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| 11/14/2004 12:00:00 AM

Yasser Arafat 1929-2004

Terrorista para unos, prócer para otros, esta es la vida de un hombre que marcó, para bien o para mal, la historia del siglo XX.

El 13 de diciembre de 1968 la revista Time puso en su portada la foto de un desconocido fedayín de nombre Yasser Arafat. Ese hombre misterioso, que ya usaba su kaffiya de un modo tan peculiar, se convertiría con el paso del tiempo en una de las figuras más reconocibles de la política mundial del siglo XX. Entonces era apenas el jefe del grupo palestino Al Fatah, pero acababa de salir victorioso en la batalla de Al Karameh, en Jordania, en la que 300 fedayines resistieron la embestida del ejército israelí. La humillante derrota del año anterior ante Israel en la Guerra de los Seis Días estaba fresca en la memoria de los árabes, por lo que Arafat, sin competidores a la vista, había sido catapultado al centro de la atención mundial.

El mundo supo entonces de él, pero Arafat era ya un viejo conocido en el mundo árabe y ya tenía muchos enemigos.

Desde joven su filosofía había sido que "los palestinos no debían apoyarse en los gobiernos árabes, debían controlar la lucha contra Israel ellos mismos". Esa posición no tenía buena acogida dentro de unos gobernantes árabes que querían apropiarse de la causa para sus propios beneficios. Sí, en cambio, para gran parte de la población musulmana que vio en el surgimiento de Arafat a un defensor de sus derechos.

Mohamed Abdel Arman Abdel Rauf Arafat Qudus al Huseini había nacido en El Cairo en 1929. "Mohamed Abdel Arman, su nombre propio; Abdel Rauf, el de su padre; Arafat, por su abuelo paterno; Al Qudus, el apellido; y Al Huseini, su clan jerosolimitano", según explica el periodista español Miguel Ángel Bastenier en un reportaje sobre el rais. Sin embargo, este nombre tan largo quedó reducido desde muy joven a Yasser (significa fácil de vivir) Arafat.

A los 5 años, su padre lo mandó a Jerusalén para que la familia de su esposa recién fallecida lo cuidara. Allí vivió en la casa de su tío, ubicada entre el Muro de las Lamentaciones y la mezquita de Al Aqsa. El primero, símbolo de los judíos y la segunda, de los musulmanes. Para ese entonces Palestina estaba bajo control británico y el pequeño Arafat era testigo de los debates angustiosos que se desarrollaban en su familia sobre el futuro de la nación.

Antes de cumplir los 10 años volvió a la capital de Egipto, pero ya había asumido la causa palestina como suya. "No era como los demás... Él reunía a los niños árabes del distrito, los formaba en grupos y los hacía marchar. Cargaba un palo y solía pegarles a los que no le obedecían", cuenta el hijo de Iman, la mayor de sus seis hermanos. Esta necesidad de dirigir y la obsesión por la lucha de los palestinos, que crecía en la medida en que los sionistas presionaban para que se les entregara la Tierra Santa, hizo que a los 17 años se incorporara a los grupos armados palestinos en Egipto. Fue entonces cuando tomó su nombre de guerra: Abu Amar.

Se dice que la personalidad de Arafat se vio influenciada por el desamor de su padre. Éste era un palestino nacido en Gaza que había emigrado a Egipto en 1927 por cuestiones de negocios. Su indiferencia, sumada al odio que le tenía su segunda esposa, hizo que creciera como un niño solitario, encerrado en sí mismo, siempre al cuidado de las mujeres de su familia. Este hecho lo hizo acumular un gran rencor hacia su padre, al punto de no asistir a su funeral, una actitud inaceptable en la tradición musulmana.

La decisión de la ONU de crear un Estado israelí y otro árabe en 1947 hizo que Arafat viajara hasta la Franja de Gaza para luchar junto con la Hermandad Musulmana. Sus biógrafos no logran ponerse de acuerdo sobre este punto, pues algunos argumentan que él vivió la guerra de 1948-1949 desde Egipto. Pero lo que sí está confirmado es que esta decisión histórica llevó a Arafat a asumir una actitud política. Y aquí empezaron sus peleas por apoderarse de la causa. Cuando estudiaba ingeniería civil en la hoy Universidad de El Cairo se incorporó en la Federación de Estudiantes Palestinos. Pero como odiaba ser dirigido, se hizo echar y fundó su movimiento: la Unión General de Estudiantes Palestinos.

En ese momento Gamal Abdel Nasser había asumido el poder en Egipto y le permitió formar células fedayines para atacar a Israel desde Gaza. Arafat asumió lo que sería su distintivo: la kaffiya. Los palestinos solían utilizar esta tela a cuadros negros en el cuello, pero él apareció con ella en la cabeza durante un congreso internacional de estudiantes realizado en Praga en 1957, cuidadosamente arreglada en una forma que recordaba al mapa de Palestina. Desde entonces ésta sería su distintivo.

