de Gloria Lara algo fuera de serie, que no entraba en los móviles usuales de los grupos en armas. De acuerdo con Felipe, había dado hospitalidad en la revista a puntos de vista del M-19. Había intentado leal y exento de prejuicios conocer el pensamiento militar, entrevistando a generales y coroneles que desde diversas perspectivas habían combatido la guerrilla colombiana: en ellos descubrí una visión estratégica del problema, a veces inquietudes legítimas y con frecuencia, también, duros y peligrosos como cálculos alojados en un riñón, los dogmas de sus concepciones castrenses.

Había seguido desde luego muy de cerca las nuevas manifestaciones de la cultura nacional, pero también las inevitables capillas, bandos y aversiones que dividen este mundo, en Colombia como en todas partes. Por ejemplo, la guerra de Montescos y Capuletos librada entre amigos e impugnadores de Gloria Zea. Devoto de Gloria, de su eficiencia, de sus pestañas, del ademán con que suele de pronto darle otro cauce a un torrente de pelo, pero cercano, afectuoso amigo de Aura Lucía Mera, su sucesora, había intentado que la fría agudeza envuelta en miel de la una y la miel, defensivamente revestida de impulsos autoritarios, en la otra, pudieran avenirse para facilitar el paso de un reino a otro. Inútilmente, como es sabido.

Así, pues, ninguna costura del país me había quedado oculta. Había convivido con el mundo "in" de fiestas y cocteles bogotanos, lleno de curiosidad por saber quién salía con quién; es decir, quién se acostaba con quién. Pero había fraternizado con el otro, el duro y triste mundo de la gente "out", de loncherías, de busetas, de everfits mil veces aplanchado, de fiestas con aguardiente y apuros de fin de mes. Me había sentado en buenos restaurantes, siempre divertido por la liturgia de altar mayor de camareros y "maitres" bogotanos, pero también en las fondas de la zona industrial, donde desayunan los obreros después de una noche de trabajo.

SEMANA me había facilitado, pues, un palco de privilegio para mirar el país. Pero naturalmente mi vinculación a la revista tenía otros propósitos de mayor alcance, integralmente compartidos con Felipe.

Para el más importante de esos propósitos sólo encuentro una ostentosa expresión de moda: desalienar la información, devolviéndole por una parte sus justas jerarquías y por otra, una necesaria objetividad. En el campo de la opinión, nuestra palabra clave era pluralismo. Se trataba, en fin de cuentas, con todos esos medios, de seducir honorablemente al nuevo, esquivo, desconfiado, inteligente, crítico y joven país universitario y profesional, que tenía ya muchas revistas para hojear en las peluquerías y en los consultorios médicos, pero ninguna para leer.

Contra todos los pronósticos escépticos, nuestra presunción resultó fundada. La objetividad es en Colombia una perla de raro valor. Desde el punto de vista de la libertad y juego de opiniones, la prensa colombiana ha cambiado muy favorablemente. No es unanimista como en otras décadas cuando El Tiempo sólo expresaba el pensamiento de Eduardo Santos; El Espectador de don Luis Cano, el punto de vista de Alfonso López; El Siglo, el de Laureano Gómez y la República, el de Ospina Pérez.

Ahora, un director sostiene una cosa y otra sus columnistas. Así, el gobierno del doctor Turbay que Hernando Santos despide con palabras ecuánimes, Daniel Samper, en la misma edición, lo considera funesto. Divergencias entre directores y columnistas, entre padres e hijos, entre tíos y sobrinos del periódico, las zanja el país a la hora de tomar el café con leche del desayuno. Es un avance notable.

Pero la información no ha evolucionado de la misma manera. La información política en particular, condimentada de chismes y rumores, no vuela muy lejos; carece de análisis. Está teñida por las simpatías de quien la escribe. Las revistas del tipo de SEMANA no superaban estas deformaciones habituales. Puestas al servicio de un sector político determinado, el periodismo estaba en ellas condicionado por la política; era un medio, no un fin.

