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08 diciembre 2007

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Viaje a las tinieblas

seviciaNadie imagina todavía la magnitud de los crímenes atroces que cometieron los grupos paramilitares. Los descuartizamientos de personas vivas fueron numerosos. ¿Por qué se llegó a tanta inhumanidad?

Viaje a las tinieblas. Cien personas resultaron muertas en la masacre de Machuca, Antioquia (1998), perpetrada por la guerrilla del ELN
Cien personas resultaron muertas en la masacre de Machuca, Antioquia (1998), perpetrada por la guerrilla del ELN

Recuadros

Pueblos arrasados

El 18 de febrero de 2000 un vallenato empezó a retumbar en las calles de El Salado, en el Carmen de Bolívar, pero no había motivo para bailar. Sonaba como el fondo musical de una escena macabra protagonizada por un grupo de hombres de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu). Arribaron vestidos de camuflado, portando armas de diferentes calibres y comandados por Rodrigo Mercado Peluffo, alias 'Cadena'. Concentraron a la población en la cancha del pueblo y la sometieron a todo tipo de vejámenes. Asesinaron, lentamente, con sevicia, a 38 personas, incluida una niña de 6 años llamada Helen. A la mayoría de las víctimas, aún vivas, les cercenaron las extremidades. Las degollaron y, aunque no hacía falta, les propinaron tiros de gracia. "Es falso que esa gente haya sido molida a garrotazos. Cuando se usaba el mazo lo que se hacía era arrodillar a la persona y se le daba un solo golpe duro y seco en la frente. Igual que se sacrifican los marranos", dice Francisco Villalba, un paramilitar condenado por la masacre de El Aro, Antioquia, quien afirma que el mazo se usó para ahorrar munición y evitar ensuciarse con la sangre de la víctima. Asegura además que en otros casos las víctimas eran puestas de pie entre una columna de llantas a la que se rociaba gasolina y se le prendía fuego. "Esa candela coge mucha fuerza y no quedan sino los dientes de la persona", recuerda. En las masacres de El Salado, Macayepo y Chengue, en la zona de Montes de María, los paras utilizaron los métodos más crueles. La masacre arrasa con la vida, la cultura, la memoria, el orden, las costumbres y las propiedades de las personas. El miedo se queda a vivir para siempre entre quienes han sobrevivido a ellas.

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JUEGO MACABRO

Desarmando cuerpos

"Palada y media" es la expresión acuñada por los paras para referirse a la profundidad del hoyo necesario para sepultar a una víctima descuartizada. El descuartizamiento es quizá la práctica atroz más generalizada en el país, al punto de que cualquier paramilitar entendía lo que iba a ocurrir cuando se ordenaba cavar una 'palada y media'. A lo largo del país, la Fiscalía ha encontrado cientos de cuerpos que fueron mutilados. Y no hay duda que en algunos casos no se usó el machete. "Los cortes con motosierra se han comprobado al analizar los huesos y las prendas encontradas en muchas fosas", afirma Juan Carlos López, coordinador de exhumaciones de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía. Fragmentar el cuerpo ofrece una escena siniestra e innombrable: no se descuartiza el cuerpo inerte, se descuartiza a la persona viva. Es la materialización del horror. En Putumayo, donde se han encontrado 231 cadáveres en fosas, hizo carrera Juan Carlos de la Cruz Mozo, alias el 'Profe', un paramilitar de 34 años que luce tatuajes de santos en sus brazos y es experto en descuartizar y torturar a seres humanos. Sus macabras 'lecciones' quedaron registradas en fotografías que circularon entre los paramilitares de la zona. Las autoridades tienen en su poder una fotografía tomada en junio pasado en la que el 'Profe' está descuartizando a Jhon Moreno, un joven de 22 años habitante de La Hormiga, Putumayo. Tres meses después, el paramilitar fue capturado y actualmente es acusado de por lo menos 50 crímenes.

