Las relaciones entre Venezuela y Colombia han sido una historia de largos distanciamientos e instantes cooperativos. Los gobiernos de Hugo Chávez y sus pares colombianos le han agregado nuevos ingredientes a esa mutua prevención aunque para convivir se han visto abocados a construir confianza.
En efecto, el diferendo sobre áreas marinas y submarinas cobró un carácter conflictivo desde los años 50 del siglo XX, y revivió más de 100 años de delimitación terrestre (1830-1941), así como la que se había heredado de las viejas tensiones coloniales entre el Virreinato de la Nueva Granada y la Capitanía. En la década de los 90, la 'desgolfización' de la relación, debida tanto al progresivo entrecruzamiento de las dos economías como a la institucionalización de mecanismos emprendida por los gobiernos para gestionar una amplia agenda de vecindad, convirtió en positivas las percepciones de un lado sobre el otro, ayudó a encontrar soluciones compartidas a problemas comunes.
Al comienzo de esta década, diversos incidentes dispararon la susceptibilidad de los gobiernos. Para disgusto de Andrés Pastrana, Chávez anunció que sería neutral ante el conflicto colombiano, lo que hizo temer que pudiera traer consigo apoyos a las guerrillas de un gobierno ideológicamente más cercano a ellas. Los venezolanos recelaron a su vez que el Plan Colombia generara un desbalance militar favorable a Colombia y apoyo de Estados Unidos en el diferendo limítrofe a cambio del uso de territorio colombiano con el propósito de frenar el proyecto bolivariano. El que el gobierno colombiano no hubiera rechazado el golpe de Pedro Carmona y le hubiera dado asilo, hizo temer a Chávez que se desarrollara una interpretación aun más negativa del proceso bolivariano en Colombia.
Una mejor química inicial entre Hugo Chávez y Álvaro Uribe, líderes fuertes, mediáticos y desinstitucionalizadores, creó una inesperada camaradería entre ambos. Las relaciones entre los dos gobernantes se iniciaron con promisorios acuerdos en torno a proyectos de infraestructura y energía de mutua conveniencia. Todo parecía marchar a pedir de boca hasta que el caso Granda materializó para cada uno sus temores respecto a su colega; al venezolano lo irritó el irrespeto a su soberanía, mientras al colombiano lo exasperaron las ventajas concedidas a guerrilleros.
En febrero de 2005, una vez que cada uno dio certezas al otro de haber entendido sus límites, se apaciguaron los ánimos y comenzó un creativo proceso para generar confianza. Rápidamente se sucedieron reuniones de los dos presidentes, cancilleres y mecanismos de vecindad; se trató de concretar proyectos energéticos, y apostaron a grandes planes que podrían convertir a los dos países en socios estratégicos como la salida de Venezuela al Pacífico por Colombia y de este país al Atlántico con la libre navegabilidad por ríos comunes.
El máximo destello momentáneo de acercamiento vendría con el papel que Uribe le asignó a Chávez como facilitador de la liberación de secuestrados. Uribe le armó a su colega un espectáculo que tuvo algo de comedia bufa. Ambos dieron una función televisada de inesperada y excesiva amistad. En esa inolvidable reunión de Hatogrande hablaron hasta de resolver el diferendo en el golfo. Se demostraron tal camaradería que lograron contagiar de confianza a muchos escépticos. Chávez salió de la reunión con Uribe a reunirse con empresarios colombianos dispuestos a ayudar en la economía endógena venezolana y a una tertulia con los más críticos periodistas nacionales. Pero en las gestiones para liberar a los secuestrados, comenzó a crecer rápidamente el protagonismo de Chávez y de la guerrilla. Uribe, irritado, le arrebató las pruebas de supervivencia y, en noviembre de 2007, le canceló de repente su papel mediador.
Desde entonces, los gobernantes se enfrentaron sin cuartel con peligrosas estrategias. Chávez se desbordó en improperios contra Uribe, dio orden de movilizar tropas y aviones a la frontera, solicitó a los gobiernos de la región declarar la beligerancia de las Farc y más tarde, tras el bombardeo al campamento de 'Raúl Reyes' en Ecuador, propuso crear una fuerza regional para apoyar a ese país y a Nicaragua en su demanda en el Caribe. Chávez se dedicó con más fervor a la liberación de secuestrados, mientras Uribe desmontaba los espectáculos de la liberación de secuestrados.
