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| 12/10/2016 12:00:00 AM

Mujeres de tesón y palabra

Alejandra de Vengoechea cuenta la historia de seis periodistas hechas a pulso, exponentes de la pasión por el oficio. De ese profundo ejercicio nació el libro ‘Mujeres que dicen verdades’.

La historia de seis periodistas de raza es, de cierta manera, la historia de un tipo de mujer colombiana creada y criada en la segunda mitad del siglo XX. Una inteligente, consciente de sus limitantes sociales solo para transgredirlos, que se llenó de determinación para impactar con su trabajo la vida de millones. Una que logró abrirse paso por su persistencia, rigor, calidad y empuje, a la que nadie le regaló nada a pesar de contar con oportunidades. Llámese Olga Behar, María Elvira Samper, Patricia Lara… Llámese Salud Hernández -colombiana de corazón-, Silvia María Hoyos o Juanita León.

Las hay muchas más, Marta, María Jimena, Yolanda, las hay valientes y valiosas de nuevas generaciones, Claudia, Camila, María Paulina, Lariza. Pero como dijo a SEMANA Alejandra de Vengoechea, autora de Mujeres que dicen verdades, fue necesario desviarse del plan inicial de dedicar el libro a diez periodistas de distintas generaciones. Ella y su editor Juan David Correa aplicaron la máxima de que menos es más, y enfocaron su atención en seis de recorrido ejemplar para abordarlas a profundidad. Desentramar la historia de una mujer requiere tiempo y método. “Es como pelar cebolla, hay capas y capas”, asegura De Vengoechea, y añade: “Miden mucho sus palabras, piensan en el legado de lo que dicen”, contó a esta revista.

Intencionalmente o no, parte de la estrategia de De Vengoechea es hablar tanto con sus personajes que les sea imposible mantener ese autocontrol. Desnudarse y liberarse frente a alguien requiere una conexión y una confianza.

Las mujeres que perfiló para este trabajo la inspiraron a ella y a varias de su generación. De hecho Patricia Lara la formó en la redacción de la revista Cambio 16. Como varias de ellas, Alejandra es una talentosa periodista (corresponsal, cronista, editora), esposa (de un marido ‘nueva era’ que comparte los quehaceres del hogar y la envidian sus colegas) y madre (solo Salud Hernández-Mora no tiene hijos, y dedicaría la plata del mundo a estudiar el cerebro de los hombres).

Inquieta y rigurosa, disfruta de descubrir la persona detrás de la imagen pública. Antes de abordar este proyecto, había retratado especialmente a hombres (Vargas Lleras, Petro, José Obdulio), pero desde que entrevistó a Clara López para una revista detectó diferencias entre géneros: su manera de ver la vida, de abordar el hogar, el oficio, y su prudencia. Reconoció en las mujeres una complejidad distinta y se dio cuenta de que no se les ha escuchado lo suficiente.

Se encontró tres veces con cada una de sus entrevistadas, y tuvo que descartar a algunas que quería incluir pues, por cuestiones de trabajo, no le podían dar el tiempo. Así descubrió el entretelón de la vida de las seis mujeres, entre cientos de tintos, tés y decenas de almuerzos. Horas y horas de material derivaron en entrevistas de 50 a 60 páginas, que luego con olfato editó hasta llegar al producto final, un trabajo de más de 200 páginas, honesto y cautivante, rico en detalles y anécdotas.

“Se trata de mujeres muy inteligentes, que siempre fueron buenas en lo que se propusieron, de mujeres que leyeron muchísimo en la vida, pero también se trata de rebeldes por naturaleza”, cuenta De Vengoechea. Patricia Lara demandó a Estados Unidos -acto temerario si los hay, pero justo-, y ganó; Salud Hernández asume reportajes en cualquier parte del mundo sin pestañear, y expresa sus opiniones de la misma forma; Silvia María Hoyos anda con botiquín a cuestas, y sobrevivió a la etapa más temible del cartel de Medellín; mientras que Juanita León redefine el rol y las maneras del periodismo.

Silvia María Hoyos se apoyó mucho en su madre para cuidar a su hija. Olga Behar se cuasimultiplicó, para trabajar en reportajes de alto impacto, lavarles la ropa y hacerles la comida a sus hijos. Cada una honró a su manera a su figura materna. Esto, pues vieron a sus madres abrirse paso en una sociedad que esperaba de ellas que atendieran el hogar y que hablaran de costura y cocina. ¿Cómo no iban a ir más lejos?

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