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| 9/10/2011 12:00:00 AM

Una catástrofe predecible

Washington no solo impulsó en Afganistán a los islamistas radicales, sino que, cuando la amenaza se volvió inminente, la soberbia, la ineptitud y la burocracia del FBI y la CIA no pudieron evitarle a Estados Unidos la peor catástrofe de su historia.

"Estoy sorprendido de que la gente nos odie, no lo puedo creer. Sé que somos buenos", dijo el presidente George W. Bush, un mes después del 11 de septiembre de 2001. Poco tiempo después, la Casa Blanca añadió que "nadie hubiera podido saber que el 11S iba a pasar, fue un ataque que no se podía predecir". Ese discurso no resistió el paso del tiempo, pues, a la luz de la historia y de las investigaciones internas del FBI y de la CIA, es claro que los atentados se hubieran podido evitar. Fue una catástrofe anunciada, un engranaje implacable de dos décadas de errores estratégicos, oportunidades desperdiciadas, pésimos cálculos políticos, incompetencia y soberbia.

La tragedia tuvo su origen remoto en la miopía histórica de los propios norteamericanos, y empezó cuando la Unión Soviética invadió Afganistán en 1979. "El día que los soviéticos cruzaron la frontera, le escribí al presidente Carter: 'Ahora tenemos la oportunidad de darles su Vietnam'", explicó en una entrevista Zbigniew Brzezinski, entonces consejero de Seguridad de la Casa Blanca. Para que Afganistán se volviera una trampa mortal, Washington cometió su primer gran error y no dudó en hacer un pacto con el diablo, en forma de muyahidines, combatientes islámicos guiados por la fe y la sharia, la ley del Corán, sin miedo a la muerte pues querían ser mártires del Profeta. Uno de sus líderes era Osama bin Laden.

Por cerca de diez años, Estados Unidos les envió instructores de la CIA, por lo menos 30.000 millones de dólares y un arma que cambió radicalmente el destino del conflicto: los misiles Stringer, lanzados desde el hombro, que acabaron con los helicópteros artillados soviéticos. Después de perder 15.000 soldados en una guerra desgastante y empantanada, Moscú decidió abandonar Afganistán en 1988. En el intrincado ajedrez de la Guerra Fría, Washington había logrado una victoria histórica.

Pero al hacerlo, la CIA y la Casa Blanca también convirtieron a los talibanes y sus aliados árabes en un ejército de fanáticos islamistas, no solo equipados, poderosos y organizados, sino convencidos de que derrotar a los imperios era posible. El presidente Ronald Reagan, ingenuo, dijo que "ver a los valientes combatientes por la libertad afganos pelear contra modernos arsenales con simples fusiles es una inspiración para los que aman la libertad".

Bin Laden, heredero de una multimillonaria familia saudita, financiaba en Afganistán una legión extranjera de árabes islamistas: Al Qaeda o la Base. Aunque la Casa Blanca los había apoyado, Bin Laden y los clérigos musulmanes radicales consideraban que Estados Unidos era "el gran Satán". Y Washington se lo había ganado por su defensa irrestricta de Israel, su manejo de las crisis en el Líbano, en Irán, por la poca atención que les daban a los palestinos. Todo ello los convenció de que acabar con la superpotencia era una "misión divina".

Pero los estrategas de Washington nunca pensaron que podía ser una amenaza. En 1991, después de atacar a Irak para liberar a Kuwait, tropas estadounidenses se instalaron permanentemente en Arabia Saudita. Para Bin Laden y sus seguidores, la presencia de un ejército de cristianos, "infieles y cruzados", profanaba la tierra del profeta Mahoma y de La Meca y Medina, los lugares más sagrados del islam. La complicidad percibida en la guerra de Rusia contra Chechenia, y en las masacres de musulmanes en Bosnia y la intervención occidental en Somalia, junto con el apoyo de Washington a los dictadores árabes, no hicieron sino reforzar el odio, el resentimiento y las ganas de venganza.

En los noventa, los extremistas islámicos dejaron cada vez más claro que le habían declarado la guerra a Estados Unidos. En 1993, un comando detonó 680 kilos de explosivos, camuflados en una camioneta, en un parqueadero de las Torres Gemelas. En 1995 y en 1996 pusieron bombas en Arabia Saudita contra bases norteamericanas. En 1998 atacaron simultáneamente las embajadas estadounidenses de Tanzania y Kenya. Y en 2000, una lancha bomba casi hunde al buque de guerra USS Cole en la bahía de Adén, en Yemen.

