Después de que Íngrid Betancourt y los tres contratistas americanos fueron liberados en julio del 2008, la editorial Harper Collins publicó en EE.UU. La ley de la Selva, escrito por John Otis, el corresponsal para la revista Time en Colombia. Ese libro, que sólo circuló en el mercado editorial anglosajón, se enfoca en el drama vivido por los tres americanos y revela detalles inéditos sobre lo impecable de la inteligencia colombiana. Por ser un documento revelador, SEMANA publica unos extractos del libro en el quinto aniversario de la Operación Jaque.

Con los ojos encima

En enero del 2008 los oficiales estadounidenses y colombianos recibieron la señal más clara, hasta ese entonces, sobre el paradero de Keith Stansell, Marc Gonsalves y Tom Howes, los tres contratistas de EE.UU. El primer frente de las FARC los tenía en el noreste de Guaviare, no muy lejos de donde fueron entregados a los venezolanos Luis Eladio Pérez, Clara Rojas y otros cuatros rehenes. Justo después de esas liberaciones, las FARC pensaron que las tropas colombianas iban a invadir la zona. Por eso movieron los americanos hacia el sur, hacia el Apaporis, el río que en el 2007 se convirtió en el sendero hacia la libertad para el policía John Frank Pinchao.

Pero los operadores de radio de las FARC empezaron a descuidarse, mientras que los agentes colombianos encargados de monitorear las comunicaciones mejoraron sus transmisiones. Cuando los operadores guerrilleros retomaron unos códigos simples, los agentes del Ejército lograron identificar cada movimiento de los rehenes.

“Eso fue la chispa”, dijo William Brownfield, el embajador americano en Bogotá. “Por primera vez, pensamos que teníamos muy buena inteligencia. Estuvimos más adelante que ellos.”

Brownfield y Juan Manuel Santos, el entonces ministro de Defensa, acordaron empezar una operación conjunta muy sofisticada diseñada para evitar una confrontación con los guerrilleros y los rehenes. Cerca de 900 tropas de las Fuerzas Especiales de EE.UU fueron desplegadas en Colombia. A diferencia de las operaciones anteriores, en las que las tropas americanas permanecían en la sede de un batallón colombiano, ahora debían insertarse en los mismos pelotones y escuadrones con los soldados colombianos.

Los americanos estaban a cargo de entregarle a la Embajada información en tiempo real. Su presencia facilitaría el pedido de aviones americanos, en mejores condiciones que los colombianos, especialmente en operaciones nocturnas. Aunque no se reconoció abiertamente, se dudaba de la calidad de las tropas colombianas.

Se equivocaron. Los colombianos demostraron una tenacidad a prueba de balas. En el 2002 los entrenadores americanos habían ayudado a construir un batallón elite de unos 300 comandos colombianos. Habían aprendido todo tipo de trucos de los americanos, como, por ejemplo, la práctica de los Navy SEALS, que consiste en soplar por dentro de sus uniformes para crear bolsas de aire que sirven de salvavidas en el agua.

Mientras las fuerzas especiales americanas eran más versátiles –sabían operar en bosques, desiertos y mares–, no habían trabajado en una guerra que ocurría en la selva desde el conflicto en Vietnam. Enseñarles a los colombianos el arte de hacer la guerra en el trópico era como mandar un jaguar a una escuela de la selva.

“Nuestra gente tenía más problemas operando en la selva que los colombianos”, reconoció Brownfield. “La enseñanza fundamental fue que los colombianos eran mucho mejores de lo que pensábamos. ¡Carajo! Estos tipos probablemente eran los mejores en operaciones especiales en la selva en todo el mundo”.

Estas nuevas unidades de comandos colombianos llevaron anteojos de visión nocturna y radios satelitales. Para no ser detectados por los perros de la guerrilla, ahumaron sus uniformes sobre fogatas y no se bañaron para adquirir el fétido olor de la selva. Las tropas normales cocinaban con estufas de gas y cada diez días los helicópteros les traían nuevas provisiones. Estas unidades podían operar solas durante varios meses. Llevaban consigo una versión colombiana de los Meals Ready to Eat (MRE) (comida conservada). Mientras las tropas americanas requerían dos o tres MRE diarias, los colombianos comían una sola. Dormían en plásticos en el piso porque no querían que las cuerdas de las hamacas marcaran los árboles, y no abrieron monte con machetes. Lo hicieron con sus manos evitando marchar en una sola fila para no dejar senderos.

