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| 9/10/2011 12:00:00 AM

Una década de desorden

Desde el 11 de septiembre, se ha invertido la métrica del poder y la influencia, aun cuando las naciones y los pueblos del mundo están más entrelazados que nunca.

Yo estaba en Newcastle, en el noreste de Inglaterra, el 11 de septiembre, ofreciendo un discurso sobre el futuro de la manufactura en la región. Estaba emocionado por tener mi primera entrevista en el estudio televisivo de la BBC regional. Luego escuché sobre el ataque a la primera torre del World Trade Center mientras iba en taxi hacia el cercano South Shields.

La década transcurrida desde entonces ha sido la más traumática para Occidente desde los años treinta. Ahora, conforme se acerca el décimo aniversario del 11 de septiembre, debemos preguntarnos cómo trazar una línea debajo del mismo y rescatar una posición de estabilidad y confianza. Demandará un cambio radical en la forma en que pensamos.

En los últimos siglos ha habido tres sistemas de orden internacional: el dominio económico y militar, un equilibrio del poder y la soberanía compartida. Pueden coexistir, como lo han hecho más o menos en los años transcurridos desde 1945 en diferentes partes del mundo. Pero, en la actualidad, Estados Unidos está a la defensiva, económica y militarmente. Están surgiendo nuevas potencias como China e India, y donde se ha adoptado la soberanía compartida, Europa, se está luchando por mantener el control dentro de sus propias fronteras, ya no digamos como participante mundial. Las naciones y los pueblos del mundo están más entrelazados que nunca, ya que la información, las finanzas, los migrantes y los problemas fluyen cada vez con mayor facilidad por todo el planeta.

La última década fue de desorden. El 11 de septiembre fue el detonante, pero Irak, la crisis financiera, los desequilibrios económicos globales y la primavera árabe han desempeñado su propio papel. La debilidad del sistema internacional -en cuanto al comercio, el cambio climático, la situación entre Israel y Palestina- se ha sumado a la creciente sensación de que nadie está a cargo.

Las primeras razones para este desorden radican en las asombrosas asimetrías de los últimos diez años, cuando la confiable métrica del poder y la influencia parece haberse invertido. Un actor que no constituye un Estado, Al Qaeda, hizo convulsionar al Estado más poderoso del mundo. El espacio no gobernado en lugares como Afganistán, Yemen y Somalia repentinamente se convirtió en una amenaza para las sociedades gobernadas. El poder ha pasado de los Estados fuertes a los ciudadanos conectados que usan los teléfonos móviles para exponer la violencia estatal en Siria y organizar a millones de manifestantes en la Plaza Tahrir.

El empeño y la capacidad de Al Qaeda para librar una yihad mundial fue (y es) una nueva y grave amenaza. Una de las varias razones de que la idea de una "guerra contra el terrorismo" fuera equivocada fue que permitió a la gente pensar que Al Qaeda era solo otro grupo terrorista como el Ejército Republicano Irlandés. No lo es. Al Qaeda tiene una visión del mundo, no solo una visión local. Aspira no solo al cambio, sino a la revolución.

Desafortunadamente, esta nueva amenaza de seguridad dio impulso al esfuerzo militar, cuando la parte predominante de la lucha debería haber sido política y diplomática. No veo que hubiera alguna alternativa a la decisión de Estados Unidos, en 2001, de expulsar al talibán de Kabul. La tragedia es que, una vez que se logró, la paz se perdió en vez de ganarse.

Estados Unidos ha dedicado notables recursos a la lucha contra Al Qaeda. Pero la batalla se volvió un desvío impuesto de la vital tarea diplomática de forjar nuevas reglas e instituciones para un mundo independiente. Y aunque la década empezó con Estados Unidos deseando un descanso del liderazgo mundial, termina en una nota similar.

Sin embargo, aunque Estados Unidos ha anhelado volver la mirada hacia sí mismo, y Europa realmente lo ha hecho, el resto del mundo ha estado ocupado haciendo fortuna. En 2000, India y China representaban solo poco más de 4 por ciento del comercio mundial; hoy esta cifra es de casi 12 por ciento. En la última década, 63 por ciento del crecimiento económico mundial ha provenido de economías emergentes. Para las naciones Bric (Brasil, Rusia, India y China), Al Qaeda nunca fue el juego principal. Su atención se centró en el crecimiento económico.

Esto deja una última razón para el desorden: una división filosófica sobre cómo gobernar al mundo moderno. Marshall McLuhan acuñó la idea de una "aldea global" en los años sesenta. Hoy en día su principio central -que somos independientes- es adoptado ampliamente. Pero hay una profunda división en cuanto a las reglas de la aldea.

El asunto central concierne a si la soberanía nacional puede y debería ser calificada. Esto aplica a todos los aspectos de los asuntos internacionales. Todos los Estados miembros de la ONU firmaron la llamada "responsabilidad de protección" en 2005, pero las sanciones de la ONU contra el asesino régimen sirio son bloqueadas por Rusia, China e India con base en que la seguridad interna es un asunto interno.

La idea de que la interdependencia debiera requerir una restricción de la soberanía nacional es, francamente, una opinión de la minoría. La Unión Europea no es actualmente un gran ejemplo de sus virtudes; los estadounidenses están recelosos, y los chinos e indios se muestran profundamente escépticos ante la idea. Tras salir de luchas políticas y económicas a favor de la independencia, lo último que tolerarán es la interferencia en sus asuntos internos. Esta es una razón importante por la cual, desde el cambio climático hasta los derechos humanos, el sistema internacional es incapaz de promover una acción eficaz.

Enfrentamos algunas tareas urgentes. La primera es reafirmar el papel de la diplomacia en la política internacional. Richard Holbrooke, un exembajador estadounidense ante la ONU, me dijo que desde el 11 de septiembre Estados Unidos ha sufrido una "militarización de la diplomacia". Ahora necesitamos lo contrario.

Segundo, debemos volver a concebir la idea de un equilibrio del poder: no debiera concernir solo a los Estados, sino a los Estados y los pueblos. Como ha demostrado la primavera árabe, la ubicuidad de la información significa que las coaliciones del futuro necesitan ser formadas por el pueblo, no solo por las élites.

Tercero, estamos entrando en una era de escasez de recursos. Aparte de la bomba atómica, este es el acontecimiento económico y de seguridad más peligroso en dos siglos. Si piensa que el juego de echar culpas en Europa contra Grecia es malo, solo espere a las discusiones sobre quién está causando las sequías y la inflación en los precios de los alimentos.

Finalmente, Occidente va a tener que redescubrir las bondades del multilateralismo y la soberanía compartida. Eso es difícil cuando, en Europa, nadie quiere pagar las cuentas de Grecia. Pero el multilateralismo es una póliza de seguro global contra la determinación de cualquier Estado de abusar de su poder. El problema no es que la UE y otras instituciones multilaterales sean demasiado fuertes; es que son demasiado débiles. Las instituciones regionales en el mundo árabe, África, Latinoamérica y el este asiático son un progreso obvio y necesario.

Hace un siglo, Norman Angell argumentó en The Great Illusion que la expansión militar no podía producir seguridad económica; que sucedería al revés. En realidad, ninguna de las dos es alcanzable sin la política; y en el año de la primavera árabe esa es la lección más importante de todas.

© The New York Times Syndicate?

*David Miliband, miembro del Parlamento británico, fue secretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña de 2007 a 2010. (Este artículo apareció originalmente en la revista Prospect.)
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