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| 4/8/2002 12:00:00 AM

Vida de película

Se codeaba con estrellas de Hollywood pero terminó acusado de estafa mientras predicaba el Evangelio. La historia de Marino Restrepo es la de un ángel o un demonio.

Esta es la historia de un camaleón. De un hombre de provincia que se hizo hippie como muchos jóvenes de su generación, pero no se quedó en el discurso de amor y paz sino que lo utilizó para catapultarse en la hermética sociedad bogotana. De un personaje de bajo perfil en Colombia que llegó a vivir como un príncipe en Los Angeles y a codearse en barbecues caseros con algunos de los más reconocidos actores de Hollywood. De un prófugo de las autoridades de inmigración de Estados Unidos que después de un secuestro en su pueblo natal tuvo una experiencia de Dios que le cambió la vida. De un colombiano al que sus detractores consideran un desalmado Rasputín y sus seguidores, un mensajero de la palabra divina. De un fugitivo al que las autoridades federales de Estados Unidos capturaron el pasado 17 de enero por los cargos de fraude en pasaportes e inmigración ilegal a ese país. De alguien que se presenta como actor, cantautor y escritor, mientras lee la Biblia y aguarda que un juez le dicte una condena el próximo 10 de mayo. ¿Quién es en realidad Marino Restrepo Hernández? ¿Un ángel o un demonio?

Marino Restrepo Hernández apareció en escena en el cruce de años de finales de la década de los 60 y comienzos de la de los 70. Era un joven de provincia que había nacido en Anserma, Caldas, en una numerosa familia paisa. En esa época de minifaldas, marihuana, amor libre, radicalismos de izquierda de todos los matices y todos los demás ismos, Marino se movía como pez en el agua en el mundo de los hippies, el grupo más demonizado y el que más diatribas soportaba por parte del establecimiento de la época. A Marino lo vieron en compañía de hippies del combo de la 85 de Bogotá, donde funcionaba el teatro Almirante, uno de los iconos de ese momento, y en un refugio para pescadores, donde se encuentran los ríos Manso y La Miel, una zona de peregrinación para los jóvenes de entonces que iban a buscar hongos para abrir las puertas de la percepción.

Por esos años también lo recuerdan como un asiduo visitante del ya mítico Parque de la 60, un enclave en el tradicional barrio bogotano de Chapinero, que los hippies pelilargos convirtieron en un punto de encuentro en la ciudad para su aventura cósmica. En ese sitio se reunían para permitir que se amalgamaran sin problema, a la sombra de los árboles y entre inagotables cachos de la mejor marihuana del mundo, la irreverente poesía de los nadaístas más furibundos y las ideas gnósticas del profeta acuariano Samael Aun Weor. En ese ambiente Marino era uno más, pero algún destello de algo debió tener entonces porque la gente lo recuerda como un tipo chévere, alguien dotado de un magnetismo especial que sabía encarretar con sus cuentos a los demás. “El era un ángel”, dice con un dejo de nostalgia, y sin que estas palabras tengan alguna connotación religiosa, una de las personas que lo conoció por esos años.

Ese encanto inexplicable, esas buenas vibraciones que emanaba, le sirvieron para conquistar a una niña linda y distinguida, que como tantas otras de su generación se habían dejado seducir por los aires de rebeldía que rodeaban como un aura al movimiento hippie. La joven se llamaba Patricia Sus Pastrana y era sobrina del presidente Misael Pastrana Borrero. La relación de Marino y Patricia fue un escándalo de sociedad que alcanzó ribetes de cataclismo cuando se fueron a vivir en unión libre. Allegados a la pareja dicen que para acabar con las habladurías el presidente Pastrana los obligó a casarse por lo civil y envió a su sobrina a un cargo diplomático en Hamburgo, Alemania. Este matrimonio y el viaje posterior serían decisivos en la vida de Marino. Allí aprendió a hablar alemán y, según dice ahora, estudió música.



Zonas grises

El matrimonio tuvo dos hijos, pero eso no impidió que la relación se acabara en un tiempo relativamente corto. Luego vino una etapa en la vida de Marino con muchas zonas grises. Hechos sueltos, como brochazos aislados en un lienzo, que no permiten retratar con exactitud el desarrollo que tuvo el ex hippie caldense. Se sabe, por ejemplo, que en 1974 fue detenido en el aeropuerto de Miami con dos kilos de cocaína. Una persona que lo visitó por los días de este incidente recuerda que “se veía muy mal”. El personaje pagó una fianza de 75.000 dólares para que lo dejaran salir y desapareció de Estados Unidos. Una semana después algunos de sus conocidos lo vieron en Colombia. En 1976 fue arrestado de nuevo con cocaína en la misma ciudad y no se volvió a saber de él por un tiempo. Las autoridades nacionales lo referenciaron una vez más sólo hasta febrero de 1983, cuando aparece una anotación judicial a su nombre, no se sabe porqué hecho, en el juzgado primero penal de Villavicencio.

