Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1986/05/05 00:00

VALLE DEL CAUCA

VALLE DEL CAUCA

CALI, PERLA DEL VALLE
Quienes adoran los ritmos modernos sostienen que en Cali, más que en Nueva York o San Juan o La Habana o Panamá se baila mejor, se conoce más, se aprecia con más imaginación y alegría todo cuanto encierra el ritmo de la salsa. En Cali no sólo hay los mejores sitios para bailarla, no sólo están los mejores bailadores, no sólo se realizan los concursos más ruidosos y premiados sino que su población, alegre y dicharachera y dispuesta a aprovechar hasta el último segundo de los fines de semana y festivos, tiene una concepción muy personal sobre la salsa.
Para el caleño todas estas canciones que hablan de desamores y nostalgias y reencuentros, encierran también una filosofía, una actitud ante la vida, una forma de canalizar todos sus temores, todas sus frustraciones, todas sus ambiciones mientras en los bailaderos y casetas y sitios públicos la estridencia de la música es el símbolo de la cultura de un pueblo que ha sabido convertir su ciudad en una de las más alegres del continente. Por eso la Feria alcanza límites insospechados de jolgorio, por eso las mujeres a su acostumbrada alegría y sensualidad agregan el conocimiento casi demencial que tienen de la salsa y cada uno de los pasos de ese ritual que comienza cuando alguien descubre un rostro atractivo en medio de la muchedumbre.
Además de la salsa, Cali tiene en sus mujeres uno de sus símbolos inequívocos y vitales, esas mujeres que salen después de las cinco de la tarde a caminar, simplemente, a defenderse de la temperatura que en algunas épocas del año se vuelve insoportable. Las mujeres que se hallan entre la primeras de Colombia que ensayan e imponen las modas, no sólo en vestidos sino también en maquillajes y aderezos. Las mujeres que son inteligentes y empujadoras, y quienes desde hace muchos años vienen ocupando puestos de importancia dentro de la economía, la cultura, y toda clase de actividades nacionales.
Si alguien se pregunta por qué una ciudad como Cali y una región como el Valle han logrado avanzar tanto, progresa de esta forma, sólo tiene que detectar la forma como los caleños y los vallunos en general trabajan, miran la vida, gozan las oportunidades que se les presentan. Con alegría, con ese sentido del entusiasmo que caracteriza la mayoría de sus actos, con una carencia total de formalismos, esta gente encuentra siempre la oportunidad para la broma, la sonrisa, el golpe en la espalda, el apretón de manos y sobre todo, el querer compartir con los demás su convicción de que han vivido y viven en una tierra privilegiada, donde las cosechas son monstruosas, donde todo cuanto se siembra produce, donde el aire es más liviano y puro y donde los paisajes son el mejor marco para la belleza y alegría de sus mujeres, de todas las edades.

DE LA HISTORIA AL FUTURO
El actual presidente de Fedemetal y uno de los vallecaucanos más prestantes, Rodrigo Escobar Navia, escribió uno de los capítulos que formarán un libro sobre los 450 años de Cali, cuya edición correrá a cargo de Amigos 80, de la capital del Valle. Los siguientes son apartes del capítulo de Escobar Navia, donde recoge aspectos históricos y proyecta el desarrollo de la comunidad
"Aunque así parecen indicarlo las crónicas convencionales, no es cierto que la historia de esta ciudad, hecha por la gente de Cali para la gente de Cali, del Valle del Cauca, de Colombia y del mundo, hubiera comenzado desde la nada con don Sebastián de Belalcázar, don Miguel López Muñoz y los demás conquistadores y colonizadores españoles que vinieron con el Adelantado, o después de él. Como lo sabemos, también vitalmente, quienes llevamos con orgullo en nuestras venas las distintas sangres de los mestizajes que surgieran del abrazo de América, en el amanecer de nuestra historia formal. ¿Quiénes fueron los indígenas que, según Gustavo Arboleda, no sobrevivieron sino en un diez por ciento al choque con los conquistadores? ¿Qué culturas tenían? ¿Cuáles fueron sus creencias, instituciones, usos y costumbres? ¿Qué legado nos dejaron? ¿En dónde están sus obras, sus artes populares, el testimonio de sus afanes, recuerdos y aspiraciones?
Llegados ya a la cima de los primeros cuatrocientos cincuenta años de existencia de la ciudad, desde su fundación, tenemos que estimular y promover resueltamente la investigación necesaria para esclarecer, revivir, exaltar y reasumir nuestro vasto y hondo pretérito precolombino. Y preservarlo, enriquecerlo y enaltecerlo ante propios y extraños, a través de un concurso permanente sobre nuestra historia; de la organización de un bello museo sobre las diferentes etapas de la vida comunitaria y de la divulgación eficaz e ininterrumpida de los distintos aportes que concurrieron a la formación de nuestra propia identidad biológica, cultural e histórica".

