Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/02/16 00:00

Un pacto urbano. Palabras de Alejandro Santos durante la instalación del Foro "Espacio público en Barranquilla" (abril 23 de 2003)

Un pacto urbano. Palabras de Alejandro Santos durante la instalación del Foro "Espacio público en Barranquilla" (abril 23 de 2003)

Hablar de espacio público en una ciudad es dar un primer paso para un nuevo contrato urbano. Un nuevo pacto urbano donde el Estado, los ciudadanos, los empresarios, los comerciantes y los políticos llegan a un acuerdo sobre la urbe que requieren. El foro de hoy no tiene tan alta pretensión. Solo busca un objetivo más sencillo pero en la misma dirección: convocar los sectores sociales, políticos y económicos de Barranquilla para discutir sobre el espacio público, su futuro, su ordenamiento, las maneras de controlarlos, las opciones de política pública y su papel en el modelo de ciudad. ¿ Por qué hablar de espacio público? Se tiene la impresión de que los debates sobre andenes, alamedas, ciclorrutas, plazas y parques no son más que una moda capitalina que implantó la administración de Enrique Peñalosa, quien está mañana nos acompaña. Que hace parte de una agenda bogotana, lejana de las preocupaciones de las ciudades más pequeñas. En otros casos, que el espacio público es parte de una malvada agenda de los alcaldes contra el derecho al trabajo de vendedores ambulantes que sacrifica a los más desvalidos en el altar de la belleza física de las construcciones y el cemento. El debate del espacio público responde a una preocupación tan simple como básica, pero muchas veces olvidada: ¿para quién se construye una ciudad? No es lo mismo si se construye para los carros que para los peatones, para los niños que para los adultos, para los más ricos que para los más pobres. No puede ser igual una urbe que se desarrolla en la construcción de megaautopistas y barrios suburbanos a otra metrópoli por la que circulen sistemas de transporte masivo integrados con ciclorrutas y caminos peatonales. Tampoco es lo mismo una ciudad que crece y da la espalda a su centro histórico y lo deja morir en medio de carretillas de frutas y una innumerable estela de buses viejos y sin un miserable andén donde caminar. Estamos hablando aquí de opciones. Gobernar una ciudad es escoger qué tipo de desarrollo urbano se quiere y que gire en torno a qué valores y a qué principios. En el tema del espacio público que nos convoca hoy esta decisión es aún más perentoria y decisiva. Si una ciudad decide proteger el espacio público, reordenarlo y transformarlo para que la mayoría lo disfrute no basta con que el Estado lo quiera. Es allí donde hablo de la necesidad de un nuevo contrato social urbano que comprometa por igual a políticos y a comerciantes, a ciudadanos y a empresarios, a pobres y a ricos. A pesar de la existencia de un ordenamiento legal y jurídico que permite defender el espacio, sin el convencimiento de la mayoría la dificultad de la tarea se eleva exponencialmente. Esta mayoría nunca serán todos. La ocupación ilegal del espacio público que se expresa en los andenes ocupados, las bahías de estacionamiento y los grandes terrenos desocupados en la mitad de las ciudades beneficia a unos pocos; les evita pagar impuestos, les sirve para la plusvalía de la tierra y para que los clientes de su comercio parqueen su automóvil. Y esos pocos se unen, luchan e impiden por vías políticas que el resto pueda disfrutar de ese espacio. Sólo en la medida en que esa mayoría, en la que están niños, amas de casa, estudiantes, visitantes del centro, empresarios, ancianos- entienda que esos andenes deberían ser caminados y ocupados por todos y no por una minoría, la acción del Estado se facilitará y se legitimará. Invito a los estamentos de la sociedad barranquillera a entender los beneficios en calidad de vida, desarrollo urbano y pertenencia de la ciudad que traería poder pasear en una hermosa noche de brisa barranquillera por la antigua Calle Ancha o por las calles de La Paz o Caldas o la de Las Vacas o Cuartel. O por otras no tan famosas como San Blas y Pica Pica. Nombres que una vez estuvieron en las bocas de los barranquilleros y que hoy se esconden