Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/10/22 00:00

Un nuevo enfoque para la victoria

El polémico ex secretario de Estado analiza, en exclusiva para Colombia, cómo debe librar se esa nueva guerra sin un enemigo claro en un mundo que superó las amenazas ideológicas y militares.

Un nuevo enfoque para la victoria

Los ataques terroristas contra Nueva York y Washington son, sobre todo, una llamada de advertencia. Por una década las democracias cayeron progresivamente presas de la ilusión de que habían desaparecido las amenazas del exterior, que los peligros, si acaso, tenían un origen principalmente sicológico o sociológico y que, en cierto sentido, la historia misma, como hasta entonces se registraba, se transformaría en una subdivisión de la economía o de la siquiatría. Aunque habíamos experimentado el terrorismo, generalmente se dirigía contra las instalaciones norteamericanas en el extranjero; el impacto era en gran medida simbólico y acababa antes de amenazar las vidas de la sociedad civil en Estados Unidos. La respuesta usualmente ha sido la condena, uno o dos ataques en respuesta y la persecución criminal de los perpetradores que podían encontrarse —usualmente operativos de bastante bajo nivel—.

La situación actual requiere un nuevo enfoque. El presidente George W. Bush ha sabiamente advertido que los ataques contra Nueva York y Washington equivalen a una declaración de guerra. Y, en una guerra, no es suficiente soportar, es esencial prevalecer. Los ataques contra Nueva York y Washington representan un reto fundamental a la sociedad civil y a la seguridad de Estados Unidos —trascendiendo incluso el ataque contra Pearl Harbor—. Ahora el objetivo no fue la capacidad militar de Estados Unidos sino la moral y la forma de vida de la población civil. Las víctimas fueron hombres y mujeres inocentes en una escala que con casi toda seguridad excede el conteo en gran medida militar de Pearl Harbor. Sobre todo el desastre nos hace comprender que algunas de las cómodas premisas de un mundo globalizado que enfatiza los valores de la armonía y la ventaja comparativa no se aplican a aquella porción de el que recurre al terrorismo. Aquel segmento parece motivado por un odio tan profundo a los valores occidentales que sus representantes están preparados a enfrentar la muerte e infligir vasto sufrimiento a inocentes, amenazando la destrucción de nuestras sociedades a nombre de lo que se concibe como un choque de civilizaciones.

Al penetrar estas realidades en la conciencia del mundo democrático los terroristas han perdido ya una importante batalla. En Estados Unidos enfrentarán a un pueblo unido, determinado a erradicar los males del terrorismo a cualquier costo. En la alianza occidental han acabado con el debate sobre la existencia todavía de un propósito común en el mundo de la posguerra fría. Todas las democracias occidentales han reconocido que el asalto contra Estados Unidos —de no castigarse— es un preludio a lo que puede ocurrir incluso con mayor facilidad a sus propias sociedades. La política del avestruz simplemente aumentaría sus propias vulnerabilidades. La unanimidad sin precedentes de la Otan al definir el asalto contra Washington y Nueva York como una amenaza común y la extraordinaria vertiente de simpatía popular en pro de Estados Unidos demuestran que las experiencias compartidas de casi dos generaciones no han sido olvidadas después de todo y siguen siendo relevantes.

Pero otras naciones fuera del marco de la Otan comparten por igual un interés común a no ser sujetas a chantaje de sombríos grupos terroristas, que utilizan su capacidad para infligir sufrimiento por una estrategia basada en la inhumanidad y que no responde ante ninguna restricción institucional.

El reto, entonces, se convierte en cómo traducir los propósitos comunes en una política operativa.

En cuanto a lo que concierne a Estados Unidos, debe hacerse una inicial revisión completa de los procedimientos y la organización de inteligencia. ¿A qué grado ha alentado la creencia en un período de relativa tranquilidad una cierta laxitud sobre las expectativas y posibles contramedidas? ¿A qué grado han desempeñado un papel los límites sobre los recursos? ¿Se necesita una nueva organización para acomodar las contramedidas?

Después, los golpes en respuesta en contra de las fuentes percibidas de este ataque son necesarios. Un extraño sólo puede hacer una contribución mínima a este esfuerzo, excepto para señalar que las medidas a medias tienen más probabilidades de causar daños que bien.

La tarea más importante, sin embargo, sería pasar más allá de la respuesta hasta el desarraigo del corazón del terrorismo. La guerra que el presidente ha afirmado debemos ganar, no conducida como un toma y daca de intercambio de golpes. Es por ello imperativo avanzar más allá del patrón existente de respuesta y persecución criminal hasta llevar la lucha a la fuente del problema. Las organizaciones terroristas deben ser puestas a la defensiva; deben deshacerse sus redes; deben cortarse sus fuentes de financiamiento, y, sobre todo, sus bases deben ser puestas bajo y no agotables presiones para negarles refugios seguros.