La aventura de Al Fatah

Poco tiempo después de su viaje a Europa, Arafat decidió radicarse en Kuwait. Durante aquella época trabajó primero en una empresa estatal y más tarde en su propia compañía. La leyenda dice que se convirtió en millonario. Él apoyaba ese mito y decía que había vivido toda su vida de lo que ganó entonces. Muchos lo dudan. Aunque siempre tuvo un estilo de vida espartano, su esposa vivía en Europa como la mujer de un jeque árabe. ¿De dónde salía el dinero? Eso es lo que preguntan quienes argumentan que Arafat , junto con la cúpula palestina, vivió de la corrupción.

Su obsesión por expulsar a los judíos de su tierra fue más grande que el apego al dinero. Junto con sus amigos Abu Jihad y Abu Iyad creó el movimiento guerrillero Al Fatah, que significa conquista. Este era uno más de los grupos pro palestinos que se habían creado para luchar contra Israel. Y fue uno de los tantos grupos que prefirió quedarse por fuera de la Organización para la Liberación de Palestina -OLP- cuando Nasser y otros gobernantes árabes la crearon en 1964. Arafat estaba convencido de que los países árabes apoyaban ese movimiento más para luchar contra Israel en su proyecto panarabista que para defender a los palestinos. Nasser quería crear la República Árabe Unida y lo que menos deseaba era un nuevo nacionalismo local.

Para rebelarse contra la OLP, Al Fatah comenzó a realizar atentados en las entrañas de Israel que no tuvieron el éxito deseado pero sí lograron atraer un gran apoyo entre los musulmanes. La estrategia de Al Fatah de luchar aisladamente fue aún más exitosa desde que en 1967 los países árabes fracasaron estrepitosamente en la Guerra de los Seis Días contra Israel. Gaza, Cisjordania, Jerusalén oriental, el Sinaí egipcio y el Golán sirio habían quedado en manos de los israelíes, y Nasser ya no era capaz de agrupar los Estados árabes. Así que la vía insurgente, liderada por Al Fatah, empezaba a tomar una fuerza mayor. Arafat apareció en Cisjordania y con su acento egipcio -que le duraría hasta el final de sus días- les pidió a los palestinos que no renunciaran a su nacionalidad. Fue una época de grandes discursos en la que pedía la insurrección de las masas y la movilización de todos por la causa, mientras recibía el apoyo de una Unión Soviética interesada en pescar en río revuelto.

El gran símbolo

A partir de aquel momento Al Fatah fue uno de los pocos grupos guerrilleros que siguieron atacando a Israel. Lo hacía desde Jordania, donde había instalado su cuartel general. Pero los israelíes, cansados de tener a su enemigo en las puertas de su casa, decidieron atacarlos el 21 de marzo de 1968. Arafat se atrincheró en el cuartel general de Kamareh junto a 300 fedayines y desde allí aguantó el ataque enemigo hasta donde pudo. El rey Hussein de Jordania, en vista de que estaban siendo atacados dentro de su territorio, decidió apoyarlos, ordenó un contraataque y el ejército israelí tuvo que emprender la retirada. Este fue el punto de quiebre para Arafat, con carátula de Time incluida. En ese momento se convirtió en la gran figura árabe y en el líder indiscutido de los palestinos. Los árabes se peleaban por apoyar a Al Fatah y la OLP terminó por convertirlo en su líder.

En ese período crucial del siglo XX, cuando los estudiantes de mayo del 68 marcaban un surgimiento del idealismo en el mundo, Arafat era visto como el gran símbolo de una lucha entonces desconocida para la opinión occidental. Arafat estaba empeñado en hacer visible la causa palestina y en conseguir la total unidad de su pueblo. Consciente de que la monarquía hashemita de Jordania había sido traída por los ingleses desde Arabia Saudita para gobernar un pueblo eminentemente palestino, decidió que su siguiente paso sería conseguir el poder en Amman. Pero el rey Hussein lanzó en su contra la campaña que llegó a ser conocida como Septiembre Negro de 1970, que expulsó a sangre y fuego a la OLP de su territorio. Con ese nombre, varios fedayines masacraron dos años más tarde a varios atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich, un ataque que Arafat nunca reconoció.

Arafat huyó al Líbano, donde la OLP se convirtió de hecho en un paraestado que tuvo mucho que ver con el estallido de la guerra civil. Ese pareció ser su momento culminante, cuando apareció en la Asamblea General de la ONU para ser considerado el único y verdadero representante del pueblo palestino. Pero esa época de relativa gloria terminó en 1982, cuando el gobierno de Israel invadió al Líbano para sacar el problema de raíz. En esta ocasión Yasser Arafat se enfrentaría al entonces general Ariel Sharon, quien fue su gran enemigo hasta el último día de su vida. Sharon se lamentaba después de no haber matado entonces a Arafat, quien se estableció, de nuevo huyendo, en Túnez.