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Descuartizamiento

Carnadas humanas

Según varios testimonios, algunos paramilitares habrían usado caimanes y otros animales feroces para eliminar a sus víctimas. Sin embargo, la Fiscalía no ha encontrado nada que lo pruebe. Un paramilitar desmovilizado del Bloque Central Bolívar asegura que Camilo Morantes, quien fuera comandante de las autodefensas en el sur de Bolívar, después de arrastrar a sus víctimas atadas a un campero, las lanzaba moribundas a un pozo con caimanes. El paramilitar Francisco Villalba le da credibilidad a la versión y sostiene que muchas veces escuchó que el pozo de Morantes quedaba en San Rafael de Lebrija, Santander. "Se decía que eso también pasaba en la finca El Palmar, de 'Cadena' (Rodrigo Mercado Peluffo). Que echaban a la gente como alimento de esos animales. No es raro porque 'Cadena' era un matarife. Así se ahorraba el tiro", dice. Hace ocho años SEMANA visitó un campamento paramilitar en Terán, Cundinamarca, donde había una especie de cadalso sobre un gran hormiguero, y rodeado de vasijas con melaza. El comandante paramilitar de la zona aseguró que en ocasiones embadurnaba a sus víctimas con la miel, las encadenaba y dejaba que las hormigas las devoraran. "Tardan dos o tres días en morirse", aseguró.

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Víctimas alimento de caimanes

Cementerios de agua y piedra

Los paramilitares que actuaron en las zonas rurales están seguros de algo. Afirman sin titubeos que el número de personas que terminaron en los ríos es superior a los muertos sepultados en fosas comunes. "Si le sacaran el agua al río Magdalena, encontrarían el cementerio más grande del país", dijo el jefe paramilitar Éver Velosa, alias 'H.H'. El país nunca conocerá la dimensión de esta práctica. Y las familias de las víctimas ni siquiera podrán recuperar los restos de sus seres queridos. No todos los cuerpos se hundieron. Muchos salieron a flote, pero apenas el año pasado se empezó a llevar una estadística de ellos. En 2006 se rescataron 206 cadáveres de las aguas de ríos, arroyos y humedales. Una tercera parte habían sido asesinados con armas de fuego, 36 con machetes y puñales, 13 a golpes, y 11 estrangulados. Del resto, no se tiene información. La proporción de muertes en los ríos es mucho mayor en los años aciagos de la arremetida paramilitar. Los propios desmovilizados señalan los ríos Magdalena, Catatumbo, Cauca, Meta y Putumayo como enormes fosas. Los ríos aseguran la total desaparición. No dejan huella ni evidencia, pues a las víctimas se les abría el tórax "como un bolso" para lograr que se hundieran rápido, y a otros les extraían los intestinos para llenar de piedras el cuerpo y garantizar que se hundieran para siempre. Sin cuerpo no hay delito. Sólo pánico e impunidad.

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La bragueta y Desaparecidos

Crímenes invisibles

"Dígale que cuando las desocupe se las devuelvo", esa fue la respuesta que envió el comandante Freddy Salgado, alias 'Careloco', a Gladys Prieto cuando le preguntó dónde y en qué condiciones estaban sus dos niñas. Las hijas de Gladys fueron raptadas por los paramilitares el 24 de octubre de 1999 en La Corporación, Meta. Nayiber Verónica, de 17 años, y Keni Johanna, de 19, nunca más volvieron a encontrarse con su madre. Hace un mes Gladys recibió dos pequeños cofres con los restos de sus hijas halladas en una fosa en Mapiripán, Meta. Las muchachas fueron violadas y asesinadas por 'Careloco' y sus hombres. La violencia sexual es el crimen rey de la impunidad. De las más de 80.000 denuncias que tiene la Fiscalía contra los paramilitares, apenas 21 se refieren a violación de mujeres. Sin embargo, por los relatos de las víctimas, se proyecta que esta práctica fue generalizada. La falta de denuncia, más que un obstáculo, es la constante en este crimen que deja una cicatriz profunda en la dignidad de las víctimas, que prefieren guardar silencio. Temen ser señaladas y estigmatizadas por sus comunidades y rechazadas o culpadas por sus familiares más cercanos. Pero también la impunidad se debe a que la justicia no está preparada para investigar y penalizar éste como un crimen de guerra.