Los ataques terroristas de la escala de aquellos lanzados en contra de Nueva York y de Washington no pueden improvisarse. Requieren organización, fondos sustanciales, competencia técnica, células de simpatizantes en el país víctima y, sobre todo, una base para coordinar estas actividades. Los fugitivos nómadas no están en posición de organizar ataques tan coordinados y bien concebidos. Debe ser la tarea de América y de todos aquellos quienes apoyan lo que ahora se ha convertido en una causa universal prevenir más muertes, logrando que los grupos terroristas se den a la fuga y después destruyéndolos.

Con toda seguridad no va más allá del alcance de los servicios de inteligencia de las democracias —y probablemente de Rusia— identificar las organizaciones capaces de estos esfuerzos globales. El número de países que les dan refugio es suficientemente finito. El reto inmediato es poner a estos países sobre la advertencia de que serán rechazados si continúan extendiendo asilo; de que nos habremos de sentir libres de atacar las instalaciones militares que amenazan la seguridad de los pueblos libres; de que sostenemos que los países que proveen refugio son específicamente responsables de los ataques lanzados por organizaciones con las cuales ellos han cooperado específicamente:

—Estados Unidos debe demandar la extradición desde Afganistán de Osama Bin Laden o su expulsión del territorio afgano. Fuera de que su grupo haya o no estado involucrado en los ataques de Nueva York y Washington, ha estado implicado en otros ataques contra propiedades y vidas de Norteamérica. Y frecuentemente ha alentado estos ataques. Si Afganistán se niega, habremos de sentirnos libres para atacar las instalaciones de Bin Laden y cualquier otra instalación afgana capaz de darle apoyo. Si se le expulsa, cualquier gobierno que le dé asilo debe ser informado de la determinación de Estados Unidos (esperamos que con el respaldo de sus aliados) de tomar medidas militares en su búsqueda, en contra de su organización y de las instalaciones de apoyo en el país anfitrión.

—Debe publicarse una lista de terroristas comparables. Debe advertirse a los gobiernos que cualquier país que les dé refugio enfrentará un boicoteo económico completo y estrictamente vigilado; la negativa de visas norteamericanas (y esperamos que aliadas) para sus ciudadanos; la negativa de facilidades financieras de Estados Unidos para sus ciudadanos; el riesgo de medidas militares en contra de los cuarteles terroristas y de instalaciones de apoyo en los países anfitriones.

—Debe advertirse a todos los países que el aliento a los terroristas de medios auspiciados por el Estado será tratado como un acto de enemistad.

—Debe invitarse a los aliados de Estados Unidos y otras naciones principales a sumarse a cualquier aspecto de estas medidas que estén preparados a apoyar.

El propósito es pasar de la espera pasiva del próximo golpe a extirpar la amenaza terrorista. Por un corto tiempo estos grupos pudieran reaccionar aumentando su violencia y sus ataques —aunque si se les enfrenta con genuina determinación y de manera unificada la violencia con seguridad cederá con bastante rapidez—. En cualquier caso es preferible a una postura supina que, por su misma demostración de ansiedad, alienta recurrir al terror.

Estados Unidos y sus aliados deben tener cuidado de no presentar esta nueva política como un choque de civilizaciones entre Occidente y el Islam. La batalla es en contra de una minoría radical que desgracia a los aspectos humanos que el Islam ha demostrado en sus grandes períodos. Ayudará a los regímenes árabes moderados incluso cuando ellos también están bajo una amenaza demasiado grande para admitir sus errores.

Algunos han hecho la pregunta de si los ataques contra Nueva York y Washington demuestran la relevancia de la defensa antimisiles frente al rango total de peligros posibles. Con toda seguridad el éxito de los ataques terroristas demuestra que hay otros medios para dañar a Estados Unidos más que los misiles hostiles. Pero también demuestra la catastrófica naturaleza de la amenaza potencial de los misiles. Hasta la más pequeña arma nuclear produciría una devastación que dejaría pequeña a la catástrofe de los ataques contra el Centro Mundial del Comercio y el Pentágono. Uno no se niega a la vacuna contra la polio porque no provea ninguna protección contra la influenza. Lo que logran los ataques es enseñarnos que debemos relacionar la defensa antimisiles con otros peligros previsibles.

Y también está el argumento de que Estados Unidos debe modificar su política exterior para eliminar los resentimientos que produce el terrorismo. Por supuesto que la política de este país debe estar bajo constante revisión. Y las buenas relaciones con las naciones islámicas deben ser uno de sus principales componentes. Sin embargo la moderación es una virtud únicamente en aquellos que se sabe tienen una alternativa. No es del interés de siquiera el más conservador de los países islámicos que se perciba que la política de Estados Unidos —u occidental— esté retrocediendo o cediendo ante la amenaza o la realidad del terror. Las primeras víctimas de este curso serían los conservadores del mundo islámico y, a la larga, las poblaciones de todas las democracias.

Estados Unidos y la democracia enfrentan no sólo un reto sino una oportunidad. Habiendo salvado las vastas amenazas ideológicas y militares del último medio siglo debemos ahora dominar este peligro más indirecto, pero quizá más insidioso, y convertirlo en una victoria igualmente decisiva.

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