A mediados de la década de los 80 el Marino hippie había desaparecido y le había dado paso a un hombre de mundo que se codeaba con las estrellas de Hollywood. Un colombiano que tuvo negocios con él recuerda que en esa época descrestaba con mucha facilidad a sus conocidos porque vivía en Malibú, en una casa arrendada por entre 3.000 y 5.000 dólares, y uno de sus vecinos más cercanos era el cantante Johnny Carson. Esto eran ligas mayores pues la residencia que compró Carson en 1983 había costado 10 millones de dólares de ese entonces. Era la casa más cara que se había vendido en Los Angeles hasta ese momento.

Con vecinos de esta clase e invitados como el cantante inglés Elton John en su propio hogar, Marino no tenía pierde. “Por todo eso pensaba que él era serio y le entregué 45.000 dólares para hacer un negocio de música”, dice este colombiano que vio cómo su inversión se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Meses después logró recuperar una parte del dinero. Marino no aprendió la lección y en cuestión de pocos años tuvo problemas muy serios en Estados Unidos por captar grandes cantidades de dinero para invertirlos en negocios de papel.

En los 90 Marino todavía era un rey en Hollywood. Se presentaba como un hombre de negocios, un empresario en busca de oportunidades de inversión. No era ostentoso, se vestía en forma casual, pero por sus actitudes era evidente que le gustaban la buena vida y las comodidades. Vivía en Beverly Hills, en el 1730 de San Isidro Drive, en una casa de no menos de 600.000 dólares, manejaba un BMW blanco y se permitía pagar cuentas en restaurantes de entre 1.000 y 1.500 dólares. Sus almuerzos y cenas eran tan costosos porque en la mayoría de los casos estaban acompañados por las botellas transparentes de Cristal de Louis Roederer, una de las champañas más exclusivas en Estados Unidos.

Sus conocidos lo veían siempre en compañía de actores y gente de la industria cinematográfica. Se comentaba que había sido novio de Victoria Sellers, la hija del actor Peter Sellers el protagonista de la clásica película La fiesta inolvidable, y que el irascible Jack Nicholson, el actor de El resplandor y Hombre lobo, lo invitaba a departir a manteles en su propia mesa. El propio Marino sazonaba aún más esta historia casi cinematográfica con los relatos de su asidua participación en los barbecues que organizaba en su casa la actriz Anjelica Huston, la protagonista de películas como Los locos Adams y El honor de los Prizzi, entre otras.

El colombiano también llamaba la atención porque era un poco excéntrico a los ojos de quienes lo rodeaban. Hacía yoga, hablaba tres idiomas, cantaba en una banda llamada Santa Fe, organizaba conciertos a los que asistían estrellas de Hollywood y de vez en cuando decía cosas como que un día cualquiera iba en su carro, había parado en un semáforo, mirado hacia el cielo y había visto un ángel. “Tenía mucho carisma”, recuerda una colombiana que vive en Los Angeles y perdió su casa, su carro, su trabajo, su dinero y a su esposo por los enredados negocios que estableció con Marino en esa época. Todavía se siente dolor en sus palabras cuando dice que este personaje la “dejó en la quiebra, en la inopia, me quitó todo lo que tenía”.



Danza de los millones

Con la imagen de hombre de negocios que se forjó, reforzada con la conveniente narración de sus vínculos con la familia del presidente Misael Pastrana, y aprovechando la codicia de las personas que contactó, Marino organizó entre 1992 y 1996 una serie de negocios millonarios con un esquema muy sencillo. El colombiano consiguió inversionistas a los que les prometió devolverles su dinero entre tres y seis meses después, con una rentabilidad de entre 15 y 50 por ciento, libre de impuestos. La oportunidad de conseguir dinero rápido atrajo a muchos incautos que mordieron el anzuelo y sucumbieron a su propia ambición.

A unos, entre los que se encontraba la actriz Helena Kallianoites, el colombiano los convenció de invertir en las minas de esmeraldas en Muzo. A otros, que no tenían ninguna relación con los anteriores, les propuso participar en la comercialización y venta de música del género acid jazz y de mercancía de películas como Jurassic Park, Los locos Adams, El Rey León, Mario Bros y Batman. A estos últimos les dijo que podía obtener productos de películas de compañías como Walt Disney, Warner Bros y Amblin Entertainment a muy buen precio, entre dos y cuatro dólares, para revenderlos por el doble en Alemania. En este país supuestamente se los compraría una supertienda llamada Karstad Atkiengesselschaft, que iba a distribuirlos allá y en otros lugares de Europa.

