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| 12/18/2013 12:00:00 AM

La vida solitaria de los muertos ilustres en el Cementerio Central

Esta es una de las últimas historias que escribió Antonio José Caballero. Él recorrió el lugar y publicó la crónica en el periódico El Tiempo.

Me llamo barro aunque Miguel me llame. /Barro es mi profesión y mi destino que mancha con su lengua cuanto lame. /Soy un triste instrumento del camino.

Miguel Hernández

Tal vez en vida fueron muy visitados, asediados, aplaudidos y criticados por sus compatriotas que los eligieron para el máximo honor de la nación: presidentes de Colombia.

Hoy, en la soledad de sus sepulcro, las visitas son pocas, casi nulas, y el abandono de sus tumbas en el Cementerio Central de Bogotá es fiel retrato de las paradojas de la condición humana. Se diría que solo esperan la resurrección de los muertos.

El pasado Día de Difuntos mi recorrido comenzó por Alfonso López Michelsen, “el hombre que cuando hablaba ponía a pensar al país”, decían sus áulicos.

Pues allí, en el descanso eterno y encima de sus restos solo crece la hierba desordenada de los años de abandono, y una rosa marchita significa que alguien, hace ya tiempo, se acordó de sus luchas políticas, su humor picante e inteligente con sus adversarios y su obra presidencial. Como canciller de la República, López nos dejó, por ejemplo, la teoría del meridiano 82, límite que nunca existió como tal y por eso estamos en líos con Nicaragua. Encima de la hierba, sorprenden los vasos de plástico y los papeles, basura que la gente tira a su paso por la tumba del ‘Pollo’, como lo llamaron alguna vez en la contienda.

A su ilustre padre, Alfonso López Pumarejo, también presidente recordado por grandes reformas, con intento de golpe incluido, tampoco le va bien. Lo salva el busto que lo recuerda y el espectacular mausoleo de mármol italiano, negro, exhibe que carga con su autógrafo y alguna de sus frases célebres, ilegible porque algunas letras ya han sido borradas por el tiempo. Solo cinco claveles de algún espontáneo hacen viva la memoria de este histórico hombre.

En esta línea de ilustres compatriotas, abandonados de la memoria nacional, sigue otra obra de arte, también en mármol de Carrara, con estructura moderna, y que cubre un gran espacio, pues el presidente Virgilio Barco comparte mausoleo con su esposa, Carolina Isackson. Tampoco el recuerdo agradecido se refleja en esta mole solitaria, por historias que ameritan otro destino, como lo fueron los primeros pasos de paz con el M19, un manejo impecable de la economía y la lucha frontal contra el narcotráfico, que tuvo que aceptar de los gringos y que le costó, como jefe de Estado, la más sangrienta campaña presidencial de la historia de este país.

En mármol verde veteado hay una gran cruz negra que enseña el nombre del presidente Enrique Olaya Herrera, histórico mandatario boyacense y “liberal de médula y espinazo”, como se decía entonces, que gobernó de 1930 a 1934. Fue quien nos legó, ni más ni menos, el Banco Central Hipotecario, la Federación Nacional de Cafeteros y la jornada laboral de ocho horas. Se le llegó a comparar con José Acevedo y Gómez por su vehemencia verbal, y por eso lo llamaron como aquel: el ‘Tribuno del Pueblo’. Su tumba solitaria es otro monumento a la amnesia.

Con ocho claveles amarillos, también marchitos, sigue en la lista de ilustres muertos olvidados, el teniente general Gustavo Rojas Pinilla, “Caudillo del Pueblo”, dice en su tumba. Grandes obras, como la avenida 26 y el aeropuerto El Dorado son página pasada en la memoria de los visitantes de este parque funerario. El destino lo unió después de la muerte en la fila del olvido con el contralmirante Rubén Piedrahíta Arango, fiel servidor de Rojas en la Junta Militar que lo sucedió.

Solo una cruz dorada y dos claveles, tan marchitos como los de las otras tumbas, acompañan el recuerdo de quien compartió gobierno con los generales Gabriel París, Deogracias Fonseca, Luis Ordóñez y Rafael Navas Pardo en la llamada transición hacia el retorno de la democracia, con el Frente Nacional.

Al preguntarle si lo recuerda, un transeúnte conjetura: “Debe ser uno de esos verracos de la Marina que pelearon en Corea”.