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Sevicia contra una familia

Rituales de sangre

La violencia, sus métodos y sus excesos encuentran en la imaginación humana el mejor insumo. Siempre es posible ir más allá. En Caracol, Arauca, el paramilitar Andrés Darío Cervantes, alias 'Chichi', detuvo a un hombre señalado de ser ladrón, le cortó una oreja y lo amarró por varias horas a un árbol. Luego lo desató y le dijo que corriera sin parar, si quería salvar su vida. El hombre alcanzó a correr unos cuantos metros, antes de que le dispararan una ráfaga por la espalda. Otros ex combatientes aseguran que en algunas oportunidades, luego de descuartizar "al enemigo", el comandante les hacía beber la sangre de sus víctimas y comer "tiritas de carne". Muchos de estos rituales se hacían para matar la sensibilidad de los combatientes más jóvenes, que con frecuencia eran niños. Los excesos que relacionan los paras en sus relatos no tienen límite. Varios coinciden en que un procedimiento conocido como la 'crucifixión' era un método eficaz para recabar información entre los infiltrados. La crucifixión consiste en taladrar de lado a lado un punto en la coyuntura del hombro, por allí se pasa un alambre que permite elevar a la persona y "cuando está así guindada, se le taladra de a poco todo el cuerpo, menos la lengua, para que pueda hablar. Al final se muere ahí adolorido y desangrado". Cuando se tiene licencia para matar, la imaginación se pone al servicio de la barbarie.

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'La vigilada'

Hombres crucificados a los que les taladran los huesos, personas que son quemadas vivas en piras hechas con llantas de carros, cepos rodeados de hormigas devoradoras que pueden matar lentamente a un ser humano, gente que es cortada literalmente en pedazos, antes de morir. Parecen cuentos de espanto, pero no lo son. Se trata de confesiones de paramilitares que están hablando ante los fiscales de Justicia y Paz, o de historias que relatan a viva voz las víctimas.

La magnitud de lo que se vivió en las dos décadas pasadas, y que quizá aún está ocurriendo, rebasa todo lo imaginado sobre la servicia y el horror. Incluso, supera en gran escala las atrocidades vividas durante la Violencia de los años 50, período que aún es un trauma sin completa superación. En el peor momento de esa violencia, el país llegó a tener 36 homicidios por cada 100.000 habitantes. Hace menos de una década, en pleno auge paramilitar, la tasa llegó a ser de 63. Como a los bandoleros de aquella época, a los paramilitares no les bastaba con matar. Querían marcar su territorio con sangre, y dejar una huella que se recordara por siempre en las poblaciones que atacaron.

¿Puede la ideología contrainsurgente explicar tanta sevicia? ¿Qué motivó tantos excesos? ¿Por qué necesitaban matar y contramatar?

Quienes actúan en la guerra siempre están movidos por una mezcla de razones, intereses y sentimientos. Razones que con frecuencia son discursos ideológicos que justifican sus actos, intereses económicos o políticos, y emociones que desatan el instinto destructivo que anida en los humanos.

Los analistas coinciden en que las masacres, por ejemplo, son típicas de las guerras civiles, y su razón de ser es la conquista de un territorio, a través de la expulsión de su población. La masacre se hace para matar, pero también para despojar. En Colombia todos los grupos armados han masacrado a civiles. Las Farc lo han hecho cuando se disputan un territorio a muerte con los paramilitares. Ejemplos de ello fueron la matanzas de la Chinita (1994), en Urabá, donde murieron 35 personas; la de La Gabarra (2003), en Norte de Santander, donde fueron asesinados 32 recolectores de hoja de coca, y la de San Francisco (2004), Arauca, donde además de 14 adultos, les dieron muerte a cuatro niños.

Pero quienes hicieron de las matanzas una práctica sistemática fueron las autodefensas. La expansión paramilitar a finales de los años 90 tuvo su pico más alto entre 1999 y el año 2000, justo cuando el país se embarcaba en un proceso de paz con las Farc en el Caguán. En este período las autodefensas cometieron una masacre cada dos días. Más de 200 en un año. La estigmatización que había sobre pueblos enteros como bases de la guerrilla, hizo que fueran indiscriminadas y más atroces. En las peores solía haber una carga de venganza y castigo. Una de las más recordadas será por siempre la ocurrida en 1988 en Segovia, Antioquia, donde los hombres de Fidel Castaño -fundador de los grupos paramilitares- entraron a la plaza del pueblo y dispararon contra todos quienes se encontraron. La razón, según se dijo, era que las Farc le habían robado ganado al jefe paramilitar.