"1536-1986. Cuatrocientos cincuenta años de historia. Es decir, de trabajo y de lucha. De vigilias, sueños y desvelos. A lo largo de los cuales se ha venido formando un pueblo con aportes humanos venidos de las más diversas partes del mundo y, más específicamente, desde luego, de lo que con el tiempo sería Colombia, para que ese pueblo, así constituido, levantara -piedra sobre piedra- su propia morada sobre la Tierra. Su versión de la cultura del hombre universal.
Sin embargo, da la sensación de que para muchos visitantes, espectadores, observadores y estudiosos, Cali no hubiera sido otra cosa que una lenta, progresiva y espléndida segregación de la magnífica naturaleza que parece envolverla, penetrarla y circundarla. Capital de un departamento con nombre de paisaje, es vista por los ojos que con más fuerza y ternura quisieron escrutarla, más como geografía que como historia, como contemplara Hegel a la América de su tiempo, en contraste con Europa. "Tierra buena, tierra grata, tierra que pone fin a nuestra pena", según uno de sus primeros cronistas españoles, don Juan de Castellanos. "Jardin de América", para el Libertador. "Cali, ciudad de las añosas palmas", conforme a la evocación de don Jorge Isaacs, que, como lo anotara don Mario Carvajal, fue "no sólo un cantor, sino un evangelista de su país, que como tal dio a nuestro paisaje categoría de valor ecuménico y lo incorporo a la geografía universal". "Un sueño atravesado por un río", al decir más reciente de Eduardo Carranza".

"Y a todas éstas, ¿cómo era Santiago de Cali?, se pregunta Alfonso Bonilla Aragón, en su hermososísima crónica titulada "Cali, pasión y poesía. Historia con un río al fondo". Pregunta a la cual contesta con esta bellísima descripción, que sólo podia salir de las luces de su pluma:
"Belalcázar, que no sabía leer pero sí fundar ciudades escogió para blando cabezal de la villa, la colina que más tarde se llamó San Antonio, en homenaje al santico Lisboeta de las esperanzas perdidas. A la siniestra, y después de vencer suaves alcores, hallaba la fundación límite en un río cristalino, bohemio y cantador El mismo que hoy parte del pecho febricitante a la moderna ciudad y que llevamos clavado en el corazón. Por el oriente, la villa avanzaba, más o menos compacta en su hacinamiento de ranchos pajizos, hasta lo que es hoy la calle 14, sitio donde quedaba la carnicería. Hacia abajo raleaban huertos y pesebreras hasta el Vallano, en tierras ejídales. Hacia el sur y en cuanto se descendia de San Antonio, se metia el caserío por la garganta de la lometa de la "Mano del Negro", para bajar a Vilachi y tomar luego zanjón abajo hasta perderse por caminos de ordeñadores en los caños y tremedales de "La Sardinera", o en rectitud geométrica hasta Santa Rosa. Partiendo de la plaza consagrada al Apóstol, que era a la vez ágora y mercado mayor, la ciudad fue trazada en rectángulos, de cada uno de los cuales eran propietarios cuatro vecinos de pro.
"Pocas eran las casas de tapia y teja. Las más de bahareque y techo pajizo, flanqueadas por cercas de guadua que a duras penas contenían el exuberante verdor de las arboledas domésticas".

"También fue Cali desde sus mocedades, y siguió siéndolo en el curso de su vida, como podemos vivirlo, admirarlo y agradecerlo de todo corazón en las páginas de este libro, una comunidad especialmente sensible a sus derechos -y, desde luego a sus obligaciones-, amante y defensora de la libertad y, como lo reconoce su himno, "precursora de la Independencia".
Virtudes que demostró generosamente, dando la sangre misma y la luz y los escasos haberes de sus gentes a tan nobles causas. Desde ese remoto 2 de enero de 1678, en que el Cabildo de la ciudad defendió con energía su propio fuero y los derechos civiles de la ciudadanía, al protestar sin vacilaciones contra la carta pastoral del señor obispo Bernardo de Quiroz, leída a los feligreses en la Iglesia de San Pedro, por el presbítero López de la Espada, en la cual se amenazaba con la pena de la excomunión a los fieles que prolongaran los festejos populares en las horas de la noche. Ante lo cual reaccionaron los ediles, quienes, según Arboleda, "sabían de memoria una serie de reales provisiones, que constaban en el archivo del Cabildo, entre ellas la que prevenía para que no se excomulgara por cosas livianas y la que prohibía al Obispo entrometerse en lo que los Concejos hicieren tocante a la República". Razón por la cual "el Cabildo se reunió para tratar de la pastoral", declarando que "Cali habia distrutado de paz completa en los últimos años y que ella continuaba inalterable"; que el prelado había sido "siniestramente informado", y concluyendo con una resolución para pedir al cura que no llevara a efecto la excomunión "o habría apelación ante el Rey y la Audiencia", pues se refería todo a un asunto profano, que no tocaba al fuero eclesiástico, ni a órdenes sacras, patronato, primicias, ofrendas, sepulturas, "ni a delitos contra la santa fe o contra la bula". Notificándose lo decidido "al señor López de la Espada, quien obedeció lo dispuesto por la Corporación Municipal".

