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| 8/19/1985 12:00:00 AM

AL MINISTRO POR LOS CUERNOS

Escándalo en España por affaire de la ex de Julio Iglesias con el ex superministro Boyer.

Es desde ya el escándalo social del año, salvo que a Stephania se le ocurra casarse con Junot o a Junot con Boy George. Todo por culpa de la gran creación de las revistas del corazón españolas, Isabel Preysler, la primera mujer de Julio Iglesias, la filipina más conocida en el mundo despues de Imelda Marcos, la musa inspiradora de "Me olvidé de vivir" y "De niña a mujer", la mortal que más veces salió en la carátula de "Hola", a la zaga sólo del propio Julio y la más cara de las reporteras en España, con tarifa promedio de 50 mil dólares por artículo.
Isabel Preysler, marquesa de Griñón mientras termina de legalizarse su separación con Carlos Falcó, marqués de Griñón, ha sido acosada en este verano por la prensa española, con la excepción del bloque de Cambio-16, por su romance licencioso con el hasta hace nada superministro de Felipe González, el titular de Economía y Hacienda Miguel Boyer, también casado, con tres hijos y en trance de separación.
Es una historia que en lo que va corrido de julio ha producido no menos de medio centenar de portadas en España, desde que en su edición del 2 de julio "Interviú" decidió soltar la bomba sobre los amores del ministro y la marquesa. Era un rumor a gritos desde principios de año, pero que un poco por respeto a la privacidad de los funcionarios públicos y un mucho por temor a las posibles represalias del más poderoso hombre del gobierno español (después de Felipe González, por supuesto), permaneció contenido en ese nivel, en el de rumor, hasta que "Interviu", decidió levantar la punta de la sábana.
Ya nadie pudo parar el alud y siguieron sus pasos absolutamente todas las revistas de actualidad españolas, menos Cambio-16 que hizo alusión condenatoria al tema, porque consideró en principio que la historia no pasaba de ser un físico chisme.
Pero no. Esta vez "Interviú" tuvo razón y en sus dos publicaciones siguientes fue más allá, recogió los pasos clandestinos del ministro y la marquesa en el último año y se dio gusto a sus anchas, alardeando de sus ventas en julio, de las llamadas de anónimos ofreciendo fotografías de Isabel y Boyer en París, "que son vuestras por un simple puñado de millones", (Interviú, del 9 de julio), o "somos de la agencia "X", le vendemos las fotos de la mujer de Boyer y su hija en topless en la playa. Son una bomba", sostuvo en la misma edición. Sí, es todo un escándalo.
Hay escándalo en la familia Preysler -de la alta burguesia de Filipinas-, escándalo en la familia de los Griñón -no obstante la discreción de su esposo, un marqués cuyo pasatiempo preferido, paradójicamente, fue siempre apuntar a las cornamentas de los venados- y hay escándalo en cada una de las familias españolas, que coinciden en las encuestas pensando que esta vez Isabel ha ido demasiado lejos.
Los Preysler en Filipinas, una familia distinguida aunque sin muchas riquezas, no saben hoy donde meter la cabeza. En 1969 decidieron mandar a Isabel, la tercera de sus seis hijos, a España, con el ánimo de que terminara sus estudios. La jovencita académicamente no daba pie con bola en Manila, en especial por su tendencia a coleccionar amores. Pero antes de que transcurrieran dos años, desde su partida, Isabel les despedazó el reposo en Manila; había entablado amores con Julio Iglesias, el reciente ganador del festival de Benidorn, un cantantico que pegaba con los temas "Gwendoline" y "La vida sigue igual" y que la llevaba para aqui y para allá, en plan de amiguita oficial.
Pocos meses después, en diciembre de 1971, la relación entre la muchachita de 17 años y el cantante de 25, que empezaba a afianzar su dominio en España y Latinoamérica, se convirtió en el gran suceso de fin de año. Una boda espectacular, con grandes figuras de la aristocracia europea y una pareja arrobada a cada instante causó conmoción cierta. En realidad ni Julio, ya con estatura nacional, ni Isabel, fueron los responsables del suceso. La responsabilidad fue básicamente de la gran amiga de Isabel, Carmen Martínez Bordiú, nieta del entonces aún vigente generalísimo Franco, que quiso que el casorio tuviera todo el realce posible. Ha sido la gran amiga de Isabel en todas las horas, inclusive ahora cuando se le menciona como una de las grandes celestinas del romance clandestino entre la filipina y el superministro.
