Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1993/09/13 00:00

VIVIENDA Y OFICINAS DE HOY

VIVIENDA Y OFICINAS DE HOY

Por sus obras los conoceréis
Por primera vez durante la XIII Bienal de Arquitectura realizada hace ya nueve meses, un libro recibió el Premio Nacional de Arquitectura. Silvia Arango de Jaramillo se hizo merecedora al galardón con su texto Historia de la Arquitectura en Colombia. Ocho años de investigación en la facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes y en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional respaldan ese trabajo. ¿Por qué traerlo de nuevo a las páginas de SEMANA? ¿Qué valor tiene recuperarlo si ya es historia más que noticia? Más que el libro, la importancia que se le dio, representa para algunos arquitectos un gran paso adelante en la historia de esa profesión en Colombia. Ellos piensan que si no se le da cada vez mayor realce al trabajo inyestigativo sera imposible avanzar en las propuestas arquiteclónicas. Pero no son todos.Otros consideran que el trabajo "de escritorio" no debería colocarse a la misma altura (y participcar en los mismos concursos) que el de la construcción. Lo cierto es que la discusión está abierta desde hace ya casi un año y probablemente sea imposible determinar durante un buen tiempo quién tiene la razón.
Muchos más
Son numerosos los arquitectos que al salir de las aulas han dedicado parte de su carrera a indagar sobre la manera en que otros construyen y a preguntar sobre la mejor forma de lo que ellos llaman "contruír ciudad". Y cada vez más, los proyectos de grado en este campo son reconocidos como elementos esenciales.
Antes, junto al libro de Silvia Arango participaron en la Bienal otros proyectos del mismo corte que aunque no recibieron tan alto galardón merecen un reconocimiento. Cuales? Uno de ellos fue el presentado por Lorenzo Fonseca Martínez y Alberto Saldarriaga Roa, Arquitectura Popular en Colombia: herencia y tradiciones. Un texto apoyado por 15 años de investigación continua que sintetiza estudios previos sobre asentamientos tradicionales y vivienda urbana y rural.
Además de una necesaria consideración conceptual sobre el significado de lo popular en la arquitectura y de la tradición en su estudio, hay un recuento del poblamiento del territorio colombiano y de la formación de las culturas regionales. Luego, un analisis detallado de los aportes prehispanicos, hispanicos y republicanos a ese tipo de construcciones y una apreciación de los efectos de la modernización sobre la tradición. El libro termina con un comentario sobre la "estética de lo popular". El valor más importante de esta investigación, señalaron los jurados de la Bienal que la juzgaron en su momento, es que "permite identificar los rasgos comunes en las arquitecturas regionales de toda Colombia" .
En la Bienal se presentaron también otras bien documentadas investigaciones sobre variados temas. Dos de ellos: La ciudad colombiana, un libro de Jaques Aprille Guiset de la Universidad del Valle, y La configuración morfológica del espacio público al noroccidente de Bogota, de Rosa Ibel Pinzón Quintero.
Entrevistas y exposiciones
Los planteamientos que se hacen en los libros tienen eco en numerosos seminarios donde se discute la posición de la arquitectura del país o la arquitectura latinoamericana en relación con otras latitudes. Y ahora también son frecuentes los artículos de prensa que confrontan a los más reconocidos profesionales en este campo con la labor de las nuevas generaciones y la construcción en las ciudades. Siempre, más que en el campo.