Cerca de la capilla, en un pequeño sarcófago de mármol blanco reforzado con bronce, sobresale en medio del pasto desordenado el nombre de Laureano Gómez Castro. Conservador, fue ficha clave para el acuerdo de Sitges (España) con Alberto Lleras Camargo, que estableció la rotación de gobiernos liberales y conservadores durante 16 años, que la historia ya ha juzgado. Aquí, en la morada de los muertos, Laureano tiene a alguien que ese Día de los Difuntos dejó un ramo de claveles rojos en un rústico papel de envolver.

Ni hablar del mausoleo de otro conservador ilustre, cofundador de su partido: don Miguel Antonio Caro. Su sitio podría ser el monumento al abandono. Las letras de su nombre desvanecidas, el cemento rajado y solo el triste cóndor del escudo nacional parecen sobrevivir entre los escombros de su gloria.

Curiosamente, la muerte no es el olvido para todos los pobladores de esta ciudadela, y algunos de sus miembros honorables han logrado ganarse un lugar en la memoria y en las oraciones y visitas de los fieles “a las benditas ánimas”. La novena dedicada a estas es la más vendida en la puerta del gran panteón capitalino, a un costo de mil pesos.

El que más asiduos tiene, lo demuestran las placas de “agradecimiento a su alma por los favores recibidos” es el líder asesinado del M19, Carlos Pizarro Leongómez, cuya tumba de mármol blanco está custodiada por el dibujo de la espada de Bolívar, como recuerdo del arma libertadora que todavía no sabemos dónde está ni quién la tiene.

Pues bien, por lo menos doscientas placas en mármol y metal encuadran a quien entregó las armas del movimiento subversivo, y abrió para Colombia un camino de paz hasta ahora inconcluso, que fue truncado en su momento por los mismos enemigos de la paz de hoy. Muchos pétalos frescos y hasta frases de amor recién escritas con marcadores de colores cubren el recuerdo de este guerrillero inmolado cuando quiso ayudar a la paz.

También es muy visitado el mausoleo de Luis Carlos Galán Sarmiento, donde reposan los restos del líder entre mármoles blancos y ladrillos, que forman una gran cruz hueca, llena de agua lluvia y flores marchitas que nadan en ella. Muchos visitantes, pero mucho olvido de este gran estadista, fundador del Nuevo Liberalismo y caudillo indiscutible, asesinado por la mafia de la droga cuando más cerca estaba de la Presidencia de la República.

Pero hay un personaje que pudiéramos elegirlo como el campeón de la fe en el Cementerio Central, por la fuerza con que se aferran a su tumba los cientos de visitantes que a diario van a pedirle favores. Es el filántropo alemán y fundador de Bavaria en Colombia, Leo Siegfried Kopp, quien comparte honores con su familia por sus obras sociales como la creación del barrio La Perseverancia para sus trabajadores, que describe la historia como “barrio elegante y con agua potable para sus obreros”.

Es increíble el fervor y la esperanza que expresan sus asiduos, que desde su muerte no han dejado de pedirle favores de toda clase, desde plata hasta salud y trabajo. Por eso la estatua dorada, que recuerda al famoso El Pensador de Rodin, que preside este nicho, “siempre está tan brillante y limpia como el primer día, y nunca faltan las flores frescas, especialmente margaritas, rosas y claveles multicolores”, según explica una señora que va allí todos los días a hablarle al oído al monumento.

No deja de resultar curioso que este germano que terminó en la masonería, matriculado entre los Propagadores de la Luz, sea el que más sentimiento cariñoso despierta en este camposanto católico.
La otra que atrae la atención es la tumba de azul intenso de Julio Garavito, el que aparece en los billetes de veinte mil pesos.

A Garavito no lo recuerdan por sus logros como ingeniero, o como astrónomo o matemático que descubrió la situación exacta de Bogotá en el planeta, ni al que discutió los difíciles límites con Venezuela, y cuyo nombre se lo prestó a la mismísima luna para bautizar uno de sus cráteres, que está situado entre Koch y Oresme.

A él se le pide plata y buena suerte. Billetes, así no sean de veinte mil, y quienes lo invocan aseguran que les manda “buenos regalitos para el bolsillo pobre”. Es por eso que no le faltan las velas encendidas del mismo color azul de los billetes.

Así es la vida de los muertos ilustres de Colombia, que ojalá descansen en paz, para que no sientan tan duro el abandono y el olvido de sus paisanos, mientras se hace realidad la frase del pórtico del campo santo: “Expectamus Resurrectionem Mortuorum”.

ANTONIO JOSÉ CABALLERO V.
Especial para EL TIEMPO
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