Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/01/27 00:00

Adiós al maestro

A los 74 años falleció Ryszard Kapuscinski, considerado por muchos el mejor periodista del mundo.

Ryszard Kapuscinski escribió casi todos sus libros en su estudio, ubicado en el ático de su casa en Varsovia. En esa casa lo esperaba durante largas temporadas su esposa

Reza el dicho que para entender a otra persona se necesita haber caminado en sus zapatos. Y Ryszard Kapuscinski creció en Pinsk, un pueblo pobre al este de Polonia que hoy pertenece a Bielorrusia, por lo que no tuvo zapatos propios sino a los 9 años. Quizá por eso siempre tuvo esa facilidad para entender a los demás, que aprovechó en las 27 revoluciones y 12 guerras que cubrió desde los 25 años de edad. El sufrimiento no le era ajeno desde cuando vivió, como víctima, la Segunda Guerra Mundial. Supo desde pequeño qué se sentía ser refugiado, tener hambre, frío y miedo. "Encontré un lazo emocional con las situaciones de pobreza de los llamados países del Tercer Mundo. Era como regresar a los escenarios de mi niñez. De ahí nace mi interés por estos países. Por eso me interesan los temas que tocan la pobreza y lo que produce: conflictos, guerras, odios", dijo hace unos años en una entrevista para Letras Libres.

Su corazón, que palpitó muy fuerte en momentos de angustia y marcó el ritmo de sus reportajes, ya estaba enfermo desde hace algunos años y dejó de latir el 23 de enero. A los 74 años, Ricardo, como lo llamaban en Latinoamérica, murió en Varsovia, después de dejar una imborrable huella en la memoria histórica del siglo XX. Sus lectores entendieron algunos de los más importantes conflictos y revoluciones del mundo contemporáneo a partir de las descripciones que él les entregó de los lugares, los olores y las sensaciones y las voces de sus pobladores.

Logró captar la realidad del mundo, al que siempre miró con detalle, sin perder nunca la capacidad de asombro. Ello convertía sus relatos en piezas únicas y especiales. No es fácil definir el cruce entre reportaje, ensayo y literatura que atraviesa sus escritos. El género de sus historias podría ser definido como periodismo con alma. Pero este reportero polaco nunca quiso encasillar el estilo de sus piezas, ya que lo importante era que el texto fuera bueno, y nada más.

Venció la malaria y a otras enfermedades del trópico en África, el continente al que más tiempo le dedicó, casi muere deshidratado en el Sahara y le apuntaron con todo tipo de armas. "En más de una ocasión me tocó vivir momentos tan desesperados, que me vi diciendo una plegaria: 'Dios, haz que también salga de esta con vida; si me la vuelves a conceder, te prometo que nunca más voy a arriesgarla de nuevo'", confesó Kapuscinski en El mundo de hoy, uno de sus libros traducidos al español. Pero aun así, "El enviado especial de Dios", como lo llamó el escritor John Le Carré, veía su labor como una misión y no sólo como un oficio, sentía sobre sus hombros la responsabilidad de contar una realidad tan distinta a la europea y volvió a arriesgar su pellejo en incontables ocasiones.

"Yo en verdad no quería más que la oportunidad de ver cómo era el mundo", contó Kapuscinski a la revista literaria Granta. Pero el mundo, que logró recorrer casi por completo durante 50 años, no parecía un lugar abierto para un joven historiador polaco convertido en reportero. Después de la guerra su país quedó detrás de la 'cortina de hierro' y las distancias parecían más grandes que nunca. Aun así, su editor accedió a enviarlo como corresponsal, y los primeros lugares que recorrió fueron India, China y Afganistán. En vez de darle consejos, su jefe sólo lo equipó con el libro Historia de Heródoto. El primer cronista griego se convirtió en su guía y maestro mientras Ryszard cruzaba fronteras, la acción que se convirtió en el sentido de su vida.

Como corresponsal de la Polish Press Agency (PAP), durante años dedicó sus horas libres a juntar apuntes, a ver, a escuchar y a escribir, lo que le permitió crear libros tan valiosos como Ébano, una radiografía del continente africano; El Sha o la desmesura del poder, en donde relató las raíces de la revolución islámica iraní; El Emperador, en donde reconstruye la absurda vida palaciega en la corte del 'Rey de reyes' etíope, Haile Selassie; y El Imperio, en donde narra el fin de la Unión Soviética. Por su labor fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y las Humanidades en 2003. Y por su particular manera de narrar, que se debía a su temor de aburrir al lector, y su gran aporte a la literatura, sonó en varias oportunidades como fuerte candidato al premio Nobel.

En sus últimos años se dedicó a dictar cátedras sobre periodismo, y estuvo en Colombia varias veces. Entre sus más importantes lecciones estaba la de siempre recibir con gusto la comida y la bebida que le ofrecieran las personas del lugar, conocer la forma de vida, el hogar y las costumbres de sus personajes, y aprender a viajar solo para así poder concentrarse en la nueva experiencia, en la gente y en los detalles. Para no traicionar sus convicciones no aceptó ir como periodista 'encamado' a Irak. Sentía que por la situación de esa guerra y la imposibilidad de acercarse a los directamente afectados, no podría cumplir con su misión de reportero.

Los periodistas que crecieron leyendo sus escritos sienten que perdieron un gran maestro. Porque Kapuscinski les enseñó que ante todo, para ser un buen periodista, se debe ser una buena persona. Porque él creía, como tituló otro de sus libros, que "los cínicos no sirven para este oficio".

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