Las gestiones de la OEA en Santo Domingo, la intervención del Presidente dominicano al final de la reunión, y el forzado abrazo de los contrincantes aplacaron la peligrosa confrontación presidencial. Pero si el episodio de Santo Domingo puso fin a los mutuos ataques, no bastó para recuperar la confianza. Los dos presidentes mantienen hoy una agenda mínima que prefieren controlar directamente y se mandan mensajes que dan prueba de la desconfianza mutua que se instaló entre ambos.
A lo largo del siglo XX, la confianza entre los gobiernos de Ecuador y Colombia se había convertido en una actitud rutinaria. Esto se debía, en buena medida, a que habían resuelto con relativa prontitud los problemas de la delimitación terrestre (1916) y marítima (1975). En la década de los 90 la amistad entre los dos países llegó a tal punto que casi la mitad del Ecuador y un tercio de Colombia se involucraron en una zona de integración fronteriza que permitiría que todo ciudadano pudiera viajar al país vecino con la sola cédula de ciudadanía.
Al mismo tiempo, sin embargo, se iban incubando los factores que destruirían esa pacífica y amigable vecindad. La confrontación armada se agudizó en la frontera. Pero ninguno de los dos Estados lo percibió. Ambos, y en especial el colombiano, han estado ausentes de esas zonas. Además, eran tiempos de inestabilidad nacional que sumían las fronteras en un olvido aún mayor. Del lado colombiano, el país se hallaba enfrascado en las disputas suscitadas en el gobierno de Ernesto Samper, y no vio los efectos sobre Ecuador. Del lado ecuatoriano, el país sólo miraba a la frontera sur donde mantenía un centenario enfrentamiento con Perú, los gobiernos se sucedían unos a otros sin que tuvieran el tiempo para reconocer los nuevos fenómenos fronterizos.
Cuando empezaron las tensiones se produjeron varios intentos fallidos de acercamiento hasta que se llegó a la ruptura. En 2002 comenzaron a sentirse las presiones fronterizas y empresariales, que llevaron a reestructurar la Comisión de Vecindad. Pero ésta fue rápidamente rebasada por los problemas de seguridad. En diciembre de 2005, con la suspensión de las fumigaciones de cultivos ilícitos se redefinieron la agenda y la Comisión Militar Binacional. Pero el año 2006, que había sido de intensa cooperación, se cerró con reanudadas fumigaciones por parte del gobierno colombiano.
Ecuador llamó entonces a su embajador y suspendió todo lo acordado. En enero de 2007, en Nicaragua, un Uribe reelegido y un Rafael Correa recién electo acordaron poner en marcha una comisión y un estudio sobre los efectos del glifosato. Aunque el acuerdo fue cuestionado en Ecuador, la nueva suspensión de las fumigaciones facilitó el que Uribe fuera, en noviembre, el único gobernante presente al ser instalada la Asamblea Constituyente ecuatoriana.
La confianza parecía renacer. El gobierno colombiano aportó recursos para atención humanitaria y desarrollo alternativo a los cultivos ilícitos. Correa cuestionó el secuestro, no aceptó la solicitud de Chávez de declarar beligerante a las Farc ni de establecer un pacto militar con Venezuela, y levantó la exigencia del pasado judicial a los colombianos. Los gobiernos acordaron suscribir el aplazado plan de desarrollo de la Zona de Integración Fronteriza, fijaron el 18 de abril para una reunión de cancilleres y el 20 de mayo de 2008 para una cumbre presidencial en el marco de la Comisión de Vecindad. Pero el bombardeo al campamento de 'Reyes' en Ecuador, las explicaciones incompletas o falsas del presidente Uribe, el mal manejo de la información de los computadores acabaron por arruinar definitivamente no sólo la confianza sino hasta la cordialidad.
Los casos de Venezuela y Ecuador, por separado, requieren del máximo esfuerzo por construir la confianza que permita procesar las diferencias y aprender a convivir con las que no sean superables. Los gobiernos, por más reelegidos que resulten, terminarán pasando, pero la vecindad de los pueblos durará para siempre.
* Profesora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional
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