Las interceptaciones radiales indicaron que los rebeldes pronto estarían subiendo el Apaporis entre las veredas de Cornelio y Dos Ríos, una ruta muy utilizada por las FARC que también había sido identificada por Pinchao. Para aprovechar al máximo esta información, el gobierno americano entregó a los comandos colombianos tres cámaras que les permitirían enviar, vía satelital, videos y fotos a la Embajada de EE.UU. en Bogotá. Conectadas a sensores, las cámaras tomarían imágenes a la primera señal de movimiento. El desafío fue instalarlas.

Brownfield y Juan Manuel Santos, acordaron empezar una operación conjunta para evitar una confrontación con los guerrilleros y los rehenes.

Para no alertar a las FARC, las tropas se descolgaron de sus helicópteros por sogas. Les tomó cuatro días llegar a la zona. Cerca al río encontraron unas cascadas conocidas como El Venado. Para atravesarlas, las FARC y sus rehenes tendrían que salir al río y llevar sus lanchas cinco kilómetros a la orilla norte. En ese lugar las tropas encontraron comida y combustible, lo que parecía confirmar que los rebeldes iban en esta dirección. Fue el lugar perfecto para esconder las cámaras.

Brownfield estaba ansioso por tener imágenes. Quería saber que los guerrilleros que perseguían sí tenían a Keith, Marc y Tom. Quería enterarse del número de rehenes y rebeldes y tener más información sobre la calidad de sus armas, la cantidad de comida que estaban llevando y la velocidad de sus movimientos. Aunque sospechaba que el jefe de este grupo de las FARC era Enrique ‘Gafas’, Brownfield quería confirmación. Toda esta información ayudaría a planificar o una operación de rescate, o un cordón humanitario.

Pero las cámaras habían sido diseñadas para ambientes despejados y menos agrestes, como los desiertos de Irak. No para la selva, donde la espesa capa de los árboles bloquea la señal satelital. Las tropas colombianas tuvieron que regresar a El Venado una segunda vez y pasar cuatro días arreglando las cámaras. No funcionaron. Las tropas tuvieron que regresar una tercera vez.

“Instalar las cámaras fue un trabajo monumental y no sirvieron de un pito –dijo Brownfield visiblemente frustrado–. Nunca logramos hacer que estas malditas cámaras funcionaran”.

Pero la persistencia sí funcionó. El 16 de febrero del 2008 un equipo de 12 comandos colombianos escuchó risas, gritos y gente cortando árboles. Un sargento y un cabo colombiano se deslizaron hacia la barranca del río donde el Apaporis formaba una curva de unos 15 kilómetros debajo de las cascadas El Venado. En la barranca opuesta, que formaba una playa de arena, vieron seis personas en sudaderas de azul oscuro. Luego, un grupo de 25 hombres llegó a bañarse. Iban armados.

Acostados boca abajo y mirando con binoculares, los dos suboficiales monitorearon cada detalle del campamento de las FARC. Una cocinera lavaba platos. Un guerrillero recargó una batería con paneles solares mientras sus colegas pescaban. Al mediodía, los rebeldes desaparecieron. Luego, a la 1:30 de la tarde, tres rebeldes llevaron a cinco prisioneros a la playa. Ellos se quitaron sus camisetas y se metieron en el agua.

Tres de los detenidos eran más grandes y parecían gringos. Estaban hablando en inglés y en algún momento, uno de ellos grito: “¡Hey, Marc!”

“Yo llevaba fotos de los rehenes y averigüé –dijo el sargento–. Eran los americanos.”

Después de 40 minutos, los rebeldes llevaron los rehenes al campamento y los soldados se retiraron a su escondite del lado opuesto del río para transmitir la noticia por radio a Bogotá. Fue la primera vez que las tropas colombianas lograron acercarse a un campamento de las FARC y observaron cómo tratan a sus rehenes.

Los tres días siguientes, los dos soldados los pasaron espiando desde su punto ubicado en la barranca que estaba a unos cinco metros sobre el nivel del agua. Todos los días, Keith, Marc y Tom llegaban al río a bañarse. Un día, cuando estaba nadando, Marc casi cruzó el río y estuvo a sólo 50 metros de los comandos. Los soldados soñaron con la posibilidad de agarrar a los rehenes, disparar ráfagas con sus armas mientras los helicópteros llegaban a rescatarlos. Sin embargo, su única tarea era recoger información. Cualquier intento de rescate tenía que ser aprobado por la administración de George W. Bush. Además, eran muchos los guerrilleros y sólo 12 comandos. Cerca de 100 rebeldes custodiaban a los americanos y a 12 rehenes más en dos campamentos separados en el lado sur del río.

Los americanos no tenían idea de que estaban siendo monitoreados, pero de vez en cuando se imaginaban algo parecido. “A veces miraba la vegetación cuando orinaba –dijo Tom–. Y pensaba: ‘¿Hay alguien por ahí?’”

Ir a la segunda parte >