Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1993/03/22 00:00

VALLE DEL CAUCA

VALLE DEL CAUCA

DULCES SUEñOS
SAN PEDRO Y SAN PABLO DEben esperar ese día con ansie dad. Y la verdad es que no es para menos, pues en Cali desde hace más de un siglo todos los 29 de junio la fiesta de los após toles se celebra con dulzura.
¿Dulzura en la región de la salsa y la rumba? Pues sí. Aquella fecha logra revelar toda la tradición azucarera de la región a través de las "macetas", esos palos de guadua decorados de arriba a abajo con delicadas figuritas de filigrana y enterrados en una matera de cerámica.
Los dictámenes de la tradición señalan que desde hace muchos años los padrinos entregaban a sus ahijados en Navidad, en su cumpleaños o en cualquier otra fecha especial, una maceta.
Según Oscar Gerardo Ramos secretario general de Asocaña e investigador dé la cultura del azúcar en el Valle y en el país, "como en toda tierra calentana a lo ancho del país se celebraban fiestas de dulcería en San Pedro y San Pablo o en el San Juan, en Cali se le antojó a un perencejo agraciar a su ahijado con un mazo de maguey todo salpicado con bombones de alfeñique en ese día de los benditos apóstoles o coincidió el regalo con ese día y como era costumbre en las tardes veraniegas subir a la loma de San Antonio, pues ese fulanito corrió cuesta bajo y cuesta arriba con su maguey de alfeñiques", desde entonces nació la tradición y las fiestas de las macetas.

ARTESANOS DEL AZúCAR
Pero esta costumbre no es sólo una fiesta. También es un arte porque detrás de estas diminutas figuritas de azúcar hay unas manos que con habilidad y sabiduría logran mezclar el arte y la artesanía e impregnar las calles caleñas del colorido e imaginación de las macetas vallecaucanas.
Se trata de hombres y mujeres del pueblo que dedican horas, días, semanas y meses enteros a juguetear con esa materia prima noble y flexible que es el azúcar. Ellos, desde que eran sólo niños, vieron a sus abuelas, a sus madres y a sus tías preparar con sabiduría y maestría estas figurillas. Desde entonces el olor, el sabor, las formas y la tradición se han convertido para ellos en sinónimo de infancia.
Porque en Cali nadie ha pasado su niñez sin corretear por la loma de San Antonio estas macetas que reflejan la cultura de un pueblo.
Cuando llegan las fiestas de San Pedro y San Pablo la ciudad se ilumina con el colorido de las figurillas y los dulces. La filigrana es la reina de esta feria santa y se hace sentir en toda su dimensión. Niños y grandes acuden a las macetas juegan con ellas y por un día conmemorar, quizá sin saberlo, una de las tradiciones más profundas de la región: la azucarera.
Entonces después de la preparación y después de la fiesta llega a los corazones de los artesanos esa dulce sensación que queda cuando la tradición se ha cumplido un año más.
La misma tradición que hace parte de una irrompible y antigua cultura azucarera que se teje alrededor de la vida vallecaucana, pues entre los mitos y las leyendas de las haciendas de la región surge siempre el denominador común del azúcar. El mismo denominador que se expresa en un trozo de caña de azúcar presente, incluso, en las horas más amargas de la historia del Valle.
De ahí que en las fiestas, en las frías, en las navidades o en los cumpleaños las macetas se conviertan en un granito de azúcar que hace parte del sabor azucarero de la región .
Una tradición que sólo se conoce en el Valle, que sólo se practica en el Valle y que nació sólo por el Valle.
Por eso, como afirma Oscar Gerardo Ramos "si el palito no fuese de guadua no sería maceta; si el mazo no fuese de maguey no sería maceta; si no ocurriera en San Pedro y San Pablo no sería maceta. Y si no fuese en Cali, no sería maceta".

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