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| 3/19/2001 12:00:00 AM

Veinte minutos

Es el tiempo promedio para atravesar la ciudad en Transmilenio.

Ocho y 15 de la mañana. Después de llevar a su hijo al jardín, Patricia Ortega se alista para comenzar su jornada como secretaria de programación en la Clínica Marly. Sale de su casa ubicada en Alamos, al noroccidente de Bogotá y toma una ruta alimentadora que la lleva en pocos minutos hasta el Portal de la calle 80, donde abordará uno de los buses de Transmilenio. Confundida entre los miles de pasajeros que llegan al sistema diariamente, Patricia recuerda que su hora de entrada a la clínica está sobre las 9:00 pero no parece inquietarse. Se han cerrado las puertas del enorme bus articulado y con el cupo completo, inicia su recorrido a través de la Troncal de la calle 80. De pie, junto a la ventana, Patricia recuerda cómo eran sus jornadas antes de que entrara en funcionamiento el sistema. “Tenía que salir hora y media antes y esperar una buseta que me llevara a Chapinero. El recorrido me tomaba entre 40 minutos y una hora y a veces tenía problemas con el transporte para esa parte de la ciudad”. Esta vez, se queda mirando los trancones interminables que se alargan cada vez más a lado y lado de la vía. De alguna manera se había acostumbrado a ellos pero ahora los va dejando atrás en un recorrido que termina al cabo de 20 minutos en la estación de la Avenida Caracas con calle 49. “Claro, los trancones siempre van a estar ahí, pero Transmilenio es la mejor manera de hacerles el quite. Una comienza a darse cuenta de que tiene un poco más de tiempo para todo”, dice. Entra por una estrecha puerta en la parte trasera de la clínica y después de marcar tarjeta se pierde por uno de los pasillos que dan al edificio principal.
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