detrás de un centro histórico que merece ser revitalizado. El tema de la renovación urbana del Distrito Central de Barranquilla será analizado en este encuentro promovido por SEMANA. Pero no será el único. Los retos sociales, económicos, políticos y culturales que enfrenta la defensa del espacio público en La Arenosa no son pocos ni fáciles de remontar. En un documento de abril del 2001 elaborado entre otros por Empresa de Desarrollo Urbano de Barranquilla (Edubar), La Lonja de Propiedad Raíz y otras entidades públicas y privadas, se calculaba en 744 mil metros cuadrados el área del Centro Histórico con sólo 9,675 metros cuadrados, es decir, el 1,29 por ciento, dedicados a la recreación. Asimismo, dentro de las problemáticas más importantes se contaban la proliferación de ventas ambulantes, la congestión del tráfico por el servicio público, la contaminación visual de vallas y fachadas derruidas así como la auditiva y la ambiental del manejo de desechos. A pesar de lo anterior, las últimas administraciones locales han desplegado esfuerzos para reordenar el espacio público en el centro de la ciudad. Proyectos como la reubicación de vendedores en los mercados como el de La Magola, Miami II, El Playón o Fedecafé requieren no sólo la continuidad sino la integración con otras iniciativas como las recuperación de la calle 30, con un costo de varios miles de millones de pesos, la carrera 40 y las troncales previstas para el futuro sistema de transporte masivo. Asimismo, la preservación de la Plaza de la Aduana como ejemplo de cómo el espacio público tiene también una dimensión de identidad y de recuperación de la historia de las ciudades. Es la representación de un pasado urbano por muchos barranquilleros ignorado y que genera unos lazos más profundos y colectivos con la ciudad y especialmente con el centro que llevan a cuidarlo, protegerlo y defenderlo como el patrimonio de todos que es. Pero, esto no se debe limitar al centro porque tanto las zonas pobres del sur como las acomodadas del norte sufren de los mismos problemas de invasión del espacio público y de la inexistencia de áreas recreativas que puedan ser disfrutadas por los habitantes. En el aspecto económico y político los vendedores informales y su reubicación implican decisiones de política pública en que la administración debe darse la pela. Sin una posición fuerte al principio de que los intereses de la mayoría están por encima de los particulares, el tema tiene el peligro de convertirse en una sinsalida. Otro tema a tratar es el de la cultura. Muchos se arropan en los rasgos "culturales" para evitar transformaciones urbanas, para no detener el automóvil en el signo de Pare, no pagar los impuestos porque se los roban, seguir comprando productos a los invasores del espacio público porque "si no hay empleo, pues qué van a hacer". Hay ejemplos como el de Bogotá donde esas taras se derrumbaron ante la percepción generalizada de los ciudadanos de las ventajas de cumplir las normas y las reglas para que se beneficien todos. Los barranquilleros están en mora de sacrificar un poco de individualidad por un compromiso más colectivo de beneficios grupales. Esta no es una lista exhaustiva ni mucho menos de los temas a tratar en este foro de espacio público. No son más que una serie de reflexiones que surgen cuando a unos sectores dirigentes de una ciudad les entra la inquietud de reordenar su espacio público, de crear entes oficiales que desde el Estado lo protejan, de financiar desde el sector privado y gremial investigaciones para generar propuestas, de unirse en el camino de recuperar e inyectarle vida a una vida urbana que en Barranquilla se ha ido perdiendo. En las primeras décadas del siglo pasado, esta ciudad era líder en el país tanto por su infraestructura como por su vida comunitaria, cultural y su condición de crisol de inmigrantes. No es tarde para que Barranquilla tome una ruta distinta y que construya un ambiente urbano para todos, con espacios públicos amplios, llenos de peatones, con un sistema de transporte masivo digno y eficiente y un centro de la ciudad renovado y dispuesto a contar su hermosa historia.

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