Martes, 24 de enero de 2017

| 2004/09/12 00:00

Vuelta a Colombia en 150 horas

En tractomula, Armando Neira de SEMANA recorrió 3.027 kilómetros de las principales carreteras nacionales. Así se ve el país a través del vidrio panorámico de los hombres que trabajan de noche y de día.

Vuelta a Colombia en 150 horas

Allá, en el fondo, en lo más profundo de la oscuridad de las 4 de la mañana, están los Montes de María. Aquí, en un sitio llamado Los Palmitos, en el departamento de Sucre, a 20 minutos de Sincelejo, titilan las luces rojas de varias tractomulas y camiones que hacen una fila mientras llega el momento de la largada, como en las carreras de Fórmula 1.

Las diferencias son nítidas. Los pilotos no están acompañados por un expectante y exclusivo público sino por un puñado de niños necesitados que a esa hora madrugan a vender tinto a 300 pesos. Los carros no son livianos y veloces sino enormes y pesados. Algunos tienen 20 metros de largo, pesan 18 toneladas y cargan a cuestas 34 toneladas más en mercancías. Una autoridad da la partida. En este caso, son un grupo de trasnochados policías y soldados que abren la vía en la mañana.

Antes, entre las 6 de la tarde y las 6 de la mañana, nadie puede transitar por esta carretera que va a Cartagena y que pasa por Ovejas, Damasco, el Carmen de Bolívar, El Salado, San Jacinto, San Juan Nepomuceno, Carreto, Malagana y Gambote. Durante la noche arrecian los combates en el tramo cerrado. Ejército, paramilitares y guerrillas se disputan el control de una vía en la que artesanos y compositores crean sus inspiraciones y donde simultáneamente los violentos escriben con sangre historias de infamia.

A esa hora, mientras Colombia duerme y los soldados y policías se juegan la vida, los conductores de las tractomulas cuelgan sus hamacas debajo de la carrocería, otros se acomodan en las cabinas y los demás beben varias dosis de café para espantar el cansancio. En sus rostros se dibujan las huellas de mil batallas solitarias detrás de una cabrilla. Y aunque casi nadie les reconoce su monumental esfuerzo, es extraño encontrar alguno que no le agradezca a Dios los favores recibidos.

"Son las pinturas de Dios", dice uno de ellos mostrando el cielo que cambia de azabache a azul claro al tiempo que se dibujan los primeros arreboles de la madrugada. Entre tanto, llegan más tractomulas. Se ubican en la fila y apagan sus motores. Es un tiempo de quietud que contrasta con el agite que se vive cuando se inicia el viaje. Este enviado especial de SEMANA lo había iniciado 36 horas atrás en Bogotá, ciudad por la que se calcula a diario pasan 3.200 tractomulas de las 19.630 que hay en Colombia. A pesar de que por la capital cada día entra o sale el 28 por ciento de lo que se transporta en el país, no hay una central logística de carga. "Nadie le ha parado bolas a eso", dice el conductor Daniel Orlando Hernández, de 34 años. "Por eso, en horas de restricción como el pico y placa toca estacionarnos por ahí, en cualquier bomba". Se quedan en silencio, solitarios. Una paradoja, porque cualquiera que viva en el país tiene alguna relación de una u otra forma con el trabajo de estos hombres. Y más ahora en vísperas de la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que en teoría multiplicará las importaciones y exportaciones de toda clase de productos. Hoy, aún sin firmar el acuerdo, por carretera se movilizan cada año 91 millones de toneladas de carga.

Por eso, los conductores no tienen un respiro. La ruta de SEMANA arrancó al mediodía de un lunes con Hernández, un conductor que lleva su vehículo Kenworth, de Bogotá a Medellín con 31 toneladas de grasa. Su misión era llegar con la carga, en condiciones óptimas, a una fábrica de la capital de Antioquia que las usa como ingrediente de las galletas de soda.

El vehículo salió por la congestionada calle 13 de Bogotá, en dirección a La Vega (Cundinamarca). Como la gran mayoría de conductores de tractomula, Hernández tiene más de 10 años de experiencia. Ahora conduce un vehículo moderno, modelo 2004, de 16 cambios y 24 llantas, incluyendo las dos de repuesto.

-¿Cuánto tardamos a Medellín?.

-Unas 16 ó 18 horas.

-¿18 horas? ¿18 horas por la

Autopista a Medellín?

El conductor aclara que lo de autopista es apenas un nombre y que en realidad ésta no puede usarse durante las 24 horas. Aunque las condiciones de seguridad en las carreteras han mejorado ostensiblemente desde que asumió la presidencia Álvaro Uribe, en Antioquia la vía a Bogotá está restringida de 6 de la tarde a 6 de la mañana para evitar que los carros sean incinerados por los grupos de guerrilla que se camuflan entre las montañas.