En la boda sólo una pareja estaba en vilo: los Preysler padres. Habían soñado que aquella criatura agradable, reposada y vital, se casara con algún aristócrata y ni de riesgos con un artista, que por más hijo de médico que fuera y por más que hubiera superado a fuerza de rigor una parálisis, lo más notorio que exhibía en su pasado eran las volteretas como portero suplente del Real Madridl. Pero, en fin, se consolaron y siguieron de lejitos la evolución de un matrimonio que generaría tres hijos (Chábeli, Julio y Enrique) y todo el ruido imaginable, por la fama in crescendo de Iglesias y la imagen solitaria de una muchachita-madre, cautivadora y discreta, que en apariencia soportaba sin amargura las reseñas de mil lados sobre mil y un romances furtivos del enamoradizo cantante.
Pero en diciembre de 1979, justo al redondear el octavo aniversario, Isabel estalló la segunda gran bomba de su vida. Por mutuo acuerdo -señalaron los Iglesias en comunicado oficial- daban fin a su matrimonio. Isabel quedaba con la tutela de los niños y Julio en cualquier instante abandonaría la península para establecerse en Estados Unidos, su próxima gran meta en su ascensión artística.
Se dijo que ella se había cansado de los rumores y la brincadera de Julio que el cantante no podía sacrificar su carrera artística por ninguna mujer y se hizo énfasis en que un tal marqués de Griñón, terrateniente, vinícola propietario de la casa productora del vino de Griñón, aficionado a la cacería, de finísimos modales y dueño de cierta fortuna, había aprovechado las circunstancias de soledad de Isabel para absorver sus afectos.
El 23 de marzo de 1980 se confirmaron, aunque sin llegar a la certeza plena, los rumores: en estricta intimidad y con la presencia de menos de 30 invitados (entre ellos la inefable Carmen Martínez), Carlos e Isabel se casaron en una pequeña y preciosa ermita del siglo XVIII, situada en la finca del marqués de Griñon. Los Preysler padres esta vez sí exhibieron su satisfacción plena y estuvieron radiantes durante el cuarto alumbramiento de Isabel, el de Tamara, en noviembre de 1981. Pero les duró la felicidad hasta hace un mes, cuando Isabel con su romance licencioso, generó el mayor estremecimiento social en España desde la muerte de Franco y echó por la borda y lejos la paz de los Preysler. De paso, hizo añicos el cristal de la dignidad de los Griñón con la historia de su adulterio.
Quien ha sido casi por completo ajeno al escándalo es Iglesias. Refugiado desde hace seis meses en Nassau no quería soltar prenda sobre el suceso. Sólo el jueves aplacó una gota a los reporteros en zozobra. Desde Nassau donde veranea con Chabely, dijo que le deseaba a Isabel la mejor de las suertes. "Verán que sale adelante. Es una gran muchacha", comentó a las agencias.
Isabel, tampoco ha participado de los comentarios de prensa, aunque no se ha mostrado ni irritada, ni nerviosa, ni apabullada.
Lo único que se sabe es que vuelve a preparar sus maletas para viajar a Marbella, su inevitable paraje anual en verano. Y hay digamos 201 viajeros más con igual destino: 200 fotógrafos y Miguel Boyer, que tras su salida del gobierno ha dicho que necesita un descanso. Y para todos en España sus pasos no pueden tener otro rumbo que la misma Marbella.
No sería la primera vez que se abandonan a la canícula Marbella. El año pasado él también estuvo ausente de su ministerio en Madrid por esta época y se supo que andaba por aquellas playas. Pero nadie vio más allá que una coincidencia y ni fotos se tomaron del "ocasional" encuentro. Por esa época se rumoraba que Isabel estaba hasta la coronilla de las cacerías y zafaris de su marido oficial, al tiempo que al marqués no le marchaban bien los negocios, mientras que ella cada vez era más rica y famosa. Nadie dudaba que aun en lo económico, Falcó de Griñón se había quedado muy a la zaga de la marquesa.
Pero por ningún lado aparecía la luz que insinuara el romance-bomba, no obstante que se sucedían hechos que ahora, concatenados, dan precisión al idilio. Isabel viajó como nunca antes a París durante el último año y el ministro Miguel Boyer también.
Ella decía que viajaba en plan de compras. de ver donde estudiaría francés, de visitar unos amigos. El decía que en viaje oficial. Hasta que en la última semana de febrero de este año tuvieron el desliz revelador.
En la casa de Alberto Pinto, un judio sefardí, marroqui de nacimiento y el decorador de moda hoy en París, Miguel e Isabel coincidieron durante la cena de gala que Pinto ofrecía a la norteamericana Nan Kemper, esposa del multimillonario gringo Thomas Kemper. Estaba el salón tupido de condes, duques y marqueses, de banqueros, millonarios y modistos, y entre los españoles destacaba, fuera de la Preysler, que llegó sola, su inseparable Carmen Martínez Bordiú.