Las revistas gráficas no tenían tampoco para nosotros un carácter competitivo. Su módulo es distinto; su público preferencial, también. Una de ellas, bien es sabido, es dirigida por una hermana mía. Pocas personas hay en este mundo a las que yo admire tanto como a Elvira: su coraje, su dinamismo, su tenacidad de hierro. En su género, Al Día es una excelente revista. Pero Elvira sabe que yo no comparto del todo su orden de valores. Siempre he pensado que ella expresa periodísticamente las alienaciones propias del mundo social en que se mueve. Mundo en el cual Givenchi, Lady Di y su bebé, Carolina de Mónaco, Pilar Crespi o los rituales homenajes a Botero tienen más importancia a veces que los terremotos, las crisis financieras, los 21 frentes de las FARC, los secuestros, la droga, las frustraciones universitarias, es decir, todo aquello que a los colombianos nos da la sensación de vivir desde hace años en el cráter de un volcán. Hay en este periodismo la ligereza, la incongruencia de una tiara de diamantes exhibida en el patio de una cárcel.

Quizás sea injusto (finalmente cada revista tiene su público). Quizás yo esté movido desde mi infancia por un "parti pris" contra las formas de nuestro elitismo social. Pero estoy seguro de que esta reacción no es de mi exclusividad. La comparte ese inmenso país que, consciente o inconscientemente, alienada, lúcidamente, busca una salida evolutiva para una sociedad tiranizada por los valores del dinero y la representación.

Cuando le acepté a Felipe López la tarea de fundar SEMANA, creo que ambos, cada cual de su lado, nos proyectamos en el potencial lector de la revista. Felipe veía ante todo al ejecutivo joven, que busca análisis serios de la coyuntura económica y política y un eco de su propio mundo, sobre el cual corren día a día los dados de grandes operaciones bursátiles, de inversiones y maniobras financieras rara vez seguidas, analizadas y aun registradas por la prensa. Yo, haciendo una extrapolación del personaje que era a los 20, a los 30 años, veía al universitario, al profesional pobre con inquietudes intelectuales, con deseos de una información lúcida y objetiva sobre lo que acontecía en su país y en el mundo. Quizás había otros lectores tipo, pero al final llegamos a la conclusión de que la revista planeada servía para todos ellos.

Teníamos la pretensión de ir en nuestros informes más allá de la anécdota, más allá del inmediato interés de grupo, como aspiraba a hacerlo Alberto Lleras cuando fundó SEMANA. Así, creo, lo demostramos durante la campaña presidencial. Nos veo aquella medianoche, sentados Felipe y yo en una maltrecha oficina de la imprenta, bajo un tubo de neón, escribiendo a cuatro manos un informe sobre el triunfo de Belisario Betancur. Estábamos de acuerdo en muchas cosas. No se trataba de un accidente aritmético, como en otras ocasiones de nuestra historia, cuando un partido perdía el poder por dividir entre dos candidatos su patrimonio electoral. Se trataba de un movimiento sísmico de consideración en la geología electoral y política del país. Había que decirlo. Quizás no era fácil para Felipe, dada su obvia vinculación con el candidato oficial del liberalismo. Pero la revista tenía ese propósito: ver el bosque cuando otros sólo ven y dan vueltas alrededor de los árboles. En aquel número, después de las elecciones, la revista se jugó la vida.

Me temo que, después de un año afortunado de existencia, se la siga jugando número tras número.

Creo personalmente que SEMANA tiene obligaciones que parten de una información objetiva pero que no terminan con ella. Ya que se me invita a soplar la vela de este primer aniversario, puedo dar mi punto de vista al respecto.

Colombia vive en el corazón de un continente pauperizado. Es decir, un continente donde la gente, la gran mayoría de la gente, en vez de prosperar, se empobrece cada día. Ello se debe en parte a un modelo de desarrollo y a las desigualdades económicas y sociales que de él derivan. Sólo en parte, porque el fenómeno es común al tercer mundo, sea capitalista o comunista, en razón de su atraso, su desorden ancestral, su capacidad productiva y los desfavorables términos de intercambio. Es un mundo condenado a ser el pobre presenciando el festín de los ricos.

