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| 4/10/1989 12:00:00 AM

UN LIBRO ESCRITO CON UNA SOLA MANO

Concluye García Márquez las "gratitudes" finales de su novela diciendo que el "humor involuntario", de unas cuantas erratas históricas hubiera sido deseable "en el horror de este libro". Tiene razón: es un libro de horror, porque de horror sin paliativos fueron los últimos días de la vida de Simón Bolívar.
El terrible descenso por el río de un hombre sin ninguna esperanza, que entiende por qué no es posible la esperanza y que sin embargo (pues es un hombre condenado a la acción) se niega a renunciar a la esperanza y finge espasmódicos remedos de la acción en un deambular sin rumbo de fiera en jaula: Turbaco, Cartagena, Soledad, Santa Marta. En torno, la mezquindad de los tiempos y de las gentes: niños pinchando a la fiera con la punta de un palito desde más allá de los barrotes de la jaula.

Pero también tiene razón en que tal vez le hubieran convenido los rezagos de humor involuntario: la viuda que viaja con su marido, el militar que gana batallas antes de haber nacido (casos se han visto). Porque el haberse ceñido al rigor histórico absoluto encierra la novela en el callejón sin salida del didactismo y la monotonía. Didactismo a veces de manual de historia elemental, y casi de nota de advertencia al traductor: "Camille se sorprendio de la elegancia de aquella danza popular de estirpe africana", dice el autor sobre un grupo de negros que bailan cumbia. Y monotonia forzada por la estructura de los días: son los mismos amaneceres, calores, lavativas, toses, insomnios. Y para resolverla, Gabo no se permite a sí mismo más recurso que el de la adjetivación manierista, que en él es, como siempre, precisa y deslumbrante; pero es la misma tos, el mismo amanecer, el mismo insomnio.

El exceso de rigor histórico es particularmente pernicioso en lo que toca al diálogo. García Márquez ha usado siempre el diálogo con parsimonia no para narrar ni para describir, sino para puntuar. Sus diálogos--una frase suelta o dos en el fluir de la prosa- sirven como pequeñas explosiones contundentes que definen una situación, la cierran o la abren. Pero aquí hay demasiadas explosiones así: el genio retórico de Bolivar lo llevó a inventar más frases contundentes que nadie, Gabo incluido; y sin embargo --como señaló el propio Bolívar en muchas de esas frases--ninguna de ellas sirvió nunca para definir situaciones, para abrirlas ni cerrarlas.
Al construir sus diálogos con frases literales tomadas de las fuentes históricas, Gabo se condena a volverlos tan inútiles (literariamente hablando) como los de la propia historia.

Además, ¿qué tan riguroso resulta en fin de cuentas, el "rigor histórico"? Las frases que usa Gabo en su novela son a veces de primera mano, escritas --ocasionalmente de su puño y letra por Bolívar en cartas y proclamas. Pero eso no es garantía de que hubieran sido dichas asi, por el contrario: eran frases forjadas para la lengua escrita, y no basta con añadirles unos cuantos "carajos" o un "la pinga" para devolverles la frescura oral."En cuanto a las demás, son tomadas de segundas manos que no tenían tanto apego como Gabo al rigor histórico. Son frases recordadas diez o veinte años después y puestas por escrito, en prosa decimonónica (y por lo general sin el genio retórico del propio Bolivar), por O'Leary o por Posada Gutiérrez, el señor Restrepo o Perú de Lacroix, o inclusive el mitómano, y políticamente interesado en deformarlas, general Tomás Cipriano de Mosquera. Y aun en el mejor de los casos, en el caso de que no tergiversaran deliberadamente las palabras del Libertador por conveniencia política, las fuentes históricas que usa García Márquez las alteraban involuntariamente para ajustarlas a su propio estilo literario de memorialistas del siglo XIX.

Es ese estilo el que suena falso, el estilo de las fuentes. No es el estilo lapidario de Plutarco, ni las anécdotas reveladoras de Suetonio (que hasta ahora habían sido, con el Libro de Job, las verdaderas fuentes de la prosa imperial de Garcia Márquez).
En Plutarco, en Suetonio, en el escriba bíblico, nada es verbatim: todo es pulido y arreglado por ellos por razones de eficacia literaria: por eso suenan verdaderas cosas como el "tú también, Bruto" atribuido a César.
("Pero ché...", tradujo una vez Borges).