"Rotos, como antes se dijo, el cuadro y las bases de la antigua comunidad y de los equilibrios estables sobre los cuales se afirmaran durante siglos su cohesión y su armonía se hizo cada día más perentoria la urgencia de colocar los fundamentos de la nueva ciudad, con el objeto de dar cabida y albergue a la inesperada población nueva que literalmente se la había tomado por asalto, desde dentro y desde fuera, de la noche a la mañana.
Fue esa la hazaña que la gente de Cali supo acometer y realizar con coraje, lucidez y perseverancia admirables, con especial conciencia y decisión a partir de 1960. Y muy deliberada, resuelta y eficazmente entre 1964 y 1971, cuando se corona la primera cima propuesta a las fuerzas jóvenes, antes dispersas, y a menudo contradictorias y hasta conflictivas, de la nueva población: la celebración de los VI Juegos Panamericanos, inaugurados por el presidente Misael Pastrana Borrero, el 30 de julio de 1971",

"Al llegar a la cumbre de sus primeros cuatrocientos cincuenta años de historia, Cali tiene, sin duda, muy significativas realizaciones que mostrar con satisfacción, ante el país y ante el mundo. En camDos de imDortancia. como la formación de un animus societatae, de un sentimiento y un gusto de la comunidad y de una vocación cívica que a mi juicio no tiene pares en el país de hoy. Lo que hace de ella la ciudad cívica de Colombia. El cultivo y el fomento de un deseo y de unas ganas de avanzar y de ascender sin duda excepcionales, y ello no solamente por la acción de los viejos caleños de nacimiento, sino y, muy especialmente, por el vigor y el empuje de quienes recorrieron todos los caminos señalados por la rosa de los vientos para venir a Cali, a abrirse con esfuerzo un puesto bajo el sol, en esta avanzada del desarrollo nacional. Lo que ha hecho de Cali la ciudad con mayor voluntad de progreso por centímetro cuadrado en todo el territorio nacional. La maduración de los liderazgos estratégicos para la movilización de la ciudadanía en los diferentes estadios de la evolución económica, social, cultural y política, así en la administración pública municipal y departamental, como en las instituciones sociales, las empresas productivas de todas clases (macro y microempresas, cooperativas, fondos y uniones de ahorro y crédito); las organizaciones populares; como las juntas de acción comunal, las asociaciones provivienda, las ligas de usuarios; y las innumerables y muy vitales sociedades deportivas, que en tan alta medida han ayudado a sembrar, a acendrar, a equilibrar, a multiplicar y a desarrollar la energía de los caleños de todos los orígenes. A sumarla, a desplegarla y a cultivarla en infinidad de empresas. A adiestrarlos en el trabajo en equipo. A enseñarles a convivir, a asociarse, a cooperar y a competir, a triunfar y a perder y, sobre todo, a trazarse metas colectivas cada vez más altas y a lograrlas con el esfuerzo de todos. Hasta convertir a los viejos moradores cotemplativos de la ciudad y del Valle del Cauca tradicionales, en los nuevos ciudadanos protagonistas de ahora, que nadie podría ni osaría desconocer, no sólo dentro, sino fuera de nuestras fronteras. Liderazgos que, sumados, han contribuido como pocas otras fuerzas a transformar a Cali en una comunidad activa. En una sociedad de empresarios y gentes emprendedoras, cuyos miembros se sienten socios gestores del interés común. Y en una democracia de participación. Hasta hacer de la nuestra la ciudad progresista de Colombia, entendiendo por ello la primera asociación de colombianos venidos de todas partes para confundirse con entusiasmo en esa máxima empresa de "industrialización y creación colectiva", en que, segun el profesor Fracoir Perroux, ha consistido siempre la hazaña del desarrollo de los pueblos. Que siempre ha sido hecha por el hombre y para el hombre y no por y para las cosas. Y por el hombre y para el hombre entendido y comprendido como parte viva de una comunidad viva y concreta, capaz de ser de verdad sujeto -y no objeto- de la historia".

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