En realidad el menos vistoso de la noche era Boyer, que se presentó -y aquí estuvo el desliz- como el "señor García", hacendado español. Hubiera pasado tan inadvertido casi como los meseros, de no ser porque Isabel le dedicó todo el tiempo, sentada junto a él en una "discreta mesa de la esquina más discreta", relató Julián Lago, columnista de la revista Tiempo tres semanas después. Y dijo que alguien que vivió en España, una mujer, no le quitó el ojo de encima al "señor García". Aquella cara le sonaba y mientras transcurría la velada seguian tratando de establecer dónde diablos lo había visto.

Se le iluminó todo cuando hubo corrillo cerca a Isabel y al "señor García" y el tema fue lo mal que le iba a los gobiernos socialistas de Mitterrand y su vecino Felipe González. Ahí se le aclaró todo, diría en confidencia a Lago. Entonces se adueñó de la conversación y empezó hablar pestes de Felipe. Y el "señor García" comenzó a sentirse incómodo y la marquesa sintió que le faltaba aire y dijo que iba al jardín. Y se fueron pronto y todo quedó allí, hasta que Lago publicó su columna con el título "Un ministro llamado García".
Entonces los reporteros empezaron a husmear y supieron que Elena Arnedo, la mujer de Boyer, estaba desde hacia un año en trance de separación y que el superministro (tenía en sus manos todo el poder económico, luego de que Felipe fusionara en uno solo los ministerios de Hacienda y Economía), había trasladado desde principios de año su residencia al ministerio. Era un detalle. Otro: que cada vez era menos afectiva la relación de Isabel y el marqués y que ella se "entusiasmaba" cada vez más con sus entrevistados -Clint Eastwood, Robert Redford, Richard Chamberlain-. Y el detalle concluyente: que Boyer no renunciaba a su ministerio porque Felipe le hubiera reducido su poder, sino por "motivos personales", según confirmaba a la prensa el propio Felipe.
Empezaron las encuestas: "¿Renunciaría usted a un ministerio por amor?". Y las preguntas a Boyer: "¿Es usted el "señor Carcía" y él contestaba que sí había estado en la fiesta, pero que no se presentó como el "señor García". Y las preguntas a Isabel: "¿Crees que un político es capaz de dimitir por amor?", "¿Podeis afirmar que tu vida familiar discurre sin problemas y que no hay ningún proyecto de separación o divorcio, como señalan algunos rumores?" y ella apenas sonreía, sin confirmar ni desmentir nada.
Hasta que se sucedieron acontecimientos gordísimos: un rumor sotto voce: que Boyer iba de embajador a París. Que la Preysler también. Otro: que Isabel fue la intermediaria para vender una empresa de cueros expropiada al grupo Rumasa, a la firma francesa Loewe, y no a la inglesa Jaegger, preferencia que coincidia con el criterio de Boyer. Que aparte de lo afectivo, lo económico también jugaba en los recurrentes viajes de los dos a Francia. Y, finalmente, la gran noticia el pasado 14 de junio: una carta firmada por Isabel y el marqués de Griñón y con el sello de la familia. La carta decía:
"Aunque, como hemos dicho con frecuencia, no somos personas públicas y, por consiguiente, carecemos de obligación alguna de informar sobre temas que pertenecen exclusivamente a nuestra vida privada hemos decidido hacer pública nuestra decisión, tomada hace ya algún tiempo, de separarnos legalmente.
Se trata de un paso meditado y doloroso para ambos, debido al afecto que nos une y al cariño que profesamos, además de a nuestros hijos respectivos, a nuestra pequeña Tamara. Junto a ellos hemos compartido unos años de felicidad que guardaremos en lo más profundo de nuestros corazones.
Deseamos expresar nuestro agradecimiento a todos aquellos medios de comunicación que siempre nos trataron con afecto, a pesar de nuestras frecuentes negativas a sus peticiones.
Por el contrario, nos han dolido a veces profundamente, las falsedades, las injusticias, las zafiedades y manipulaciones de que hemos sido objeto, una vez más, en estos días por parte de un sector minoritario de personas o medios de comunicación.
Respecto a nuestro futuro inmediato, hemos decidido que Isabel mantenga la custodia de Tamara y siga viviendo en la que hasta ahora fue nuestra casa. Naturalmente, el resto de nuestros hijos seguirá viviendo con cada uno de nosotros.
Sólo nos queda pedir a todos -y muy en especial a los medios de comunicación- que en estos momentos difíciles para nosotros, respeten nuestra intimidad y afirmar que no añadiremos manifestación o comentario alguno a esta declaración", y seguían las firmas.
"Ahí está retratada la elegancia del marqués y el cinismo de ella", dijeron los periodistas amigos de Falcó. "Ni pintado el carácter definido de ella y la sumisión del marqués", dijeron los reporteros amigos de Isabel. Boyer no ha dicho nada. Sólo se sabe que prepara maletas rumbo a París, con escala previa en Marbella. España está a la expectativa, el jet set internacional también. Mientras tanto, a Isabel como que todo le resbala. Su cabeza está en otra cosa, dicen por aquellos lados.
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