Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 10/20/2007 12:00:00 AM

Un espejo de la guerra

Las víctimas del conflicto empiezan a hablar en Medellín y la ciudad a escuchar. Sus voces narran, denuncian, describen un vergonzoso capítulo de Colombia.

Su mirada todavía está llena de dolor. El color claro de los ojos, a veces, parece que se le derramara con las lágrimas. Ella aprieta las palabras para que no se le deshagan cuando la tristeza la aterra, descansa un par de segundos y continúa contando su historia. Todos alrededor la escuchan con atención y tratan de no llorar.
Carmen Orozco ha contado su historia ya muchas veces. Lo ha hecho frente a familiares, amigos, sacerdotes, sicólogos y desconocidos. Siempre con palabras distintas, con nuevas fuerzas y también con las mismas lágrimas. Además la ha escrito para que muchas más personas sepan de qué se trata esta guerra. El relato de esta mujer es uno de los testimonios compilados en el libro El cielo no me abandona, publicado en julio de este año por el Programa de Víctimas del Conflicto Armado.
Los hechos de la historia de Carmen son comunes en el país: perdió a Felipe, su hijo mayor, un día cualquiera, cuando salió de la casa y no regresó; estuvo desaparecido durante cuatro años, fue asesinado en algún momento de ese periodo hasta que aparecieron sus huesos.
Cada día que pasa, Carmen recuerda el principio y el fin de esa larga pesadilla: “Salí al balcón. Vivíamos en un barrio estrato 5 de la ciudad. Tomó su moto del parqueadero, su niña. Levantó su mano derecha como diciéndome ya vengo, no me demoro. Lo bendije. Mi mirada lo siguió hasta que no vi más su cuerpo fornido, su camiseta blanca; la misma que me permitió reconocer sus restos el día que me lo entregaron en Medicina Legal, el 25 de enero de 2006, exactamente cuatro años después de aquella despedida”.
Los días de la familia de Felipe se convirtieron en el infierno. Ninguno sabía por qué él no regresaba ni qué le había pasado. Su padre lo llamaba con alaridos que todo el barrio podía escuchar; su hermano menor no quería hablar con nadie; su mamá, en los primeros días, estaba como suspendida en el aire sin saber qué hacer o adónde ir.
Las denuncias ya estaban puestas en la Fiscalía y en la Personería, la foto del muchacho con el letrero de desaparecido había sido fijada en varias oficinas de las autoridades, y las morgues y hospitales fueron visitados una y otra vez en busca de una respuesta. Nadie daba razón de Felipe. La familia acudió también a País Libre para hacer contactos que permitieran hallarlo.
En la guerra de Medellín de ese año 2002 había muchos actores involucrados: grupos de autodefensas divididos por bloques enemigos, grupos guerrilleros y también bandas de delincuencia común. Era muy difícil saber cuál de todos era el responsable y cuál de todos tenía la verdad. La billetera del muchacho fue hallada unos días después de su desaparición en un barrio alto del oriente de la ciudad. Los vecinos del sector no sabían nada o no podían decir nada, pues estaban cercados por gentes armadas.
Corría ya 2005 y con él el proceso de desmovilización de varios bloques de las Autodefensas Unidas de Colombia. Carmen, con la ayuda de su hermana, comenzó a indagar y a buscar pistas que la condujeran al paradero de Felipe. Repetía su historia frente a hombres que habían entregado sus armas y también frente a funcionarios que prometían ayudarla. Yendo de un lado a otro conoció el Programa de Víctimas del Conflicto Armado, de la administración municipal. Allí se encontró con muchas otras personas en situaciones similares, golpeadas por el dolor de la pérdida y preguntándose también por lo que había pasado.
Pocos meses después de hacer contactos dentro del programa, recibió una llamada en la que le dijeron que los restos de Felipe habían aparecido. “Fue un sentimiento de tristeza y de alegría al mismo tiempo, pues, aunque lo que más quería era saber de su paradero, soñaba con que estuviera vivo y que entrara por la puerta igual que como había salido… no podía creer que esos fueran sus huesos y esas, la camiseta blanca y las llaves, sus pertenencias” dice, mientras se le salen las lágrimas.
Después fue el sepelio en la iglesia del barrio y el dolor de la soledad, de esa misión cumplida que era darle cristiana sepultura a su hijo mayor.
Con los días, Carmen empezó a asistir a eventos de atención sicosocial del programa de víctimas. Eran reuniones en las que ella y otras personas expresaban sus sentimientos y contaban sus experiencias; también sesiones con sicólogos para elaborar el duelo y superar tanta tristeza. Luego fueron los talleres de memoria y escritura, en los que pudo narrar, de su puño y letra, la historia de su hijo como sucedió y, por último, la asesoría jurídica para el restablecimiento de su derecho a la justicia y a la reparación.
El Programa de Víctimas del Conflicto Armado surgió en Medellín a la par del proceso de desmovilización del Bloque Cacique Nutibara, con la idea de atender a quienes durante años se habían visto afectados por los grupos ilegales. Según Jaime Bustamante, director del programa, “nuestra intención es dignificar a las víctimas, que sean visibles en la sociedad, y, además, brindarles atención sicosocial, así como reconstruir la memoria del conflicto con sus voces”.
Con esos propósitos, el programa tiene varios componentes: atención sicosocial, que consiste en la ayuda sicológica a niños y adultos víctimas; atención jurídica para orientar a los usuarios en el reconocimiento de sus derechos a la justicia, a la verdad y a la reparación; memoria histórica, que trata de reconstruir con testimonios particulares la verdad histórica del conflicto armado para que no vuelva a repetirse; sensibilización y puesta en público, con el fin de que el dolor de la guerra no se eternice en el silencio doméstico, y sea, por el contrario, asumido por toda la sociedad; y fortalecimiento y gestión, que significa restablecer el proyecto de vida de quienes han sido golpeados por el conflicto armado.
En cada uno de estos aspectos, el programa quiere, de acuerdo con Bustamante, “crear un espejo en el que podamos vernos como humanos , tal y como somos, con las heridas que nos ha dejado la guerra y que todos hemos sufrido, sin importar estratos o jerarquías. Es un espejo en el que veríamos, una gran vergüenza porque hemos sido más que tolerantes con los actores armados y con la violencia que nos ronda y hemos sido también indiferentes al dolor del vecino y al del país entero”.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.