Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/10/03 00:00

Un recorrido delicado

El balance hídrico involucra muchos factores que interactúan en un delicado equilibrio. Cuando alguno falla, el agua deja de ser un bien y se transforma en enemigo.

En un país tropical como Colombia, el ciclo del agua es mucho más complejo que la simple enunciación tradicional que enseñan en los colegios, en la que se dice que el sol evapora el agua de los océanos, viaja en forma de nubes, se precipita en forma de lluvia y vuelve al mar por los ríos. Del buen estado de los páramos, los bosques andinos y la vegetación en las márgenes de los ríos, así como del estado de las lagunas, las ciénagas y otros cuerpos de agua que regulan su flujo desde las altas montañas hasta el mar depende la disponibilidad de agua en épocas secas.

La humedad que llega de los océanos bajo forma de nubes se estrella en las montañas y se precipita bajo forma de lluvia, o la misma vegetación se encarga de condensarla a través de sus hojas.

Los páramos y bosques andinos cuentan con especies vegetales como musgos y epífitas capaces de almacenar grandes excedentes de agua de las épocas de lluvia, lo que impide desbordamientos. Cuando llegan épocas secas o de menor pluviosidad, estas despensas alimentan los caudales. Así, la diferencia del caudal de los ríos no sufre variaciones dramáticas durante el año y se garantiza la disponibilidad de agua.

Al desaparecer la vegetación del páramo y los bosques se provocan dos graves desequilibrios. En épocas de lluvia el agua golpea directamente los suelos, degradándolos y quitándoles sus nutrientes. Así mismo, con la acción combinada del viento se produce la erosión. Este material llega a los grandes ríos bajo forma de sedimento, lo que afecta la navegabilidad de estos y, además, les impide recibir semejantes cantidades de agua sin desbordarse. Cuando las ciénagas y humedales asociados a estos ríos se desecan, los riesgos de inundación y crecientes aumentan.

En épocas secas, por el contrario, al haber sido destruida la capacidad de almacenamiento de los páramos y bosques andinos, la escasez de agua se hace mucho más palpable y en más de una ocasión obliga a los acueductos a racionar de manera dramática el suministro de agua.

Las fuertes lluvias amenazan la estabilidad de los suelos en zonas de fuertes pendientes y generan grandes avalanchas y desastres que a su vez producen la sedimentación de los cauces de los ríos, lo que causa enormes inundaciones, víctimas y perdidas económicas.

En las zonas planas, lagunas, ciénagas y otros humedales, además de almacenar agua para los períodos secos, ayudan a regular los excesos de agua que bajan por los ríos en épocas de lluvia. Cuando estos cuerpos de agua se desecan no sólo se pierde un hábitat muy rico en pesca sino que también se crea un desbalance que tiene como consecuencia inundaciones incontroladas.

De todas maneras es importante anotar que muchos ríos se desbordan de manera natural en distintas épocas del año. Por ese motivo no todas las riberas son seguras y en muchas de ellas resultan riesgosos los asentamientos. La actividad humana también afecta el ciclo del agua. Los residuos sólidos y las aguas no tratadas afectan la calidad de vida en los ríos y sus cuencas. Los ríos sedimentados y contaminados que llegan al mar alteran el equilibrio de las aguas marinas y afectan ecosistemas productivos como los arrecifes, lo que se traduce en un empobrecimiento de la oferta pesquera para los habitantes de las costas. El desperdicio de agua en hogares e industrias hace que las sus fuentes resulten insuficientes y se tenga que racionar el agua, o se deban hacer inversiones costosas que podrían dedicarse a otros fines sociales, y en el caso de los pozos subterráneos y lagunas, hace que se agote el recurso.

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