Hace unos días apareció en la Revista Ecológica, por ejemplo, una entrevista con el arquitecto Rogelio Salmona quien señalaba: "Está demostrado que, además de los puentes que tanto les gustan a los alcaldes, hay una serie de acciones que se pueden hacer en forma clara y coherente, no tan costosa y benéfica para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En síntesis, la ciudad necesita una serie de intervenciones de tipo histórico, urbano, paisajístico y ambiental. Y además necesita poesía, porque sin ella no es posible hacer la espacialidad inteligible, habitable...". En otros apartes del dialogo señala que hasta hace unos años la ciudad estaba enriquecida por múltiples signos: campanarios, torres, arcadas... Pero que estos han ido desapareciendo para dar paso a una ciudad que podría calificarse como monótona y triste.
Algunos arquitectos señalan que precisamente por eso es indispensable recapitular lo que se ha hecho hasta el momento en el país a través de profundas investigaciones que permitan proponer soluciones con buenos argumentos a la crisis de la construcción en el campo del diseño. Otros profesionales, en contraste, dicen que la única manera de construir mejor es sentarse en la mesa de dibujo o frente al computador y seguir creando y probando.
Lo cierto es que artículos periodísticos y seminarios siguen recogiendo aportes teóricos sobre la arquitectura y otro tanto hacen los museos de manera indirecta, al recopilar viejos proyectos.
Una prueba: los 1.800 proyectos realizados entre 1905 y 1960 en el país, que Inmuebles Nacionales, la Sociedad Colombiana de Arquitectos y el Museo de Arte Moderno (MAM) presentaron en mayo de este año. Son planos, dibujos y originales con grandes signos de deterioro. Algunos de ellos representan construcciones que ya han sido demolidas o sujetas a grandes transformaciones haciendo caso omiso de su valor arquitectónico. Quienes estuvieron presentes en la exposición y llevaron a cabo el ejercicio mental de confrontar, entre otros, el Parque de la Independencia y la Escuela de Bellas Artes de Bogotá o la Aduana y el Resguardo en la frontera de Ipiales y el Palacio de Justicia de Bucaramanga; con las actuales tendencias en edificación pudieron descubrir por ellos mismos hasta qué punto ha evolucionado el quehacer arquitectónico en el país.
¿Tendencias? La muestra estuvo dividida en tres etapas. Entre 1905 y 1930 cuando a través de la arquitectura el Estado reafirmó su presencia, sobre todo en Bogotá, al mismo tiempo que llegaban al país profesionales extranjeros en el área como Pietro Cantini y Roberto Farrington y colombianos preparados en el exterior. Este último es el caso de Mariano Santamaria y Alberto Manrique Martín.
Luego, de 1930 a 1945, etapa durante la cual la educación juega un papel primordial para el Estado. De ahí que, por todo el país se hayan construido centros docentes y algunas bibliotecas. La última etapa, entre 1945 y 1960 esta teñida de un lenguaje racionalista, de origen corbusiano en lo que atañe a edificios para la salud, centros castrenses, hoteles y aduanas entre otros.
¿Quinta generación?
Ante el panorama surgen algunas preguntas: ¿Qué ha pasado en las dos últimas décadas con la arquitectura colombiana? (para saberlo estan las entrevistas, aún de baja frecuencia, en los medios de comunicación y las investigaciones que, por fortuna cada vez consiguen mayor realce). ¿Qué lecciones deja ese recorrido histórico? ¿Están de acuerdo la mayoria de arquitectos colombianos con la opinión de Rogelio Salmona: las ciudades tienen hoy una apariencia monótona? ¿Es realmente una necesidad este debate? En cuanto al trabajo de las más recientes generaciones de arquitectos ya hay opiniones concretas para iniciar una discusión. Por ejemplo, la expresada por Alberto Saldarriaga al diario El Tiempo en febrero pasado: "En Colombia ya es posible hablar de una quinta generación de profesionales de la arquitectura, graduados todos ellos en la década de los años 80. En su formación ...se produjo una mayor apertura informativa sobre los acontecimientos mundiales de la arquitectura, se trabajó fuertemente en torno de la historia y la critica de la arquitectura colombiana y latinoamericana...". ¿Quién piensa lo mismo? ¿Quién está en desacuerdo? Observar las obras, leer los textos y asistir a los seminarios es la única forma de averiguarlo.

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