En Coltanques, una de las principales y más organizadas empresas de carga del país con una flota de 400 tractomulas, hay una orden perentoria: esquivar la llamada Autopista a Medellín. Los conductores toman la Troncal del Magdalena, suben hasta San Juan y se devuelven a Medellín vía Puerto Berrío. Por eso; se incrementan el tiempo y los costos del viaje.

Los escenarios iniciales del trayecto son espléndidos. Mientras el vehículo desciende por la cordillera Oriental, en la distancia se ve caer un sol rojizo sobre las montañas de la cordillera Central. Y en la mitad, en la llanura corre lento y cobrizo el río Magdalena. Va casi tan despacio como las tractomulas: 24 kilómetros por hora, que es el promedio de velocidad en el país. Aunque son carros diseñados para alcanzar velocidades de hasta 140 kilómetros por hora, eso aquí es imposible. La gran mayoría de los carros que circulan por estas carreteras son originales de Estados Unidos y Europa, donde abundan las largas y anchas autopistas. Aquí, una sola curva hay que tomarla con extrema precaución. Y curvas son lo que hay, por cientos, antes de llegar a La Dorada.

Hay dos rostros que simbolizan la situación de guerra del país y que se ven nítidos en la noche a través del panorámico. Los de los jóvenes soldados apostados en los puentes y los de los niños semidesnudos que hacen las veces de agentes de tránsito. Son ellos lo que les avisan a los conductores para que pasen alternados los puentes. "Sigan, sigan", gritan. Primero, cinco de oriente a occidente; luego, otros cinco en sentido contrario. Mientras están estacionados, los niños golpean con sendos palos las llantas para verificar si estas van bien de aire. A cambio, los conductores les arrojan monedas desde las cabinas. Ya en pleno Magdalena Medio suelen caer torrenciales aguaceros. Para muchos es una bendición porque las aguas disminuyen el calor asfixiante. Para los conductores es una tragedia porque la tempestad arranca de tajo los árboles que caen en plena vía. Cuando los troncos copan todo el espacio, los conductores tienen que estacionarse y con sus propias manos correrlos para abrirse espacio. En la noche de este lunes de viaje, si bien había muchos árboles y arbustos, Hernández maniobró con pericia para irlos dejando atrás. Con la misma habilidad procuró esquivar los miles de huecos que a lo largo de varios kilómetros hay en la carretera. Y es que de los 128.000 kilómetros de red vial que hay en Colombia, sólo 11.518 están pavimentados. Es menos del 10 por ciento. (Ver gráfico).

Después de 12 horas continuas de trabajo y al filo de la medianoche, es hora de una pausa. El martes, y como todos los días, a las 4 de la mañana decenas de conductores inician una extenuante jornada más. Con las luces del alba se aprecia una tractomula varada en plena vía. Se le corrió la carga. La presión la volcó, aunque su conductor salió ileso. Como no hay teléfonos de emergencia, éste les avisa a los otros, que boca a boca llevan el mensaje. "Ojalá tenga respaldo", dice Hernández. Hay bastante opción de que se trate de un aventurero del camino porque hay muchos. Treinta por ciento de la carga que se mueve en el país se hace informalmente, casi de manera artesanal.

Después, es la hora de tomar la serpenteante y "pesada" y "caliente" cordillera Central, hacia Medellín. Los calificativos vienen de los mismos conductores, quienes saben que esta es un área de influencia de los paramilitares. El destino de los menores aquí es incierto. "Muchos niños se van para los paras porque allá les pagan bien, y muchas niñas se van de prostitutas", dice un vecino, haciendo eco de una versión que circula por estos caminos. Y allí, a la vera del camino, en Maceo (Antioquia), la señora Marleny Ríos se para este día frente a los carros para indagar por la suerte de su hija, Isabel Cristina Cadavid Ríos, de 17 años. La menor trabajaba de mesera en el cercano Puerto Araújo (Santander). Allí estuvo hasta el anterior domingo. A cuatro clientes, que llegaron en un jeep, les bastó cruzar varias palabras, una que otra risa y unos cuantos chistes para convencer a la niña de que abordara el carro. Se fue para un destino incierto sin siquiera despedirse de su madre, que ahora llora frente a los conductores. "Se fue seguro para servirle de compañía pasajera a alguno de los paras, y probablemente luego terminará de prostituta", comenta uno de ellos. Los conductores de tractomula poco se asombran de la realidad. Al contrario, dicen que esto es lo normal en los caminos.