Durante algún tiempo el negocio se movió porque los inversionistas invitaban a más personas a participar en el mismo y el dinero de entrada de los nuevos era utilizado para pagar los intereses de los antiguos. Cuando Marino no pagaba los intereses con puntualidad o le rebotaban los cheques que giraba les decía a quienes le habían confiado su dinero que no se preocuparan. Que sus dólares estaban siendo reinvertidos en la compra de letras y líneas de crédito en el prestigioso Bank of America para poder satisfacer la demanda de mercancía de Alemania. Para poder mantener esta fachada Marino trabajó en llave con Linda Ortega, una empleada del banco. Salvador Magana, uno de los inversionistas en el negocio de la mercancía, se reunió ocho veces entre 1993 y 1995 con Marino y con Ortega para averiguar por su plata y siempre le dijeron que no tenía que preocuparse por nada, que todo iba viento en popa. Nadie se inquietó ni indagó más en el asunto. Esta facilidad de Marino para comerse a cuento a la gente no sorprende a una abogada que lo conoció: “Es un tipo inteligente, encantador y divertido. Un engatusador de una gran magnitud. Transa y trama a cualquiera. Engaña al que sea”.

En 1996 el dorado que había prometido Marino se desmoronó y quedó al descubierto que las dos líneas de inversión del colombiano no eran más que un oropel. En marzo de ese año Helena Kallianoites lo demandó. Cuando Marino atravesaba su etapa de hippie en Colombia esta actriz ya había rodado la película Five Easy Pieces junto a Jack Nicholson. En Hollywood todos la conocen no por su carrera sino por ser la amiga y confidente de este actor. Su cercanía no es cuento pues la Kallianoites vive en una de las tres casas del 12900 de Mulholland Drive, un conjunto donde sus dos únicos vecinos son Nicholson y el no menos famoso Marlon Brando. Para hacer más sólida su demanda la actriz contrató al detective Frank Monte, fundador y dueño de la compañía Monte Investigation Group, para que sacara a la luz el verdadero estado financiero de Marino.

Monte, un italonorteamericano que trabajó para el asesinado diseñador Gianni Versace, terminó de pelea con la Kallianoites por razones no muy claras. Monte dijo en un artículo, publicado en noviembre de ese año en el Daily News de Nueva York, que él le había hecho un seguimiento al dinero de la actriz y de sus amigos Nicholson y Brando hasta unas cuentas en Suiza y Colombia. Kallianoites no se quedó quieta y contrató a la agencia Maas and Associates para que investigara a fondo a Marino Restrepo. El resultado fue un documento de 10 páginas con un prontuario impresionante, que incluía seis alias diferentes y referencias a presuntas actividades delictivas continuadas entre 1975 y 1989. La actriz logró que las autoridades embargaran la casa del colombiano en Beverly Hills por un millón de dólares. El lío que causó la amiga de Nicholson comenzó a preocupar a Marino. Este le dijo a Claudia Eastman, otra de las inversionistas afectadas, que él podía ir a la cárcel si Helena y otros seguían hablando de las pérdidas de las minas.



Escape de Los Angeles

En agosto de 1996 algunos de los inversionistas en el negocio de las mercancías se enteraron de la demanda de la Kallianoites por los 1,4 millones de dólares que le había entregado a Marino y comenzaron a preocuparse por la suerte que podía correr su dinero. Mientras tanto Marino, como recuerda una colombiana que terminó enredada en sus cuentos, lo “único que hacía era llorar para que le dieran más dinero”. Así pasó otro año. En 1997 Marino le pidió ayuda a esta misma mujer para evadir tanto a las autoridades, él decía que los del Internal Revenue Service (IRS) lo tenían en la mira, como a los inversionistas que lo acosaban. Ella le ayudó a desocupar la casa y le pagó con sus tarjetas de crédito el alojamiento en hoteles de la ciudad. ¿Por qué lo hizo? “Porque tenía la esperanza de recuperar mi dinero. El me dijo que tenía 18 millones de dólares en cuentas en Europa”, dice esta persona que no duda en calificar a Marino de ser un auténtico Maquiavelo.

