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| 11/10/1997 12:00:00 AM

UNA MIRADA HACIA ATRAS

Como especialista en arte latinoamericano, mi trabajo me ha llevado muchas veces a Colombia y uno de mis recuerdos más felices es haber visto la sobresaliente figura de mi buen amigo Harry Hanabergh parado en el corredor de la aduana. Después de envolverme en un abrazo como de oso, me guiaba milagrosamente a través de la multitud y me llevaba a toda velocidad, con mi equipaje, fuera del concurrido aeropuerto hacia su cómodo automóvil. Si las primeras impresiones tienen un efecto duradero sobre toda la experiencia de visitar un país extranjero, entonces nada podría haberlo hecho mejor que la desarmante hospitalidad de los colombianos. Una mujer viajando sola alarma a los suramericanos, acostumbrados a resguardar a sus mujeres y a tener a alguien que les cargue las maletas y les sirva de chofer. El duro estilo de vida neoyorquino no incluye esos privilegios, por lo que una chica trabajadora está acostumbrada a volverse por sí misma. Así que siempre fue para mí un deleite que me mimaran de esa forma. Hacer rondas como especialista de arte implica visitar clientes en sus hogares, para ver sus colecciones. El cliente de pronto querrá tener una cotización que le permita asegurar su obra, o puede necesitar consejos sobre restauración de una obra, e incluso puede estar interesado en consignar algo para subastarlo. Esas visitas siempre dejan muchas satisfacciones, pues ofrecen la oportunidad de experimentar la atmósfera del hogar y participar de la forma de vida de las personas. Nunca he sentido mayor hospitalidad y calidez que cuando fui recibida por mis clientes colombianos. Recuerdo específicamente una visita a la esposa de un coleccionista, temprano una mañana, sintiéndome más bien enferma por la altura. La señora de la casa inmediatamente pidió un té de hierbas y salió personalmente a su jardín a escoger alguna hierba aromática para mi 'infusión'. Fue milagrosa, y muy pronto pude ver y disfrutar su colección.Sin embargo, aprendí a tener cuidado porque la bebida más ofrecida es, por supuesto, el café, y para no parecer maleducada me tomaba con sumisión cada 'cafecito' que me ofrecían. En el transcurso de las visitas que se hacen en un día, eso puede llegar a ser una gran cantidad de café, que termina en incontables noches de insomnio. Muy pronto aprendí a entremezclar los cafés con un vaso de agua mineral para sentirme mejor.Si mi estadía incluía un fin de semana, me consideraba con suerte al ser invitada a casa de Teyé y Antonio Montana, amigos cuyo arte abarca no solamente los bodegones exquisitos de Teyé, sino también los logros gastronómicos de Antonio. La casa en la cual viven fuera de Bogotá exhala una atmósfera de bohemia gentil y con frecuencia el aire es penetrado por el delicioso aroma de algo que se está cocinando. Mientras Teyé creaba uno de sus exuberantes bodegones sobre un caballete, Antonio se quedaba en la cocina inventando uno de sus famosos platos. La conversación en la mesa también se dividía entre el arte y la cocina, un equilibrio relajante luego de una dura semana mirando pinturas.Entre otras experiencias que vale la pena recordar está el almuerzo en una finca, repleta de ponys de polo, escenas de caza sobre la chimenea, sofás cubiertos de zaraza y antigüedades inglesas. Si no hubiera sido por el español que se hablaba en la mesa, podría haber estado visitando una casa de campo en Gran Bretaña. Afuera, sin embargo, la hermosa vista verde de la sabana, y los jardineros cuidando las flores no dejaban duda alguna sobre dónde me encontraba. En otra ocasión fui invitada a una boda en el campo, oficiada por el obispo de Cali. Nunca me hubiera imaginado la elegancia y perfección de ese evento, guardando todos los detalles de las tradiciones del viejo mundo, traídas al nuevo y heredadas de generación en generación. Además está el arte en Colombia, el punto focal de mis viajes y la fuente de muchas experiencias nuevas y estimulantes. Entre los momentos por resaltar estuvieron siempre las visitas al Museo de Arte Moderno donde Gloria Zea me recibía con su usual carisma y sabiduría. Allí podía ver el excelente montaje de exhibiciones por parte de artistas tales como Ana Mercedes Hoyos o Luis Caballero, que me permitieron aprender lo que estaba pasando en el mundo del arte. Colombia ha producido un gran número de artistas líderes cuyas obras se ven regularmente en París o Nueva York y cuyos precios han subido en el mercado de subastas en un ciento por ciento desde 1981, cuando empecé a trabajar en el negocio de arte latinoamericano en Christie's de Nueva York. Si un óleo de Alejandro Obregón, Darío Morales o Enrique Grau se vendía en 10.000 dólares en esa época, era un buen precio. Hoy la misma pintura puede costar hasta 10 veces esa cifra.Visitar galerías de arte es parte importante de mi trabajo, y con el transcurso del tiempo, me siento feliz de decirlo, he hecho muchos buenos amigos. Cuando visité Bogotá por primera vez, los hermanos Quintana eran jóvenes comerciantes de arte y comenzamos una productiva relación de trabajo que hoy perdura. Alfred Wild ha sido fiel seguidor de nuestras subastas en Nueva York y muchas horas alegres pasé en su galería, observando las obras y estudiando sus últimos libros de arte. Siempre me ha impresionado la cantidad de buenas galerías que hay en Bogotá y la calidad del trabajo que se expone en espacios como la Garcés Velásquez, Diners o El Museo, que ofrecen al visitante un rango muy amplio de obras contemporáneas que hoy se están haciendo en Colombia.Fernando Botero es, por supuesto, el pintor colombiano más prominente y uno cuyo trabajo ha sido ampliamente expuesto a través de Europa y Estados Unidos. ¿Quién no ha visto las esculturas sobrenaturales marchando sobre los Campos Elíseos o Park Avenue? Sus exhibiciones de pintura van desde Berlín hasta Roma, de Buenos Aires a París y Nueva York. Su popularidad es uno de los fenómenos más fascinantes en el mundo del arte y una absoluta rareza para un artista latinoamericano. Ni Wilfredo Lam ni Matta, otros dos grandes maestros latinoamericanos, son representados en tantas colecciones privadas, sin mencionar los espacios públicos.Visitar Colombia y llegar a conocerla como tuve el privilegio de hacerlo, lo lleva a uno a entender a Botero y a saber qué es lo que alimenta su trabajo. La sutil pero penetrante atmósfera de misticismo, o ese algo un poco irreal, aquello que es casi imposible, que percibo en buena parte de la vida colombiana está plasmado en sus lienzos y cuando los veo, puedo exclamar de verdad: "¡Claro, por supuesto!".Esta visión encantada es tan solo una parte de Colombia, y con frecuencia es ignorada en medio de titulares sobre política, sobre economía y sobre tráfico de drogas. El hecho de que este país dinámico y volcado hacia el futuro avanza hacia la dirección correcta es evidente donde sea que uno vaya. La determinación del espíritu colombiano es un factor decisivo, un factor que le ha ayudado a esta viajera amante del arte a entender y apreciar este país y su gente. nLisa Palmer es la actual directora del departamento de arte latinoamericano de la más famosa casa de subastas del mundo, Christie's Inc. Nacida en Viena, Austria, la señora Palmer hoy es ciudadana de Estados Unidos y reside en Nueva York.
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