Sin embargo, no censuran la acción de los paras. "Gracias a ellos, uno puede circular tranquilo", explica uno, quien dice que jamás en su vida esto estuvo tan calmado. Y si bien, carretera adentro, en la ruta que va a Medellín, en las orillas hay varios altares en homenaje a conductores asesinados por los paramilitares por no pagar la vacuna de 10.000 pesos que les suelen cobrar por viaje en varios puntos del país, como en los Llanos Orientales, ellos se muestran satisfechos porque espantaron a la guerrilla. "Ellos limpiaron todo esto", dice otro.

Igual ocurre en la vía Medellín-Sincelejo. "Yo ahora ando tranquilo por aquí", dice Jairo Calderón, de 30 años. El camino se hace en una jornada. Se va por Yarumal, Valdivia, Caucasia y Sahagún. Poblaciones en las que en un tiempo reinaron las Farc y el EPL. "Salen de un momento a otro, en cualquier curva", anota. Durante este miércoles no apareció ningún grupo armado. Él, sin embargo, tiene nítida la imagen de cuando los atacan. "Bájese de la mula que le vamos a prender candela. Le dan a uno un tiempito para sacar la maleta y luego le disparan a las llantas, después le rocían gasolina a la cabina y uno la ve arder". Él recuerda que un día le pasó eso. Y que lloró. Entonces, les dijo a los guerrilleros que no entendía esa acción porque con eso sólo ganan los norteamericanos. "Todo está asegurado. La carga, la mula. Cuando queman una, la empresa trae importada otra de Estados Unidos. Si la guerrilla quema, los gringos ganan porque venden otra".

Eso pasa con los grandes transportadores. Porque los pequeños sí realmente salen perjudicados. La guerrilla manda así a la miseria a un conductor que trabaja 18 ó 20 horas continuas para ganarse el sustento. En el primer semestre de este año, la guerrilla quemó 49 tractomulas en Colombia. De cualquier manera, las cifras muestran que los ataques a mulas han disminuido, tal como se lee en los informes de la Federación Colombiana de Transportadores de Carga por Carretera, Colfecar (ver gráfico).

Mientras, Calderón señala a través del panorámico la última y más arriesgada medida tomada por los desplazados para sobrevivir. Como dicen ellos, "se amuran". Esto es, se arruman contra la montaña. En una época invadían las fincas, pero corrían el riesgo de las masacres. Ahora se ubican en las carreteras, que son públicas. Sin embargo, como es imposible levantar sus cambuches en el asfalto, lo hacen entre la berma y las laderas de las montañas. Son construcciones de cuatro palos y tela asfáltica. En su interior se ven seis, siete y hasta 10 niños. Además impresiona el número de niñas embarazadas que deambulan por allí. Por el contrario, se ven pocos hombres. "Se los llevó la violencia", dice Calderón.

Como al hombre que yacía, a la vera del camino, cerca de Tarazá. Vestía sólo un pantalón. Un hilo de sangre que había salido de su cabeza estaba ya casi seco.

-Paremos, le dije.

- Eso no se puede. Si usted para a ayudar en algo, puede terminar involucrado. Lo mejor es seguir. Ya vendrá la Policía. Atrás, a la orilla de la vía, queda el cuerpo mientras el carro sigue paralelo al río Cauca, igual de majestuoso al Magdalena.

Y es que en las carreteras colombianas, los síntomas de violencia abundan y se mezclan con el paisaje, cada uno más conmovedor. Como el amanecer en Los Palmitos. Los conductores miran absortos el nacimiento de un día más. Nadie, por más prisa que lleve, se atreve a violar la prohibición del Ejército y de la Policía de transitar de noche. De ahí que muchos lleguen allí hacia las 4 de la mañana para tomar pista disciplinada y silenciosamente. El camino a Cartagena en la mañana del jueves está acompañado por decenas de militares apostados a la orilla del asfalto, y todos con el dedo en el gatillo. Los conductores saben con precisión en qué puntos solía salir la guerrilla en épocas cercanas. Ahora, a hombres como Justiniano Montoya, de 48 años, les molesta pensar que van para Barranquilla y necesariamente tienen que tomar la vía al Mar desde Cartagena. Esto, porque la carretera alterna (La Cordialidad) que los conductores de tractomula suelen usar tiene el puente Péndales averiado. Eso hace más de un mes. Y aún no lo han arreglado. Es un doble problema porque la vía al Mar no tiene las condiciones físicas para soportar el peso de las mulas, les quita ritmo a los automóviles y además tiene dos peajes. En promedio, cada peaje para una tractomula en el país vale 25.000 pesos. Una tractomula que vaya de Bogotá a Barranquilla paga 338.100 pesos en peajes. "Como se incrementan los costos, los transportadores les subimos la tarifa a los dueños de las mercancías, que a su vez les trasladan el alza a los usuarios", explica Montoya.