Con frecuencia muchos señores de la guerra castigan a la población por los actos atroces que cometen los guerrilleros. Así también se ha explicado la sevicia que usó el paramilitar Rodrigo Peluffo, 'Cadena' en Sucre. En las masacres de Chengue, Salado, Macayepo y Pichilín se usó el garrote para matar. 'Cadena' era un hombre conocido en toda la región, había sido víctima de la guerrilla, empezó como informante de las Fuerzas Armadas, hasta que se puso al servicio de terratenientes de la Costa que, asolados por el secuestro y la extorsión, decidieron aplicar la infame consigna de 'quitarle el agua al pez'. La crueldad de 'Cadena' no tuvo límites con sus propios vecinos y conocidos.

Pero si las masacres se explican por la disputa de territorio, ¿qué lógica tienen la tortura, la violación y el descuartizamiento? Sicólogos y antropólogos creen que la sevicia nace del odio. A pesar de que muchas personas no creen que en la guerra colombiana el odio sea una motivación para matar, lo que cada día encuentran los fiscales de Justicia y Paz demuestra lo contrario. Si bien no es un odio étnico, o religioso, sí es un sentimiento que mueve a la crueldad y que convierte a la víctima en menos que una presa de caza.

Las personas que fueron blanco del odio paramilitar (y que siguen siéndolo de grupos emergentes y de la guerrilla) fueron opositores políticos; imaginarios o reales colaboradores de la guerrilla; personas que a los ojos del sistema autoritario paramilitar no merecían vivir: el ladrón, el drogadicto, el homosexual. Y con mucha frecuencia, los peores episodios de violencia se cometieron contra hombres de sus propias tropas que habían traicionado al grupo o a sus jefes de alguna manera. A esos, se les infligían los peores castigos. Quizá porque, como dice el historiador canadiense Michael Ignatieff, "no hay guerra más salvaje que la civil, ni crimen más violento que el fratricidio, ni odio más implacable que el de los parientes cercanos".

El caldo de cultivo de ese odio era también la disputa de territorios. En la medida en que uno de los grupos armados no tenía el control completo de una zona, temía ser atacado. "Eso genera una profunda inseguridad y se convierte en un miedo que en condiciones de guerra puede alcanzar dimensiones de pánico y transformarse en odio profundo", dice el profesor de la Universidad de los Andes Iván Orozco. Pero el odio también es un sentimiento alimentado por los prejuicios y que en ocasiones se legitima desde las instancias de poder.

Sólo por el odio es posible interpretar prácticas como la tortura, que no siempre se ha usado como un instrumento para obtener información, sino como un fin en sí mismo. Como una manera de degradar la víctima al máximo. Similar análisis se puede hacer con el abuso sexual a las mujeres, que hería no sólo el cuerpo sino la dignidad de ellas y sus familias, al punto que el tema de las violaciones se ha vuelto innombrable en el proceso de Justicia y Paz.

El descuartizamiento de personas vivas, algo que muchos creían episódico, ha resultado ser realmente una práctica común entre los paramilitares. Destrozar los cuerpos, con machete o motosierra, tenía un triple objetivo. Primero, desaparecer a la víctima física y simbólicamente. Segundo, era utilizada con frecuencia como un ritual de iniciación para los combatientes jóvenes. A través de esta práctica macabra se mataba la sensibilidad de los muchachos que ingresaban a las filas paramilitares. Por último, tenía una explicación práctica: el esfuerzo para cavar la fosa es menor si el cuerpo está partido. Basta con un hueco de unos 60 centímetros para depositar allí un ser humano despedazado.

A diferencia de las fosas que van a ras de la tierra, el daño que se ha hecho con la desaparición de los cuerpos de las víctimas es profundo. Sin cuerpo no hay duelo. Y sin duelo se abre una grieta enorme en el alma de las comunidades. Los cadáveres insepultos son un trauma colectivo difícil de superar. La búsqueda de fosas y el conocimiento de la verdad son apenas el principio de la reparación. Pero sólo eso, el principio.
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