Por esa época el colombiano no era ni la sombra de lo que había sido en el pasado. Andaba casi todo el tiempo sucio, mal vestido y con sandalias. El 8 de diciembre de 1997, según las autoridades de Estados Unidos, Marino Restrepo solicitó un pasaporte estadounidense a nombre de Mark Steven Knigth. Tres días después las autoridades de inmigración colombianas registraron el ingreso de Marino al país en el vuelo 391. El 25 de diciembre del mismo año, a las 11 de la noche, cinco hombres armados con fusiles lo secuestraron en la finca La Siria, en la zona rural del municipio de Anserma. En la acción se llevaron también a uno de sus sobrinos, al que liberaron al día siguiente en La Virginia, Risaralda.

Marino dice que lo raptaron delincuentes comunes que luego lo vendieron a las Farc. Los guerrilleros lo tuvieron en su poder seis meses, al cabo de los cuales lo liberaron previo pago de un millón de dólares. Fue un golpe duro para un hombre cuya madre había muerto recientemente sin superar la pena que le produjo el suicidio de uno de sus hijos y la misteriosa desaparición de otro en algún lugar del Caribe. Durante la dolorosa experiencia del secuestro Marino tuvo una visión que para él fue como la luz que tumbó a Saulo camino de Damasco y lo convirtió en San Pablo. Según cuenta, a los 47 años, en medio de su cautiverio, Dios le habló y le dijo: “Te voy a mostrar el momento en que empezaste a alejarte de mí”. Luego el Señor le habló de la evolución espiritual del hombre y de otros misterios divinos. El ex hippie, ex rey de Hollywood, ex comerciante, se arrepintió, se convirtió y durante dos años y medio se guardó para sí mismo su encuentro con Dios.

Durante gran parte de este tiempo Marino vivió en Bogotá en la casa del publicista Juan Carlos Contreras, un hombre joven que tiene las mejores referencias personales y familiares de él desde hace por lo menos 20 años. “Es una excelente persona. Tuvo mucho dinero. Es la persona más decente que uno puede conocer en la vida”, dice Contreras con vehemencia. Alega también que mientras estuvo en su hogar Marino jamás le pidió dinero y le decía que se mantenía de las regalías de las canciones que le seguían llegando de Estados Unidos. A manera de ejemplo de su honestidad y transparencia cuenta que cuando necesitaba hacer una llamada, así fuera local, salía a alguna tienda cercana a tomarse un tinto y marcaba desde un teléfono público. Una señora que vive en la casa de Contreras, a la que Marino alojó durante dos años en Los Angeles y le ayudó económicamente, se refiere a él como “un ser excepcional. La vida le está cobrando los errores que ha cometido. Ahora está en los caminos del Señor, está purificándose”. Para ella la prueba de esto es que durante su estancia en la casa sólo lo vio leer la Biblia, rezar el rosario e ir a misa.

De testimonios y caidas

En 1999 tres inversionistas que habían perdido 800.000 dólares con Marino Restrepo lo demandaron en Estados Unidos por conspiración civil, fraude y engaño y daño emocional intencionado. Ese mismo año el personaje en mención inició su actividad testimonial, evangelizadora y predicadora en Colombia. En reuniones caseras o en conferencias a las que era invitado contaba que había tenido una vida pasada totalmente materialista, que había descubierto a Dios durante su secuestro y que se había transformado. “Parece ser que este encuentro con Dios me cambió todo en una forma impresionante. Cuando volví al mundo a hacer las mismas cosas que hacía antes me di cuenta que ya no era lo mismo; todo había cambiado. Mi vida social en Hollywood, por ejemplo, se murió”, dijo Marino durante una entrevista para televisión con el padre jesuita Rafael Vall-Serra, director de Evangelio Comunicado (Ecom), que tuvo lugar en noviembre de 2000. Ecom es un programa educativo de la Compañía de Jesús que hace y difunde videos de evangelización para 90.000 estudiantes en Colombia y 120.000 en Ecuador.

El padre Vall-Serra no es el único religioso que piensa que Marino tuvo una experiencia de Dios incomparable. El padre Fernando Umaña Montoya, director del Foyer de Charité de Zipaquirá, dice que la labor que ha desarrollado Marino en los últimos años es “un apostolado cristiano que ha producido muchos bienes espirituales en las innumerables personas que han asistido a sus conferencias en muchas ciudades de Colombia y del exterior”. Una de las beneficiadas con el mensaje fue Carmen María Navarro, una misionera laica que desde hace dos años integra el equipo coordinador de la Misión Internacional Católica Peregrinos del Amor, el grupo que creó Marino para hacer música religiosa y dictar conferencias donde quiera que lo inviten. Según ella hay casi 500 personas en el país dispuestas a hablar de la calidad personal de Marino y de la forma como su mensaje les ha cambiado la vida. El año pasado su testimonio se masificó al aparecer en Tierra de la esperanza, un programa de televisión del Minuto de Dios.