Cuando un país se empobrece y no está dominado como la India por una filosofía de pasividad, la gente busca toda suerte de salidas para escapar a su condición pauperizada, injusta por cuanto a su lado hay gente que exhibe su riqueza. El marginal de las zonas periféricas, obligado a sobrevivir de algún modo, puede pensar que en vez de vender cigarrillos o peras en un semáforo, con audacia y una ganzúa, con audacia y un cuchillo, con audacia y una pistola llegará a resolver su problema. Podría traficar con coca o marihuana, si se le propone.

El estudiante, el joven profesional, el empleado frustrado por la falta de oportunidades en una sociedad donde el dinero, las relaciones y los apellidos dan a veces más dividendos que la inteligencia, puede pensar con Marx que su condición tiene un responsable, el sistema capitalista. Lo dirá en el café, en los predios de la universidad fumándose un Pielroja; quizás vaya más lejos lo diga en asambleas y mitines: será un activista de izquierda. Quizás, desesperado de que nada de esto cambie a corto plazo el rumbo de las cosas, decida que las elecciones son un engaño y las instituciones democráticas simples formalismos, y vea la salida en la lucha armada, en la revolución. Entonces se hará guerrillero. Si la revolución necesita fondos, pensará que no está mal secuestrar a un rico para obtenerlos. Entonces pisará también los terrenos del hampa, seguro de que el fin justifica los medios.

En vano se le recordará que en Cuba y Nicaragua, sus países modelo, la revolución no prosperó a la sombra de una ideología declarada y etiquetada con las barbas de Marx y Lenín, sino en nombre de la libertad contra un dictador, y con ayuda de todo el mundo incluso de la vituperable burguesía liberal. En vano se le dirá que el comunismo no es una utopía sino una realidad nada exaltante, en muchas partes cuestionada no sólo por los burgueses sino por la izquierda lúcida y crítica de occidente: Polonia, Afganistán, Checoslovaquia, Cambodia, para no hablar de lo más recientemente inabordable Cuba y Vietnam. En vano, porque nuestro revolucionario no está psicológicamente preparado para admitir un análisis crítico de la alternativa que ha condicionado su vida. Necesita creer en cierto socialismo como el católico en cielo. Se aferra a un dogma. Es un alienado.

En el otro confín de la misma sociedad, toda una clase que ha vivido en medio de confortables privilegios se despierta de pronto ante la realidad de un país donde no se puede salir tranquilo a la calle, donde hay que dormir con guarda privado en la puerta; donde hay robos, asaltos, secuestros, guerrillas, terrorismo. Habrá allí quien, alarmado por esta situación, haga sus maletas y se vaya con su familia para Miami. Habrá también quien piense que todo se debe al comunismo y que al comunismo no se le remedia con paños de agua tibia.

La URSS a través de su satélite cubano, sembraría en todas partes la semilla de la subversión. Frente a tal designio, se hablará de métodos fuertes: nada de amnistías, de blanduras judiciales, de derechos del hombre, ni de periodistas sentimentales, sino una limpieza a fondo de la casa, utilizando grupos con los mismos sistemas guerrilleros, eliminando a sospechosos y simpatizantes de la subversión, arrancando confesiones a la fuerza. Guerra es guerra.

En vano se le dirá a tales apóstoles del otro signo, que su propuesta, nada ética ni democrática, es ineficaz: llevando la lucha a su única alternativa armada, Batista produjo a Castro, Somoza a una junta marxista leninista. Pese a los millares de desaparecidos y torturados, los militares argentinos se tamabalean en medio de las ruinas de un país. Nada ha resuelto el general Pinochet. Los asesinos de Monseñor Romero, de El Salvador, solo lograron prender la mecha. La opción que tanto temen ciertos militares no la derrotan ellos con las armas. La derrota el pueblo. En las urnas (a condición, claro está, de que no se le confisque al pueblo el derecho de usarlas para expresar su opinión).

