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| 8/24/1998 12:00:00 AM

ANTIOQUEÑO UNIVERSAL

Con la muerte de Manuel Mejía Vallejo la literatura colombiana pierde a uno de sus hijos más ilustres.

El fin de semana pasado GabrielGarcía Márquez se hallaba en la tarea de reorganizar su biblioteca cuando se topó con la obra de Manuel Mejía Vallejo. Entonces decidió dejarla encima del escritorio mientras le encontraba un sitio apropiado, pero también para _de pronto_ entregarse a la revisitación de una de sus novelas. Y allí reposaban los libros del escritor antioqueño cuando el Nobel recibió en la mañana del jueves la llamada del ministro de Cultura, Ramiro Osorio, con el anuncio de su fallecimiento. La noticia lo impactó de manera doble pues al golpe de la muerte de su amigo tuvo que sumarle el de la sensación confusa y amarga de la premonición. De La tierra éramos nosotros, publicado en 1945, a su último libro, Los invocados, de 1997, Manuel Mejía Vallejo trazó el sendero de la literatura antioqueña de los últimos 50 años con un arsenal de obras que incluye 11 novelas, siete libros de cuentos, cuatro de poesía y otro tanto de ensayos, suficientes para erigirse como uno de los escritores colombianos más importantes de su generación y de los más conocidos en el exterior. Algunas de sus obras fueron traducidas al inglés, al francés, al italiano, al alemán y al ruso. A pesar de ello, a lo largo de sus 75 años Mejía Vallejo siempre se caracterizó por huirle a la fama y al renombre, convencido de que su trabajo no era más o menos trascendente que el del carpintero o el del cosechador de café. Inclusive olvidaba con facilidad la solicitud de editores interesados en traducir sus novelas y cuando, en 1989, los organizadores del premio Rómulo Gallegos le pidieron enviar a Venezuela su obra La casa de las dos palmas para presentarla a disposición del jurado, Mejía pasó por alto el ofrecimiento. Fue Juan Luis Mejía, ex director de Colcultura, quien finalmente se encargó de hacer llegar la novela con la que el escritor antioqueño saldría favorecido. Era ante todo un hombre humilde que, sin embargo, estaba dotado de una prodigiosa disciplina para la lectura y una sorprendente capacidad de observación, virtudes gracias a las cuales supo construir una obra maciza y redonda en torno de una antioqueñidad que superó los parámetros del costumbrismo para expresarse en términos universales. Además de escritor Mejía Vallejo era un excelente conversador. Amante del tango y la bohemia, no había reunión en que no sacara a relucir sus conocimientos en la materia y su procacidad a la hora de tomar del pelo. Tenía un humor cáustico pero genuino que solía alimentar con un buen trago de ron blanco. En una de sus famosas tertulias alcanzó a decir, burlándose de sí mismo: "El día en que yo me muera quiero que me escriban de epitafio: no me sirvan más que ya estoy muerto". Novelista, periodista, caricaturista, profesor universitario en literatura y bellas artes, Manuel Mejía Vallejo deja un legado próspero que tiene su mayor proyección no sólo en su obra sino en su conocido taller de escritores en Medellín, del que ha germinado una nueva generación de novelistas, algunos de los cuales ya han sido galardonados en los premios nacionales de literatura. Su copa quedará vacía pero sus lectores, sin duda, seguirán bebiendo de su obra.
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