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| 6/28/2014 3:00:00 PM

El homenaje a Andrés Escobar, el caballero del balón

Hace 20 años asesinaron al defensa que diez días antes de morir creyó que todo seguiría tras su autogol que eliminó a Colombia del Mundial de 1994.

Estaba convencido de que la vida seguía tras su autogol que eliminó a Colombia del Mundial de 1994. Diez días después, el 2 de julio, lo asesinaron en Medellín. SEMANA le rinde un homenaje con las voces de familiares, amigos, jugadores y periodistas que lo conocieron y fueron testigos de la tragedia que 20 años después aún estremece al país.

“Era elegante como Beckenbauer”

Jairo Moncada, narrador de los partidos del Mundial USA 94 para Colombia.

“Cómo olvidar la descolgada del defensor John Harkes, ese número seis que lanza un centro sin destinatario. Escobar intenta recortar, su pie derecho engaña y descoloca a Óscar Córdoba. Canté el gol con la incredulidad de cualquier colombiano. Ya nos habíamos desencantado tras la cachetada de Gheorghe Hagi en el partido contra Rumania, y con Adolfo Pérez veníamos comentando las imprecisiones de la zaga colombiana, muy distante de su desempeño en las eliminatorias. El 5-0 frente a Argentina había catapultado ese favoritismo, que al final nos hizo más daño que bien. Primero llevamos a los jugadores al cielo y, cuando no lo consiguieron, los culpamos únicamente a ellos. Al enterarme de la noticia, me pregunté hasta dónde fuimos responsables de toda esa parafernalia. Quedan varias lecciones 20 años después: desde evitar los excesos por más de que se trate de la selección, hasta entender que nuestras grandes figuras también se pueden equivocar. Andrés Escobar tenía la elegancia de Beckenbauer. Hoy lo recuerdo como un jugador muy técnico y dominador del balón, pero sobre todo, como un gran amigo”.

“Aún no he aceptado lo de Andrés”
Luis Fernando ‘Chonto’ Herrera, compañero de la Selección Colombia.

“Cuando salimos en la primera ronda del Mundial de 1994, sabíamos que el país estaba caliente y que la gente estaba muy triste, pero en ningún momento temimos por nuestras vidas. Nosotros, los jugadores, también compartíamos esa desazón. En especial Andrés, quien nunca había cometido un error de esa magnitud en su carrera profesional y que podía pasarle a cualquiera. Él intentó cerrarse para sacar la pelota, pero cuando le pegó, esta tomó otra dirección. De inmediato lo apoyamos, pues Andrés significaba mucho para el grupo. Él era una persona muy seria, pero no tenía nada de tímido. Detrás de su mesura había una persona alegre, recochera, que le gustaba tomar del pelo. Era, además, un extraordinario central, el mejor de la historia del fútbol colombiano. A los pocos días de llegar a Medellín, Andrés me invitó a salir y yo le dije que quería descansar en mi casa. Esa fue la última vez que hablamos. Me enteré de lo que le pasó por un compañero. Entré en un choque de nervios impresionante. No entendía. En el fútbol tiene que haber tolerancia pues siempre se cometen errores. Todavía no lo he aceptado”.

“El fútbol nos jugó una mala pasada”
Juan Jairo Galeano, amigo de infancia y compañero del Atlético Nacional.

“Conocí a Andrés cuando yo tenía 16 años y él 12, y desde ese primer encuentro supe que tenía algo especial. Era respetuoso, sincero y generoso. Le gustaba, por ejemplo, hacer obras de caridad en las parroquias sin que nadie se diera cuenta. Mi mamá lo acompañaba con la única condición de que ella no dijera nada. Eso siempre me sorprendió. Cuando Andrés volvió de Estados Unidos, estaba triste, como era de esperarse, pero también optimista pues sabía que no había cometido ningún delito marcando el autogol. De hecho, estaba tranquilo y se le veía fuerte, pues era una persona de mucho carácter. Me enteré de su muerte a las seis de la mañana, horas después de que nos separamos en el parqueadero de la discoteca. Habíamos ido ese viernes primero de julio a pasar un buen rato, sin hacerle daño a nadie. Hoy todavía no puedo aterrizar ni aceptar la injusticia que se cometió. El fútbol, que no ha cambiado, nos jugó una mala pasada y nos dejó una imborrable huella de tristeza”. 

“Todavía me pregunto por qué lo mataron”
Santiago Escobar, hermano.

“Han sido 20 años muy duros. Andrés y yo éramos los mejores amigos y, a pesar de que él era el menor, aprendí muchas cosas a su lado. Una vez, por ejemplo, el entonces candidato presidencial Andrés Pastrana quería que apareciera en las vallas publicitarias de su campaña. Lo estuvieron llamando toda la semana, pero él se negaba. ‘¿Cuál es la insistencia? A mí que me dejen tranquilo’, decía. Mi hermano no tenía preferencias, era un hombre auténtico, que no le gustaba aparentar. Teníamos una relación transparente y por eso cuando me dijo que dejara de jugar en Colombia para acompañarlo a Suiza, donde fichó por el Young Boys, no lo dudé. Allá vivimos seis meses, en los que compartimos y aprendimos juntos. Eso me marcó y hoy lo recuerdo con una mezcla de alegría y tristeza. Todavía me pregunto por qué lo mataron. Las personas que lo hicieron se creían dueñas del mundo y lo peor es que quedaron impunes, porque el conductor solo pagó 12 años y los autores intelectuales quedaron libres con una fianza mínima. Hemos tratado de sopesar el dolor en familia, pero con mi papá, que murió hace seis años, no podíamos tener una charla en la que mencionáramos a Andrés. Le dolía mucho y al final se fue sin hacer el duelo. Si mi hermano viviera hoy, seguramente estaríamos en Brasil porque él era ante todo un apasionado de la selección. Pero la vida vale muy poco y mientras no desarmemos los espíritus y no respetemos las diferencias, va a ser difícil que cambiemos”.

“Seguimos siendo una sociedad capaz de matar por capricho”
Jesús Albeiro Yepes, uno de los fiscales del caso.

“Todavía recuerdo el día en que vi a Andrés Escobar debutar en el Atlético Nacional. Desde entonces se ganó el respeto y el aprecio de la hinchada del club. Más tarde, en la Selección Colombia, se ganó el cariño de todo el país. Era el símbolo del señorío, era el caballero. El hombre de las palabras distintas, del don del trato. Era el referente y eso es lo dramático. Como en la tragedia griega, el más valiente, el más bueno, terminó sacrificado. No se puede olvidar que su muerte ocurrió en una de las épocas más terribles de la violencia en Medellín. Esa noche Andrés había ido a una discoteca con unos amigos. Allí una mesa cercana empezó a provocarlo: ‘¡autogol, autogol!’, le gritaron. En la madrugada Andrés salió por la vía Las Palmas y vio en un parqueadero a las personas que lo estaban molestando en el bar (los hermanos Gallón), y fue a reclamarles. Ellos respondieron que él no sabía con quién se estaba metiendo y, en el forcejeo de palabras, el conductor se bajó y le descargó un revolver. La violencia que nos ha tocado nos ha hecho sufrir y llorar. Todavía somos insensibles y fríos ante la tragedia; seguimos siendo una sociedad capaz de matar por el capricho y el deseo. Pero el símbolo de Escobar, la figura descollante, el héroe de la tragedia, siempre será el ejemplo de un sueño debidamente construido”.
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