Las confusiones

Los años de Túnez fueron una especie de exilio en los que Arafat se vio acosado por el olvido. Privado de una posición estratégica en los límites con Israel, sufrió transformaciones en su personalidad. Se volvió arbitrario, aferrado al poder y no aceptaba consejos. Su obsesión por el trabajo se recrudeció y su temor de ser asesinado se volvió una pesadilla. Pero tenía razón. En 1985 Israel atacó el cuartel de la OLP en Túnez, donde murieron más de 70 personas, pero Arafat se salvó porque se encontraba trotando fuera del complejo.

No eran los mejores días para él. Los países árabes habían cambiado de prioridades y se ocupaban de la guerra de Irak e Irán, que ya llevaba varios años. Terminaba la Guerra Fría y la Urss ya no podía ni estaba interesada en apoyarlo. En 1987 Arafat intentaba empezar un acercamiento con

Washington, cuando comenzó sin su intervención la primera Intifada, el levantamiento del pueblo palestino contra los israelíes. Se rehusó a apoyarla hasta que el 16 de abril de 1988 un comando israelí asesinó a Abu Jihad, su gran compañero de siempre.

Privado de la iniciativa política y militar, y con el pueblo palestino actuando sin su participación, Arafat decidió que había llegado el momento del pragmatismo. Reconoció el derecho de Israel a existir, pero el gesto se vio opacado por su gran error. Decidió apoyar a su aliado Saddam

Hussein en la invasión a Kuwait en 1990, con lo que perdió el apoyo económico de los países árabes. Para colmo de males, un avión en el que viajaba sobre el desierto de Libia se accidentó. Muchas de las enfermedades que padeció durante los últimos años fueron consecuencia de dicho accidente.

Fue entonces cuando empezó su etapa de negociador de una paz que siempre se veía lejana por varias razones. Entre estas estaban la reivindicación de Jerusalén como su capital y, lo más importante para los palestinos, el regreso de los refugiados que salieron de su tierra con la creación de Israel en 1948.

La paz lejana

Las negociaciones comenzaron en Madrid en 1991 y llegaron a su punto más alto con las conversaciones secretas de Oslo. Arafat y el premier ministro laborista Yhitzak Rabin, el general más condecorado de la historia de su país, firmaron en los jardines de la Casa Blanca en 1993 un acuerdo que permitió la creación de la Autoridad Nacional Palestina con jurisdicción autonómica sobre algunos de los territorios ocupados por Israel en 1967. Este pacto lo devolviæo a primera plana. Un año más tarde Arafat se ganaba, con Rabin y Simon Peres -ministro de Relaciones Exteriores de Israel- el premio Nobel de la Paz.

Pero ésta estaba tan lejos como hoy. Arafat hizo un regreso triunfal a su tierra en 1994, y fue elegido presidente de la recién creada ANP en los comicios más democráticos del mundo árabe. Un presidente con autoridad limitada en un territorio minúsculo que estaba lejos de convertirse en un Estado independiente. Muchos palestinos le reprochaban haber aceptado un trato en el que el Estado palestino era inviable geográfica y económicamente. Le criticaban haber renunciado a sus ideales con tal de mantener el poder. Y las organizaciones rivales de la OLP, la Hamas y la Jihad Islámica, lanzaban decenas de terroristas suicidas contra Israel para torpedear los acuerdos. Tras el asesinato de Rabin, la paz se alejó aún más con el ascenso del halcón Benjamín Netanyahu. Incapaz de controlar el terrorismo, o no muy interesado en hacerlo, Arafat se hundía en la irrelevancia.

El presidente Bill Clinton fue el testigo que lo hizo acercarse siempre a la paz. Después de Oslo, lo hizo sentarse frente a Benjamín Netanyahu sin éxito. Y luego lo puso contra la espada y la pared para que negociara con el sucesor de éste, Yehud Barak, quien le hizo una oferta que, sostienen los israelíes, era insuperable: soberanía conjunta sobre Jerusalén, el 90 por ciento de los territorios ocupados. Pero Arafat no cedió en el tema del regreso de los refugiados.

El derechista Ariel Sharon, en campaña contra Barak, se presentó en la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén. Los palestinos lo tomaron como una provocación y comenzó la segunda Intifada, que todavía perdura. El gesto eligió a Sharon primer ministro y los ataques del 11 de septiembre le permitieron caracterizar la lucha contra los palestinos como parte de la guerra contra el terrorismo del presidente George W. Bush.

Como retaliación por la supuesta falta de interés de Arafat contra los ataques suicidas, Sharon destruyó la sede de la OLP y mantuvo a su líder virtualmente preso en su interior desde 2001. Comenzó la contrucción de un muro fronterizo y empezó un retiro unilateral de colonos que, de hecho, congeló la marcha hacia la creación del Estado palestino.

Arafat sólo pudo salir la semana pasada, rumbo a París, con la mirada de la muerte en sus ojos. Para algunos, no alcanzó la paz porque no quiso. Para otros, porque no fue capaz. Pero nadie puede negar que fue un hombre que por encima de toda consideración por su vida personal, mantuvo viva la lucha de su pueblo. Y que marcó una época en la historia de la humanidad.
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