El 25 de abril del año pasado Marino Restrepo salió en el vuelo 392 en dirección a México. Fue la primera parada en una misión que lo llevó a tierras canadienses, estadounidenses y mexicanas. En Canadá permaneció hasta mediados de julio y dio charlas en dos universidades, tres seminarios, siete colegios católicos, cinco conventos de religiosas, 14 parroquias y 20 grupos de oración. Su periplo por Ontario y Toronto terminó con un retiro de tres días en la comunidad del padre Pío en Missisaga. En este país boreal Marino y Carmen María Navarro también grabaron un disco compacto con 16 canciones inéditas de alabanza al Señor. Marino concluyó, en una carta que le envió al padre Vall-Serra, que en Canadá “las almas están sedientas de Dios y reciben con los brazos abiertos todo alimento que el cielo derrame sobre ellos”.

El 20 de julio, según su propio relato, Marino llegó a Detroit a cumplir su misión evangelizadora. ¿Cómo entró a Estados Unidos si tenía una orden de captura vigente desde hacía siete años? Eso es algo que las autoridades de ese país tendrán que aclarar. Lo cierto es que allí viajó por los estados de Indiana, Nuevo México y California, dando su testimonio en comunidades americanas y latinas, y, según él, fue entrevistado para el programa The choices we face de Ralph Martin, una figura reconocida dentro del movimiento de renovación carismática. Todo parecía salirle bien a Marino hasta que se instaló en Los Angeles y se cruzó de nuevo con una de las personas a las que había involucrado en sus negocios de inversión: el actor Rodrigo Obregón, quien recientemente apareció en la película Collateral Damage. El y varios de sus amigos perdieron verdaderas fortunas en el cuento de la mercancía de cine.

Obregón nunca le perdió la pista a Marino, pues tenía la esperanza de que éste le devolviera el dinero que había invertido. Cuando se enteró de que el ex rey de Hollywood había vuelto se puso en contacto con el consulado colombiano en Los Angeles y solicitó ayuda. En la oficina diplomática lo pusieron en contacto con Federico Sicard, un caleño que lleva 21 años en la policía de Los Angeles y en la actualidad ocupa el cargo de supervisor de la unidad de persecución en el extranjero de ese departamento. Sicard consultó la base de datos del FBI y comprobó que Marino Restrepo Hernández tenía orden de captura vigente. Lo buscaban por fraude en pasaportes e inmigración ilegal. Su caída era inminente después de que Sicard reportara su presencia a los agentes del Departamento de Estado y del Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN).

El 17 de enero de este año Obregón siguió a Marino hasta un salón cercano a la iglesia de Holy Rossary, ubicada en el barrio de Sunland. En ese lugar, donde habían rezado la novena en diciembre del año pasado, el predicador le habló a un grupo de entre 15 y 20 personas. A la salida del evento, a las 9:30 de la noche, cuando Marino se despedía de la familia Higuera, Obregón se le abalanzó como si estuviera en una película y lo agarró por el cuello durante varios minutos. El escándalo asustó a la gente que pasaba y alguna de estas personas reportó el incidente al 911. Llegaron los bomberos y la policía. Los agentes se los llevaron a ambos y en el centro de detención confirmaron que Marino tenía orden de captura. Al día siguiente agentes federales, acompañados por Sicard, fueron a recogerlo. El predicador dijo que no hablaba inglés y expresó en español, al policía colombiano, que los últimos 12 años había vivido en Estados Unidos.

Esta mentira, blanca o no, no le sirvió de mucho. Fue llevado al Metropolitan Federal Detention Center, un hermético edificio de seis pisos, dos de los cuales son usados como cárcel, localizado en el mismo perímetro que las cortes federales donde iba a ser juzgado. El maestro indio Sant-Darshan Singh dijo que “todo santo tiene un pasado y todo pecador un futuro. Hay esperanza para todos”. ¿Es este el caso de Marino Restrepo Hernández? ¿La historia de un hombre santo al que un pasado oscuro lo alcanzó en pleno proceso de cambio o la de un pecador empedernido que no pudo escapar de su destino? Quien sabe. Lo cierto es que en febrero, durante su primera presentación ante la Corte, Marino se declaró inocente. En la segunda, que tuvo lugar el 19 de marzo, se declaró culpable. Ahora este camaleón aguarda entre rejas la sentencia que le dictará el juez el próximo 10 de mayo y es probable que desaparezca de escena por un tiempo.
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