Pero en vano se les dirá esto a quienes, alienados también por el dogma de la cruzada a cualquier precio contra la subversión, no tienen sino recetas de violencia represiva. Guerra es guerra.

Tal es el camino hoy seguido por muchos países centroamericanos con los resultados conocidos. A ese punto no hemos llegado en Colombia, pese a que las mismas fuerzas que desgarran aquellos países alzan la voz entre nosotros y sus disparos cruzados causan muertos. Colombia, gracias a Dios, no es una república bananera. Pero podría serlo. No obstante el país tiene aún buenas defensas. Fue su instinto defensivo, por cierto, el que se hizo visible en las pasadas elecciones presidenciales: dejó de lado consideraciones de realismo a la europea y alternativas ya conocidas (para mi respetables), en busca de nuevas opciones y esperanzas de cambio. Según lo publica SEMANA, esas esperanzas son compartidas hoy por un 90% de la opinión.

Es un capital enorme, sin precedentes. Y un compromiso enorme, también. Yo quisiera que SEMANA, situándose en la perspectiva atrás descrita, entendiera que, sin perder en nada su lucidez y su objetividad, tiene compromisos con un país amenazado, en busca de una salida evolutiva y pacífica.

De un lado presenciamos una inmensa opinión nacional, sin vértebras políticas, y por lo consiguiente sin medios de convertirse todavía en fuerza dinámica de soporte, identificada con un Presidente, con sus propósitos, su Independencia y su honestidad indudable. Del otro, toda una gama de sectores, ellos sí vertebrados, con diversas formas de presión: inquietos sectores financieros; clases políticas, nostálgicas de su antigua influencia, deseosas de ser tomadas de nuevo en cuenta; místicos de la represión; místicos de la insurrección; huraños departamentos de Estado; locos coroneles del desierto africano alumbrando mechas allí donde haya pólvora.

¿Guardando sus formas de objetividad, dónde va a situarse SEMANA? ¿Prestará oídos a los grupos de presión? ¿Confundirá a los Names abogando por sus perdidos fueros con el viejo partido de Aureliano Buendía, López, Gaitán? Creo que Felipe López, con su inteligencia sin pasión, sigue conociendo el lugar donde ponen las garzas. El gran público de la revista no está en los clubes, ni en las tertulias parlamentarias: está en la gran clase media pensante del país. Es preciso continuar dándole instrumentos de información y análisis inteligentes, para que no ceda a la tentación de las simplificaciones, de las polarizaciones elementales, de los maniqueísmos que abruman al continente.

Si se le habla de Cuba, por ejemplo, deberán mencionarse los niños que comen, los enfermos que son curados, la miseria y el analfabetismo erradicados como en ninguna otra parte en América Latina. Pero también de la estructural vertical del poder, de la manera como la Seguridad controla la población, de los presos de Isla de Pinos, de la ausencia de toda crítica, de los módulos burocráticos responsables de baja productividad y penuria en el consumo. Unas y otras cosas son ciertas. ¿Por qué no decirlas? El compromiso de la revista no es con una parte de la verdad, sino con toda la verdad.

Si la revista cumple esta labor de información y desmitificación, su peso en el país será cada vez mayor y habrá apuntalado nuestra frágil democracia recuperando para la clase media pensante la vieja tradición colombiana de inteligencia y lucidez, de fuerza y alcance de la palabra escrita.

Trasnochadas, carreras, cuartillas echadas el cesto, lápices rotos en las narices de los redactores que no obstante sólo me veían como un papá colérico: todo lo vivido hace un año quedará justificado de sobra, si SEMANA sigue llegando todas las semanas a las manos del desconfiado, crítico, inteligente y joven país, de trajes ya muchas veces planchados, que nos propusimos conquistar. Entonces, levantándonos de la máquina escribir, podremos soplar contentos la vela del primer aniversario

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