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| 11/19/1990 12:00:00 AM

...Arroyador

La semana pasada estuvo en Bogotá Joe Arroyo. De nuevo él y "La Verdad" pusieron los puntos sobre las íes.

Cuando aún la música salsa era una expresión nueva, entendida sólo por escogidos de Rebolo en Barranquilla o Juanchito en Cali, ya Joe Arroyo, un muchahito medio obeso y acelerado, dotado con una voz mezcla de sirena de barco y guacamaya mojada, hacía de las suyas.
Hoy, después de haber pasado por todo tipo de cielos y de infiernos, Joe se ha consolidado como el más grande de la música afro-antillana en Colombia, propietario absoluto de Barranquilla, rey del sabor y estrella negra de la cheveridad.
Pero la historia de su vida, muchas veces contada de frente o con metáforas e hipérboles en sus canciones, realmente empezó hace 23 años, cuando al Joe, dotado por el destino con esa voz imposible, le dio por escaparse de su casa en las noches cartageneras e instalarse en los burdeles del centro de La Heroica o de Getsemaní, para cantarle a los amantes furtivos y a las damas de la oscuridad, sus propias historias.

REY DE CLAVES Y BONGOES

De día Joe Arroyo estudiaba y de noche se "desbarrancaba" entre casas de cita, griterías y sones. Con el dinero de su poco ortodoxo trabajo, se pagaba los estudios y la vida iba bien. Pero un día al profesor de física le dio por visitar el burdel y se encontró al muchacho Arroyo, el mismo de la segunda banca del salón, el niño dócil e inteligente trepado en el escenario, llenando con sus canciones la atmósfera verde del lugar, retando a todo el mundo a subsistir en medio de un "guapachá" desenfrenado, rodeado de putas, medio borracho y desde ya encaramado como un rey intolerante en su trono de claves y bongoes.
Desde luego el expulsado del colegio fue Joe Arroyo y no el libidinoso profesor de física.
Los estudios siguieron, ahí, por los laditos, pero la música, de oído y sin compasión, desde entonces se convirtió en la única certeza de Arroyo. A los trece años se fue para Barranquilla a buscar futuro y de una lo consiguió como cantante púber de diversas orquestas tropicales, una en Malambo, otras en Sabanalarga y las más, orquestas frenéticas de bares "curramberos", donde Joe comenzó a hacerse popular. Allá, en los metederos nocturnos de las calles Líbano, Cuartel o del Paseo Bolivar, el pelado cartagenero se dio cuenta que estaba destinado al uso y el abuso de la fama. Por eso se conseguía las pintas más arrabaleras, las guayaberas más exóticas, y se presentaba en los escenarios sin zapatos, con los pantalones remangados. Sabía bien que había que sacarle el quite a la cotidianidad, que ser direrente era, desde ya, el único modo de espantar las frustraciones.

SON DE LA VIDA

En los años setenta, el Joe fue el Joe. Se fue para Medellín contratado como cantante del ya farnoso grupo de "Fruko y sus Tesos", al lado de otro grande: Wilson Saoco. Fueron los tiempos gloriosos de "Tania", "Catalina del Mar" y todos esos numeros, pioneros del quehacer salsómano en Colombia. Gracias al Joe Arroyo y a Fruko, esa enorme barriga pegada a un contrabajo, los colombianos supieron que había alguien "olvidado para siempre en esta horrible celda, donde no llega la luz ni la voz de nadie". "El preso" se convirtió en un himno de la marginalidad, del lumpen, de las barriadas, del son de la vida dura. Al fin y al cabo la salsa era y es un producto callejero, maravillosamente grotesco y atravesado.
Ya desde esos tiempos, Joe había asumido la costumbre de los nocheros: las libaciones se sucedian una tras otra, los humos de la marihuana le llenaban el cerebro de ensoñaciones, lo transportaban a su Africa original. Su corazón de negro cimarrón, su rebeldía, lo lanzaban de lleno al goce para asumir noche a noche los terribles riesgos de la rumba.
En 1981 la época de "Fruko y sus Tesos" había terminado y Joe Arroyo decidió independizarse. Anduvo largo tiempo por toda Barranquilla, la ciudad que siempre lo acogió, con el cuento de que iba a organizar una super orquesta para cantar a la hora que le diera la gana, con quien fuera y dueño de sus propias composiciones. Tanto soltó el rollo que poco a poco la gente del medio empezó a decir que, en efecto, el Joe tenía una orquesta, la mentira se llamaba, porque nunca se fundaba. Y el día que Joe tuvo orquesta le tapo la boca a más de uno. Y para acabar de vacilar al personal, le puso por nombre "La Verdad".