Cuando las alarmas tenían que estar encendidas, muchos en Washington pensaban que los islamistas no eran más que barbudos exaltados. Aunque Bin Laden ya era uno de los hombres más buscados del mundo, las tentativas para neutralizarlo eran limitadas. Según el informe de la Comisión de la Verdad del 11S, "en la primavera de 2001, las agencias de inteligencia recibieron un flujo grande de advertencias sobre un ataque de Al Qaeda". George Tenet, entonces jefe de la CIA, incluso aceptó que "todos los indicadores de peligro estaban en rojo". Por eso es increíble que a pesar de tener la oportunidad de contrarrestar los planes del 11S, ni el FBI ni la CIA reaccionaron a tiempo.

Desde 1998, la CIA intervenía el número telefónico de una casa en Yemen, donde se refugiaban terroristas. A finales de 1999, una llamada de Bin Laden advirtió que Khalid al-Mihdhar, uno de sus hombres de confianza, se tenía que preparar para una reunión en Kuala Lumpur, Malasia. Agentes de la CIA le siguieron la pista y descubrieron que tenía visa para Estados Unidos. Pero decidieron no avisarle al FBI, encargado del control interno del territorio estadounidense.

Al-Mihdhar se reunió en Kuala Lumpur con otros islamistas para coordinar el 11S, pero logró unos meses después aterrizar en Los Ángeles sin que las autoridades se enteraran. En mayo de 2000 tomó lecciones de pilotaje en una escuela en California antes de volver a irse a Yemen y a Afganistán, donde reclutó a los suicidas del 11 de septiembre. El prontuario terrorista de Al-Mihdhar ya era conocido por la CIA. Sabían que había combatido en Afganistán, en Bosnia y en Chechenia, y los servicios secretos saudíes les habían advertido que era peligroso. Sin embargo, no tuvo problema para renovar su visa y volver a Estados Unidos en julio de 2001.

Solo en agosto de ese mismo año la CIA por fin le entregó la información al FBI, que clasificó la investigación como "de rutina". Su nombre nunca estuvo en las bases de datos de seguridad aeroportuaria y el 11 de septiembre logró abordar sin complicaciones el vuelo 77 de American Airlines entre Washington y Los Ángeles. Dos horas después el Boeing 757-223 se estrellaba contra el Pentágono.

En 2001, el FBI también descartó una pista clara. En agosto la oficina de Mineápolis arrestó a Zacarias Moussaoui, un francés de 33 años, por un problema de visado. Llevaba varias semanas entrenándose en una escuela de aviación, pero los agentes no le creyeron cuando les dijo que era un hombre de negocios que solo quería aprender a aterrizar un Boeing 747 para impresionar a sus amigos.

Intentaron en varias oportunidades pedir una orden judicial para revisar su computador. Sus superiores siempre se lo negaron. Ni siquiera cuando sus colegas franceses les dijeron que Moussaoui era un recluta de Ibn Omar al-Khattab, un extremista islámico y líder de la guerrilla chechena, lograron que sus jefes en Washington se preocuparan. Uno de los agentes finalmente escribió un memorando en el que dijo que "es imperativo que los servicios secretos sean informados de esta amenaza. Si se apodera de un avión entre Nueva York y Londres, podría llegar a Washington".

El 11 de septiembre a las ocho de la mañana, un último mensaje de Washington llegó a Mineápolis, en el que daban detalles sobre la próxima deportación de Moussaoui, no por ser un supuesto terrorista sino por violar las normas migratorias. Doce minutos después, un primer avión se estrellaba contra las Torres Gemelas.

Esa tarde al fin llegó la autorización para registrar las posesiones de Moussaoui. Ahí encontraron un plan de Al Qaeda para secuestrar varios aviones. También el número telefónico de Ramzi bin al-Shibh, que le giró dinero a Moussaoui y que pagó todo el operativo del 11S.

Pero definitivamente, para Estados Unidos hacía más de veinte años que ya era demasiado tarde.
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