Es jueves, día de partida por el trayecto Barranquilla-Cali, vía a Medellín. En total se necesitan 48 horas para llegar a la capital del Valle del Cauca. Paradójicamente, los carros salen de la Costa Caribe cargados con productos importados que antes florecían en el país: algodón y maíz, por ejemplo. Y otros, con materiales básicos para las rutinas cotidianas de los colombianos. Luis Ernesto Santiago, de 40 años, lleva 35 toneladas de bicarbonato, materia prima para la fabricación de la crema dental. Este hombre es un veterano en las carreteras. Tiene dos décadas tras el volante y se precia de ser el maestro de María Angelis Castañeda, una de las seis mujeres que en Colombia manejan tractomula. Narra su historia mientras señala a los ciclistas que se cuelgan de las mulas para subir las empinadas carreteras de su ruta.

Gabriel Camargo, de 28 años, es uno de los más jóvenes conductores de mula en Colombia. Hace la ruta Cali-Buenaventura, en el atardecer del viernes. Un vehículo pequeño la hace en dos horas y media. Ellos, en seis horas. Aunque con el descargue en el puerto se pueden gastar 15 horas más. Ha habido casos en que los conductores han hecho filas en este puerto de hasta 38 horas. El puerto de Buenaventura parece un mercado persa. Impera el desorden; a pesar de que por allí pasa el 55 por ciento de la carga que entra al país, no hay vías de acceso adecuadas, por lo que entrar y salir es una odisea. Hay mucha inseguridad. Esta precisamente es alta, en especial contra los conductores de camiones pequeños, porque estos negocian directamente el transporte en los muelles. Un viaje puede valer tres millones. Los muleros reciben millón y medio en efectivo y salen con la carga. Eso lo saben los asaltantes de caminos que ven en ellos un botín fácil. Para contrarrestar esto, las empresas formales contratan servicios de seguridad. Hay mulas que van escoltadas por un carro. Y muchos escoltas van directamente en las cabinas. El consumidor termina pagando todos estos costos. El consenso está en que todos se persignan cuando salen del puerto para que no haya derrumbes porque el retraso puede ser de días.

La ventaja de viajar por el occidente está en sus carreteras. Las del Valle del Cauca y el Eje Cafetero son magníficas. Bien asfaltadas, delineadas y con las marcaciones que cumplen los estándares internacionales. Igual de buenas están las de La Guajira. "En cambio, las de los Santanderes, Nariño, la Costa y muchas de Antioquia son un desastre", dice Camargo, que a pesar de su juventud ya olvidó cuántas vueltas a Colombia ha dado.

Los conductores igual olvidan qué día es. Les es indiferente si es lunes o viernes o festivo. La noche tampoco existe. En Europa y Estados Unidos, los conductores duermen ocho horas diarias. "Aquí, cuando podemos", dice uno de ellos. "Entre los camioneros son frecuentes las alteraciones crónicas y parciales de sueño con un impacto negativo y significativo en el estado de alerta necesario", dice un informe sobre las condiciones de salud y trabajo del Instituto de Seguros Sociales. Todos los conductores con los que habló SEMANA confesaron que en algún momento de sus vidas se han quedado dormidos conduciendo.

Pero así como duermen mal, comen muy bien. Pueden ser las personas que mejor comida típica colombiana disfrutan. Un suculento almuerzo con mondongo de entrada, fríjoles, medio aguacate fresco, carne sudada, arroz, plátano asado y café con panela puede costar 5.000 pesos. Y todo, con el sabor que da la cocción con leña. Para ellos no hay restaurante malo. "Los dueños saben que si a uno no le gusta, uno le cuenta a otro conductor y este a otro y así, hasta que la noticia llega a toda Colombia", dice el sábado Reinaldo Gutiérrez, de 46 años, mientras atraviesa con lentitud los 3.800 metros de altitud de La Línea, entre Calarcá y Cajamarca.

Después de una semana de viaje, de 150 horas de recorrido y de hacer 3.027 kilómetros, se entra a la sabana de Bogotá de noche. El cansancio es total. Detrás quedan miles de kilómetros donde se aprecian más militares que obras. "El presidente Uribe ha hecho un buen gobierno en general, pero en materia de política de transporte hay un atraso evidente. El avance ha sido nulo", dice Jaime Sorzano, presidente de Colfecar. Colombia duerme. Mientras, en cualquier punto del país, hay un montón de hombres trabajando duro. "Como mulas", dice uno de ellos. Para que a su casa llegue el jabón para el baño matinal y la galleta para el desayuno.

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