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| 6/30/1986 12:00:00 AM

VACACIONES Y DEPORTES

¿QUE HOTEL PREFIERE?
Cuando uno decide sus vacaciones, ya sabe qué hotel buscará. Hay quienes prefieren los grandes hoteles, esas moles gigantescas no sólo en Colombia sino en el exterior, donde proporcionan hasta el más tonto de los servicios y donde, obviamente, cobran por el más tonto de los servicios. Hoteles con varios restaurantes, con sitios en dónde baiiar, jugar, nadar, comprar ropa y joyas, cambiar dinero extranjero, mirar cine, escoger cualquier película en video, mandar a arreglar un smoking en menos de una hora, comunicación con cualquier punto del planeta, y en fin, auténticas ciudadelas que abastecen hasta el más insólito de los caprichos de los huéspedes. Esos enormes y caros hoteles que tienen toallas y vasos y cubiertos y papelería con monograma, objetos que los huéspedes saben que pueden llevarse porque, de todos modos, su costo ya está comprendido en la cuenta de gastos.
Hay quienes prefieren esos hoteles y gozan utilizando uno a uno todos sus servicios porque saben que jamás encontrarán un gesto ceñudo o recibirán una respuesta desagradable.
Otros turistas prefieren los hoteles más pequeños, esas pensiones con pocas habitaciones, donde generalmente son los dueños quienes atienden, con un servicio amable, con comida casera y con ciertas limitaciones que son obviadas por lo grato del ambiente.
En Colombia y el resto del mundo, existen los unos y los otros.
En numerosas ocasiones hemos escuchado cómo los turistas extranjeros quedan gratamente impresionados con nuestros hoteles: alaban no sólo sus tarifas razonables, no sólo su excelente comida (para nadie es un secreto que en Colombia se da una de las cocinas más auténticas y mejor sazonadas de Latinoamérica porque todavía no hemos sido atacados por el virus de los extranjerismos aguzados, esos que cambian los nombres y los ingredientes de los platos criollos porque sienten verguenza de los nombres reales), no sólo por su buena atención a los huéspedes sino también por la forma muy profesional como cada empleado, cada funcionario de esos hoteles cumple con su trabajo, y en esto hay que reconocer la labor que viene cumpliendo el SENA a través de su escuela de hotelería y turismo en la cual los jóvenes aprenden todo cuanto tienen que aprender para que un visitante se lleve una buena imagen del país: desde la colocación del pequeño cuchillo y el plato para la mantequilla hasta la forma como se le dice a un cliente beodo que está tumbando mesas y sillas que ya es demasiado tarde para ese escándalo.
De acuerdo con las condiciones económicas del turista dentro o fuera de Colombia, escoge el hotel, los servicios y las tarifas que quiera.
En Bogotá, Paipa, Tunja, Villa de Leyva, Cartagena, Medellín, Pasto, en todas esas ciudades grandes y pequeñas que reciben corrientes nacionales y extranjeras de visitantes, existen hoteles de los grandes, los medianos y los más pequeños.
Los pequeños hoteles tienen su encanto, no los de casas de familia que en Colombia abundan poco, aunque en ciertas zonas se acostumbra para vacaciones que las señoras hospeden en sus casas uno o dos estudiantes durante varias semanas sino esos hoteles pequeños, como los que funcionan cerca a las Ramblas, en Barcelona, hoteles de pocos pisos y pocas habitaciones, donde una sola mucama atiende varios cuartos, donde en el comedor, los desconocidos le hablan a uno, donde se organizan excursiones por la Costa Brava y reciben recados con agrado: esos hoteles pequeños de Barcelona, lo mismo que los de Roma (en el sector del Trastévere), o los de Cartagena, especialmente en Bocagrande, hoteles diminutos donde se desayuna con el dueño, o las posadas en Madrid o en San Sebastián, o esos hotelitos de Nueva York, no los que están en ruinas sino los que algunas asociaciones religiosas y humanitarias sostienen como ayuda a estudiantes y turistas de pocos recursos, con habitaciones pequeñas pero limpias, con sus televisores en blanco y negro, donde no se puede llamar a larga distancia desde la habitación sino que hay que salir al mostrador de la recepción: quizás en esos pequeños hoteles haya incomodidades pero el dinero ahorrado sirve para comprar regalos, discos, libros o tomar excursiones a otras ciudades, en busca de otros hoteles tan pequeños como esos.
En algunos países existen los paradores, generalmente sobre grandes autopistas, donde se pasa la noche y se sigue, tienen lo indispensable para dormir bien. Esos paradores han sido muy útiles, especialmente cuando las vacaciones se invierten en conducir la mayor parte del tiempo, devorando paisajes, comiendo a deshoras y buscando una almohada y agua caliente como sea.
Por supuesto que otra clase de turistas no quiere hoteles grandes, medianos o pequeños, tampoco paradores ni fondas al lado del camino (en regiones hospitalarias como Antioquia, los campesinos siguen ofreciendo su casa al primero que llega), porque tienen otra solución, cada vez más difundida: las carpas. Entonces, es delicioso viajar en grupo con otras personas y armar el campamento y organizar fogatas y siempre hay alguien que tiene una guitarra.
Cada uno busca el hotel que le vaya bien con su ánimo, con sus preferencias y también con sus gastos. Grande, pequeño, mediano, bajo techo o al aire libre, siempre hay una habitación, siempre hay agua caliente, siempre hay un plato servido.
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