De todos modos, y por añadidura, lo del rigor histórico es una tontería, puesto que de la historia no sabemos nada. Es decir, no sabemos si es más bien la creación literaria de los historiadores. Por ejemplo, el paralelo histórico con Cristóbal Colón que Garcia Márquez hace vivir a Bolívar llegando ya a Turbaco ("Toda la noche sentí pasar las aves") no está sacado del Diario de Colón, pues no lo conocemos, sino de la copia resumida y fragmentaria que de ese diario hizo el Padre Las Casas. Y a lo mejor la frase es de Las Casas, y no del Almirante. Creación que puede ser también política. Para Bolívar -y para Gabo no hay duda de que a Sucre lo mataron Obando y José Hilario López. Pero a lo mejor también eso es inventado, por Bolívar o Gabo, por que lo cierto es que del asesinato de Sucre seguimos sín saber nada -o sabiendo tan poco, por ejemplo, como del mucho más reciente de Gaitán, o del todavia fresco de Jaime Pardo Leal. Y hasta las mínutas de los procesos seguidos contra Obando y contra López han desaparecido.

Así que, bien mirada, la decisión de Gabo de ajustarse a las fuentes de la historia es simplemente un reto de "más difícil todavía", como la conocida apuesta de Bolívar -citada en la novela de que cruzaría a nado un caño de los Llanos con una mano amarrada a la espalda. Por bien que nade Gabo, con una sola mano nada algo más despacio. No quiso inventar nada, tal vez viendo en los últimos dias de la vida increible de Bolívar la perfección de la fatalidad que cierra siempre las tragedias. No quiso, como Shakespeare, inventar a Julio César, sacándose de la manga discursos e incidentes sin preocuparse por su veracidad histórica y atento sólo a su verosimilitud poética y su utilidad dramática. Y esa mano amarrada hace cojear la novela de "El general" -o manquear, si es que así puede decirse. Por falta de datos "ciertos", y a falta de detalles inventados, casi no existe la tropa de personajes secundarios: el sobrino Fernando, el mexicano Iturbide, el general Carreño, el general Montilla, aunque hayan existido en la realidad de la historia. Manuelita es un fantasma, ella que estuvo tan viva. Y al destino trágico de Sucre se le agrega ahora el remate de haberse convertido en un mariscal de cartón.

Pero queda Bolivar. "El general": sólo una vez en las doscientas páginas de la novela se le menciona por su nombre, cuando lo llama por la ventana un niño. Un Bolivar lejano de la gloria y del poder, roto y con cara ya de muerto, y solamente sostenido por el hierro de su propia voluntad implacable después de la traición de sus amigos, de sus pueblos, de su genio y de sus propias carnes. Hay una hondura de grandeza desesperada -de rey Lear, ya que hablábamos de Shakespeareen ese Libertador de un mundo, destruido por la indiferencia, la pequeñez, la suficiencia provinciana de ese mundo libertado por él.
No por su espada, como nos dice la prosopopeya de la historia: sino por la desnudez de su voluntad solitaria.
Ese Libertador vencido y acabado, con la casaca demasiado grande para su estatura menguante y robados sus últimos botones de oro por la astucia de alguno de sus amigos póstumos, es el que retrata García Márquez en este diario de agonía que es "El general en su laberinto".

Por atreverse a retratarlo le van a caer encima todos. Historiadores y chismógrafos, bolivarianos y santanderistas, andinos y caribes. Con razones y sin ellas -como tenían razones, y a la vez no las tenían, quienes atacaron en vida y siguen atacando a siglo y medio de su muerte (o defendiéndolo) a Bolívar, En eso se parece García Márquez a su personaje, que dijo de sí mismo -en una frase que, por modestia de autor, el novelista no cita-: "Yo me hallo luchando contra los esfuerzos combinados de un mundo; de mi parte estoy yo solo, y la lucha, por lo mismo, es muy desigual: así, debo ser vencido. La historia misma no me muestra un ejemplo capaz de alentarme ni aun la fábula nos enseña este prodigio".

Digámoslo con una hipérbole digna de García Márquez, o del propio Bolívar: este libro es la fábula que nos muestra ese prodigio. -
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