TIEMPO DE HUMO

De 1981 a 1983 todo fue perfecto. Disco tras disco, éxito tras éxito. Los "Congos de oro" del carnaval de Barranquilla llenaban las estanterías junto con los discos de oro, los diplomas, los gracias a Dios, las fotos y toda la imaginería de sus logros de cantante arrebatado y sublime. Joe, sin embargo, tenía problemas. Una vieja disfunción de la glándula tiroides lo engordaba. En Barranquilla le decían que parecía un sábalo, ese pescado delicioso que sólo se consigue por los lados del mercado. La rumba lo fue llamando y la noche se le convirtió en una endemoniada metedera de basuco y marihuana. Fueron muchos los meses de retiro de los escenarios, de escándalos, de sufrimiento. Una vez se "pasó" tanto de droga, que quedó en coma en un hospital durante varios días. Lo dieron por muerto en septiembre del 83, pero el Joe, ave fénix que es, se salió con la suya y regresó a la vida. Alguuna vez fue detenido por la policía y lo metieron en la cárcel. Como si se tratara de un lider político, el pueblo protestó y no hubo más remedio que dejarlo libre. De allí surgió una de sus canciones más conocidas, esa que asegura que cada vez que lo metan en la cárcel "Barranquilla a mi me saca".
Pero hasta 1985, Joe no volvió a ser el de antes. Y de ese año hasta ahora, Arroyo mostró lo que tenía. Un corazón enorme lleno de canciones. Llegaron uno tras otros temas como Amerindo, Negro Chombo o Me le fugué a la Candela, todos ellos enmarcados dentro de su constante como compositor, la narración libre de su autobiografía, sus ancestros africanos, su "no le pegue a la negra", su pobreza de infancia, sus demencias.
Y por haber resucitado fue que compuso ese tema que se volvio exito mundial " A mi Dios todo le debo", con el cual el Joe le da gracias al Gran Papá, por haberlo sacado de la olla, del vicio y de la mediocridad.
La semana anterior Joe Arroyo estuvo una vez más en Bogotá. Nuevamente sus seguidores de siempre corearon en un par de noches, todas sus viejas y nuevas canciones, las mismas de sus diez discos. Volvió a sonar " P'al bailador", " Suave, bruta", o "El centurión de la noche", que es el propio Joe Arroyo. Tanto en el Coliseo El Salitre, con el público descomplicado y rumbero, como en el Hotel Hilton, en el marco de una fiesta convencional, el Joe volvió a hacer de las suyas. Vestido de azul, con las claves entre las manos, sudando, lanzó su voz por encima de las trompetas y los trom bones y puso a bailar a toda la comunidad. Nadie lo duda. Arroyo es el mejor intérprete y compositor de música afro-antillana. Lo suyo no se puede llamar estrictamente "salsa". Joe va mas allá le propone a la salsa recorrer ún poco más las sabanas de Africa, las zonas de tolerancia, el inconsciente colectivo de una raza alguna vez esclavizada. Por eso su música es original, viva, simple. Y haga lo que hiciere, en las buenas y en las malas, lo cierto es que a estas alturas al Joe nadie le quita lo bailado.










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